martes, 12 de marzo de 2019

LOS RELATOS QUE VIENEN*


Ya nadie defiende la verdad. Su defensa ha quedado a cargo de los escasos quijotes que todavía subsisten en este mundo, y poco caso se les hace. A veces sospecho encontrarme entre estos últimos. “Mi corazón ingenuo que a tu bondad se humilla”, como diría Verlaine. No obstante, no quiero que me sobrepase la realidad, ni perder el contacto con ella. Presiento que nos hemos parapetado en la defensa de nuestros relatos sin mirar a la verdad, y los defendemos con el mismo fervor que si se tratara de ella. Sin rubor alguno, no nos importa mentir. “¿Tú verdad? No, la verdad, / y ven conmigo a buscarla”, sentenciaba Machado.
En este mundo cibernético se hackean las contraseñas de correos electrónicos, las páginas web de gobiernos o grandes empresas, y hasta se profana nuestro espacio digital para ofrecernos publicidad sin haberla solicitado. Los ‘ciberataques’ se han convertido en el moderno rictus de la piratería. Cuando la Inglaterra de Isabel I atacaba a los galeones españoles venidos de América, a través de un escogido grupo de piratas oficializados, lo hacía de esa manera burda y violenta del abordaje, lejos del refinamiento o la discreción de un servicio secreto o una central de inteligencia. Como si retrocediéramos en el tiempo, hoy en día el abordaje de nuestra intimidad también se ha vulgarizado, quedando poco margen para la persuasión.
Somos más vulnerables que nunca. A veces pienso que la posibilidad de hackear nuestro cerebro está más cerca. Los estrategas del marketing y la propaganda, expertos en storytelling, saben que para publicitar algo no hay más que construir un relato capaz de calar en las neuronas. Las dos grandes distopías del siglo XX sobre el futuro: ‘1984’ de George Orwell y ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley, representan dos modos de entender la evolución de la sociedad. En la primera, la represión y la obediencia ciega como estrategia de control, y ese gran hermano que todo lo ve; en el mundo feliz de Huxley, la seducción como maniobra encaminada para crear individuos sumisos.
El modelo represivo de Orwell es el que parece imponerse. Triunfan las fórmulas políticas basadas en la intolerancia. Los discursos, cuanto más intransigentes y menos fraternales, parecen funcionar mejor: lo visceral frente a lo racional para alcanzar el poder. Ahí están los discursos paradigmáticos de EEUU y Brasil, y el miedo al futuro que impulsa al ser humano a buscar protección frente a una hipotética amenaza, real o no, y a fiarse de los que vociferan lo drástico y lo amenazante, admitiendo cierres de fronteras o construcción de muros. Un ejemplo más cercano: los discursos políticos catastrofistas proferidos en los últimos meses en España. 
Si a Putin le interesaba que Europa y EEUU estuvieran dirigidos por tipos extravagantes, populistas y con planteamientos de ultraderecha, que debilitaran desde dentro los principios de la democracia, lo ha conseguido. Hacer vulnerable el modelo democrático, inoculando un enemigo interior, es la táctica perfecta para la destrucción del sistema. Ahí están los nacionalismos (en nuestro caso el catalán) o la campaña corrosiva contra la Unión Europea que emprendió el Brexit.
Sabido es que los mecanismos para la manipulación son tremendamente efectivos a la hora de remover la opinión de los ciudadanos. Lanzar un torpedo en la línea de flotación de la democracia en forma de noticias falsas (‘fakes new’), tergiversación de la realidad u opiniones tendenciosas es la estrategia seguida tanto en redes sociales como en el discurso político propagandístico. Vemos la facilidad con que se manipula la opinión pública, se crean corrientes de opinión o se influye sobre las mentes. Y lo lamentable es que esto ocurre con supuestos ciudadanos libres y formados de los países democráticos.
A veces me pregunto si el mundo feliz de Huxley no estaría entroncado con el uso perverso que se ha hecho del llamado 'estado del bienestar'. La alineación de ciudadanos débiles, inconscientes de su propio sometimiento a los dictados de quienes durante años han hecho un uso innoble del poder, mientras auguraban mundos felices que nunca llegaban, es parte del patetismo político que nos rodea. Una estrategia basada en el ejercicio de una posmodernidad que invita al disfrute del presente sin más horizonte ni perspectiva de futuro, bajo un planteamiento de hedonismo superficial.
Siento pavor al ver cómo se ha adormecido la capacidad crítica y de reacción de los ciudadanos, cómo existe un desarme intelectual frente a la adversidad y cómo se nos ha incapacitado para interpretar los mensajes y la propaganda que circulan tanto en el espacio cibernético como en la vida real. Caer en manos de la entelequia resulta fácil, manipular un referéndum o unas elecciones es ya una maniobra constatada.
Es posible que vengan tiempos peores cuando el respeto hacia el ser humano desaparezca definitivamente como valor, tiempos en los que el futuro ya no tenga futuro, donde los proyectos personales queden desactivados y el futuro de la sociedad se haga inviable. Los que se erigen en salvadores de patrias imaginadas no saben, o acaso sí, que están destruyendo las bases del futuro de la sociedad al obviar la verdad y el respeto por la dignidad humana, esa que no tiene cabida en los relatos que ellos construyen para rentabilizar solo su presente.
Es en esta tesitura, con la verdad como la gran ausente, en donde se ha situado la política en España desde hace tiempo. Leamos los discursos políticos y encontraremos falsedades y la obscena pretensión de decidir por nosotros, leamos las noticias de la prensa y veremos que su imparcialidad queda cuestionada.
Ya ninguna mente está libre del manoseo. Quizá ahora sea cuando la verdad necesite defenderse con más ahínco. Busquemos esos quijotes.
 Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 11/03/2019

martes, 29 de enero de 2019

SI UNA SOCIEDAD NO EDUCA, NO HAY EDUCACIÓN*


Hay utopías que desmintiendo su semántica encuentran la manera de despertar los sueños que las concibieron. Llevo años pensando en nuestra torpeza como sociedad por no dar a la educación el valor social que se merece. Inundamos los discursos de palabras que hablan de una sociedad mejor mientras descuidamos el motor que ayudaría a ello: la educación. Nuestra sociedad puede ser la más rica, tener las mayores comodidades, poseer ingentes cantidades de bienes de consumo, pero no por ello tiene por qué ser la mejor. En una sociedad como la actual (abierta, compleja, interrelacionada, globalizada, multidiversa, sistémica, incierta, agresiva, contradictoria…) no cabe duda que la educación es la piedra angular que se necesita para vertebrar y cohesionar el tejido social.
Amin Maalouf decía en su obra El desajuste del mundo que el siglo XXI debería ser el siglo de la cultura y la educación, ya que el XX habiéndolo pretendido no pudo serlo, de manera que con el concurso de ambas cabría entonces construir ese mundo mejor al que aspiramos, al tiempo que haríamos más libres a los seres humanos. Sin embargo, en nuestro tiempo advertimos un divorcio cada vez mayor, con intereses contrapuestos, entre lo que representa la escuela y la sociedad donde se incardina.
No es la escuela la única que educa, como no es tampoco solo la familia, hay otros muchos agentes sociales que también lo hacen. La irrupción de las plataformas digitales en nuestra vida (Youtube, Instagram o la misma publicidad) han abierto en nuestros jóvenes un sinfín de ventanas donde mirar y cientos de arquetipos sociales en los que fijarse. Tener en casa a personas jóvenes y dejar que se adueñen de la smart tv, el ordenador, la tablet o el móvil es una oportunidad para descubrir cuáles son sus intereses y aficiones. En ellas encontramos un universo atestado de imágenes, videoclips o ‘reality show’, donde circulan cientos de 'youtubers' que cuelgan miles de vídeos donde muestran su vida personal, sus extravagancias o el modo de interpretar el mundo. Al igual que hay miles de canales de música con escenas y letras en las que el machismo, la depreciación de la mujer o la violencia aparecen justificados en exhibiciones tan burdas como reales sustentadas en relaciones sociales primarias.
Estas plataformas digitales (puestas aquí como ejemplo) influyen enormemente, con un poder que no deberíamos menoscabar, en la educación de nuestros jóvenes, en una proporción mayor que la familia o la escuela. Se han agregado a la publicidad, que ya representaba estereotipos consumistas, machistas o conceptos de vida relajada y poco comprometida. La sensación que nos queda es que la educación que se imparte en la escuela está muy alejada de una realidad por descubrir. Cabría entonces preguntarse: ¿qué le queda por hacer a una escuela voluntarista frente a ese otro modelo social que no la tiene en cuenta y pregona otros valores?
Socialmente la educación está concebida para alcanzar la perfección. A las instituciones escolares se les exige competencia para trabajar en el terreno de la moralidad, la ética, la axiología o la socialización, y asimismo atender a todos los problemas de la sociedad, y solucionarlos. Y, entretanto, el resto de agentes sociales inhibidos de la tarea. El consenso social en torno a la educación está roto, no existe acuerdo en cómo y sobre qué educar. La política no ayuda, y los grupos e instituciones educativas solo ven en la escuela la defensa de sus propios intereses.
Tras la dictadura, la democracia generó un cierto consenso sobre los objetivos y valores que debían fomentarse en la escuela. El espíritu democrático, y todo lo que ello comporta, debía empapar la educación de las nuevas generaciones. No educar a ciudadanos libres y democráticos implicaba que la sociedad no avanzaría en democracia. Han pasado cuatro décadas, y no estoy tan seguro de que aquella finalidad la hayamos alcanzado.
Martha Nussbaum reflexionaba en su obra Sin ánimo de lucro al respecto de las necesidades de la democracia: “estamos en medio de una crisis de proporciones masivas y de grave importancia mundial”, y no se refería ni a la crisis económica de 2008, ni al terrorismo internacional, aludía a otra crisis que pasa más desapercibida y que es más perjudicial a largo plazo para el futuro de la democracia: la crisis mundial de la educación.
Los sistemas educativos están en crisis. Es difícil que encuentren el camino para alcanzar esa idea de perfección que se les exige. Son capaces de dar contadas respuestas individuales: formar técnicos en determinados segmentos productivos o asegurar la formación del joven que aspira a entrar en la Universidad, pero para dar una respuesta colectiva de mejora de la sociedad se muestran inoperantes. Es aquí donde se encuentra gran parte de su fracaso y, por extensión, de la sociedad en su conjunto.
El futuro de la democracia está en peligro. La manipulación de los individuos en las sociedades modernas resulta cada vez más fácil y se realiza con mayor descaro. A la educación le está costando formar personas libres y críticas para una sociedad libre, fundamentalmente porque tiene un enemigo demasiado poderoso: la sociedad construida bajo premisas y valores que entran en contradicción con los de la escuela. La escala de valores que se enseña en la escuela no es la misma, ni tan poderosa, que la que revolotea en la vida en sociedad.
Siendo la educación el factor más valioso para asegurar el futuro, es inconcebible ver como socialmente la tenemos descuidada. Cuando una sociedad no valora la educación, no se valora a sí misma. ¡Para cuándo la utopía de una sociedad educadora!
* Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 28/01/2019

domingo, 6 de enero de 2019

DE INTOLERANCIA TAMBIÉN SE VIVE*


Han pasado cuarenta años desde la aprobación de la Constitución, los mismos en los que se puso fin a la dictadura con toda la prosodia institucional de que fuimos capaces. Era lógico que tras la dictadura viniera la necesaria catarsis, aunque podría haber llegado la revolución, pero las revoluciones no llegan así como así. Al menos se abrió un tiempo nuevo, como gusta decir a los partidos políticos cuando son ellos los que proponen algo, teñido de valores de respeto, tolerancia e idea universal de respeto a los derechos humanos.
Una década después, en la próspera Europa, el nacionalismo y las guerras del odio dinamitaron los Balcanes. El conflicto ya no era cosa de los confines del mundo, sino que estaba en casa. Se globalizaba el odio y la intolerancia, bien cocida en otros puntos del planeta. Después se incorporaban nuevos países a la UE, algunos liberados del viejo yugo soviético. El mundo cambiaba tanto que los ropajes de paz y tolerancia se iban desprendiendo de la vieja Europa. El caballo de la irracionalidad, en la alegoría del carro alado de Platón, tiraba con más fuerza que el de la ética; el auriga Sócrates se mostraba incapaz de dominar el vértigo que lo guiaba hacia el dislate.
En la escuela pusimos todo el empeño para que las nuevas generaciones se educaran en valores de tolerancia y respeto, pero hasta en eso hemos fracasado. Si como decía Machado, había demasiadas cabezas que embestían, ahora nos aterra observar que son muchas las que desprecian al otro, al diferente, haciendo de él objeto de ira e indiferencia.
La crisis geoestratégica y económica con que se iniciaba el presente siglo aireaba vergüenzas y miserias humanas, nos hizo más individualistas, menos sensibles y convirtió las fronteras en auténticos muros de la sinrazón y la insolidaridad. El discurso político se hacía más agresivo y menos tolerante, tocaba a su fin el tiempo de las buenas voluntades. Tan intransigentes y tremendistas nos mostramos que tendríamos que parangonarnos con aquellos que frustraron el amor de la joven Gloria, la protagonista de la novela de Benito Pérez Galdós del mismo nombre, a cuenta de los prejuicios y la intolerancia religiosa.
Si en el panorama internacional han aflorado líderes investidos de autoritarismo y mesianismo, en España no ha sido menos. Las buenas intenciones sobre las que edificamos la democracia se están yendo al traste, si es que no lo hicieron hace tiempo. El populismo, los planteamientos radicales, el discurso de la insolidaridad, incluso el reproche a las bases de nuestra democracia, han emponzoñado la convivencia en estos años. Si el nacionalismo de todo color, revestido siempre de intolerancia, se extendía por el mundo, en España no hemos sido menos.
Hoy la intolerancia está tanto en la derecha como en la izquierda, en el machista como en la feminista, en el de aquí como en el que viene de fuera. Construimos nuestro pensamiento a través de las palabras, y últimamente éstas marcan discursos plagados de términos y proposiciones que apelan contra quien no esté próximo a nuestro relato. Las relaciones humanas, y las redes sociales son un ejemplo de ello, usan un lenguaje hiriente, destructor, henchido de mentiras y tergiversación de la realidad.
Vivimos un tiempo en que la intolerancia es rentable, como lo fue hace un siglo para el fascismo y el totalitarismo. Algunas élites de poder siguen estrategias similares: empujarnos al precipicio del pesimismo para luego aparecer como salvadoras de la catástrofe. Miedo y pesimismo como instrumentos de control de nuestras conciencias. Reforzar la intolerancia les sirve como arma de dominación, convenciéndonos de que lo hacen por el bien general y el nuestro propio, potenciando nuestra incapacidad para inferir el grado de descomposición social al que nos llevan.
Si la reacción fisiológica del organismo ante un posible daño es la intolerancia al gluten o la lactosa, el subconsciente humano reacciona frente a una hipotética agresión a su integridad individual o colectiva con igual determinación. La oleada de populismo que se extiende por el planeta no hace más que eso: alentar el peligro y acudir a remedios propios de las ideologías que trajeron tanto dolor y sufrimiento en el siglo XX. 
Las actitudes xenófobas y los argumentos discriminatorios en los discursos políticos se sirven del malestar y la desesperación de la gente. Esta oleada de líderes visionarios e intolerantes que azota el mundo, de ultraderecha, derecha, izquierda y ultraizquierda, elegidos en las urnas, es parte de nuestro fracaso colectivo. Lo que lamento es que los ciudadanos aparezcamos como cómplices de la farsa.
En España el fenómeno VOX ha entrado en las instituciones andaluzas, su respaldo electoral no es más que la materialización de lo que se estaba cociendo en España y en los partidos de la derecha en los últimos años, y que se disimulaba en una suerte de postureo, cuando no de hipocresía. El respaldo electoral hacia este partido es solo un síntoma, la enfermedad es más profunda.
Nos quieren hacer ver que más allá de la intolerancia nada existe, y que lo que hay es nocivo tanto social como individualmente. Si Paulo Freire decía que la intolerancia impedía el crecimiento personal, cabría añadir que el intolerante pierde parte de su condición humana a medida que la practica en su obsesión por alcanzar sus fines a costa de pervertir la realidad y criminalizar al diferente. El temor mundial al inmigrante quizás sea el paradigma que mejor explica todo esto, pero el uso que se hace de la democracia es preocupante, sobre todo si lleva pareja la degradación y el uso espurio de las instituciones.
Déjenme concluir diciendo que la intolerancia es la mejor expresión de nuestros miedos y que sin tolerancia no hay democracia.
*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 5/01/2019

domingo, 11 de noviembre de 2018

EVALUACIÓN VOLUNTARIA DEL PROFESORADO


Aun cuando creemos necesaria una nueva ley educativa que proporcione estabilidad al sistema, también pensamos que debe hacerse con el mayor consenso y sentido de Estado. Vivimos en un país donde la educación ha sido maltratada políticamente y, lo peor, no se ve en el horizonte próximo que el panorama cambie.
Estos días hemos conocido la noticia de que el Ministerio de Educación quiere evaluar al profesorado, entre otras medidas que lleven a una reforma de la profesión docente, a las que se suman la selección o su formación inicial y permanente. Sin embargo, lo más llamativo desde el punto de vista mediático ha sido la noticia de la evolución voluntaria del profesorado.
Todos los ministros de Educación pretenden dejar su impronta, pero mucho me temo que muy pocos aciertan, porque quizás tengan escaso o ninguno conocimiento de la realidad de la escuela.
De las propuestas de la ministra Celaá, la de la evaluación voluntaria me ha llamado poderosamente la atención. Las otras dos, hace años que vengo hablando de ellas sin haber visto que los modelos actuales de formación y selección del profesorado hayan sido los idóneos.
En 2008 se puso en marcha en Andalucía el llamado programa de calidad y mejora de los rendimientos escolares. Este programa, inspirado en modelos y enfoques mercantilistas y empresariales de la educación, comportaba una serie de incentivos económicos por objetivos. Fue un auténtico fracaso, salvo para el profesorado que percibió sus incentivos (que me parece muy bien para ellos), pero que no supuso, como se puede apreciar a poco que entremos en la realidad educativa, una mejora para el sistema educativo ni para los rendimiento escolares. Han pasado diez años, y seguimos teniendo las mismas carencias de aprendizaje entre nuestro alumnado que las que había entonces.
Conocer y evaluar está bien, nos permite ver nuestras debilidades, y conocer el punto de partida y qué es lo que necesitamos para mejorar. Pero evaluar por evaluar, y solo a los que voluntariamente quieran, es un brindis al sol. Que una parte del profesorado se someta a la evaluación de su práctica docente para cobrar unos incentivos, ¿en qué beneficia eso al sistema educativo o a un centro educativo? Se nos olvida que un centro debe estar presidido por la coordinación docente, trabajo en equipo y unos criterios comunes de actuación, para que la labor con el alumnado tenga cierto sentido, ¿o hacemos cada uno la guerra por nuestra cuenta?
Si en un centro la mitad del claustro es evaluada, mientras que la otra mitad dice que no, ¿tiene esto sentido?, ¿impulsaría realmente mejoras en el conjunto del centro?, ¿o tendríamos pequeñas islas de innovación por iniciativa de unos pocos, mientras que el centro en su conjunto seguiría con una línea pedagógica y metodológica distinta? Esto ya lo hemos vivido en los centros educativos, y no conduce a nada, salvo al honroso trabajo que los buenos docentes puedan hacer con incentivos o sin incentivos.
No, la evaluación voluntaria del docente no puede ser. El centro tiene su proyecto educativo, unas aspiraciones metodológicas que afectan a todo el alumnado del centro, no sería lógico que la mitad del alumnado trabajara bajo un modelo más innovador, mientras que la otra mitad lo hiciera en una línea más tradicional. Eso, pensando que uno u otro modelos no garanticen el éxito, o ninguno sea mejor o más adecuado que el otro. Lo que es evidente, es que romperíamos cualquier planteamiento que impulsara mejoras que beneficiaran a todo el alumnado del centro, que es el objetivo último al que debemos aspirar.
La profesionalidad del docente, la deontología profesional, el compromiso, el cumplimiento del deber… son los mejores incentivos que deben presidir el trabajo docente. Eso de pagar por hacer bien nuestro trabajo, me parece un fraude y un deshonor para el docente; hacer bien nuestro trabajo es nuestra obligación. Ahora bien, si se considera que el docente está mal remunerado: ¡adelante, subámosles el sueldo!

miércoles, 5 de septiembre de 2018

LA MEMORIA HISTÓRICA NO ES LO MISMO QUE LA HISTORIA*


La Historia, como la definía Marc Bloch, es la ciencia de los hombres en el tiempo, que va más allá de lo humano para adentrarse en la atmósfera en que su pensamiento respira y se conecta a la complejidad de los fenómenos. Echar la mirada hacia ella nunca es remover el pasado. La Historia estudia, analiza, constata, reflexiona... De ella podemos aprender lo suficiente para evitar lanzar proclamas sin mucho fundamento y poco reflexionadas.
La dictadura franquista fue lo que fue: un régimen represor que provocó dolor y muerte. La historiografía de este periodo histórico, basada en estudios y análisis documentales, es abundante. Los hechos históricos no se pueden ocultar o manipular a nuestro antojo. Por eso resultan tan inconsistentes los comentarios políticos que tratan de obviar, cuando no tergiversar, el drama de la guerra civil y la posterior dictadura. No son “cosas del pasado”. El pasado somos nosotros.
La exhumación de los restos de Franco ha reactivado el debate en torno a la memoria histórica. El debate siempre existió, antes y después de Franco y durante la democracia. Memoria histórica es un concepto próximo a la dimensión individual de la persona, parte de lo vivido e interiorizado por los sujetos de la Historia. Las guerras carlistas del siglo XIX serían objeto de estudio para la Historia, pero la guerra civil y la posguerra, vinculadas a la experiencia vital de millones de españoles vivos, son memoria histórica. La memoria histórica no es lo mismo que la Historia, pero se entrecruzan.
España no ha superado el trauma de la guerra civil y los años de la dictadura. Algo lógico: ésta no permitió reconciliación alguna y la ley de amnistía del 77, incluso la Constitución, no fueron suficientes para restañar tanta herida. Demasiado dolor para pretender eliminarlo de un plumazo legislativo. Durante la democracia tampoco se facilitó esa reconciliación. Poderes fácticos herederos del franquismo (sectores del Ejército, parte de la Iglesia...) no colaboraron en revertir esta situación; ni la derecha política, donde se acrisoló la herencia ideológica franquista. Quien se sintió agraviado con la injusticia de la dictadura, no vio reparado el daño recibido. La paz nunca alcanzó a miles de represaliados; al contrario, se les pidió que olvidasen, que hicieran desaparecer de su mente cualquier atisbo de memoria histórica.
La Historia ya ha analizado esta parte de nuestro pasado, y lo seguirá haciendo desde la distancia del tiempo, pero las sensibilidades y los sentimientos son de este momento, de los que sufrieron las consecuencias de la represión. Y muchos de ellos están vivos.
La Ley de la Memoria Histórica, tildada de romper el consenso de la Transición y generar una causa contra el pasado, ha sido calificada de reabrir viejas heridas. Una falacia. En nuestro país, la guerra civil y la posguerra siempre han estado presentes, antes y después de estas leyes, en las conversaciones, en las preocupaciones de la gente, casi siempre de tapadillo y en la intimidad. El dolor sentido por las víctimas no se apacigua con unas palmadas en la espalda, más hubiera hecho la condena del régimen franquista por la derecha social y política.
Una guerra nunca se olvida. Los agravios y dramas personales, tampoco. La Transición impuso de facto el olvido y la prohibición de manifestar los sentimientos, como si los que padecieron represalias y exilio quedaran obligados a callar para siempre. Bastante generosidad mostraron con ceder en sus pretensiones de reparación por los daños sufridos y en reclamar la búsqueda de restos de seres queridos asesinados, para que encima tuvieran que callar para siempre. No obstante, callaron, y contribuyeron a la llegada a la democracia. Ellos fueron generosos; los que utilizaron la dictadura para satisfacer sus deseos de venganza, no.
El olvido, del que Cicerón decía: “recuerdo incluso lo que no quiero”, no es voluntario. En todo caso depende de distintos factores: el paso del tiempo, el contexto donde nos desenvolvamos o el mantenimiento de la razón del perjuicio. Éste se mantuvo, de modo que a los que sufrieron los traumas de la dictadura les resultó difícil olvidar.
Una guerra es lo que es: una guerra. En ella se busca aniquilar al enemigo. Desatada nuestra guerra, se hizo el caos, camparon la ira, la venganza y la sinrazón. La crueldad se extendió a todos los rincones de España. Soldados y civiles del bando nacional fusilaron a miles de personas. Milicianos republicanos hicieron lo mismo. Emergió la barbarie. Se persiguieron inocentes, intelectuales, curas, monjas o se quemaron iglesias. ¿Qué otra cosa se podía esperar de una guerra civil?, ¿alguien conoce alguna guerra en que se respeten los derechos humanos? A los que se sublevaron en el 36 es a quienes hay que exigir responsabilidades históricas como instigadores de la tragedia, no a las víctimas.
La guerra civil no terminó el primero de abril de 1939, como podría haber ocurrido en un enfrentamiento entre dos países. Los españoles siguieron conviviendo en pueblos y ciudades, cultivando los campos en común, paseando en la misma plaza, comprando en las mismas tiendas, bebiendo vino en las tabernas… Y en esa convivencia, durante cuarenta años de dictadura, los vencedores practicaron represalias contra los vencidos. Si el bando ganador no hubiera desatado aquella horda de venganza, si hubiera intentando un proceso de reconciliación nacional, no estaríamos ahora hablando de memoria histórica.
La dignidad de millones de personas fue mancillada durante la dictadura franquista. Y la dignidad es el mayor patrimonio que tiene el ser humano. La memoria histórica busca restablecer esa dignidad mancillada.
* Publicado en el periódico Ideal de Granada, 04/9/2018