lunes, 7 de agosto de 2017

EL OTRO SON ESTIVAL EN TORNO A GARCÍA LORCA*

¿Recuerdan aquello de la serpiente de verano?, ¿lo de las noticias que durante el estío suscitan un debate sobre hechos con poco fundamento?, pues bien, en Granada se diría que ya tenemos nuestra serpiente de verano si no fuera porque el tema alcanza tintes precisamente no baladíes. El caso es que el debate suscitado ha venido en forma de edificio para la controversia y con Federico García Lorca metido por medio.
La polémica se ha montado en torno al edificio del hotel Montecarlo de la acera del Darro, que tiene todas las bendiciones de Urbanismo para ser demolido. A este edificio algunos le atribuyen el honor de tratarse de una de las residencias de Federico en Granada, mientras que otros lo dudan. Ahora un informe de técnicos de la Delegación de Cultura sostiene la versión de que en él no residió el poeta, sino dos casas más abajo. Y ante el revuelo armado, se plantea la búsqueda de otra alternativa, a modo de solución salomónica: que en su demolición se mantenga la fachada.
Mi intención no es entrar en este debate. Que se pronuncien los que se hayan aproximado documentalmente a este tema. Sabios y doctos no faltarán para definirse si fue residencia o no del poeta o, a lo mejor, si lo fue de sus primos, a los que iba a visitar.
A mí lo que me sorprende y preocupa es que Granada, la ciudad de Federico García Lorca, la que pregona al poeta como emblema, se encuentre a estas alturas de siglo, después de tantos estudios y aproximaciones hacia su figura y su obra, dirimiendo si el hotel Montecarlo es o no uno de los lugares lorquianos de la ciudad.
Esta ciudad, como han pregonado sus autoridades pasadas y presentes, o intelectuales de antes y de ahora, debería rendir homenaje permanente a esta figura literaria universal. Estamos en su ciudad, en la que se ha construido un centro cultural para el estudio e investigación de su obra, la que concede un premio internacional de poesía con su nombre. Pero también la ciudad que se rasga las vestiduras ante cualquier ataque hacia su poeta preferido (agravios y ofensas no han faltado, provenientes tanto de sectores retrógrados como menos retrógrados). La misma que asimismo, desgraciadamente, es capaz de utilizar polémicas en torno a su persona como arma política, a veces sin mucha conciencia de lo que se dice y de lo que se hace. Esa ciudad que le rindió homenaje en el 98 por el centenario de su nacimiento, para proyección de su figura en el mundo entero.
Y queriendo tantas cosas para Federico, sin embargo todavía otras inexplicablemente han quedado en manos de la desidia. Es así como no se han determinado con certeza y rigor histórico todos los lugares lorquianos que encierra la trama urbanística de la ciudad. En una dejación imperdonable que deshonra tanto deseo, a veces fatuo, por ensalzar su figura. Que deja a los granadinos y a los visitantes sin la posibilidad de aproximarse a otra perspectiva en el conocimiento del poeta: la de su cotidianidad, la que por otra parte lo puede conectar aún más a cada uno de nosotros.
¿Qué han hecho las distintas corporaciones municipales que en la democracia han sido en este sentido? ¿Qué no han hecho las concejalías de Cultura para que a través de estudios serios hubieran resuelto la identificación de los lugares lorquianos hace décadas o lustros? ¿Acaso no han tenido tiempo para fijar con rigor esos lugares y marcar sus fachadas con una humilde placa, así como catalogarlos como bienes de interés cultural, protegiéndolos para siempre? Pues parece que no, habida cuenta que estamos inmersos en esta polémica del hotel Montecarlo.
Dublín tiene bien definidos los lugares de James Joyce y su Ulises. En Salzburgo todo gira en torno a Mozart. Ejemplos de ciudades europeas no faltan. Y en Granada, sin embargo, se da la noticia de que se va a derribar un edificio y nos surgen a todos miles de dudas, porque su Ayuntamiento (éste o los pasados) no tienen claro si tenemos o no ante nosotros un lugar lorquiano con la rotundidad que el tema merece.
Este verano será recordado no solo por los sones de ¡Oh Cuba! Federico García Lorca. Son flamenco en el teatro del Generalife, lo será igualmente por la polémica sobre dónde se ubicaba la residencia lorquiana en la acera del Darro. Como si no tuviéramos bastante ya con el retraso en la llegada del legado del poeta al Centro Federico García Lorca (que tanto costó su finalización arquitectónica) o la sombra de sospecha que se cierne sobre los millones de euros de gastos que aún no han sido justificados.
*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 6/8/2017

lunes, 24 de julio de 2017

LAS LLAVES

El verano se me está haciendo llevadero. Soportando bien las calores, tengo suficiente. Sigo con mis caminatas. Soy disciplinado y hago caso siempre a mi médico. Y ahora no sé por qué me he puesto a releer Crónica de una muerte anunciada.
En el sendero que me sirve de banco de pruebas terapéutico, cada día me deapra una sorpresa. Durante dos o tres semanas me han estado intrigando unas llaves. La primera vez que las vi estaban colgadas en la espita de uno de los muchos árboles que flanquean el sendero. Casi no se veían. Alguien debió verlas en el suelo y las colgó, en el apéndice de una pequeña rama partida, a la altura de la cabeza de una persona de estatura mediana. Supongo que pensó que su propietario así podría verlas si pasaba de nuevo por allí. Llevar a objetos perdidos algo perdido en un sendero en el campo no es una solución inteligente. Es más lógico pensar que quien pierda algo en un camino volverá a recorrerlo. Quizá quien las perdió fuera un caminante fugaz que no volverá a pasar por el sendero en semanas o meses; tal vez, nunca. Pero eso no lo sabemos, así que lo más sensato es hacer lo que el caminante anónimo: ponerla a la vista.
Me pareció que yo también debía colaborar en facilitarle la localización a su propietario o propietaria. Por el aspecto del llavero me inclinaría más porque fuese una propietaria. Así que aparté una ramita que intercedía en una buena visualización y dejé las llaves libres de obstáculos para su mejor vista a unos metros de distancia. Si yo hubiera perdido mis llaves, que no las perderé nunca porque no las llevo cuando hago este paseo, me hubiera gustado que alguien hiciera lo mismo.
A partir de ese momento, las llaves se convirtieron en un ejercicio de solidaridad senderista entre los caminantes. Aunque también los haya  guarros y guarras, de esos que tiran los desperdicios y envases de una merienda de comida basura en los aledaños del camino. Pero dejemos esto tan irritante. Cada día que volvía a pasar veía que algo había cambiado alrededor de las llaves. Aparecían cintas de colores para que llamaran la atención en un golpe de vista de los transeúntes. La verdad es que el llavero era un poco soso y cutre, su color negro parduzco no destacaba precisamente en el tronco del árbol. Así es como un día vi atado un trozo de plástico blanco y una cinta roja otro día más adelante.
Aquello provocó que durante un tiempo se soliviantaran mis inquietudes y temores. ¡Menudo sofocón para quien las hubiera perdido! ¡Qué trastorno no encontrarlas de inmediato! ¡Menuda intranquilidad si alguien las encontraba y sabía donde vivía! Entraría como Pedro por su casa.
Pasaron varios días, y las llaves desaparecieron. Pensé: por fin las ha encontrado su dueño. El asunto no pasó a mayores. Casi me olvidé de ellas. Pero días después aparecieron en otro árbol, a unos cuarenta metros. Me solivianté, al tiempo que cundió mi decepcionó: el dueño no las había encontrado. Entonces qué pudo ocurrir: otro buen caminante pensaría en ponerlas allí, donde él creía que estarían más visibles. No me pareció buena idea. Sin embargo, un buen día ya no estaban. Miré entre la hierba, a ver si se habían caído o alguien malintencionado las había arrojado por la zona. Como no di con ellas, lo mejor que pude pensar para mi tranquilidad es que su dueño las habría encontrado. Él o ella podía respirar a gusto, y yo también.
Seguiré leyendo Crónica de una muerte anunciada y, apenas la termine, releeré El llano en llamas. El verano parece que se presta más a las relecturas.

jueves, 15 de junio de 2017

YO NO PUDE VOTAR AQUEL 15-J DEL 77

Hace unos años, desde un periódico, me preguntaron por mi experiencia en aquellas primeras elecciones de la democracia en España. Aquel día se ejercía un derecho que el régimen franquista había hurtado al pueblo español durante cuarenta años. Mi respuesta: que aquel 15 de junio de 1977 yo no pude votar, a pesar de arder en deseos de hacerlo. Se trataba de una cuestión de mayoría de edad, me faltaba casi un año para cumplir los veintiún años.
Después de una dictadura, cuando en el país vivíamos una esperanza de cambio, de estrenar la ansiada democracia, verte privado de poder votar fue realmente frustrante. A muchos jóvenes de mi generación nos pasó lo mismo. La dictadura, con su cómputo de mayoría de edad, casi dos años de la muerte del dictador, todavía nos jugaba esta mala pasada. Su larga sombra aún nos seguía machacando, como en otras muchas esferas de la vida pública y privada en España.
Aquel día, miércoles, lo viví entre la expectación y la frustración. Sabía que existía esa limitación de la mayoría de edad, bastantes trámites administrativos nos lo recordaban a diario. La incertidumbre, el deseo, la ilusión de vivir en día especial, me hicieron no obstante albergar la esperanza de que aquello no fuese así. Gran parte de la mañana, hablando con mi amigo Juan Rubio, abundamos en la conversación de que a lo mejor podía estar en el listado del censo y tener alguna posibilidad. Hacíamos nuestras cábalas. Para despejar dudas, nos acercamos a un colegio electoral situado en la cuesta del Chapiz. Allí nos dijeron que los menores de veintiún años no estaban incluidos en el censo. Se desvanecía definitivamente aquella ilusión basada en el anhelo.
Cuando escribí La renta del dolor, cuya historia abarca los últimos años del franquismo, barajé la posibilidad de que la novela finalizara en noviembre de 1975, con la muerte del dictador. Meditando sobre ello, me pareció insuficiente. El régimen sobrepasó a esta muerte (todavía nos preguntamos si actualmente quedarán rescoldos en la vida pública de aquel régimen). El trabajo de reconstrucción democrática que quedaba por hacer era extenso y profundo. Así que la historia de Matilde Santos debía llevarla hasta las primeras elecciones generales, cuando ella, tras treinta años de exilio y diez viviendo bajo el régimen, por fin podía votar. Ese era el momento en que con la participación del pueblo español se configuraba el arranque del nuevo tiempo democrático que habría de venir.
Para cuando se publicó un real decreto, previo a la Constitución de 78, que pasaba la mayoría de edad de los veintiún a los dieciocho años, yo ya era mayor de edad por partida doble: tenía más de veintiuno y más de los recién estrenados dieciocho. Lo siguiente que se votaba, el refrendo de la Constitución. Fue el momento en que por primera vez depositaba una papeleta en las urnas. Me alegré que decenas de miles de españoles de mi generación tuvieran esa oportunidad de votar y que no pasaran por la misma frustración que sentí aquel 15 de junio.
Afortunamente, la democracia nos brindaría en los cuarenta años que han transcurrido desde entonces muchas más posibilidades para votar. Otra cosa distinta es que aquella ilusión que teníamos con nuestro primer voto nos haya servido para hacer de nuestra democracia un sistema más justo e igualitario, a la vista de lo que hemos vivido en la vida pública en los últimos diez años.

sábado, 27 de mayo de 2017

EL SENDERO

Desde que el médico me animó es un decir a que cada día anduviera cuatro kilómetros o durante una hora, el sendero junto al río Genil se ha convertido cada tarde en mi gran aliado. Se trata de una ruta verde que discurre entre Granada, Cenes de la Vega y Pinos Genil. La frondosidad de la vegetación que lo flanquea lo hace un sitio ideal para pasear.

Cada tarde, cuando el calor del día se mitiga por la tibieza del sol que se pone, el sendero se convierte en un reguero de gente. El río, próximo, y la abundancia de vegetación hacen que la caminata adquiera una perfecta comunión entre salud y naturaleza. A ratos, el rumor del agua del río golpeando las rocas se mezcla con el trino de los pájaros que anidan en la espesura de los árboles.

En mi caminar, me cruzo con gente de todas las edades. La impresión que me da es que todos los que andamos por allí hemos sido obligados por el sabio consejo médico. Pero seguramente no será así. Pasean mayores y menores, señoras metidas en carnes, señores con barrigas prominentes, jóvenes embutidos en trajes de licra, parejas acompañadas de sus perros. Los hay que caminan o que van corriendo. Hay quienes te dan las buenas tardes o quienes pasan a tu lado signados por el esfuerzo. Esa costumbre de darse las buenas tardes o los buenos días cuando los caminantes se cruzan en los caminos me recuerda a mi niñez. Era habitual. Probablemente por cortesía, pero también porque era la manera de saber que se iba en son de paz. Recuerdo escuchar a mi padre en esa circunstancia decir aquello de “Dios guarde a usted”. Ahora eso no es frecuente, pero no están de más las formas amistosas cuando dos caminantes se cruzan.

En el sendero no solo hay viandantes, lo compartimos con ciclistas. Es lo que no me gusta, porque si te sorprenden por la espalda, casi siempre a una velocidad inapropiada el susto no hay quien te lo quite. A veces no reparan en nosotros, los caminantes. El otro día, me abordó uno por la espalda gritando ¡voy! A una decena de metros se paró en un ensanche, pensé se irá por otro camino. A poco de dejarlo atrás, escuché otra vez el sonido estentóreo: ¡voy! Me llevé un buen repullo. Ni siquiera tuve tiempo de decirle: ¡hombre, con más cuidado! El paso de algunos ciclistas es lo que menos me gusta.

Camino entre Pinos y Cenes, así completo mis cuatro kilómetros. Este paseo es ciertamente reparador, no solo para la salud, supongo, también para el espíritu. Cualquier premura del ajetreo diario, en esa hora que suele durar el paseo, pasa a un segundo plano.

Casi nunca voy solo, siempre hay alguien cerca. Pero cuando no hay nadie me acompañan mis pensamientos, que ahora dan vueltas a la corrección de la novela que ya tengo escrita, pero que necesita esa penúltima corrección. El sendero es un buen lugar para pensar. En lo otro, espero que la próxima visita al médico me depare unos resultados en consonancia con la disciplina que me he impuesto. 

martes, 7 de marzo de 2017

PATRIAS Y VASCOS

En nuestro país todos tenemos prejuicios sobre los demás. Los catalanes son.., los gallegos son…, los vascos son…, los andaluces son... Hay miles de chistes que circulan por las redes sociales o se cuentan en radio y televisión. Cada vez menos, es cierto. Recuerdo declaraciones de políticos (Durán i Lleida, Ana Mato o Albert Rivera) que hablaron alguna vez, para defender sus argumentos, denigrando a los adultos andaluces o a los niños andaluces. Lo mismo que en algún momento se ha hecho con gallegos, catalanes o extremeños. Hubo un tiempo en que se proclamaba gratuitamente que todos los vascos eran terroristas. A los equipos vascos de fútbol (sobre todo la Real Sociedad), cuando jugaban en campos fuera del País Vasco, se les gritaba eso de terroristas o etarras.
En los años del terrorismo no solo se asesinó y se destruyeron vidas y familias, también se moldearon mentalidades y se activaron prejuicios, pensamientos negativos y hasta xenófobos, en este caso, hacia lo español. No eran negros, musulmanes o judíos a los que se echaba la culpa, era a España y a los españoles, represores de su pueblo, a los que se odiaba e imputaba la culpa de todos sus males. Esa realidad se vive todavía enquistada en un sector amplio de la sociedad vasca. Las opiniones están condicionadas, y el subconsciente traiciona con relativa frecuencia cuando se quiere decir algo de España o de los españoles. El argumentario de ETA y de un gran sector de la izquierda abertzale marco durante tanto tiempo tendencia y opinión.
La torpeza de una televisión pública vasca, ETB, emitiendo el programa Euskalduna naiz, eta zu (Soy vasco, y tú…), donde se insultaba a los españoles, llamándolos catetos, atrasados, fachas o chonis, no ha sido el mejor ejemplo ni lo más acertado. Lo que se ha emitido en esta televisión no es un pasatiempo, tampoco un programa de humor (aunque se disfrace de ello), es algo más profundo, desafortunadamente, sustanciado en las mentes de decenas de miles de vascos, adultos y niños, que desprecian a los que son de fuera de sus fronteras.
En Andalucía, en Madrid o en Cataluña viven miles de vascos. Aquí en Granada los conocemos, algunos son docentes, otros empresarios, otros médicos o enfermeros. Trabajan cerca de nosotros, nos respetamos y nos queremos. ¿Por qué no puede ser que eso mismo ocurra entre los habitantes de Euskadi y los miles de españoles que residen en el País Vasco? Respeto mutuo es lo que necesitamos. Desde la política probablemente es desde donde se haya hecho más daño al respeto entre los pueblos de España. Su cuota de responsabilidad tiene.
Si hay sectores de la sociedad española y vasca que están trabajando en pro de la convivencia entre los pueblos, si hay valiosas voluntades para que el respeto siempre impere, tras las décadas negras del terrorismo, la emisión de este programa ha venido a poner muchos palos en las ruedas.
Contra tantos prejuicios, etiquetas y odios es contra lo que tenemos que combatir, pero no respondiendo igual, con la descalificación y el insulto, sino con la razón y el respeto. Es lo que nos toca hacer, a los que se nos llama españoles catetos y atrasados. Acabemos con esas patrias, vasca o española, que terminan excluyendo.
Hoy, 7 de marzo, se cumple el noveno aniversario del asesinato de Isaías Carrasco a manos de ETA en la localidad de Mondragón/Arrasate, sirva este artículo como recuerdo y homenaje a su figura.