lunes, 27 de mayo de 2024

NUEVA YORK INSIDE. TRAS LOS PASOS DE FEDERICO*

 


Nueva York, inside. Tras los pasos de Federico representa un juego entre la literatura de viajes y la inmersión en la realidad de la gran metrópoli del mundo, con Federico García Lorca en el horizonte. Aspira a ser un diálogo con el rumor de sus calles, la enormidad de sus edificios, las maneras de vivir de sus gentes o las múltiples realidades que nos evoca la singularidad de esta enorme urbe, en una conversación alejada del asombro y la admiración que impone al visitante. Algo que resulta difícil en una ciudad construida para la seducción y la prestidigitación, con una escenografía teatral única. Es así como las crónicas que contiene este libro tratan de alejarse de la fascinación y de la mera contemplación de sus beldades.

Siguiendo la tradición de tantos viajeros que visitaron España en los siglos XIX y XX, los recorridos por la Gran Manzana tienen a sus propios cicerones: los ‘sabios’ que se mueven con desparpajo en el interlineado de la vida neoyorkina, a modo de improvisados guías, representantes de visiones tan distintas de una misma ciudad. Edgardo, Shannong, Guadalupe o Wendy son algunos de ellos, capaces de aproximarnos a las otras señas de identidad que evidencian que Nueva York es mucho más que la atracción y la sorpresa que genera a simple vista.

Antonio Lara Ramos nos introduce en esta aventura de la mano de viajeros que lo precedieron: Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Julio Camba, Javier Reverte o Antonio Muñoz Molina, pero sobre todo la evocación de aquel viaje que emprendiera Federico en 1929, y que le inspirara la gran historia contenida en Poeta en Nueva York

* La obra está ilustrada con dibujos a lápiz de Juan Vida.

Para más información sobre Nueva York inside:

https://esdrujula.es/libro/new-york-inside/#


viernes, 24 de mayo de 2024

35.000*


Sobre Gaza caen ‘bombas tontas’ en los refugios, en los hospitales, en las escuelas, en la campos de refugiados, sobre las cabezas de niños, mujeres, ancianos y civiles indefensos. Los que no estamos acostumbrados a la jerga bélica nos ha sorprendido esta denominación para un arma que destruye vidas y hogares, caminos y carreteras. Ignorante de mí, rápido he acudido a buscar información en el oráculo universal de internet, donde Wikipedia dice sobre ellas: “Una bomba no guiada, también conocida como bomba de caída libre, bomba de gravedad, bomba tonta o bomba de hierro, es una bomba aérea lanzada desde un avión (convencional o nuclear) que no contiene un sistema de guía y, por lo tanto, simplemente sigue una trayectoria balística”. Hasta la Segunda Guerra Mundial, incluso hasta finales de los años ochenta, la denominación más común a este tipo de artefactos era la de bombas. Habiéndome ilustrado, sigo sin salir de mi asombro. Menos mal que no han sido lanzadas desde un avión nuclear, porque a lo mejor Israel, que cuenta con arsenal de este tipo, hubiera sembrado de ‘hongos’, al estilo de Hiroshima y Nagasaki, el territorio gazatí. Pero no le interesa, los efectos le hubieran alcanzado.

Ahora proliferan las ‘bombas inteligentes’, lanzadas y guiadas hacia objetivos a destruir. La industria armamentística y los países que la fomentan han de probar sobre el terreno, no en la ficción, cómo se comportan tan honorables inventos. Son muchos los ensayos armamentísticos que se están llevando a cabo en guerras como Ucrania y Gaza, como se hizo antes en Siria y otros confines del mundo. Seguramente ya se tendrán amplios y detallados dossieres técnicos sobre el comportamiento de las sofisticadas e innovadoras armas, en su capacidad de destrucción de vidas, edificios e infraestructuras. Y se habrá acumulado una ingente cantidad de información top secret para cuando estalle la tercera guerra mundial que muchos buscan.

En Gaza se tiran ‘bombas tontas’, seguramente pensando que los que las sufren son ‘tontos’ o seres humanos de un nivel inferior: ‘animales’, como calificó a los gazatíes el ministro de Defensa de Israel, Yoav Gallant: “Estamos luchando contra animales y actuaremos de manera acorde”, aseveración que comportaba asimismo el bloqueo total de la Franja, con corte de suministro eléctrico, entrega de alimentos o combustible. En Gaza ocurre lo que escribía la poeta rusa Anna Ajmátova en aquel 1914, cuando ya azotaba la Primera Guerra Mundial: “Huele a quemado. Durante cuatro semanas ya / Ha estado ardiendo el pozo seco de la huerta. / Los pájaros ni siquiera han cantado hoy / Y el álamo ha dejado de crujir y silbar”.

Bombas tontas, dirigentes tontos, política tonta, venganza tonta, entrañas tontas, perversidad tonta, todo formando parte de un mundo tonto. Quizás vivamos en el mundo más tonto desde que la humanidad existe, cuando hemos dictado cartas universales de los derechos humanos, incluido en constituciones derechos fundamentales de los ciudadanos, fomentado la cultura para que sea un bien común y nos haga más civilizados, en un mundo en el que, contradictoriamente, nos duele la boca de pronunciar las palabras paz, solidaridad, convivencia, mundo mejor.

Las democracias occidentales han fracasado en Gaza. EE UU alienta con sus votos en contra en la ONU y el envío de armas (decenas de miles de millones de dólares en armamento) el genocidio que se está produciendo, a pesar de las torpes palabras que su presidente utiliza para enmascarar esta connivencia con una democracia, la israelí, que se está comportando como una autocracia de crueldad sin límites. Ninguneando a la ONU, desoyendo y reprimiendo las voces estudiantiles en las universidades estadounidenses que claman el fin de este oprobio a la memoria de la humanidad perpetrado por democracias occidentales. He visto la acampanada en el campus de la Universidad de Columbia, por el que deambuló durante algunos meses de 1929 Federico García Lorca en busca de una libertad que a fe terminó alcanzando, y he visto cómo era desmantelada y reprimidos los estudiantes. Y cómo se ha extendido el fenómeno por todas las universidades estadounidenses y europeas, incluida la de Granada. Y escuchado, en una ofensa a la razón, cómo se les ha calificado de antisemitas, con la desfachatez más grosera del mundo.

35.000 gazatíes asesinados, incluso puede que más cuando usted lea este artículo. El número no debiera ser lo relevante, que lo es, también sería una atrocidad aunque solo fuera un tercio o la mitad o la quinta parte; las vidas segadas de tantos inocentes, incluidos miles de niños, a quienes se les ha truncado su derecho a vivir, a ser respetados como seres humanos, sí lo es.

Hay ambiciones sin límite y objetivos sobrevenidos y ruines, aprovechando la inmensa superioridad de la fuerza: la ocupación israelí de más territorios en Cisjordania, con la impunidad y monopolio de poseer ‘bombas tontas’ y un moderno armamento, y el execrable respaldo de las democracias occidentales. Estas están perdiendo el prestigio como adalides de la libertad y el respeto a los derechos humanos frente a la ola autocrática y neofascita que se extiende, no solo internamente, también por el resto del planeta. Algún día, países como EE UU o Alemania tendrán que rendir cuentas por su permisividad con la acción vengativa y cruel de Israel.

Mucho por hacer todavía hasta parar esta guerra. La condena internacional no cesa, la indignidad y la barbarie de los principales actores, tampoco. En mi caso, por el momento, “pido la paz y la palabra”, como mi admirado Blas de Otero.

 *Artículo publicado en Ideal, 23/05/2024.

** Amal Abu Al-Sabah_Tragedia en la Franja palestina_EFE_Anas Baba





miércoles, 8 de mayo de 2024

ENTRE NACIONALISMOS E INDEPENDENCIAS*

España es tierra de nacionalismos, la historia ha dado buena cuenta de ello. El más poderoso es el español, pero no por eso es el que aúna todos los sentimientos de pertenencia, algo no habrá hecho bien en los siglos de la historia. Por el momento, bajo su vitola constitucional, mantiene la unión del territorio nacional geográfico, lo venidero ya lo escribirá el futuro. Los nacionalismos periféricos no dejan de hurgar en la conciencia del ser español, para que nadie se olvide de que existen. Si nos vale, en la ‘piel de toro’ el único nacionalismo que triunfó fue el lusitano.

Dos citas electorales en los últimos meses han marcado el estado de la cuestión entre estos nacionalismos periféricos, todavía nos queda el que más quebraderos de cabeza ha dado en los últimos años: la cita electoral de Cataluña del 12-M. Ante ella el panorama político vive algo alterado, si no fuera por la no dimisión de Pedro Sánchez.

Los nacionalismos están trasnochados pero no muertos. En el siglo XX ya nos dieron demasiados quebraderos de cabeza y conflictos sangrientos. Hoy, este constructo gregario de pertenencia a una tribu, vive un momento de agitación, relanzado por la ultraderecha y sus sentimientos de exclusión, defensa de ‘su país’ y carencia de dimensión global. Lo vimos en el primer mandato de Trump, de Bolsonaro…; lo vemos en la Rusia de Putin, en la Argentina de Milei, en las nuevas proclamas de Trump en su aspiración a un segundo mandato. España no es ajena a la tendencia, no ha faltado un rearme nacionalista en las dos décadas pasadas, según glosa el ensayo Los nuevos odres del nacionalismo español de Pablo Batalla, plagado por doquier de signos y símbolos rebuscados en hechos, mensajes o proclamas propagandísticas.

En las elecciones gallegas de febrero el nacionalismo del BNG se mostró pujante. En las elecciones vascas el debate independentista pasó de puntillas, por no decir que quedó excluido. Los traumas vividos con ETA pesan mucho, aunque se despertara la polémica por la tibieza del candidato de Bildu, Pello Otxandiano, al liarse en cómo calificar el terrorismo. Las opciones nacionalistas ganaron en votos. Algún día volverá la fiebre independentista a Euskadi, cuando un ciclo político y generacional haya pasado. Esperemos que nunca como en esos largos cuarenta años de violencia y terror. Ahora existe una tregua que ha llevado al independentismo vasco de derechas y de izquierdas a hablar de lo que más le interesa a la gente: su vida. Fabular sobre el futuro no siempre es una buena estrategia, aunque los partidos políticos lo hagan muchas veces con demasiada frivolidad.

El 12 de mayo se verá en Cataluña cuánto apoyo tiene la opción nacionalista, todavía atada, demasiado, a la opción independentista, pervivencia de las secuelas de la declaración de 2017. Entonces, la fiebre independentista venía potenciada desde 2014 por un ‘procés’ muy activo, el gobierno de Rajoy algo despistado y el referéndum escocés como ejemplo. Muchos de los actores de aquello siguen removiendo tales fantasías en esta cita electoral. El caso más paradigmático: Puigdemon, que tiene secuestrada a gran parte de la derecha catalana con su órdago independentista que ni él mismo se cree. Acaso poco le importe el futuro de Cataluña, más bien su exculpación de los delitos imputados y la vuelta a España. La amnistía es una medida de gracia que anhela aunque no piense agradecer.

En el imaginario catalán el autogobierno siempre ha sido sinónimo de una insaciable necesidad por acaparar competencias y poder. Durante la etapa del ‘pujolismo’ fue así, mediaban las inversiones, lo que ayudó bastante. Con Artur Mas el asunto se disparató, surgieron los escándalos de corrupción. La apuesta por la independencia se hizo ‘necesaria’, y estalló, alentada asimismo por la ‘gasolina’ que Rajoy echó con su errónea política de no entender eso del autogobierno catalán. Lo del ‘procés’ ya sabemos por dónde derivó y por dónde anda ahora: con un candidato de la derecha catalana haciendo campaña en el sur de Francia.

La izquierda independentista vio hace tiempo que la independencia tenía que esperar por ahora. Ha sufrido la pena de banquillo y de cárcel, no tanto la derecha en significados jerarcas. Una notable diferencia de matices, de agravios y de visión de cómo ver las cosas. No obstante, a esta izquierda le gusta lanzar sus órdagos: “¿Quiere que Catalunya sea un Estado independiente?”, el ‘president’ Pere Aragonès preguntando en su propuesta de referéndum. Es posible que al independentismo catalán le interese más una España ingobernable, la España de la cólera y el furor, la de las noticias falsas y la mentira, que no hace política sino ‘antipolítica’ plena de falsedades e insinuaciones destructivas de la convivencia. El mejor aliado del independentismo es esta política destructiva y excluyente del rancio nacionalismo español que enarbola la bandera con el único afán de imponerla.

La realidad actual: el independentismo, que no nacionalismo, ha perdido apoyos. En el caso catalán la frustración generada por elprocéses una razón de peso. Provocó tanta inestabilidad social y política, que el ciudadano común no está dispuesto a repetir tanta fractura social. La sociedades normalizadas miran más al bienestar que a entelequias de futuros incomprensibles. Solo la desesperación social, la frustración de los deseos, las crisis económicas, alientan aventuras plagadas de incertidumbres.

Mi visión universalista va más allá de las fronteras, por eso no entiendo los nacionalismos, casi siempre egoístas, xenófobos y antidemocráticos. Volver al nacionalismo en el mundo es retroceder peligrosamente en la historia.

Artículo publicado en IDEAL, 07/05/2024

** La República Universal. Litografía de Frédéric Sorrieu. (1848).


lunes, 22 de abril de 2024

ABRIL SE VISTE CON LIBROS*

 


Para algunos, entre los que me cuento, el otoño es tiempo de introspección, mirada interior y lectura de libros a la caída de la hoja. Pero, sin duda, abril es un mes especial para estos artefactos que encierran mundos y embelesan el universo infinito de la mente. Aunque solo sea por la celebración del Día del Libro, abril es el mes del libro. Ni siquiera cuando “Abril florecía / frente a mi ventana” o “La lluvia da en la ventana / y el cristal repiquetea”, como escribiera Machado, abril es mucho más: ataviado con los libros adquiere un atuendo superior.

La celebración se remonta a 1926 y, su dimensión internacional, en homenaje a Cervantes y Shakespeare, fallecidos el 23/abril/1616. En 1988 la UNESCO fijó este día en honor del libro y sus autores, dándole oficialidad en la Conferencia General de París de 1995 como Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor.

En el devenir de la historia los libros han sido perseguidos por la intransigencia y la intolerancia. Los regímenes autoritarios los han tachado de peligrosos: provocadores del pensamiento y la conciencia libres. La visión distópica de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, o el nazismo los combatieron, recordemos la quema de libros (mayo/1933) en la Openrplatz de Berlín presidida por Joseph Goebblels. En nuestros días siguen prohibiéndose y condenando a muerte a sus autores: Salman Rushdie o Roberto Saviano, por citar dos casos paradigmáticos.

La ola de intolerancia y conservadurismo que invade nuestro planeta ha elevado la lista de libros prohibidos, incluso en algunas democracias occidentales. En abril de 2023 numerosos estudiantes estadounidenses protestaron contra las políticas educativas del gobernador Ron DeSantis en Florida, quien aprobó leyes que prohibían tratar temas de sexualidad, orientación sexual y raza en las escuelas, incluso bajo pena de prisión. Otros estados (Texas, Illinois, Misuri) amenazaron con cerrar bibliotecas o restringir la venta de determinados libros ‘peligrosos’ contra la moral. La ola de prohibiciones (retirada de casi 3.000 libros en escuelas públicas) ha llegado a más de 40 estados. Obras de autores como Margaret Atwood (El cuento de la criada), Stephen King (IT o Carrie), Toni Morrison (Ojos azules), Aldous Huxley (Un mundo feliz) o Diana Gabaldon (Outlander) han sido estigmatizadas.

Los libros resistirán, como lo hicieron en otras épocas, frente a autócratas, supremacistas e intolerantes, son más poderosos que las prohibiciones de mentes atrofiadas. Los libros nos evocan a los maestros que nos los ofrecían de clase en clase, como bibliotecas andantes, para satisfacer los deseos de sus alumnos por descubrir nuevos mundos. Un maestro siempre está al cuidado de sus alumnos, se desvive, les ofrece lecturas para cultivar intelecto y alma. El libro es una extensión de la imaginación y la memoria, decía Borges. Eso es lo que un maestro pretende: nutrir ambas cosas.

Lo mejor para los libros es que sean usados como tesoros compartidos: el tacto de las manos que los han acunado, la devoción de cientos de ojos al leerlos, la ternura de las sensaciones transmitidas, la libertad acendrada en tantas páginas acaricidas. Un libro, al tocarlo, transmite un mensaje para cada lector, desprendiéndose pronto de los jirones impersonales salidos de las entrañas de la máquina que lo imprimió.

“Se lee para vivir”, sentenciaba Gustave Flaubert. Una biblioteca alienta la vida como acto de generosidad, alejada de la soledad, en un ejercicio solidario de compartir. A través de los libros vivimos, las historias contenidas son universos que nos trasladan al hondo sentir del ser humano, a las vibraciones que han estimulado la memoria de quienes los escribieron, o leído antes, provocando un diálogo con la vida de nuestros semejantes. La cubierta o las hojas que los enloman albergan millares de huellas imperecederas de otras tantas historias atesoradas.

Mirarlos en nuestra biblioteca, o en cualquier otra, ofrece un testimonio vivo de intercambio de sensaciones a través del aire resoplado en el papel por cada lector, sus páginas son depositarias de infinitas miradas, quizás también de alguna lágrima, capaces de enhebrar redes invisibles y enigmáticas entre lectores anónimos que han navegado por el fluir de sus hojas. Puedes no estar leyendo un libro, pero tenerlo cerca o que forme parte de un pequeño montón que aguarda su lectura, es como no sentirse solo. A veces, con estar simplemente sentado, con la vista puesta en los anaqueles de tu biblioteca, en una contemplación reflexiva, te catapulta a la descripción mental de un mapa de recuerdos y pequeños hitos que cada ejemplar representa: tiempo pasado, vivencias olvidadas, notas al margen, subrayados… De historias así se compone una biblioteca.

Muñoz Molina (Ventanas de Manhattan) escribió: “Cada libro es una excitante invitación y también un principio anticipado de remordimiento, una promesa de sensaciones, palabras, saberes y mundos”. Restregar la mirada por los libros es la mejor manera de revivir quienes somos.

El futuro de nuestros jóvenes está en los libros. La tolerancia en el mundo, que ellos acaso heredarán, está en la libertad con que se expresen los autores y los jóvenes que los lean. Las perniciosas olas retrógradas se combaten con la lectura. A los jóvenes tenemos que ayudarles a descubrir el placer por la lectura y a respetar la irreemplazable contribución de los creadores al progreso social y cultural.

No son pocas las citas que tenemos con los libros en abril. Dejemos que este se vista con libros, que lo arropen frente a la desgracia o el desvalimiento, que impulse el sentimiento de compartir sensaciones y miradas envueltas de esperanza.

 *Artículo publicado en Ideal, 21/04/2024.

** Escaparate dedicado a Nueva York inside en librería Picasso de Granada.

sábado, 6 de abril de 2024

EL MUNDO EN QUE VIVIMOS*

 


Comprender la naturaleza humana es complicado, así que pasen cien años o la analicemos en cualquier periodo de la historia. Ni siquiera la filosofía se ha puesto de acuerdo para definirla. Cuando el homo sapiens se impuso sobre el neandertal y dejó atrás otras posibles ramas de la evolución humana, se configuró un ser al que han movido los mismos intereses y las mismas pasiones en su devenir histórico. Preferiría, como Cernuda, soñar: “Si el hombre pudiera decir lo que ama” y “pudiera levantar su amor por el cielo”, mejor que dejara “la verdad de sí mismo”.

Anthony Trollope, finalizando el siglo XIX, escribió la novela El mundo en que vivimos, en ella retrataba la corrupción y la codicia de la sociedad de ese tiempo a través del banquero sin escrúpulos, Augustus Melmotte, que creó una burbuja financiera con la venta de productos sin valor, aunque subieron el precio de las acciones hasta un enriquecimiento sin límites. Nada de esto nos extraña, pasado un siglo hemos conocido estafas piramidales de todo tipo, invención de criptomonedas o fraudes filatélicos. Si la novela de Trollope delataba la volatilidad de un mundo creado sobre los pilares de la quimera, no nos sorprende el de la política sostenida en la perversión de la ética y la moralidad.

Iniciábamos el presente año con la noticia de alcance de que la mitad de la población mundial acudiría a elecciones. Unos 70 países, entre ellos Rusia, casi al inicio del año, y Estados Unidos, finalizando. Por el camino, India, un tercio de países africanos o la incierta e inestable Latinoamérica, con el populismo triunfando (El Salvador o Argentina) y los regímenes autocráticos aferrados a la tiranía del poder (Venezuela o Nicaragua).

En Rusia se impuso Putin, más del 87% de votos, después de eliminar a la oposición con ‘discretos métodos’ de envenenamiento, encarcelamiento o muerte. En julio Venezuela aupará de nuevo al autócrata Maduro, parapetado en el eufemismo del Partido Socialista Unido e impidiendo inscribirse a la oposición con sucias maniobras, ni Corina Yoris, académica de 80 años, ni la inhabitada Corina Machado. En noviembre EE UU decidirá hacia dónde camina el futuro del mundo y de su democracia, con un Trump, candidato a pesar de las imputaciones penales y de instigar el asalto al Capitolio (6/enero/2021), que augura un “baño de sangre” si pierde las elecciones, como niega la naturaleza humana de los migrantes latinoamericanos.

Muchas elecciones en una época marcada por la convulsión económica, la creciente desigualdad social, las tensiones geoestratégicas (China, Rusia, EE UU o la Unión Europea midiendo fuerzas), la inquietante inestabilidad de la región africana del Sahel (Europa abandonando el territorio y dejando cancha libre a Rusia, al autoritarismo y al yihadismo terrorista) o la persistencia de dos guerras que marcan el devenir actual de la política internacional: Ucrania y Gaza. A ello se suma otro vector de influencia incuestionable: el crecimiento de los avances tecnológicos y las nuevas propuestas de dinamización del conocimiento con la inteligencia artificial. Más combustible para la expansión de las fake news, la guerra cibernética de los ‘Estados-hackers’, como la Rusia manipuladora de procesos electores, o la creciente desinformación como estrategia de confusión.

La democracia se juega mucho este año. A la desconfianza ciudadana en las instituciones se añade el desprestigio de los modelos democráticos occidentales, y como alternativa: el nacionalismo y la ultraderecha plagada de ideas autocráticas, xenófobas e insolidarias. Los organismos internacionales han perdido, si acaso la tenían, influencia en la resolución de conflictos. La ONU y su Consejo de Seguridad fracasando en el conflicto de Gaza e ignorando los desesperados llamamientos del secretario general, António Guterres, por alcanzar un alto el fuero y frenar el genocidio cometido por Israel (la relatora de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, lo califica así, tras 33.000 muertos civiles y el bloqueo de la ayuda humanitaria). Alto el fuego vetado por EE UU en varias ocasiones, no lo olvidemos, hasta su abstención en la votación del 25 de marzo.

El mundo en que vivimos es un mundo donde la escalada bélica va en progresión, las amenazas de conflicto mundial no cesan y las crisis humanitarias tampoco. El principal déficit de la naturaleza humana sigue incólume: la codicia, capaz de invisibilizar el dolor, utilizar el abuso sexual como arma de guerra, arrasar un hospital o una escuela, o generar una hambruna. No faltan los Melmotte del siglo XXI en la política como en los negocios, algunos montando chiringuitos para aprovechar las oportunidades que brindan las pandemias o las necesidades de los desheredados.

Si Trollope volviera a la Inglaterra del siglo XXI, como cuando regresó de las colonias a Londres en 1872, igualmente quedaría horrorizado por la inmoralidad e impudicia, vería que la vida y la dignidad, en una época en que los derechos humanos debieran haber triunfado, siguen teniendo el mismo valor de entonces: ninguno. Trollope, indignado, retrató en su novela a políticos, banqueros, literatos… La misma indignación que nos provoca nuestro mundo, dominado por la corrupción, la venganza, la deslealtad y la estulticia.

Los científicos hablan de la nueva era geológica en que ha entrado la Tierra: el Antropoceno, superando el Holoceno. La huella de la actividad humana ha modificado el ciclo vital del planeta, quedando grabada como un estrato geológico más, identificable dentro de miles o millones de años por los científicos del futuro. Aunque para entonces quizás no exista la humanidad o, a lo mejor, perviva su rescoldo en la Luna o en Marte.

 *Artículo publicado en Ideal, 05/04/2024.

**  Leonora Carrington, 'Artes, 110' (1944)