martes, 16 de noviembre de 2021

¿DE QUIÉN ES ESTE MUNDO?*


 

Ida Vitale, al referirse a esto que llamamos mundo, escribía en su poema ‘Este mundo’: “Sólo acepto este mundo iluminado / cierto, inconstante, mío”. Nuestro apego al mundo puede ser infinito, como infinito es nuestro deseo de encontrar la luz que permita hacerlo nuestro. Pero la realidad es muchas veces una trampa para los deseos, y las tinieblas de un mundo sin luz lo convierten en un páramo imposible de transitar.

El planeta comenzó a enfermar hace ya mucho tiempo, probablemente cuando pasamos de una economía mercantilista a otra industrial, y la producción en cadena se convirtió en la seña de identidad del progreso. Inundamos el mercado de productos servibles e inservibles, rellenamos nuestras vidas de consumismo y despilfarro, apostamos por el eterno crecimiento como único avance de la economía. Ni siquiera de ello se libra China, que quiere ser comunista a la vez que capitalista. El planeta sigue enfermándose, las pústulas aumentan, el mundo se hace un lugar cada vez más inhóspito.

El planeta, en las últimas décadas, ha dado síntomas de enfermedades que se antojan incurables. Ya ni siquiera valen cientos, o miles, de manifestaciones clamando contra el cambio climático. Este mundo es un pañuelo, y eso lo saben quienes lo ‘gobiernan’. Gobernar el mundo no requiere votos, sino dinero, mucho dinero, y el control de los recursos. De lo otro, las convulsas migraciones, éxodos, refugiados, huidas, mejor que se ocupen las ONG, como combaten la esquilmación de bosques y selvas, la emisión de gases contaminantes o la extracción de gas a base de explosiones en los confines del subsuelo. Para qué los gobiernos rehenes de intereses espurios, que defiendan este mundo quienes tienen esa edad en la que todos fuimos alguna vez protestones, o que lidere la lucha una adolescente llamada Greta, para qué los gobiernos. Ellos harán lo que les salga de sus fueros internos.

No sé si el mundo ha sido alguna vez de la humanidad, porque desde que esta tuvo conciencia de que era humanidad fue representada por unos espabilados que acotaron los territorios y las subsistencias de la gente. Fue cuando se pusieron fronteras y hubo que disponerse a defenderlas. Entonces el mundo entero dejo de ser de la humanidad, ya cada uno tenía su porción que defender.

La distopía orwelliana es una anécdota comparada con la distopía de ahora, cuando la facilidad para el control de las sociedades por parte de gobiernos tiranos, dictatoriales, autoritarios, débiles o controlados por grandes emporios económicos supera la ficción. Para doblegar la voluntad de las personas no se necesita tanta violencia como antaño, se les seduce para hacerlas meras consumidoras de ideas, productos o frivolidades.

El mundo moderno no tiene un momento de sosiego. Siempre está atravesado por un temor terrorífico: crisis financiera, crisis del comercio o crisis energética, según convenga. Temblamos por si el desabastecimiento de mercancías nos impide decorar el árbol de navidad, ensamblar un móvil o beber nuestra copa preferida en un 'pub'. Esperemos que no ocurra igual con medicinas o productos de primera necesidad. A los puertos no llegan contenedores y, los que llegan, se quedan allí porque no hay camioneros para transportarlos. El gran mundo de la tecnología y la intercomunicación haciendo aguas. Y, mientras, Facebook bajo sospecha porque una antigua empleada dice que hay cosas turbias en las prácticas de la compañía y que engaña repetidamente. Nada nuevo bajo el sol. Engañarnos, nos engaña todo el que puede.

Ahora que se acercan las fiestas del consumo por excelencia: ‘black friday’, navidades, rebajas...,  no tener lo suficiente para consumir sería una catástrofe mundial. En el siglo XIX, y mucho antes, las crisis de subsistencia eran provocadas fundamentalmente por dos fenómenos: las malas cosechas y el acaparamiento de cereales en manos de los poderosos. El mercado quedaba desabastecido, las hambrunas campaban a sus anchas.

China pidió hace unas fechas a sus habitantes que acopiaran productos y alimentos de primera necesidad para afrontar situaciones de urgencia, ¡miedo me da! Por el mundo occidental andamos con la mosca detrás de la oreja. Por lo pronto, no sabemos si podremos calentarnos este invierno, el gas y el petróleo se han puesto por las nubes, y ahora a ver quién salta hasta las nubes para bajarlos de nuevo a la tierra.

El siglo XXI, el siglo de las enfermedades neuronales, como lo define el filósofo Byung-Chul Han, está negando el futuro a la gente, que es como decir el futuro del mundo. Los que tenemos nuestros años hemos visto demasiado: horrores humanitarios, crisis económicas, triunfos del autoritarismo más insolidario, crisis de valores, catástrofes medioambientales, la amenaza neofascista, una pandemia de dimensiones estratosféricas…, y me temo que veremos mucho más. Lo único que espero es que lo venidero no acabe con el planeta.

El mundo es el infierno, decía Schopenhauer, donde no cesa de cabalgar entre las llamas la ignominia de la “gran brecha” de la desigualdad, esa a la que aludía Joseph E. Stiglitz. El fermento de la injusticia y la destrucción está servido en el seno de las sociedades modernas, acaso no somos más que piezas de un juego macabro.

Dejadme, al menos, que crea en el mundo por un instante. No hay más tesoro para una existencia escéptica que un rayo de luz para no seguir devorado por el pesimismo. Dejadme a ver si consigo conciliarme con el mundo y no me dejo arrastrar hacia ese abismo que tanto detesto. Dejadme que diga con Vitale: “A veces su luz cambia, / es el infierno; a veces, rara vez, /el paraíso”.

 * Artículo publicado en Ideal, 15/11/2021

Ilustración:  Thomas Cole, El curso del imperio, 1836

lunes, 25 de octubre de 2021

DIEZ AÑOS SIN TERRORISMO*


 

Que hayan transcurrido diez años sin crímenes de ETA debería alegrarnos a todos. El terrorismo sufrido durante más de cuarenta años, desde aquel primer asesinado del guardia civil José Antonio Pardines en junio del 68, ha supuesto una enorme y pesada losa para un país que antes había padecido otros cuarenta años de una ignominiosa dictadura.

Diez años desde el cese de la actividad armada de ETA, desde aquel comunicado emitido el 20 de octubre de 2011, a través de la web del diario Gara, que expresara un compromiso claro, firme y definitivo de superar la confrontación armada”, y emplazara a los gobiernos español y francés a abrir un “diálogo directo” para solucionar el “conflicto”. El comunicado no escatimaba retruécanos ni eufemismos para referirse a Euskal Herria y al respeto a la voluntad popular frente a la imposición del Estado, o a aquella otra proclama a favor de un “futuro con esperanza”, apelando sin rubor a la “responsabilidad y valentía”. Días antes, en la denominada Conferencia de Paz de San Sebastián, representantes internacionales instaban a ETA a un cese definitivo de la violencia.

Esos días me encontraba en Mondragón, donde tomaba notas para mi novela Askatu. Portal número seis. Con el asesinato de Isaías Carrasco todavía presente, me veía caminado por ‘Hiribidea Araba’, recorriendo el curso del río Deba o sentado en un banco de la plaza ‘Maiatzaren Bata’ o en la ‘Herriko Plaza Nagusia’. Necesitaba mirar a la gente, escudriñar en sus rostros para encontrar respuestas, observar cómo se relacionaban, qué pensamientos circulaban por sus mentes. Entretanto, no podía desprenderme de la sensación de que en las calles y plazas de Arrasate persistía un rumor asfixiante: el ruido del silencio angostado por el miedo.

Aquel cese de la actividad terrorista tronó como un gemido de esperanza, no exento de una brisa de incredulidad, como si los últimos estertores de una tormenta quisieran presagiar que el final de los sobresaltos no había llegado aún para unas almas soliviantadas por tanto sufrimiento.

Diez años libres de asesinatos que han ido disipando los temores iniciales. Una década para la reflexión y normalización de una convivencia alterada, con la izquierda abertzale incorporada a la política vasca y española, con los arrepentidos de ETA testimoniando el daño gratuito y absurdo que infligieron a inocentes con la vileza de sus actos, y con los asesinos cumpliendo las condenas en la cárcel. En esta década las aportaciones a favor de la convivencia desde la cultura, la literatura o las asociaciones que buscan la paz y recuerdan a las víctimas, no han cesado. Todos inmersos en una terapia colectiva para mitigar tanto dolor y sanar heridas.

Pero en estos diez años han sido muchos los palos puestos en la rueda, con el solo objetivo de dificultar el avance en la convivencia, avivando el dolor causado por el terrorismo y echando sal en la herida. Hemos asistido a indecentes manipulaciones del hecho terrorista por una izquierda abertzale radicalizada, que no es toda la izquierda, y por una derecha ultramontana, que no es toda la derecha, en una disputa desvergonzada por que la sombra del terrorismo se mantenga viva. No porque haya que olvidarlo, algo imposible, sino por mantener la crispación y su uso político como arma arrojadiza.

Hace semanas se convocó en Mondragón una marcha reivindicativa por la red de apoyo a los presos de ETA, SARE, a favor de Henri Parot, autor de algunos de los más impactantes y execrables asesinatos de ETA. Esta marcha, que fue desconvocada ante la gran contestación social, era una provocación, suscitando no solo la lógica indignación de las asociaciones de víctimas, también de la ciudadanía en general. Sin embargo, el hecho fue aprovechado por la derecha para enredar por su lado y, de camino, atizar al Gobierno y alentar esa crítica sostenida por el apoyo que Bildu proporcionó a la investidura de Pedro Sánchez.

La Historia no olvidará estos cuarenta años de terrorismo, incluso proporcionará claves que ahora desconocemos sobre la actividad terrorista de ETA. Eso será cuando reposen los acontecimientos lo suficiente como para analizarlos con sosiego y distancia. La Historia al hablar de esta época democrática dirá que fue una pesadilla que condicionó la política y alteró la convivencia, impidiendo disfrutar totalmente de las libertades conquistadas a una dictadura que tanto daño había causado. La Historia escribirá también que la democracia se impuso a la barbarie. Quizás el terrorismo de ETA significará con el transcurso del tiempo un episodio histórico más, trágico al fin y al cabo, como otros que se han sucedido en nuestro devenir histórico.

El terrorismo no dejará de ser parte de nuestras vidas para los que lo hemos sentido tan cerca, aunque debamos ponerlo en ese sitio donde su recuerdo cause el menor dolor posible. Lo que ya nos es decoroso es activar un victimismo insolente, aprovechando el dolor de las víctimas, para hacer política y ensuciar las ilusiones de toda la sociedad. El terrorismo terminó afortunadamente, dejemos que siga consumiéndose en las mentes de quienes pretenden utilizarlo para sus intereses. La democracia lo derrotó.

Lo único que es respetable es el dolor de quienes vieron segada la vida de un padre, de un hermano o de un amigo por culpa una ekintza. El dolor es legítimo, su manipulación no. El victimismo, utilizado como chantaje emocional a la sociedad, es una depravación inmoral.

Después de 2011 he vuelto a Mondragón, y he percibido que la gente mantiene el recuerdo vivo, sobre todo las víctimas, y que lo que más desean es que se les respete.

 * Artículo publicado en Ideal, 24/10/2021

* Fe de erratas: La edición impresa contiene una errata, aquí corregida: 'estertores' en lugar de 'esténtores'

lunes, 27 de septiembre de 2021

LATINOAMÉRICA*

 


“Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada”. La cruda realidad de Latinoamérica podría encerrarse en estas desgarradoras palabras que cantaba Pablo Milanés rememorando aquel fatídico golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. Esperanza y dolor. Acaso sean estos dos sentimientos los que mejor definen el devenir histórico del continente americano.

Hace unas fechas se dictaba una orden de detención del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, premio Cervantes 2017, en esa lamentable espiral de persecución y represión de adversarios auspiciada por el presidente Daniel Ortega. Nicaragua se ha convertido en un nuevo ejemplo paradigmático de la arbitrariedad del poder que da la espalda al pueblo y silencia la palabra en Latinoamérica. El detonante: la publicación de Tongolele no sabía bailar, novela que narra la historia de un mercenario del régimen, Tongolele, durante las protestas y manifestaciones de 2018, brutalmente reprimidas por policía y grupos paramilitares al servicio de Ortega.

Latinoamérica es una tierra disgregada y sufrida que sigue sin superar el debate que planteara el historiador Halperin Donghi, refiriéndose al volumen dedicado por Lucien Fevbre en Annales: “A travers les Amériques latines”, sobre si existe una América Latina o muchas Américas. Haya o no tantas como las naciones independizadas del Imperio español en los albores del siglo XIX, lo cierto es que comparten contrastes e identidades históricas.

Latinoamérica es probablemente la zona del planeta que teniendo grandes posibilidades de desarrollo sigue lastrada social y económicamente. Los motivos, tan múltiples que contribuyen a hacer de este espacio geográfico, conceptualmente definido por la herencia española, un entorno convulso, donde la esperanza, tan anhelada como frustrada, se cruza con pobreza, explotación y desigualdad. La inestabilidad política, siempre presente, generaría crueles dictaduras. Cuando pudo florecer la esperanza y la justicia social en los intentos democratizadores del siglo XX, no tardó en llegar la involución ‘manu militari’, favoreciendo intereses foráneos antes que la libertad y el bienestar de los pueblos.

Históricamente Latinoamérica ha padecido la explotación de sus recursos, de sus habitantes, de sus ilusiones, no solo con la conquista española, también con la élite criolla independentista que siguió, con los mismos defectos y ambiciones. Los libertadores, dotados de un pensamiento liberal europeo, ejercieron su dominio como burguesía colonial explotadora de las clases desfavorecidas, por lo general población indígena. A mediados del siglo XIX un nuevo orden neocolonial fue impuesto por Estados Unidos, continuando con las mismas prácticas explotadoras, apoyado por la oligarquía local beneficiaria de los favores de la potencia imperialista emergente. Surgieron movimientos revolucionarios de liberación, pero algunos se convirtieron, para mayor decepción, en movimientos criminales contra el pueblo. Para Eduardo Galeano “el subdesarrollo latinoamericano no es un tramo en el camino del desarrollo, aunque se ‘modernicen’ sus deformidades”. Digamos que sería algo endémico.

La Latinoamérica del siglo XXI nos es muy diferente: la vocación autoritaria y la impronta populista la definen. Las democracias más consolidadas (México Brasil, Argentina o Chile) no han sido capaces de propiciar un desarrollo que erradicara las bolsas de marginación y pobreza que asfixian a sus sociedades: las poblaciones indígenas siguen estando en la marginalidad. Cuando la historia parecía romper esta inercia con gobiernos más democráticos, más atentos a las necesidades de la población, tampoco se ha sabido, o podido, escapar de la dependiente tutela neocolonial norteamericana. Y es que el neoliberalismo se ha dotado de poderosas armas invisibles capaces de mantener su influencia en la política de estos países, garantizando no solo dependencia, también explotación de recursos y materias primas.

En los inicios del siglo XXI se percibió un cambio de tendencia y transformación social en países como Bolivia, Brasil, Venezuela, Perú o Ecuador, con mayor presencia indígena en los gobiernos, pero aquello se ha tornado en una inestabilidad política abrumadora. Entonces no faltaron gobernantes que trataban de impulsar una conciencia de pueblo latinoamericano. Pepe Mujica en Uruguay, ejemplo de honestidad política, hablaba de la necesaria “conciencia del sur” como medio para salir de tanta postración.

Los nuevos líderes de la izquierda latinoamericana (López Obrador o Pedro Castillo) han llenado sus discursos de populismo. Obrador, que apuesta por rebajar la dependencia de EE UU y Canadá enarbolando el lema: “América Latina para los latinoamericanos”, persigue una pretendida conciencia propia acudiendo a proclamas atemporales: justificación del derribo de estatuas de Colón o solicitando perdón a España por su ‘ocupación militar’. Buscar en el pasado de más de dos siglos los males del presente es un argumento pueril, entretanto el capitalismo salvaje diezma la economía y genera pobreza por doquier. Revisar la historia de la conquista ni es argumento sólido ni explica los actuales problemas. Y qué decir del populismo devastador y extravagante del Brasil de Bolsonaro o El Salvador de Bukele.

Demasiados intereses sobre una tierra donde la explotación ha primado por encima de la atención a sus necesidades y el respeto a los derechos humanos. Los grandes contrastes entre riqueza y miseria, la enorme desigualdad social, las altas tasas de pobreza, la explosión demográfica sin medios, equipamientos e infraestructuras para atenderla, o el alto grado de violencia generalizada son lacras que ahogan a las sociedades latinoamericanas. Nicaragua, con unas elecciones a la vista, es hoy un nefasto ejemplo de lo que ha sido Latinoamérica en su historia. Aquella revolución sandinista ha creado monstruosos enemigos de la democracia.

La esperanza de gentes que viven con la miseria en sus puertas, que anhelan emigrar hasta las tierras del vecino del norte en caravanas ignominiosas, acaso se agote algún día de tanto esperar. Pero, al menos, nos quedan portadores de la palabra para no rendirse.

 * Artículo publicado en Ideal, 26/09/2021

Ilustración: Diego Rivera, El cargador de flores (1935)

domingo, 5 de septiembre de 2021

ASÍ QUE PASEN VEINTE AÑOS*

 


No conozco todavía a nadie que no sueñe con leer en los labios del destino alguna palabra gratificante o que escudriñe entre los tejidos de la vida para atrapar alguna hebra que aliente la esperanza. Remover deseos es una aspiración tan legítima como necesaria. ¿Imaginan vivir sin un ideal, sin poder soñar con la vanidosa pretensión de aliviar las amargas heridas que ensombrecen la vida? La ensoñación es una licencia al alcance de cualquiera, Gustave Flaubert supo elevarla a la categoría literaria en Madame Bovary.

Ser un pesimista no agota la ilusión. Detrás de una visión pesimista de la vida suele cobijarse el anhelo de alcanzar la verdad que entierre la ignominia. El pesimismo, ese estado de ánimo conducente a un mundo sin esperanza -el dolor perpetuo a que aludía Schopenhauer-, ha de conectarse con una visión existencialista como método para juzgar lo que nos asfixia. Solo así estamos en disposición de alcanzar el necesario estado de reflexión de la realidad. Un pesimista es un adalid capaz de cambiar la realidad que no comparte.

Veinte años es la quinta o cuarta parte de la vida de una persona, si antes nadie se la ha arrebatado, incluida la madre naturaleza. Las sociedades desarrolladas cifran la esperanza de vida en torno a los ocho decenios, aunque en el planeta son muchas más las sociedades no desarrolladas.

La Generación del 98 sintió una pesadumbre mordaz por España. Joaquín Costa apostaba por “escuela y despensa”, Ortega hablaba de la vieja y nueva política, Machado de las dos Españas y Azorín calificaba a España de “vieja y tahúr, zaragatera y triste”. En pleno siglo XXI España sigue siendo un país que despierta pesadumbres, a pesar de tantos eslóganes repetitivos en la democracia: “España va bien”. Todos los gobiernos han querido convencernos de que con ellos España iba mejor. Jamás se habían prometido tantos paraísos. Son las miserias de la política, afanada siempre en construir fábulas hasta confundirnos. “¡Basta de Historia y de cuentos! / Somos el golpe temible de un corazón no resuelto”, clamaba Celaya en España en marcha’.

Así que pasen veinte años qué futuro deparará España a las generaciones jóvenes. Nos hacen creer que luchamos por nuestro futuro, entretanto alguien traza sus líneas gruesas, y hasta finas. Quien crea que tendremos un futuro mejor, que levante la mano; quien piense que nos han lastrado la educación, el bienestar o la esperanza, que se ponga a la cola de los desesperanzados. Tenemos cosillas, sí, pero no hemos armado la base del futuro de este país, desperdiciando oportunidades de desarrollo, porque interesaba más la especulación y los proyectos inmediatos y propagandísticos.

El futuro de los próximos veinte años es un futuro huérfano de esperanza. Las generaciones jóvenes lo vivirán en la etapa humana donde brilla la ilusión. Los demás, quienes solo dispondremos de esos mismos veinte años de vida, miramos con desesperanza. La experiencia nos ha desesperanzado. Quizás nuestro nivel de confort material sea suficiente para hacernos creer que no seremos privados de nada, cuando se resquebrajan las bases del estado de bienestar que un día disfrutamos. Nuestro nivel de confort humano y emocional como sociedad peligra, los valores se relativizan con impudicia, la ética cívica se devalúa. El filósofo Byung-Chul Han decía que hemos pasado de tener conciencia de sentirnos dominados a obviar cualquier percepción de nuestra dominación. Me angustia lo que vivirán nuestros hijos o nietos en los próximos veinte años, puede que sea una vida más triste y sojuzgada que la que hemos tenido nosotros, pero sin darse cuenta.

La modernidad líquida no es la mejor modernidad que deseo para las generaciones jóvenes. Les hemos uniformado el pensamiento y las costumbres para que sean lo que interesa que sean, y de ello estamos siendo culpables los que ahora ostentamos el poder político y el poder de la experiencia. Somos incapaces de desvelarles verdades y peligros que les son ocultados. Estamos permitiendo que los jóvenes dejen de ser una potente máquina de cambio para convertirse en objetivos manipulables por quienes mueven intereses muy distantes a cualquier aspiración de una sociedad justa. Permitimos que sean atrapados en el hedonismo vacuo e inconsciente de un ‘mundo feliz’, desmontándoles cualquier atisbo de pensamiento crítico. El hedonismo egoísta que alienta la individualidad, y que Victoria Camps achacaba a la desorbitada “soberanía del mercado”, que con su “oferta sin límites estimula la satisfacción inmediata de cualquier deseo”.

Los estrategas que mueven este mundo quieren jóvenes dóciles, infantilizados y consumistas, haciéndoles creer que son dueños de sus vidas y de sus actos, cuando en realidad son parte del engranaje mediático y existencial que les conduce por donde interesa. Creen tener autonomía, pero no deciden. Viven en la sociedad del hiperconsumismo, la autoexplotación y el miedo al otro, como define a la civilización moderna Byung-Chul.

No vamos hacia un mundo mejor. No lo era antes de la pandemia, ni será después de ella. La ‘pospandemia’ ha estimulado el afán consumista y el ‘hiperegocijo’ como ‘inevitable’ resarcimiento de las privaciones padecidas. Las sociedades, afanadas en conformar sistemas de protección y atención a sus ciudadanos, terminan haciéndoles más inseguros y dependientes, menos autosuficientes y libres, más aislados. De qué vale que la humanidad ‘prospere’ si somos extraños irreconciliables. Para qué tantos espacios sociales virtuales, si terminan convirtiéndose en “espacios expositivos” donde prima el yo.

El auge de la cultura de masas es el mayor enemigo del pensamiento. Si una sociedad deja de seguir el rumbo marcado por el pensamiento es fácil que caiga en las redes de quienes abominan del pensamiento.

* Artículo publicado en Ideal, 04/09/2021

** Ilustración: Salvador Dalí, Reloj evanescente

lunes, 16 de agosto de 2021

CONFORT SECTARIO*


Hablar solo con quienes piensan como nosotros es parte de esa tendencia del mundo de las storytelling, donde se crean irrealidades como mecanismo de protección de nuestros miedos. Las redes sociales han venido a alimentar un mundo donde se han perdido referentes morales y éticos para quedarnos con infundios y fabulaciones. Rodearnos de aduladores que nos regalen el oído es el mecanismo de los mediocres para sostener su estado vegetativo.

Hacer política alejándose de argumentos es fomentar no solo la alineación, también la alienación. Es la llamada ‘nueva política’ protagonizada por advenedizos huérfanos de preparación, conocimiento y honestidad con la verdad. Ya no les interesa el debate ni el pensamiento del contrario, su mensaje político solo va dirigido a quienes piensan como ellos. Se trata de mensajes adictivos que huyen de la convicción y la razón. Por eso triunfan en las redes sociales, donde el uso del lenguaje se ve depauperado hasta la insolencia.

Hemos llegado a un tiempo en que las verdades ni se buscan ni se comparten, sencillamente porque lo que menos importa es la verdad. Mejor medias verdades o aseveraciones impuestas a legiones de individuos. La búsqueda de la verdad ha perdido la prosapia que debiera guiarnos, cualquier mentira disfrazada de ‘veracidad’ es capaz de enardecer a las masas. No tiene más que ser auspiciada por medios sociales de desinformación. Perdida la capacidad de pensar, otros pensarán por nosotros. Lo vimos en el asalto del Capitolio promovido por Trump, lo vemos cuando se desprestigia al contrincante político con falacias que conducen a su encarcelamiento, o con Estados como Israel acusando a la cooperante Juana Ruiz de pertenecer a una organización terrorista hasta encadenarla y sin un juicio justo.

Se nos educa para que las opiniones y las ideas de los demás sean desechadas sin debate y ni siquiera haberlas escuchado, como si fuéramos dueños de verdades que obedecen a relatos incontestables. Y, sin embargo, un eslogan lo viene a decir todo, para qué los argumentos. Hemos construido un mundo donde las relaciones interpersonales los establecemos en dos ‘anticategorías’: ‘nosotros’ y ‘ellos’. Acaso el futuro haya dejado de existir para una sociedad cada vez más sumida en una misantropía enfermiza, donde la ética es lo que menos importa, tan lejos de esas palabras de Adela Cortina: “No hay futuro sin ética”.

Antes de irse de vacaciones, los políticos españoles dieron muestras de incompetencia e inmoralidad. Vimos desde el huero triunfalismo de Pedro Sánchez hasta la crítica desaforada y destructiva de la oposición, acusándolo de mentiroso, inútil y traidor. Solo se dirigían a los suyos con mantras para individuos que no supieran analizar la realidad por sí mismos. Se contraprogramaron ruedas de prensa y actos públicos, una comparecencia presidencial era remedada con otra comparecencia de la oposición. Bochornoso espectáculo con la única misión de zaherir mensajes ajenos.

España no necesita tantos gestos sectarios, sino lealtades. Cuando los fondos europeos están por llegar y repartir, cuando la pandemia sigue impactando y generando desazón en la población, cuando hay que dignificar las instituciones, huelga la política para crear división y confusión. Son los tiempos del confort sectario, donde todo se ha tornado en propaganda de mensajes para ser escuchados por los ‘nuestros’. En cuarenta años de democracia no hemos construido una economía potente, ni aumentado nuestra capacidad en investigación, ciencia, innovación o tecnología, han disminuido la justicia social y el bienestar, la ciudadanía es rehén de los grandes oligopolios y, sin embargo, ningún político se avergüenza de su incapacidad para resolver tantos déficits, cuando ya todos han gobernado. Me abochorna ver cómo se muestran orgullosos y no reparan en haber convertido a España, desde que entramos en aquella Comunidad Económica Europea, en un país de servicios, cuando no en el bar de copas de Europa.

Nuestros políticos son políticos de Twitter, de palabras contadas en mensajes ‘endulzados’ para satisfacer a seguidores, no a colectivos. Se ha sustituido la colectividad por la individualidad, lo pedagógico por el proselitismo fanático. Los políticos de ahora son aquellos niños que se educaron en la sociedad que rompió con las grandes utopías finiseculares, aquellas que alentaban una especie de aldea global solidaria e intercultural. Por eso les va mejor en Twitter, con mensajes rápidos y sobre la marcha, con palabras contadas que no argumentan pero lanzan eslóganes efectistas sin sostén teórico para enardecer a seguidores. Promueven el confort sectario como estrategia, de consignas fútiles para seguidores alineados en el páramo del ‘no debate’, a lo sumo montadas para discusiones de bar o de redes sociales, utilizando mensajes que suenan a ‘verdades sólidas y eternas’, como si hubiesen salido de una reflexión serena y sensata, y no de una estratagema bien pensada y tramada para anular pensamientos ajenos.

Solo interesa el eco del mensaje, aunque retumbe en una cabeza hueca y sin materia gris. Solo importa la respuesta visceral. Nos engañan, y nos lo creemos; nos adherimos al frentismo para buscar culpables, y pensamos que es el camino. Admitimos el fanatismo de las banderas, mientras vivimos el fracaso como sociedad incapaz de rebelarse ante tanta estupidez. Y aceptamos eso: fomentar la división, la negación del otro y subvertir los valores comunes para dejar de ser fuertes como colectividad.

Este declive del modelo de sociedad es posible que esté anunciando la llegada de una gran revolución, esa que acaso nunca llegue porque ya nuestra capacidad para ser autónomos revolucionarios nos exista. Por eso me abono al pesimismo como único adalid del hipotético cambio de una realidad no compartida.

* Artículo publicado en Ideal, 15/08/2021


martes, 3 de agosto de 2021

¿LA NOVELA HISTÓRICA AL RESCATE DE LA HISTORIA?*


¿Está el estudio de la Historia en franca decadencia?, ¿el auge de la novela histórica forma parte de cierta relajación intelectual de la sociedad, que prefiere conocer la Historia a través de la novela histórica antes que por un libro de Historia?, ¿interesamos en la escuela los docentes a nuestros alumnos en el conocimiento histórico? No sé si son pertinentes y oportunas estas preguntas en un tiempo en que la novela histórica ha alcanzado tan notable relevancia en la producción literaria de este país.

En agosto de 2018 se celebró un curso en la Universidad Menéndez Pelayo, dirigido por el periodista Pérez Henares y el historiador Calvo Poyato, bajo este epígrafe: “La novela al rescate de la Historia de España”. Como historiador, pero también como novelista, este título me llevó a plantearme si para salvar el conocimiento histórico había que apelar a la novela histórica. Un año después, en la Feria del Libro de Granada, fui miembro de una mesa redonda: “Realidad y ficción en la novela histórica”. En estos años son muchas las jornadas, encuentros o reuniones organizadas en torno a este género literario.

Ante esta cuestión, el primer pensamiento que me viene a la cabeza es si esta irrupción de la novela histórica obedece a la crisis de las Humanidades que advertimos en el sistema educativo, donde la filosofía o los estudios clásicos han perdido terreno en los currículos frente a las ciencias y las tecnologías. Desde el inicio del presente siglo la tónica de las reformas educativas ha ido en este sentido: abrir un vacío de devaluación humanística.

En estos días estivales la lectura ocupa algunas de mis horas: No digas que fue ayer de Ángel Fábregas, un retrato sobre la generación que cabalga ente los años 60 y 70 de aquella Granada, o El nombre de los nuestros de Lorenzo Silva, con el desastre de Annual de fondo. En el arranque del siglo XXI Javier Cercas se detuvo en el golpe del 23-F con Anatomía de un instante y en la guerra civil con Soldados de Salamina; Muñoz Molina nos regaló La noche de los tiempos y Almudena Grandes esa serie de ‘Episodios de una guerra interminable’. Vargas Llosa recreó el horror de la dictadura trujillista de República Dominicana en La fiesta del chivo o las conspiraciones internacionales para derrocar al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz en Tiempos recios. Hay muchas más novelas donde lo histórico cobra protagonismo en una trama de ficción. De hecho las grandes editoriales disponen de profusas secciones de novela histórica.

Todas aportan una visión de la cotidianidad que la Historia suele olvidar, aunque no se sepa bien hasta dónde llega el dato histórico y dónde empieza la ficción. El lado humano de la historia, abordado por la corriente historiográfica de las mentalidades, es probable que sea narrado mejor desde la ficción que en una monografía histórica. Lo hizo con maestría Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales, elevando la ficción histórica a categoría literaria.

En esta ‘disputa’, a los historiadores quizás nos haya faltado mejorar las técnicas de divulgación de la Historia, sin que necesariamente mermara el rigor del estudio histórico. Escribir un libro de Historia, con la debida profundidad científica, no significa que haya que redactar un texto imposible de leer y comprender por el lector medio. Tampoco un docente tiene por qué hacer insufrible su clase de historia, la aproximación a ella se puede presentar de manera más atractiva.

Con el inicio de la democracia se abrió el horizonte de la divulgación histórica, los tiempos lo demandaban. Aparecieron excelentes colecciones: Historia16, y se editaron fascículos sobre temas históricos. Esta divulgación tuvo en la prensa a una gran aliada. Ideal, por ejemplo, editó aquella Historia de Granada, entre cuyos autores me cuento. Después vinieron estudios históricos de corte más divulgativo con Domínguez Ortiz o García de Cortázar, o esas grandes biografías sobre reyes, reinas y figuras señeras de la Historia de España. Fue una manera de aproximar la Historia al gran público.

No obstante, la sensación actual es que los historiadores hemos perdido terreno frente a la novela histórica. Los lectores la prefieren a un libro de divulgación histórica. Quizá sea porque la novela propone textos más asequibles a la lectura y la comprensión de las ideas; o acaso sea por la tendencia que impone la sociedad posmoderna de incentivar lo fácil, lo lúdico y lo accesible frente al esfuerzo del proceso analítico e intelectualizado de la comprensión histórica.

Una novela histórica no es un libro de historia, ni utiliza las mismas técnicas narrativas para trasladar el discurso al lector. La novela histórica, dentro de la necesaria verosimilitud que ha de proporcionar, emplea un tono de empatía que supera al texto histórico. Los recursos estilísticos y de seducción permitidos en la ficción propician situaciones y personajes que están ausentes en un texto histórico. Los personajes literarios se suelen presentar más humanizados que los históricos. La novela refleja una realidad que no siempre es la realidad que un historiador puede constatar en su obligación de mostrarla como se la sugieren las fuentes históricas. El novelista puede fraccionar la realidad, condensarla o presentarla como mejor convenga a las pretensiones del discurso que construye.

Es obvio que la novela histórica nunca podrá sustituir a un libro de historia, tampoco creo que lo pretenda, aunque haya novelistas que quieran hacernos ver lo contrario. Sin embargo, de cara a los lectores, el interés por un personaje, hecho o época histórica cuenta como aliados complementarios tanto con la novela como con el texto histórico.

 * Artículo publicado en Ideal, 02/08/2021

lunes, 19 de julio de 2021

NACIONALISMOS*

 


Vivir a la gresca, con un enemigo al que combatir, es una de las tácticas más exitosas en política. Crea un enemigo y tendrás una causa contra la que luchar. Y si ello arrastra a miles o millones de personas, se habrá alcanzado el éxito pretendido. Una artimaña así empleó el fascismo en el primer tercio del siglo XX, y ganó el poder y mancilló a millones de ciudadanos que no eran de los suyos. Las historias personales nunca contaron en la ofuscada sinrazón de la barbarie.

Stefan Zweig, en El mundo de ayer, abominaba del nacionalismo, decía que aun habiendo visto las grandes ideologías de masas: fascismo, nacionalsocialismo o bolchevismo, consideraba a aquel la peor de todas las pestes “que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Yo no he vivido tanto como Zweig, pero con mis casi dos décadas de franquismo tengo suficiente. Y como historiador, he navegado tanto por las entrañas del siglo XX, que le comprendo. El nacionalismo es capaz de arramblar con todo lo que se le cruce en su camino. Hoy lo observamos tocado por una impronta ultraderechista, insolidaria y segregadora del otro. Hasta hace no tanto EE UU era el paradigma, aunque queda un rescoldo muy peligroso. En Europa lo encontramos instalado en los partidos de derechas, acechante para cuando pueda dar el zarpazo.

En España vivimos dentro del fuego cruzado entre dos nacionalismos: el catalán y el españolista. A cual más intransigente, sectario y no dispuesto a ceder con quien no comulgue con sus ideas. Políticamente, hasta el momento les está siendo rentable. A ninguno de los dos les importa la convivencia, los dos pretenden el dominio del otro, ignorando las historias personales de los que no les secundan.

Los indultados independentistas catalanes, nada más salir de la cárcel, no tardaron en alardear que sus obsesivas pretensiones no iban a desaparecer. Que lo piensen y lo digan no es malo, que lo ejecuten, sí. Su relato, similar al esgrimido por ETA: el Estado opresor que les hace víctimas de la represión. Se les olvida condenar la corrupción de la Generalitat durante tantos años. Y no se acuerdan de los millones de catalanes, de izquierdas y de derechas, que no comparten sus ofuscados delirios, a los que llaman fascistas. El nacionalismo tiene eso, una visión  egoísta de la vida, que para ETA se defendía con las armas, y que el catalán, cuando le ha interesado, lo ha hecho con la movilización de sus violentos comandos CDR.

El nacionalismo españolista, por su parte, anda soliviantado con los indultos. No aceptan que se hable de independencia en el Congreso, allí donde cada cual espeta con libertad sus mentiras o medias verdades. Se opone a los indultos, una medida constitucional, prefiriendo la venganza a la justicia. A los empresarios y la Conferencia Episcopal se les ocurrió pronunciarse a favor de los indultos, pronto Casado y Aznar no tardaron en decir que lo que decían no contaba, incluso el ex presidente ronroneó: "Son días para apuntar y no olvidar". Lo dijo no  porque los obispos se metan en política, sino porque nadie puede opinar diferente a su engreída visión. Bien haría el señor Aznar, ya que condena el ‘golpe de Estado’ de aquel primero de octubre de 2017, hacer lo mismo con aquel otro perpetrado en el 36 contra la República y, de camino, condenar la corrupción del PP, de la que dice no saber nada. Aquel nacionalismo españolista del 36 que aún conserva sus adeptos, y que asesinó o llevó al exilio a cientos de miles de españoles, entre ellos, la élite cultural española.

La democracia se fortalece con justicia, la revancha la debilita. Las revanchas son tácticas de regímenes autoritarios y segregacionistas. En el 78 hubo concordia entre unos extremos políticos inimaginables, así pudo arrancar la democracia. Al PSOE es posible que lo de los indultos le cueste el poder en las próximas elecciones, pero un gobernante debe actuar con criterio de justicia y apuesta por la convivencia. Es una obligación moral y democrática. La convivencia es un valor supremo en una democracia, una sociedad democrática no puede sostenerse con una parte sojuzgando a otra. Buscar la reconciliación es una obligación. 

Es preciso normalizar la convivencia democrática. No deberíamos abominar porque Bildu esté en las instituciones. Crear guetos con vocación territorial no es el camino, dejarlos marginados alimentando sus fobias, un disparate. Aun recuerdo la presencia de representantes de EH Bildu en marzo de 2018 en el homenaje a Isaías Carrasco que cada año se celebra en Mondragón. Fue un paso valioso de quienes habían respaldado las acciones terroristas de ETA. Allí estuvieron la portavoz parlamentaria de la coalición, Maddalen Iriarte, y la directora de programas, Ainhoa Beola.

En democracia las ideas se respetan mientras no generen la disrupción de la convivencia. Es el mejor signo de libertad, esta es la única capaz de invalidar los argumentos sectarios. La intransigencia, por el contrario, fortalece el encono nacionalista. Qué bien vendría que los nacionalismos se desprendieran de las telarañas que cuelgan de la razón, como dice el verso de Luis Cernuda, y que tanto enturbian la convivencia de este país.

Vivimos tiempos en que los nacionalismos se empeñan en dividirnos: buenos y malos españoles, constitucionalistas y no constitucionalistas, independentistas y no independentistas. Una dicotomía donde naufragaremos como sociedad. Fomentar la división es una insensatez, cuando no una perversión, y la actitud más antidemocrática que existe y, si alienta el odio, una temeridad. En la España del momento, Stefan Zweig seguiría abominando del nacionalismo.

 * Artículo publicado en Ideal, 18/07/2021

*Ilustración: 'Sistema solar', Juan Vida.