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miércoles, 11 de febrero de 2026

DE LOS CANTOS DE LIBERTAD A LOS CANTOS DE URRACA*

 


En aquellos años setenta nos invadía el deseo de libertad como nunca en el siglo XX, ni siquiera en la II República. Acabar con la dictadura era un sentimiento generalizado, incluso para muchos que contemporizaban con el régimen. Lejos, los peligrosos rescoldos franquistas dispuestos a empuñar la violencia, como lo hicieron. Las manifestaciones a favor de la libertad conjugaron sentimientos, emociones y mucha cultura: poesía, música, canción protesta. Formas expresivas que inundaron la democracia, hasta que el tiempo las fue desgastando por otras más burdas.

Entonces creíamos en una educación transformadora de la sociedad democrática, una ilusión que después fue debilitada por poderosas y nocivas influencias, penetrantes cual aguijón, inoculando mentes juveniles mediante otras músicas: ‘bacalao’, drogas y ritmos latinos, con letras vulgares, escasamente elaboradas, propagando machismo y zafiedad, trivializando el sexo —“Voy a follarte hasta matar mi pena / Voy hacerte en serio mi condena” o “Tienes que vender mucha más droga, para ganar lo que yo... / Mucha más droga, para follar como yo” (Tangana)—, potenciadas a golpe de sones retumbantes, como martillos pilones —“La noche se puso kinki, / tres dedos en el toto, / en el culo el pinky… / le doy por donde hace pipí, por donde hace popó” (Bad Bunny)—. Negocio sin límites.

Vivimos un tiempo en que las formas de comunicarse se han devaluado. La política las ha incorporado en la construcción de discursos forjados con mensajes encriptados para inseminarlos en cerebros poco formados y gregarios, modelados por una sociedad consumista hasta convertirlos en manipulables y dispuestos para recibir mensajes cortos, simples y que no entrañen un ejercicio de reflexión o crítica. Los equipos de propaganda diseñan contenidos en flashes que irrumpen en la mente, alojándose en el almacén de ideas, sin cuestionarlos, para reproducirlos sin ningún tamiz reflexivo. Lanzar mensajes negativos, perversos o hirientes contra otros es parte del trabajo. Los discursos suelen redactarse, asimismo, para políticos con escasas capacidades para manejar ideas y estructuras gramaticales complejas, pero no porque sean idiotas —que los hay—, sino por poseer intelectos malévolos, capciosos y sin escrúpulos.

Nos movemos en una posmodernidad deconstructiva que cuestiona la verdad, que apuesta por verdades alternativas que, si es necesario, se canalizan mediante la mentira y la adulteración de la palabra, proponiendo realidades diferentes a las habituales, generando atmósferas de incertidumbre, sospechas o relatos que desacreditan la honestidad del ‘otro’, en una estrategia que funciona cuando la impunidad queda a salvo por el respaldo judicial o el filtro de una ciudadanía mediocre sin capacidad crítica, ‘educada’ para consumir mensajes enlatados y adiestrada para buscar la felicidad en la tienda de la esquina, como ilustraba Zygmunt Bauman.

Adiós a los grandes ideales emancipadores con visión universal, reducidos ahora al individualismo, al apáñate para sobrevivir en esta jungla, y al relativismo carente de principios éticos y morales, y sentimientos de comunidad y bien común. A los mayores nos educaron para ser ciudadanos responsables, cuidadosos tanto de lo cercano como remoto, por eso entristece saber, ante un mundo depredador y negacionista, que lo que hacemos en la cotidianidad termina siendo un acto de futilidad que a la postre no va a ninguna parte.

La ultraderecha de nuestro país —próxima al discurso liderado por el ‘gran hermano’ estadounidense, abanderado de la paranoia y la codicia recurre a retóricas sofistas y falaces para sostener un pensamiento político mediocre y avieso que, de otra manera, no aguantaría un asalto en una discusión seria sobre ideas. Solo le valen eslóganes de despacho construidos por asesores maquiavélicos, conocedores de las debilidades de la naturaleza humana de los habitantes del siglo XXI.

Los discursos dejaron de pergeñarse desde la lógica del pensamiento humanista y postulados filosóficos o epistemológicos. Ahora son graznidos de urracas para confundir los debates públicos vehiculizados por redes sociales plagadas de mensajes ‘cortitos’ y directos para mentes torpes que solo necesitan dosis reducidas de ‘seudopensamiento’. Facebook, TikTok o X, controladas por plutócratas, el mejor medio para difundir misivas amañadas y dopadas.

Hace unos días 31 aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez, concejal del PP, a manos de ETA, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, escribió en X: “Si nace un nuevo Gregorio Ordóñez en el País Vasco que pueda ganar ampliamente en las urnas, ¿volvería a tener que vivir escoltado?”. Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio y presidenta de la asociación de víctimas Covite, acusó a Ayuso de utilizar políticamente el nombre de su hermano para cargar contra Pedro Sánchez, y precisó: “Sufrí el odio de la izquierda abertzale, ahora además y con mucha más crueldad el vuestro, el de la derecha abertzale” (IDEAL, 23/01/2026). La desvergüenza manipuladora de utilizar a ETA, sabiendo que la banda terrorista dejó la actividad armada aquel 11/octubre/2011, solo viene a remover un fango que la sociedad española no merece.

Hemos vivido siete años de continuas broncas políticas. Hastiados, recelábamos ante un incendio forestal, el estornudo de un volcán dormido, un virus desatado, un temporal desbocado o un accidente de tren, detrás se generaba una trifulca pandillera, sin importar la ciudadanía, sus problemas, solo provocando crispación. Gritos y graznidos azuzando a la ciudadanía para enzarzarse en discusiones familiares de cenas de Nochebuena o utilizándola como transmisora de patrañas en redes sociales.

Las urracas han copado senderos y aceras en busca de basura y restos de comida en una sociedad consumista que acumula montañas de desperdicios. Menos mal que entre tanto bufido político quedan historias humanas, como la de Boro, ese perro que ‘es familia’.

*Artículo publicado en Ideal, 09/02/2026.

** Ilustración artículo Ideal.

lunes, 12 de enero de 2026

ADIÓS AL MULTILATERALISMO*


Recién inaugurado el nuevo año, la degeneración política internacional ha dado un paso capital. Después de años convulsos y flagrante vulneración del derecho internacional —invasión rusa de Ucrania o genocidio de Israel en Gaza—, con la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, bombardeando lugares estratégicos, asesinando soldados y civiles, y secuestrando al dictador Nicolás Maduro, la obscena unilateralidad imperialista ha regresado.

Las palabras de Trump justificando esta incursión, remarcando que allí se hará lo que él decida con el petroleo o el acceso a comunicaciones estratégicas, dándole continuidad al gobierno chavista, advirtiéndole de su sumisión —al más puro estilo de los Genovese—, desvela en qué momento histórico estamos: ejercicio del unilateralismo mediante la exhibición de un sofisticado poderío militar, un lenguaje desprovisto de diplomacia, sin olvidar las amenazas a Colombia, Cuba o Groenlandia, o a cualquier país que se oponga a sus planes. Hemos vuelto al imperialismo del XIX y XX, acaso como celebración del quinto aniversario del asalto al Capitolio.

La era del multilateralismo ha llegado a su fin. Los nuevos ‘monarcas de las sombras’ lo han decidido: imponiendo soluciones unilaterales a beneficio de intereses propios, sin rubor, vulnerando el derecho internacional, menospreciando a los organismos supranacionales. Y no se trata de países menores, son grandes potencias militares gobernadas por tipos amparados por magnas corporaciones geoeconómicas dispuestas a someter a pequeños países dotados de riquezas naturales.

¿Un nuevo orden internacional? Desde hace años China e India respiran en el cogote de EE UU y Rusia. Ninguno muestra interés por un entendimiento global para favorecer un futuro mejor: cooperación, ayudas al desarrollo, bienestar mundial... EE UU lo ha hecho sin ambages, burdamente, vindicando una hegemonía en todos los órdenes: militar, económica, tecnológica, política, advirtiendo sobre cualquier interferencia. No sabemos cuánto durará o hasta dónde llegará el órdago, o si semejante arrebato será el principio de su declive como potencia hegemónica, a tenor del ‘torpe’ proceder en las relaciones económicas con el resto del mundo, imponiendo una política arancelaria trasnochada, propia del mercantilismo de la Edad Moderna. La economía mundial es globalización, principio básico del capitalismo de las grandes corporaciones. Quizás convenga recordar aquella frase de la campaña electoral de Clinton (1992) contra Bush padre: “Es la economía, estúpido”; o la máxima del materialismo histórico: la economía condiciona y determina en última instancia la superestructura política y cultural.

El multilateralismo iniciado tras la Segunda Guerra Mundial, potenciado tras caer el muro de Berlín, un sistema de reglas y procedimientos, primando la resolución de problemas vía diplomática y cooperación internacional, se resquebrajó cuando Trump, iniciado su segundo mandato, decidió retirarse de organismos internaciones que consideraba fraudulentos o corruptos: OMS, Comisión de Derechos Humanos (ONU) o Acuerdo de París contra el cambio climático. Campando libremente, como primera potencia mundial, obviamente estos organismos perdieron capacidad reguladora en procesos colaborativos. Sin predicamento, sin posibilidad de ser escuchados, desaparecieron para esta banda de gánsteres que gobierna el mundo a su antojo.

El multilateralismo ha sido sustituido por la barbarie, la ley del más fuerte, el supremacismo, el capitalismo feroz, los intereses individuales, la vulneración de derechos humanos, la denigración de la legalidad internacional… Adiós al espíritu de cooperación internacional, solo codicia y cuenta de resultados. Hospitales o entidades públicas gestionados por empresas privadas dispuestas a sacar grandes beneficios a costa de mermar servicios públicos y desatendiendo enfermos crónicos o desfavorecidos. Entretanto, desprecio a la colaboración para afrontar graves problemas —cambio climático, subdesarrollo, hambre, delincuencia internacional...—. Un desesperanzado futuro para la humanidad que, acudiendo a El precio de la desigualdad de Joseph Stiglitz, no cubre las necesidades del 99%, de población mundial, pero sí los enormes beneficios del otro 1% que controla los resortes económicos del planeta.

La Unión Europea, adalid del multilateralismo, está en crisis. Rusia y EE UU buscan su debilitamiento, cuando no su destrucción. El trumpismo y sus secuaces infiltrados en Europa minan su cohesión. Europa por sí sola no puede afrontar con garantías la defensa contra la Rusia de Putin que, sin prisas, alarga la guerra en Ucrania y envía drones de advertencia al corazón del territorio europeo.

Europa 2035: ¿un puñado de dictaduras colonizadas y sometidas a amos extranjeros?”. Hace unos días el historiador alemán Philipp Blom titulaba así un artículo publicado en EL PAÍS (5/1/25). Escribía: “Desde 1945 y, todavía más, tras la caída de la Unión Soviética, el futuro fue la promesa de crecimiento económico y justicia social sin fin, de desarrollo global y derechos humanos... más democrático y liberal, comercio pacífico… Hoy, el futuro se ha convertido en una amenaza: crisis climática, guerra en Europa, crisis energética, democracias que se desmoronan… sociedades envejecidas”. El futuro no es prometedor para Europa. Blom lanzaba una última idea desesperada: “Lograr la necesaria unión democrática... no es una cuestión de falta de fondos, experiencia, manos o cerebros. Lo que falta es voluntad política”.

Recordemos, pensado en los cafres incultos que gobiernan el planeta, que si se produjera una tercera guerra mundial, esta se dirimiría en suelo europeo. No estadounidense, ni siquiera ruso, salvo regiones próximas al campo de batalla.

La cultura se diluye en un mundo que solo piensa en lo material. Nos pasará como a los dos peces jóvenes de la lectura citada por Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, que Foster Wallace leía a sus alumnos, quienes al cruzarse con un pez más viejo les preguntaba: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”; ante la cual uno de ellos decía al otro: “¿Qué demonios es el agua?”.

*Artículo publicado en Ideal, 11/01/2026.

** Ilustración en Ideal.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

CUANDO YO ME HAYA IDO*

 


Cuando el otoño de la vida me asalta y merma tantas energías para mover el cuerpo —y acaso la mente— con la agilidad y destreza que lo hacía en aquella primavera soñadora, capaz de volar escaleras arriba o abajo de dos en dos escalones o brincarlos agarrado al poste de la baranda hincada en el techo hasta aposentar los pies en el inmediato rellano, cuando el otoño de la vida lo tiñe todo de tintes ocres, me invade la pesadumbre y el desasosiego al pensar qué ocurrirá cuando yo me haya ido.

Putin cumplió 73 años en octubre, aferrado al poder desde 1999, ‘ganando’ elecciones y eliminando adversarios con métodos mafiosos, y sueña con vivir hasta los 150, imaginamos sujeto al poder. La longevidad es una de sus obsesiones —otras, criminales—. Para ello, junto a Xi Jinping, promueven estudios relacionados con tecnologías antienvejecimiento. Netanyahu, que ha sembrado Gaza de cadáveres, también estaría dispuesto a perpetuarse en el poder. Los gobiernos del mundo se pueblan de sátrapas, lunáticos y dementes peligrosos. Con el volátil de Trump prefiero tirar de sátira.

Hace casi treinta años apareció el ensayo de Carlo Cipolla, Las leyes fundamentales de la estupidez humana; la segunda decía: “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”. Antes, Dietrich Bonhoeffer —Teoría de la estupidez— se preguntaba cómo fue posible que la estupidez se hubiera apoderado de Alemania, un pueblo amante de la cultura, la ciencia y el arte, tan civilizado; sin embargo, permitió que Hitler alcanzara el dominio sobre sus vidas. Afirmaba: “El poder de uno necesita de la estupidez del otro”.

Vivía en Gaza, al coche donde viajaba le alcanzaron 335 balas. Tenía 5 años, la asesinaron en enero de 2024. Se llamaba Hind Rajab. Un documental con los audios originales —La voz de Hind—, dirigido por Kaouther ben Hania, ganó el ‘León de oro’ de la Mostra de Venecia de 2025. Tres horas suplicando ayuda a los médicos de la Media Luna Roja en una llamada, los tanques israelíes inconmovibles allí delante, hasta que se hizo el silencio. Tres horas de pánico, rodeada de cadáveres de padres y tíos. El monstruo de la barbarie sin corazón la asesinó.

Observo vídeos y fotografías de Gaza, como podrían ser de Donetsk, Luhansk, Zaporiyia o Jersón, donde la ignominia hacinada en la naturaleza humana se transforma en crueldad. Me estremecen rostros famélicos de niños pidiendo comida, andando entre el agua de lluvia que inunda tiendas de campaña desvencijadas; o ese niño rebuscando en la basura del vertedero crecido al calor de un campamento improvisado; o esa niña que pasa sus dedos húmedos por el fondo de un barreño con la avidez del hambre, para rebañar briznas de comida olvidadas en el metal.

La desmemoria es uno de los lastres que arrastra la humanidad, acaso por ello se repitan rencillas, disputas y hasta guerras. La escritora Géraldine Schwarz —Los amnésicos, Historia de una familia europea descubre que su abuelo Karl compró en 1938, a precio de ganga, la empresa de los Löbmman, judíos asesinados después en Auschwitz. Lo califica de ‘mitläufer’: esos afectados por la ceguera y la cobardía que ‘se dejaron llevar por la corriente’ hitleriana. “Después de la derrota y durante largos años, a mis abuelos les faltó perspectiva… para darse cuenta de que, sin... los Mitläufer… Hitler no habría estado en condiciones de cometer crímenes de aquella magnitud”. Hoy los comenten Putin y Netanyahu. Demasiadas cegueras y cobardías lo permiten. Otra legión de ‘mitläufer’ se enriquecen en el río revuelto de la guerra.

La historiadora estadounidense Lauren Benton —Lo llamaron paz. La violencia de los imperios— sostiene la teoría de que los imperios en la historia han cimentado sus conquistas en saqueos, esclavitud y exterminios, definiendo la violencia ejercida la naturaleza de la guerra y la paz. En Gaza se llama paz a los pillajes y masacres que continúan y, pasado no mucho tiempo, al otro gran negocio que sustituirá al de las armas.

Israel respondió al terrorismo con terrorismo. No hablemos de guerra, hay un ejército moderno que ‘lucha’ contra niños, ancianos, mujeres y, si me lo permiten, matando las cabras del sustento familiar. Los asesinos israelíes —no los israelíes que abominan de las matanzas perpetradas por su país— les ha gustado decir que peleaban contra ‘animales’, como denominaron a los palestinos tras el atentado terrorista de Hamás —7/octubre/2023—. El periodista de EL PAÍS Carlos de Barrón, embarcado en la flotilla de Gaza, narraba humillaciones, maltrato psicológico, agresiones e intimidaciones que los tripulantes sufrieron durante su cautiverio de tres noches en una cárcel de Israel. “No hay médicos para animales como vosotros”, les dijeron los guardias israelíes.

La esperanza del mundo se vería recompensada si Netanyahu, Putin y algunos más pasaran por el banquillo del Tribunal Penal Internacional. Triunfantes y sonrientes, después de haber asesinado a cientos de miles de inocentes, la pena de cárcel debería ser el único destino donde disfrutar a perpetuidad esos 150 años de longevidad que ansían.

Antes que me haya ido quisiera que esto ocurriera y que la enfermedad de la estupidez quedara erradicada como la viruela. Pero mi pesimismo es inagotable: hace demasiado tiempo se terminó la colaboración y la sustituimos por la confrontación.

Poco o nada vivimos imbuidos por los versos de sor Juana Inés de la Cruz: “Yo no estimo tesoros ni riquezas; / y así, siempre me causa más contento / poner riquezas en mi entendimiento / que no mi entendimiento en las riquezas”.

*Artículo publicado en Ideal, 23/12/2025.

** Un mundo, 1929, Ángeles Santos.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

CINCUENTA AÑOS DE DEMOCRACIA Y LIBERTAD*

 


Añorar el pasado —“cómo, a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado fue mejor”, que escribiera Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte de su padre— forma parte de las trampas que nos tiende el cerebro. ¡Qué sería de nosotros si arrastráramos tantas penurias de vida pasada sin recurrir al bálsamo del olvido! Seguro, un volcán en erupción haciendo imposible la vida.

Cincuenta años de la muerte del dictador y, antes que su olvido, asalta nuestro tiempo un crecer desorbitado de quienes lo añoran. Más hombres que mujeres, más jóvenes que maduros. Imaginamos que las mujeres no querrán verse sometidas a sus maridos para abrir una cuenta bancaria, ni que les rapen la cabeza, ni ser educadas como meras serviles.

Cincuenta años, mientras emergen ‘añoradores’ de aquel régimen dictatorial, que tantas vidas segó entretanto secuestraba la democracia y la libertad, que salen a plazas y universidades, como ‘vitoquilenses’, enarbolando consignas de corte fascista, excusados bajo la palabra ‘libertad’. O se junta ‘cara al sol’ la doble 'N' —Núcleo Nacional: falangistas, franquistas, nazis y fascistas— en Madrid desde el Paseo del Prado hasta el Congreso para pedir la expulsión de migrantes y cristianización de Europa. O un alcalde de Vox en Puente de Génave (Jaén), editor de un calendario con fotografía de Franco y bandera del aguilucho, llamándolo tradición —dice—. Ya puestos, podría haber colocado a su lado la hoz y el martillo que su admirado caudillo prohibió. Somos libres, ¿o no?

El tema es bastante serio. El franquismo sociológico y sin complejos está aquí y, lo peor, arraigando entre los jóvenes, bajo la vitola de una libertad regada de odio al diferente, al inmigrante, al pensamiento contrario, a cualquier otra orientación sexual no hetero. Las redes sociales, anegadas de mensajes, comentarios e insidias, conteniendo y promoviendo odio. Tener enemigos es el mejor alimento para sostener identidades propias: las del nacionalismo fascista. Un estímulo para enardecer a los propios, al ‘nosotros’, frente a los ‘otros’.

No somos los únicos en el mundo, aunque en nuestro caso tenemos bastante delito: anteayer padecimos una dictadura y hoy pretendemos renovarla. El mundo juega con fuego, se le olvida que el nazismo trajo una guerra mundial y, entretanto, se dan votos y parabienes a enemigos de la democracia: autócratas, descerebrados, paranoicos y dictadores —algunos sanguinarios—, gobernando y empeñados en aniquilarla para perpetuarse en el poder.

Los jóvenes de hoy no tienen los abuelos que nosotros tuvimos, para que les cuenten las miserias de la dictadura franquista, el hambre —utilizada como arma de control y represión, como desvela el profesor Miguel Ángel del Arco en su libro La hambruna española— o las dificultades de una vida de penurias que, sin embargo, no fue el producto de una guerra civil sino de estrategias bien diseñadas por el dictador y sus adláteres, exculpándose de toda responsabilidad y echando el pecado al aislamiento internacional. Mientras ellos gozaban, el pueblo pasaba mil privaciones: económicas, gastronómicas, vejaciones a su dignidad humana...

Hoy los jóvenes no tienen esos abuelos, transmisores de experiencias vitales, tienen relatos plagados de tergiversaciones de la historia vomitados en redes sociales. Nuestros alumnos casi no conocen la Historia de España de los últimos decenios: desde la guerra civil, la dictadura que se hizo eterna, ni nuestro desembarco en la democracia.

Preocupa ver que ellos, en puertas de votar, radicalicen sus iniciáticas posiciones políticas hacia posturas reaccionarias. El 21,3% de la población española —barómetro del CIS, octubre/2025— cree que los años de dictadura fueron ‘buenos’ o ‘muy buenos’. Jóvenes entre 18 a 29 años —varones más que chicas—, sin haber vivido el ‘edén de la dictadura franquista’, inclinan su apoyo a la ultraderecha ‘voxiana’. La ola retrógrada que asola el mundo nos impele a valorar inequívocamente los cincuenta años de democracia y libertad vividos en España, a pesar de los quebrantos habidos.

Ninguno de esos jóvenes que vitorean consignas fascistas padecieron cuarenta años de dictadura tras una guerra civil que destruyó el país. Nosotros, sí. Peinando canas al viento, aquella conquista de la democracia no se puede ir al garete porque la ultraderecha quiera volver a una dictadura de facto. Muchos tenemos el recuerdo de aquel régimen inquisitorial, los jóvenes embaucados por consignas ‘fascistoides’ mejor que aprendan de la historia reciente de su país para descubrir la realidad que muchos vivimos.

La figura de Franco está ganando popularidad entre ellos. La ultraderecha lo aúpa, y el deseo juvenil, necesitado de héroes, se deja atrapar por esta ‘épica’ del pasado. Los mitos: construcción de pantanos, creación de la seguridad social o la prosperidad económica tras la posguerra, circulan por redes sociales. Acaso detrás esté la falta de expectativas de un futuro que no llega y desmoraliza, o alguien que les contamina que con Franco se vivía mejor y no pagábamos impuestos esto parece triunfar o la leyenda de una vida barata frente a lo cara e inaccesible de hoy, menoscabadora de tanto. Propaganda que cala fácilmente en quienes sin criterio se quedan con el mensaje fácil.

La frustración por la precariedad laboral, las dificultades de acceso a la vivienda o que los partidos políticos tradicionales no sirven y son parte del problema, facilitan, en personas sin herramientas críticas avezadas, su identificación con discursos 'antisistema' o 'rupturistas' de la ultraderecha. Y en España, Vox, sin esfuerzo, conquistando las mentes de los jóvenes.

Cincuenta años de democracia y libertad, que muchos quisieran verlas sucumbir; mas otros, con mayor visión histórica, no deberíamos olvidar ni minusvalorar.

*Artículo publicado en Ideal, 18/11/2025.

sábado, 11 de octubre de 2025

VINCENT TRUMP Y LA SOLUCIÓN DEFINITIVA*

 


En el capítulo anterior, Donald Vincent Trump puso en marcha su gran obra para la posteridad: Alcatraz Alligator. Las redadas de invasores no cesaban. Aún así EE UU iba a la ruina. Llevaba tiempo pidiendo al ‘traidor’ Jerome Powell que la Reserva Federal bajara los tipos de interés; al muro con México había que buscarle una solución, saltaban demasiados invasores, había que pintarlo de negro para que el calor quemara sus manos; ante tanta violencia, mandó la Guardia Nacional a Washington y pizzas para los agentes… Entonces se coronó la gorra roja de campaña y su lema: “Trump was right about everything” —llevaba razón en todo—, lanzando un mensaje: “Necesito ayuda, más ayuda, un verdadero experto”. Elon Musk le había traicionado. Se quejaba del país y del puñetero mundo que le habían dejado los ineptos demócratas, y clamaba: “Odio a mis adversarios”, como exclamó en el funeral del ‘santo’ Charlie Kirk, joven promesa del movimiento MAGA.

Las noches le devolvían al ineludible insomnio que mitigaba a fuerza de vídeos de TikTok, ese invento que había que ‘robar’ a los chinos. “Esta maravilla tiene que ser nuestra —había insinuado a Bill Gates y Zukemberg—, pensad cómo hacerlo, será vuestro gesto patriótico”. Luego se relajaba viendo a los Pitufos y a su admirado Gargamel preparando fantásticas pócimas para conquistar el reino de estos entrometidos y chillones seres amarillos. Esa noche, cuando le alcanzó el sueño adosado al cuerpo de Melania, no tardó en verse asaltado por una pesadilla. Su esposa se soliviantó al sentir que el cuerpo que la sepultaba se movía como un cachalote. El sudor pegajoso y caliente que desprendía había mojado su camisón. Al empujón que le propinó, Vincent hizo temblar la cama con su respingo angustiado: “Melania, he soñado que quedábamos atrapados en las escaleras mecánicas de la ONU, ¡y había que subirlas a pie!”.

A la mañana siguiente, en el Despacho Oval, ordenó llamar a Marco Rubio. “Presidente, el secretario de Estado de Exteriores está en Israel con Netanyahu, acordando los últimos detalles de la expulsión de los andrajosos gazatíes de la Franja —le comunicó su jefe de gabinete—, las empresas se quejan del retraso en las obras del resort en la Riviera de Oriente”. El enfado de Vincent no se hizo esperar: “Este Rubio a veces me mosquea, no sé si me habré equivocado al nombrarlo, puede ser otro invasor, tiene sangre cubana”. Y cambió de destinatario: “Entonces dile a Vance que venga, pero que no se entretenga con sus caprichitos, lo quiero aquí a la voz de ya, ¡Ah!, si tienes que traerlo a rastras, lo haces, tengo un asunto de Estado que no precisa demora”.

Apareció Vance, todo sofocado: “Presidente, aquí me tienes”. Vincent le desveló una feliz idea: “James, los problemas nos asedian y hay que poner remedio a ello. Necesitamos a alguien de valía. Quiero que me busques a Gargamel y lo traigas a mi presencia”. “¿Gargamel?, presidente”. “Sí, sí —alargando sus labios hasta dibujar un orificio redondo—, y sin rechistar”. “Pero presidente… ¿quién es...”. Y Vincent le espetó: “Ni peros ni manzanas. Pega un salto y a cumplir mi orden”.

Al salir del Despacho Oval, Vance llamó a Marco Rubio para confesarle semejante encargo.

Jaimito, ¿qué me dices?, ¿Gargamel? —sorprendido, contestó Rubio.

¡Como me oyes, Marquito! Tú que eres cubano, con ese son de santería que gastáis en la isla, podrías darme una solución.

Yo soy tan estadounidense como tú, so cabrito. A ver si contaminas al jefe con sospechas y me enchirona en Alcatraz Alligator —respondió Rubio.

No te pongas así, es broma. Estoy acuciado con esta ocurrencia de ‘pelopanocha’.

Verás tú, esto del Gargamel acabará como la fiesta del Guatao. ¡La jugada está apretá! —sentendió Rubio.

Y pasaron tres, cuatro y más días, y Vance no daba señales de vida. Vincent Trump andaba buscando invasores: al español Sánchez que no pagaba el 5% a la OTAN y soliviantaba a Europa para reconocer a Palestina como Estado, a los señoritos europeos tan contestatarios y defensores de los derechos humanos y del cambio climático, que habían vivido como reyes desde la Segunda Guerra Mundial a costa de EE UU. Le rondaba pedirles que devolvieran el dinero del Plan Marshall, ¡y con intereses! Si no lo sabía todavía la remilgada Von der Leyen, se lo diría.

¡Y en su país!, las desagradecidas universidades defendiendo invasores y palestinos. Esas que tanto se reían cuando propuso combatir el Covid con lejía o ahora por decir que el paracetamol provoca el autismo. “Necesito a Gargamel como el comer. Sus pócimas son milagrosas”, ronroneaba a Melania, subidos al helicóptero presidencial, mientras ella miraba por la ventanilla.

Entretanto, Vance y Rubio, abrumados, no daban crédito a la petición del presidente. ¿Se le habrá ido el juicio?, se preguntaban en su fuero interno. Ni siquiera se atrevían a confesárselo mutuamente. Sofocados, no sabían a dónde acudir, ni a sus asesores más cercanos: !Menudo dislate si trascendía a la prensa tal petición del presidente!, los ingresaría en Alcatraz o los mandaría con Bukele.

Vincent Trump bramaba cada mañana desde el teléfono en la oreja de Vance: “¿Has encontrado ya a Gargamel?” El silencio y la voz entrecortada del vicepresidente enervaba al impaciente jefe. “¿Tan difícil es llegar a la ermita en medio del bosque de los estúpidos pitufos?”. Y Vance no tardaba en llamar a Rubio: “Te digo que tú puedes encontrar mejor que nadie la solución”. (Continuará)

 *Artículo publicado en Ideal, 10/10/2025.

**Ilustración de Ideal


lunes, 26 de mayo de 2025

LOS FELICES AÑOS VEINTE*

 


Iniciábamos la tercera década del siglo XXI los años veinte tras una crisis económica y una pandemia como nunca habíamos tenido. Éramos sometidos a confinamiento y medidas de prevención que ponían en jaque la normalidad de nuestras vidas. Nos sentimos vulnerables, murieron miles de personas y, a golpe de mensajes optimistas, no solo cantábamos ‘Resistiré’, también lanzábamos consignas vitalistas: ‘todo cambiará’, ‘saldremos mejor de esto’. La economía hundida, las pérdidas contadas en cifras escandalosas. Superados los momentos críticos nos arrojábamos a conquistar calles y espacios públicos con deseos desbordantes de libertad, recuperación de la normalidad secuestrada, dispuestos a que nadie viniera a amargar nuestra existencia.

Mediada la década, estamos en condiciones de hacer balance y rebajar tanto optimismo, mientras recordamos aquellos otros años veinte del siglo pasado. Nuestros abuelos venían de una época oscura, pandemia de ‘gripe española’ incluida, y la Primera Guerra Mundial la ‘guerra total’ como denominaba Eric J. Hobsbawm, con irresistibles deseos de euforia, de asir la vida con energía y vivirla frenéticamente, eran lo que la Historia denomina, con ocioso eufemismo, ‘los felices años veinte”. Las imágenes de entonces muestran escenas festivas a ritmo de Charleston, tipos impecablemente ‘esmoquinados’, mujeres con vestidos adornados de pedrería colgante, jolgorio ahogando penas, mucha música, jazz, desfiles teñidos de negro de Coco Chanel... Disfrutar la vida a toda costa, olvidando penurias pasadas. La república de Weimar enarboló la esperanza de una Alemania democrática y menos belicista, entretanto la prosperidad económica no ocultaba los peligros por venir: fascismo, crac del 29 o una nueva guerra mundial.

La novela El gran Gatsby’ (Scott Fitzgerald, 1925) retrata aquella vacuidad del poder del dinero y la miseria. El joven Nick Carraway narra una historia de derroche, donde se conjugan los turbios intereses y la feracidad por conquistar la vida de Jay Gatsby, personaje de fortuna advenediza y misteriosa vida, a través de la visión decrépita de una sociedad que acabaría colapsada.

Aquellos ‘felices años veinte’ fueron testigos de la irrupción del ampuloso y sincrético fenómeno artístico y cultural Art déco. No era un estilo definido y sí una amalgama de estilos para comprender lo que representaba, tras la ‘guerra total’, la explosión de sentimientos dispuestos a ocultar el horror vivido. Un terremoto de vida y conquista de ilusiones rotas y perdidas. Amalgama de estilos que pretendían no desperdiciar un gramo de vida mancillada por la muerte y el sufrimiento experimentado. Nada se podía desechar, todo era válido, una nueva evocación creativa impregnando variadas creaciones artísticas, artes decorativas u otras formas de expresarse, así vino la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas de París, 1925. La modernidad impuesta, la conquista de lo innovador y del renacer para un tiempo nuevo. Sin embargo, aquel tiempo que parecía huir de la barbarie y la destrucción atesoraba ideas y maldades incubadas, consecuencia de conflictos que habían sembrado demasiado resentimiento y odio.

Art déco, el estilo de la edad de las máquinas, de nuevas tecnologías e inventos surgidos dentro de la destrucción bélica, puestos al servicio de la maquinaria de guerra. Aparecieron otras tipografías negrita, sans-serif...— y diseños: facetado, líneas rectas, quebradas, grecas…; nuevos materiales aluminio, acero inoxidable, laca, madera embutida...; la construcción de grandes edificios: Chrysler o Empire State en Nueva York, la capital del neófito orden mundial. Estilo opulento y exagerado, representaba la reacción a la austeridad forzada de la guerra, un irrefrenable deseo de escapismo observado en la pintura de Tamara de Lempicka, eminente representante de la estética del glamour, sofisticación, elegancia y modernidad de aquellos ‘felices años veinte’.

Cuando nosotros pretendimos generar una explosión de vida tras la pandemia de 2020 nos lanzamos a restaurantes, terrazas y discotecas, pero se nos olvidaron valores como solidaridad, respeto o empatía, sumidos en sueños imperialistas de Putin, el negacionismo de Trump o la creciente xenofobia. El mundo de nuestros años veinte lo convertimos lo estamos convirtiendo en un erial insolidario, violento, sujeto a la codicia, transgresor de derechos humanos, de una conflictividad grosera…, mientras el monstruo de la antipolítica recorre el mundo y corroe nuestras mentes, y las democracias entran en crisis y ascienden las autocracias, dibujando un futuro tremendamente incierto.

Los países ya no cooperan para la paz o contra el cambio climático, lo hacen para la guerra y la destrucción, intercambiando drones y bombas. Convivimos con mandatarios sanguinarios y déspotas. El historiador Heinrich A. Winkler (El largo camino hacia Occidente) dice que vivimos la ruptura histórica más profunda desde la caída del muro de Berlín. El orden mundial basado en el derecho internacional peligra, la ley del más fuerte se impone. Adiós a la comunidad de valores para la convivencia. Adiós a la Carta de París de 1990 de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), garante del derecho a la soberanía nacional o la integridad territorial. Se imponen visiones autoritarias e imperialistas: Putin se anexa Crimea (2014) y despliega una guerra en Ucrania; Trump pretende Canadá y Groenlandia, y permite arrasar Gaza para su anhelada ‘Riviera de Oriente’.

Las democracias occidentales flaquean, intentan unirse pero hay fuerzas externas e enemigos internos que lo impiden. La transformación del orden mundial, los desafíos geoestratégicos conducen en una solo dirección: seguridad y defensa, preparación para la guerra. El presupuesto europeo que, según Ursula von der Leyen, construía miles de kilómetros de carreteras en Europa habrá de destinarse a infraestructuras que soporten el paso de tanques y otros vehículos militares.

Es el signo de los tiempos. Nuestros felices años veinte.

*Artículo publicado en Ideal, 25/05/2025.

** Ilustración: Tamara de Lempicka, Tamara en un Bugatti verde, 1929.

lunes, 27 de marzo de 2023

AQUELLA MENTIRA QUE CONVULSIONÓ AL MUNDO*

 


Las guerras casi siempre se inician con una mentira, una excusa o un incidente como parte de un equívoco interesado. Se trata de la anécdota detrás de la que se esconden las verdaderas intenciones e intereses geoestratégicos, económicos o ideológicos. Somos como niños que pretendemos engañar con cualquier subterfugio. Antes de invadir Polonia, Hitler simuló un ataque polaco contra un puesto fronterizo alemán, la operación Gleiwitz: soldados alemanes disfrazados de soldados polacos irrumpieron en una estación de radio alemana, utilizando cadáveres de judíos de campos de concentración, para amañar un ataque enemigo. El asesinando en Sarajero del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, a manos de Gavrilo Princip, dio inicio a la Primera Guerra Mundial. Y así similares e incontables maniobras a lo largo de la historia para justificar la invasión de países. La más reciente: la falacia del nazismo ucraniano esgrimida por Putin para invadir Ucrania.

Pero quizá la gran mentira de este siglo XXI sea la que ‘inventó’ el Trío de las Azores (George Bush, Tony Blair y José María Aznar) para invadir Irak aquel 20 de marzo de 2003, bajo la falsedad de la existencia de armas de destrucción masiva. Sin escrúpulos, provocaron una guerra que cambió el orden y equilibrio mundiales, y cuyas consecuencias aún perviven. Las muertes, el desequilibrio en Oriente Próximo y Medio, o la ola terrorista islámica desatada, fue el precio pagado, demasiado alto, por la decisión inconsciente de tres mandatarios, cada uno movido por sus intereses personales.

La oposición generalizada, con aquel “No a la guerra”, se extendió por el mundo occidental en una protesta ciudadana sin precedentes. Hoy lamentamos que de los tres artificies de la guerra reunidos días antes en las Azores, solo Aznar no haya mostrado un atisbo de duda por haber apoyado una intervención armada que el tiempo ha demostrado que estaba sustentada en una mentira, incluso manteniendo la idea de que el mundo fue mejor tras aquella operación bélica. En 2008 manifestó que nunca se arrepentiría de aquella foto, calificando el encuentro como “el momento histórico más importante que ha tenido España en 200 años”. No sabría decir si con ello nos tomó el pelo a los españoles o tuvo un episodio de delirios de grandeza. No obstante, en esta intención mesiánica del ex presidente, sospecho que le invadió el deseo de modificar los equilibrios de poder dentro de la Unión Europea, y que España jugara un papel relevante en el contexto europeo y en sus relaciones con EE UU. Algo que a día de hoy no se ha conseguido. Y 20 años después de aquella invasión, sostiene que volvería a respaldar aquella guerra, aunque supiera que no había armas de destrucción masiva en Irak.

La falacia de las armas de destrucción masiva, jamás encontradas, y el peligro que se decía que suponían para Occidente, encubrían enormes intereses para controlar el petróleo, utilizando también otra fantasía: la democratización de Irak. El negocio de la guerra estaba servido, los halcones del Pentágono lo sabían, y las nefastas consecuencias, también. Demasiada manipulación de pruebas, mentiras y engaños para justificar una tropelía que la historia ha ido ‘juzgando’ en las dos décadas transcurridas.

Cuando el presidente Bush proclamó el 1 de mayo del 2003 el fin de las operaciones militares en la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln, la realidad es que la verdadera guerra desatada no había hecho más que empezar. Esta contienda ha convulsionado las dos primeras décadas del siglo XXI: alteró el equilibrio de poder existente y propició un panorama internacional con nuevos actores que desestabilizaron la paz y la convivencia mundial. Hoy vivimos, en nuestras vidas diarias, consecuencias de aquello, no sólo económicas y de movilidad, también de proliferación del racismo hacia lo musulmán y el miedo al terrorismo.

La actuación de EE UU fue abominable e infame, convirtiendo la guerra en el gran negocio de muchos y vulnerando los derechos humanos en la famosa prisión de Abu Ghraib, donde las torturas y vejaciones despertaron el rechazo mundial por el trato vejatorio y humillante a los presos iraquíes por militares estadounidenses, agentes de la CIA y contratistas privados; o con la reclusión en Guantánamo de presos sin garantías jurídicas que, como denuncia Amnistía Internacional: “sigue perpetuando graves violaciones de derechos humanos”.

Una guerra siempre es como un macabro aquelarre, plagado de barbaridades, dramas y víctimas inocentes. En Irak se puso de moda denominar todo esto como ‘daños colaterales’. Asesinatos de población civil aparte, murieron periodistas españoles, como José Couso, en el ataque al hotel Palestina, ubicación de la prensa internacional, por tropas estadounidenses; o el de Julio Anguita Parrado, en otro ataque iraquí a estadounidenses. Y es que en la guerra ‘vale’ todo, y casi todo queda impune.

Aquella mentira trajo un mundo más inseguro y agitado, y abrió muchos escenarios indeseados: Irak y sus regiones limítrofes se convirtieron en un avispero tribal, donde kurdos, suníes y chiíes tomaron el poder en territorios separados, erigiéndose en motivo de desestabilización de la zona y objetivo de países próximos: Irán apoyando a los chiíes, el yihadismo adueñándose de territorios y fuentes de energía, o la creación del posterior Estado Islámico. Se avivó el resentimiento del mundo musulmán hacia Occidente por las vejaciones que consideraban sufridas, y que aún vemos no se ha disipado.

Casi siempre la historia se escribe con reglones torcidos que los historiadores tratamos, no de enderezar, sino de darles sentido. Es el oficio de historiador a que se refería Marc Bloch.

 *Artículo publicado en Ideal, 26/03/2023