sábado, 6 de abril de 2024

EL MUNDO EN QUE VIVIMOS*

 


Comprender la naturaleza humana es complicado, así que pasen cien años o la analicemos en cualquier periodo de la historia. Ni siquiera la filosofía se ha puesto de acuerdo para definirla. Cuando el homo sapiens se impuso sobre el neandertal y dejó atrás otras posibles ramas de la evolución humana, se configuró un ser al que han movido los mismos intereses y las mismas pasiones en su devenir histórico. Preferiría, como Cernuda, soñar: “Si el hombre pudiera decir lo que ama” y “pudiera levantar su amor por el cielo”, mejor que dejara “la verdad de sí mismo”.

Anthony Trollope, finalizando el siglo XIX, escribió la novela El mundo en que vivimos, en ella retrataba la corrupción y la codicia de la sociedad de ese tiempo a través del banquero sin escrúpulos, Augustus Melmotte, que creó una burbuja financiera con la venta de productos sin valor, aunque subieron el precio de las acciones hasta un enriquecimiento sin límites. Nada de esto nos extraña, pasado un siglo hemos conocido estafas piramidales de todo tipo, invención de criptomonedas o fraudes filatélicos. Si la novela de Trollope delataba la volatilidad de un mundo creado sobre los pilares de la quimera, no nos sorprende el de la política sostenida en la perversión de la ética y la moralidad.

Iniciábamos el presente año con la noticia de alcance de que la mitad de la población mundial acudiría a elecciones. Unos 70 países, entre ellos Rusia, casi al inicio del año, y Estados Unidos, finalizando. Por el camino, India, un tercio de países africanos o la incierta e inestable Latinoamérica, con el populismo triunfando (El Salvador o Argentina) y los regímenes autocráticos aferrados a la tiranía del poder (Venezuela o Nicaragua).

En Rusia se impuso Putin, más del 87% de votos, después de eliminar a la oposición con ‘discretos métodos’ de envenenamiento, encarcelamiento o muerte. En julio Venezuela aupará de nuevo al autócrata Maduro, parapetado en el eufemismo del Partido Socialista Unido e impidiendo inscribirse a la oposición con sucias maniobras, ni Corina Yoris, académica de 80 años, ni la inhabitada Corina Machado. En noviembre EE UU decidirá hacia dónde camina el futuro del mundo y de su democracia, con un Trump, candidato a pesar de las imputaciones penales y de instigar el asalto al Capitolio (6/enero/2021), que augura un “baño de sangre” si pierde las elecciones, como niega la naturaleza humana de los migrantes latinoamericanos.

Muchas elecciones en una época marcada por la convulsión económica, la creciente desigualdad social, las tensiones geoestratégicas (China, Rusia, EE UU o la Unión Europea midiendo fuerzas), la inquietante inestabilidad de la región africana del Sahel (Europa abandonando el territorio y dejando cancha libre a Rusia, al autoritarismo y al yihadismo terrorista) o la persistencia de dos guerras que marcan el devenir actual de la política internacional: Ucrania y Gaza. A ello se suma otro vector de influencia incuestionable: el crecimiento de los avances tecnológicos y las nuevas propuestas de dinamización del conocimiento con la inteligencia artificial. Más combustible para la expansión de las fake news, la guerra cibernética de los ‘Estados-hackers’, como la Rusia manipuladora de procesos electores, o la creciente desinformación como estrategia de confusión.

La democracia se juega mucho este año. A la desconfianza ciudadana en las instituciones se añade el desprestigio de los modelos democráticos occidentales, y como alternativa: el nacionalismo y la ultraderecha plagada de ideas autocráticas, xenófobas e insolidarias. Los organismos internacionales han perdido, si acaso la tenían, influencia en la resolución de conflictos. La ONU y su Consejo de Seguridad fracasando en el conflicto de Gaza e ignorando los desesperados llamamientos del secretario general, António Guterres, por alcanzar un alto el fuero y frenar el genocidio cometido por Israel (la relatora de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, lo califica así, tras 33.000 muertos civiles y el bloqueo de la ayuda humanitaria). Alto el fuego vetado por EE UU en varias ocasiones, no lo olvidemos, hasta su abstención en la votación del 25 de marzo.

El mundo en que vivimos es un mundo donde la escalada bélica va en progresión, las amenazas de conflicto mundial no cesan y las crisis humanitarias tampoco. El principal déficit de la naturaleza humana sigue incólume: la codicia, capaz de invisibilizar el dolor, utilizar el abuso sexual como arma de guerra, arrasar un hospital o una escuela, o generar una hambruna. No faltan los Melmotte del siglo XXI en la política como en los negocios, algunos montando chiringuitos para aprovechar las oportunidades que brindan las pandemias o las necesidades de los desheredados.

Si Trollope volviera a la Inglaterra del siglo XXI, como cuando regresó de las colonias a Londres en 1872, igualmente quedaría horrorizado por la inmoralidad e impudicia, vería que la vida y la dignidad, en una época en que los derechos humanos debieran haber triunfado, siguen teniendo el mismo valor de entonces: ninguno. Trollope, indignado, retrató en su novela a políticos, banqueros, literatos… La misma indignación que nos provoca nuestro mundo, dominado por la corrupción, la venganza, la deslealtad y la estulticia.

Los científicos hablan de la nueva era geológica en que ha entrado la Tierra: el Antropoceno, superando el Holoceno. La huella de la actividad humana ha modificado el ciclo vital del planeta, quedando grabada como un estrato geológico más, identificable dentro de miles o millones de años por los científicos del futuro. Aunque para entonces quizás no exista la humanidad o, a lo mejor, perviva su rescoldo en la Luna o en Marte.

 *Artículo publicado en Ideal, 05/04/2024.

**  Leonora Carrington, 'Artes, 110' (1944)

sábado, 30 de marzo de 2024

GARCÍA LORCA ENTRE VISILLOS*


 

“Me fui aquella mañana hasta la Universidad de Columbia, ronroneaba por mi cabeza qué sentiría Lorca en aquel espacio dominado por el conocimiento. ¿Cómo pudo aquella estancia renovarle las energías que se le habían agotado en los últimos tiempos en España? Entre el ambiente universitario y lo que representaba la propia ciudad, en nuestro poeta se alentaron las emociones suficientes para impulsar lo mejor de su creatividad. Iniciaba la redacción de Poeta en Nueva York”.

“Paseo por el campus…, imagino a un hombre joven de treinta y un años… acostumbrado a una ciudad pequeña, a historias de mujeres, a hechos dramáticos por disputas de odios y amores, que había vivido la experiencia de la Residencia de Estudiantes de Madrid, no siempre gratificante”. (Nueva York inside. Tras los pasos de Federico).

Federico residió en Nueva York desde junio del 29 a marzo del 30. Aquel viaje supuso un punto de inflexión en su vida y en su obra. Desde ese momento escribió lo mejor de su literatura: La casa de Bernarda Alba, Yerma o Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

Aún persisten en mi memoria y en mi retina algunas de esas sensaciones, que guardaré para siempre, así, como escribiera García Márquez en ‘Vivir para contarlo’: “La vida de uno no es lo que sucedió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda”.

Una madrugada de agosto del 36 Lorca era asesinado entre Víznar y Alfacar. Terrible suceso que, junto a la publicación póstuma de Poeta en Nueva York, lo convertirán en un poeta más universal, más reconocido, más ciudadano del mundo. Su figura literaria no dejaría de crecer. El mito, tampoco. Localizar sus restos es una cuestión menor, Lorca está en tantos lugares, tan intangibles, tan íntimos: nuestro pensamiento, el deseo de libertad y esperanza, nuestra memoria histórica, a la que un aspirante a dirigir el Patronato de Fuente Vaqueros denominó, no sé, ¿de modo ‘ignorante’?: “memez histérica”.

Esta fallida toma de posesión ha vuelto a suscitar, de nuevo, viejas polémicas en torno a lo que representa Lorca en su tierra. Algo no estaremos haciendo bien para que las controversias no cesen, ni siquiera con la ansiada llegada de su legado al Centro Federico García Lorca, no exento de tardanza y discrepancias. Granada, una ciudad capaz de rasgarse las vestiduras ante cualquier ataque contra su poeta preferido, se muestra incapaz de evitar estas disputas. Y queriendo tantas cosas para él: premios con su nombre, representaciones teatrales y musicales en su honor; no obstante, deja otras en manos de la desidia.

Lorca no puede seguir diseminado, inconexo entre la ciudad y la Vega. Él es mucho más que un patronato o una casa museo o un lugar lorquiano o una huerta de verano o un espacio con su legado en el centro de la ciudad, Lorca es sentimiento, sensación imperecedera, universo infinito, recuerdo compartido, referente de libertad. Demasiadas administraciones públicas (ayuntamientos, Diputación, consorcios…), cada una con su ‘parcelita’ de gestión para engolarse como adalid de la causa lorquiana. Una muestra de la ausencia de perspectiva: mirar hacia el terruño, no darnos cuenta de lo que representa Federico allende nuestra mirada provincial.

Observamos a Lorca entre visillos, como si nos vigiláramos unos a otros, como si permaneciéramos anclados en mentalidades retrógradas y rancias. Cuando Bernarda le reclama a su hija Martirio dónde está el abanico que sofoque el calor del día en que se inicia el luto por la muerte del padre, le contesta: “Yo no tengo calor”; a lo cual Bernarda responde, insolente y dominadora: “Pues busca otro, que te hará falta”, hasta sentenciar: “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Hacemos cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo.” Aquí no se mueve nada, por encima están los prejuicios, las apariencias, ‘nosotros’, ‘nosotras’. ¿Es así cómo queremos seguir actuando con Federico?

Dublín tiene bien reconocibles los lugares de James Joyce y de su gran obra: Ulises. Salzburgo gira en torno a Mozart, hasta convertirse en la ciudad de la música. Pues bien: Granada, siendo referencia mundial por dos emblemas: la Alhambra y Lorca, tiene que apostar por este con una visión más universal y globalizada, con un ente director que aglutine y gestione su memoria, su legado, por encima de particularismos, localismos, culturillas de mirada corta. Que proyecte su figura de modo coordinado en todas las dimensiones que representa como ciudadano, poeta y mito.

Granada aspira a la capitalidad cultural 2031. Ya sabemos cómo somos aquí: capaces de destruirnos a nosotros mismos con tal de salvar nuestro ombligo. Los proyectos comunes o compartidos difícilmente nos ponen de acuerdo. No basta con un consejo rector del Patronato García Lorca (¿se reúne?), acaso muy politizado, incapaz de tomar decisiones conjuntas. La dimensión de la obra y la figura de Lorca es de un calibre tal, que Granada tiene que ponerse a la altura de Lorca, no que Federico quede a la altura de una Granada ruin, localista y poco ambiciosa.

Paseando por la Gran Manzana, a más de seis mil kilómetros, me resultó fácil encontrar al Lorca más universal, visualizando versos de Poeta en Nueva York: sentí la soledad en Columbia University, reconocí ese Senegal con máquinas, escuché los sones de los negros, encontré al rey de Harlem, a Walt Whitman… ¿No vamos a ser capaces de encontrarlo en su tierra, en Granada, en su vega? 

 *Artículo publicado en Ideal, 29/03/2024. En sección Culturas

** Imagen tomada HJCK

lunes, 11 de marzo de 2024

EL OLVIDO ESTÁ LLENO DE MEMORIA*

 

Cuando el mundo parece que naufraga, en un caos que algunos lo tienen muy medido, mientras los muchos lo padecen, me viene a la memoria que la muerte es el único lenguaje que esos ‘algunos’ conocen y practican, convencidos de que es su mejor compañera para avalar su triunfo. No conocen la compasión, quizá porque nadie la practicó con ellos o porque no la consideran necesaria para su supervivencia. Los demás, la gran mayoría, son presa de sus maldades y de la crueldad de sus mentes depravadas, alejadas de la empatía y aliadas del dolor y el sufrimiento ajeno.

El olvido, aunque “no es victoria sobre el mal ni sobre nada”, escribía Benedetti, nos libera de no pocas malas remembranzas que, si no, asediarían nuestra mente bajo un tormento capaz de volatilizar nuestro juicio. Sin embargo, el recuerdo se activa fácil al visitar un lugar donde las personas fueron presa de la pulsión del tánatos. “El olvido está lleno de memoria”, decía también Benedetti.

Hace más de diez años paseaba por la calle Navas de Tolosa de Mondragón, mi imaginación irremisiblemente  evocó el escenario de la tragedia desatada aquel 7 de marzo de 2008 frente al portal número seis: el terrorista de ETA, Beñat Aginagalde, asesinaba a Isaías Carrasco. Hoy el olvido puede que haya aliviado las emociones que me causó recrear los detalles que acontecieron, los momentos en que el pistolero aguardaba la salida del exconcejal socialista, el descerraje de cinco disparos viles desde el parabrisas, mientras se acomodaba en el asiento del coche.

También estos días se cumplen veinte años del atentado yihadista del 11M en Madrid. Murieron 192 personas y casi dos mil resultaron heridas. No hace tanto subía al cercanías para ir de Colmenar Viejo a la estación de Sol, un trayecto que resulta plácido y ligero, pero eso no fue óbice para que me asaltaran los ecos de la masacre causada por la explosión de diez bombas en distintos puntos de la red de cercanías. Igual que al pasear por el World Trade Center, la Zona Cero de Nueva York en Manhattan, rememoraba las imágenes de las Torres Gemelas impactadas por dos aviones, otro día 11, pero de septiembre de 2001. Cuando uno es forastero y visita un lugar donde aconteció una tragedia tan cruenta, siente el incómodo recelo de pensar que por allí merodeó la muerte.

El espectáculo de la muerte siempre tiene sus adeptos. Ejercer de verdugo o sicario debe provocar, a tenor de imágenes grabadas sin pudor, un subidón de adrenalina, acaso un deleite libidinoso, capaz de estimular el placer de sentirse poderoso, disponiendo de la vida de los demás, gozando con la destrucción y la sangre o el sufrimiento de indefensos ciudadanos. Eso debió ocurrirle a los asesinos de Hamás, que grabaron con móviles sus acciones, o a los asesinos del ejército israelí en sus razias. Hace más de un mes el New York Times (Investigación visual, 6/2/24) publicaba una serie de vídeos, tras rolar por redes sociales, de soldados israelíes, deshumanizados y sonrientes, mostrando sus ‘hazañas destructivas’ o burlándose de los habitantes de Gaza, filmándose como auténticos ‘tiktokes’con total impunidad, sin el recato ni decencia de quien tiene la fuerza bruta y mortal de su parte. ¿Qué impulsaría a aquellos otros soldados que perpetraron la matanza de un centenar de gazatíes desesperados y hambrientos el 29 de febrero?

En otro campo de batalla, en el conflicto entre Rusia y Ucrania, ocurre otro tanto. Los soldados, cual reporteros, comparten vídeos de momentos del combate con cámaras instaladas en el casco. No faltan los que muestran torturas, ejecuciones o vejaciones hacia el enemigo y la población civil. Cuando se da cuartelillo a los instintos más bajos del ser humano, se puede esperar todo del ser humano. Los ejemplos de estas perversidades podrían ser incontables.

Veo el horror de la guerra en imágenes de televisión y a veces me desentierran aquella asfixiante película de mi juventud: Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971), el joven combatiente de la Primera Guerra Mundial que al despertar en un hospital solo tenía activa su mente atormentada y desconcertada. Sin rostro, ciego, sordo, mudo y con los miembros amputados, solo mantenía el cerebro para interpretar qué le ocurría. El silencio le traía a la memoria una explosión tras un bombardeo, luego, la nada. Al descubrir que seguía en la vida, y que su cuerpo tullido era su cárcel, la agonía le carcomía pensando que la sinrazón humana lo había sumido en la negación.

El mundo se agita, el peligro de escalada bélica no hace más que amenazarnos. Europa ya habla de elevar el presupuesto de Defensa. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo expresó ante el Parlamento Europeo: “La amenaza de guerra puede no ser inminente, pero no es imposible”.

La nuca no es solo el destino de la violencia, también lo es la aniquilación de la conciencia que nos deja aislados: ciegos, sordos, mudos, sin rostro, sin extremidades, inmóviles, con el cerebro intacto mientras nos martirizamos por no poder contemplar la vida, ni escuchar los sonidos de la paz, ni proclamar la verdad, ni caminar por senderos de gloria o amar a nuestros semejantes, solo regurgitar en el dolor pensamientos silenciados, tormentosos, dañinos para nuestro equilibrio personal. Entretanto, dejamos que la tiranía tenga las manos libres.     

La sensación que provoca tanta desdicha en la razón es un estruendo destructivo y despiadado en el corazón de la humanidad. 

 *Artículo publicado en Ideal, 10/03/2024

** René Magritte, Memoria, 1944

 

lunes, 26 de febrero de 2024

CUANDO DE SALUD MENTAL INFANTIL Y JUVENIL SE TRATA*

 


No sé si el futuro de las próximas generaciones va a ser peor, distinto o está prescrito en una receta por los nuevos dioses de las tecnológicas denunciadas por provocar la gran crisis de salud mental de los jóvenes en Estados Unidos. Lo cierto es que lo que les estamos construyendo no es ese halo de felicidad, prometida por espectros que se mueven en universos en expansión, afanados en hacérsela ver, en una suerte de propaganda narcotizada y marketeada, sino futuros despersonalizados.

“Vender felicidad y acomodar la vida al patrón de ser feliz es parte del proyecto de la nueva normalidad en la que estamos instalados”. Así lo señalan Edgar Cabanas y Eva Illouz en Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas. La gran industria que la visión neoliberal tiene diseñada al efecto en la sociedad posmoderna: “Vender cualquier cosa, lo que sea, incluso ‘humo’, para ser felices”. Esa misma felicidad paradójica de la que habla Gilles Lipovetsky en su ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo.

Las generaciones de ahora suelen etiquetarse: ‘millenials’, antes, o generación Z, ahora, la nacida con la irrupción de internet y consumidora de esta tecnología. La que encontramos en nuestras escuelas, junto con la que ya se viene llamando generación Alfa, la emergida en la segunda década del presente siglo. La generación Z suele mostrar una aparente imagen de ‘pasar’ de su mala salud mental con mensajes y comentarios en tono humorístico, como si con ello combatieran su malestar, lo parchearan o quisieran simular que tal cosa no existe en su mente, como si diciendo lo contrario a como se sienten, sin más, acertaran con la terapia salvadora que todo lo resuelve. Quizá esto de relativizar los problemas sea un mecanismo de defensa para no aparentar preocupación en un mundo que exige una permanente sonrisa. Sin embargo, banalizar los sentimientos de angustia o pesimismo no siempre es la mejor alternativa. La generación Alfa sigue un camino parecido.

Cuando hablamos de ‘generación de cristal’ no podemos obviar que está sometida a una tormenta de influencias de lo más diverso. Sobre ella recaen un sinfín de mensajes, subliminales o explícitos, imágenes de cómo han de ser para triunfar o ser felices: un auténtico bombardeo sobre mentes en formación. Esta generación está embestida por una potente presión, tanto del entorno inmediato como del remoto, como jamás lo estuvo otra generación anterior. Desvelar y verbalizar el desasosiego emocional es pertinente y necesario, reconocer que en la búsqueda de una solución a sus problemas personales precisan ayuda psicológica, es un paso adelante. La fragilidad es un valor que todo ser humano debe exhibir, cuando realmente la siente en su estado emocional.

Los que somos de otro tiempo recordamos aquello que cantaban Ana Belén y Víctor Manuel:Para la ternura siempre hay tiempo’. Nos hizo ver en aquellos años ochenta que los sentimientos debían abrirse, mostrarse en las relaciones humanas y no quedar ocultos en la recóndita esfera de la represión, como aseguraban aquellos otros postulados que recomendaban ‘ser duros’ o ‘aguantar para dentro’.

Quienes nos movemos en el mundo de la educación, y tomamos contacto con los centros educativos, apreciamos que los casos de problemas de salud mental en el ámbito escolar van en aumento. Los trastornos por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), trastornos de ansiedad, depresión infantil y adolescente o las inclinaciones suicidas y conductas autolesivas son una realidad que cada día está más presente.

La enorme influencia de las redes sociales en este incremento de trastornos de salud mental y bienestar psicológico entre niños, adolescentes y jóvenes adultos, está refrendado por no pocos estudios. Desde la irrupción de la hiperconectividad, que abrió un universo del que desconocemos sus límites, antes que crear entornos comunitarios de relaciones estables, ha promovido no solo un mayor individualismo, también la desconexión con la realidad circundante. A veces propicia situaciones adversas de inestabilidad psicológica. Las propias redes sociales se convierten en peligrosos oráculos cuando los jóvenes buscan soluciones en ‘influencer’, ‘streamer’, ‘youtuber’ o ‘tiktoker’. Como cuando se busca consejo entre el grupo de iguales a las dudas en las relaciones afectivo-sexuales, o directamente se va a la pornografía. Hoy día, más que nunca, prolifera la respuesta amateur frente a la ayuda prestada por especialistas.

La depresión, la ansiedad o los estados emocionales adversos no deberían ser temas frivolizados con opiniones de aficionados, que fomentan el autodiagnóstico, lejos de profesionales de la psiquiatría o la psicología.

Uno de los temas que más inquieta es el suicidio y las autolesiones. La Organización Mundial de la Salud señala que el suicido es la segunda causa de muerte entre los 15-29 años en todo el mundo. En países desarrollados, la relación entre el suicidio y los trastornos mentales tienen en la depresión o las adicciones al alcohol y drogas las causas principales. En España, el suicidio es la primera causa de muerte no natural en estas edades, por delante de los accidentes de tráfico, convirtiéndolo en un problema de salud pública. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en el año 2020 hubo 14 suicidios en menores de 15 años (7 hombres y 7 mujeres); y 300 (227 y 73) entre los 15-29 años.

A los jóvenes les prometemos futuros, que la mayor parte de las veces son futuribles. Deberíamos tomar mayor conciencia como sociedad del problema de la salud mental infantil y juvenil. Se trata de la nueva epidemia que nos acecha.

 *Artículo publicado en Ideal, 25/02/2024

**  La noche estrellada,Van Gogh, 1889