viernes, 15 de septiembre de 2017

EL VALOR DE LA PALABRA DADA

Escuchar, hablar, pensar. Actos de comunicación con los demás y con uno mismo que se apoyan en la palabra. Actos que no soportan la deslealtad con las palabras. A ellas, que representan la esencia destilada de nosotros mismos, que se erigen en la carta de presentación más valiosa de lo que somos, si las traicionamos, nos estamos traicionando a nosotros mismos.
En mi niñez, recuerdo haber visto cómo se sellaban los tratos entre gente corriente: un apretón de manos y se certificaba un acuerdo. Aquel gesto sentaba las bases de una obligación ineludible, ¡y ay de quien no lo cumpliera! La palabra dada era una cuestión de honor, no respetarla era perder la credibilidad y algo más. Después podía venir que aquello se escribiera en un documento.
Entre los chiquillos, cuando se pretendía apelar a la verdad o arrancar el compromiso de cumplir la palabra dada, se solía reclamar la confirmación utilizando la expresión: “¿palabra de honor?”. Si la decías, desnudabas tu alma y debías seguir la senda de la verdad, salvo que fueras un pillo y no tuvieras ni honor ni palabra. La expresión nos empujaba a ser sinceros o cumplir lo prometido. Es cierto que se conjugaba en ello la influencia religiosa y el grado de coacción que se ejercía sobre nuestra conciencia con el pecado.
En política, la palabra dada se ha devaluado mucho. Las palabras suenan vacías, la deslealtad hacia ellas es tan indecente como insolente. Creer en política resulta cada vez más difícil. En un tiempo en que todo son promesas y las palabras solo sirven para rellenar discursos, que suenan a impostura y lejanía del corazón, poco valor atribuimos a lo que nos resulta grandilocuente, repetitivo y manido. Sin embargo, a pesar de que el umbral del escepticismo en las sociedades modernas se haya elevado, todavía es fácil embaucar a la gente con cualquier trivialidad. No lo olvidemos.
Debe ser el otoño por venir, dispuesto a anticipar y avivar sentimientos, lo que me ha hecho recordar aquellas reseñas prometidas de alguna de mis novelas y que nunca llegaron. Quizás descansen como borrador en las tripas de algún ordenador o en el olvido de quienes me las prometieron, al final lo único recibido fue la decepción tanto por su ausencia como por las personas que me ilusionaron.
En una ocasión, un afamado escritor, que suele mostrar inquietudes sobre temas educativos, prometió que me escribiría su impresión sobre La educación que pudo ser (ensayo que le regalé). Hasta el momento, pasados ya varios años, aparte del gran fiasco que supuso el cierre de la editorial que lo publicó, no he recibido el comentario que esperé durante un tiempo.  Se ve que en el mundo de la cultura también existe deslealtad con la palabra dada.
En ocasiones esta palabra dada se oculta bajo formas diplomáticas o simpáticas, entonces adquiere exquisitez y apariencia, aunque luego obtengamos el mismo resultado. Quizá sea porque aún me quedan jirones intelectuales de una concepción roussoniana de la vida y rescoldos de aquel sentimiento de culpa que cultivaron en nosotros los curas de entonces, avivando eso del cargo de conciencia, es por lo que a mí me cuesta mucho no cumplir con la palabra que doy.
Me resulta todo tan incomprensible, tan groseramente ejecutado, que inexorablemente he enfilado el abismo del descreimiento. El escalofrío que provoca el primer aire fresco de septiembre es así: apela a la nostalgia. Pronto llegará el otoño y con sus grises nos envolveremos, quizás esto nos ayude a ser leales con nosotros mismos.
Dejadme al menos que reivindique la palabra dada con estos versos de Mario Benedetti: “No me gaste las palabras, no cambie el significado… No me ensucie las palabras, no les quite su sabor”.

lunes, 4 de septiembre de 2017

NO ES SOLO LA IRA DE ALÁ*


Matar en nombre de Alá, de Dios o de Yahvé, o del dios que ustedes prefieran, ha provocado en la Historia tanto dolor como sosiego para las almas. La Historia es un crisol de matanzas, holocaustos, exterminios, ejecuciones, sacrificios, torturas, sinrazones… en nombre de un ser divino. El terrorismo yihadista, el más activo y extenso en el planeta, tiene a Alá como excusa para descargar su ira.
Dolor y muerte, el binomio más extendido por todo el mundo. Lo acontecido en Cataluña ha sido parte de nuestro dolor, aunque para algunos el dolor propio les parezca más dolor que el de los demás. La muerte sin respeto a la vida humana, la pulsión destructora, el ‘thanatos’ de Freud. En la lógica perversa del terrorismo cabe tanto la destrucción del terrorista como de todo lo que tenga a su alcance.
Las sociedades modernas son ya de por sí complejas. La sociedad más uniformada, tanto en lo cultural como en lo ideológico, no escapa a la complejidad. Edgar Morin aludía a la complejidad de los fenómenos, de modo que para comprender el mundo y encontrarle una explicación habría que ir más allá del reducionismo que planteaba la ciencia newtoniana. En la complejidad, la uniformidad no existe.
Buscar las razones de lo ocurrido en Cataluña, pasados los primeros momentos de arrebato, es parte de la terapia de una sociedad sana. Cargar las tintas contra el Islam o la inmigración es una interpretación más visceral que inteligente. Un hecho de connotaciones globales como el ocurrido no se puede explicar solo a través del odio. El odio no existe si no hay otros condicionantes que lo estimulen. Decir que el atentado fue perpetrado simplemente por el odio a una civilización o una identidad cultural o religiosa es caer en la simplicidad.
Para un historiador la explicación de un hecho debe estar sujeta a un análisis más riguroso. Fernand Braudel sostenía que la economía y la geografía eran parte de la interpretación de la historia. En Barcelona y Cambrils ocurrieron unos hechos que no escapan a razones geoestratégicas, religiosas y económicas, elementos de la coyuntura actual de Oriente Medio. Solo el dolor y el odio no serían suficientes para explicar qué ha ocurrido en Cataluña, salvo que pretendamos una interpretación tendenciosa e interesada.
A punto de cumplirse tres lustros de la invasión de Irak, la deriva vivida en Oriente Medio ha sido devastadora. Esta zona quedó desestabilizada (gobiernos destruidos, conflictos interétnicos, guerras continuas), se propagó el dolor y se activó una sed de venganza infinita. El avispero de violencia que se generó se ha extendido por todo el planeta. La traslación de esa violencia a nuestro espacio vital ha soliviantado a la sociedad occidental, que hasta ahora vivía el fenómeno como algo lejano, preguntándose que cómo es posible que esto nos ocurra a nosotros. Independientemente de que abominemos de la presencia terrorista en nuestros hogares, el incendio que se prendió en esa parte del planeta lo tenemos aquí en forma de pequeños focos incandescentes. Habremos de defendernos de ello, obviamente, con todas las armas a nuestro alcance, pero no nos rasguemos las vestiduras por lo ocurrido y reflexionemos seriamente.
Los terroristas de Ripoll no habían venido de Oriente, ni fueron adiestrados allí por el Daesh, ni eran terroristas porque lo llevaran en los genes. Eran chicos pertenecientes a una segunda generación de inmigrantes, como los de Francia, y se convirtieron en terroristas como podría haberlo hecho un español simpatizante del ISIS. De hecho, hay europeos en su seno. Raquel Rull, una educadora de Ripoll, conocía bien a muchos de ellos: “Estos niños eran niños como todos. Como mis hijos, eran niños de Ripoll. ¿Qué os ha pasado? ¿En qué momento? ¿Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas?”. Esa misma pregunta nos la podíamos hacer todos como colectividad.
La fragilidad de nuestros jóvenes es algo preocupante. Lo mismo que los subyuga el consumismo, pueden ser pasto de cualquier idea perversa (juegos de rol). El desarme intelectual de sus mentes y las circunstancias personales pueden facilitar su manipulación. Sólo necesitamos escenarios que se presten a ello: marginación, búsqueda de ideales, sentimientos contrapuestos, malestar individual o social, afectos destruidos... Entonces tendremos el caldo apropiado donde depositar el rechazo, el odio, la aversión. No se odia sin más, se odia porque existe la sensación de sentirse agredido, como individuo o como colectivo. Con estos ingredientes es fácil encontrar a la masa que definió Gustave Le Bon, cuanto más, a jóvenes que viven entre los sueños frustrados y la inquietud permanente. Para algo tan siniestro como el Daesh no resulta difícil la captación, solo han de prometer el mesianismo de la redención, el delirio del martirio y la inmortalidad del alma. En ETA se inoculaba la lucha por la redención de un pueblo. Esto hacía a los jóvenes vascos sentirse salvadores de una patria oprimida y entrar en una lógica perversa.
Costó acorralar a ETA, pero se consiguió. Estaba focalizada y tenía un espacio definido. Acorralar al yihadismo va a ser más difícil. Está por todas partes, incluidas las redes sociales, que no tienen espacio ni fronteras, al tiempo que cuenta con demasiadas facilidades para subsistir: financiación y coberturas vergonzantes y espurias.
La inteligencia que debemos poner en este asunto ha de ser distinta a la que ponen los que adiestran a los futuros terroristas. Inteligencia policial, inteligencia educativa, inteligencia social. Porque no se explica la facilidad con que el neosalafismo, a tantos miles de kilómetros, se  cuela en el adiestramiento de chicos que parecían normalizados e integrados.
Si nos ciegan los resplandores de la intransigencia o la xenofobia no seremos capaces de ver la luz ni analizar los fenómenos con la suficiente mesura. Daremos palos a diestro y siniestro, y nos equipararemos a la misma cortedad de entendimiento de los que promueven la sinrazón terrorista.
 *Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 3/9/2017

sábado, 26 de agosto de 2017

PODEMOS: EL HIJO REBELDE DEL PSOE*

Este verano lo estoy colmando de paseos por el sendero de Pinos Genil a Cenes. No porque tenga mi agenda repleta de planes de senderismo, sino porque mi médico se ha empeñado en mandarme a pasear, que no a paseo. Cuando uno camina en solitario tiene mucho tiempo para pensar. No lo saben ustedes bien, o a lo mejor sí lo saben. Y entre lo que me ha dado por pensar está eso de qué pinta Podemos en el panorama político, tan errático como se le ve, y lo de su vinculación con el PSOE.
Desde que irrumpió Podemos en la política, un sector elitista del PSOE, como justificación a la pérdida de varios millones de votos, construyó un relato insidioso hacia el inesperado enemigo. Por un instante, producto del aturdimiento, dejó a un lado al PP, tradicional objeto de la crítica discursiva. Ese mismo PP al que le unía un antagonismo consentido: el perfecto ‘alter ego’ con el que sostener el cómodo turnismo que parecía consolidado. Desprestigiando a Podemos, creyeron que recuperarían a los votantes emigrados. Pero eso no ocurrió en las siguientes elecciones, ni en las otras… ni en ninguna de las celebradas. Entre tanto, el PP, atestado de corrupción, seguía ganando elecciones.
En esta tesitura, las Primarias de mayo provocaron la irrupción de un discurso alternativo, alejado del pragmatismo de adaptación al sistema y revelador de una realidad: Podemos estaba ahí y era susceptible de alianza. Flagrante choque contra casi todos los barones territoriales, posicionados en el lado pragmático. Sin embargo, no hace tanto se firmó un pacto de Gobierno con Podemos en Castilla la Mancha. ¡Quién lo diría!, el ínclito García-Page poniendo la primera piedra para traicionar el discurso de la élite del golpe de mano del Comité Federal de primero de octubre, aunque proclamando que el modelo manchego no es exportable. Cosas de la política. Cuando hay intereses de poder, no hay enemigo malo.
Es la misma élite que mostró su incapacidad para detener la hemorragia de votos hacia Podemos, que no para seguir aupados en responsabilidades orgánicas y/o públicas. Por culpa de ellos el PSOE cayó estrepitosamente. Se hicieron los despistados y buscaron culpables fuera, construyendo una imagen alejada de un partido de izquierdas, la que tanto detestaban los que después darían la espalda al PSOE.
Estos dirigentes ‘crearon’, con su torpeza, el ‘monstruo’ de Podemos ‘versión española’, ese que luego denostarían a través de cortinas de humo bolivarianas para salvar su posición. Por un momento al PSOE le pasó lo mismo que al padre que le sale un hijo rebelde, o a la familia ultrareligiosa que tiene un niño ateo o a la de derechas un vástago comunista. Al PSOE le salieron rebeldes podemitas.
Podemos ‘versión española’ es la consecuencia de tantos errores gestados en los años finales del gobierno de Zapatero y de su deficiente gestión de la crisis económica, pero también de la falta de reacción posterior. Cundió el desaliento general, la desesperación y el asombro, y surgió una de población frustrada frente a las arremetidas de la crisis (desempleo, desahucios, recortes en servicios sociales, sanitarios y educativos, pérdida de poder adquisitivo…). Fue cuando se desveló que la política estaba alejada de la gente, que la ‘España rica’ era una entelequia, que vivíamos en una opulencia ficticia, que la corrupción vagaba por todos los rincones, que la moral y la ética públicas hacía tiempo que habían desaparecido, y que unos cuantos fabricaron una democracia a su medida para mantenerse en el poder. En definitiva, la ciudadanía ‘adormecida’ abrió los ojos a una realidad ‘desconocida’ y se indignó.
En estas circunstancias se fraguó el lanzamiento de Podemos, aprovechando tanto malestar, y atrajo votantes, sobre todo socialistas, con un discurso nuevo y esperanzador. De esa huida fueron responsables líderes nacionales, regionales y provinciales. Sin su inoperancia, el círculo de Pablo Iglesias no hubiera tenido el crecimiento que alcanzó en las elecciones generales de 2015 y el PSOE no se hubiera descalabrado de ese modo. Cataclismo que no se arreglaba llamando Pablo Manuel a Pablo Iglesias, ni utilizando descalificaciones bolivarianas, ni bravatas mitineras.
La recuperación y el cambio en el PSOE no la van a llevar a cabo los mismos que lo gobernaron y hundieron en los últimos ocho años. Esos que se creen élite con derecho a ocupar perennemente cargos en empresas públicas, agencias públicas y otros emporios, lo que tanto irrita a la ciudadanía. Esos que sienten pavor de volver a su actividad profesional y a la militancia de base sin cargos, ‘desnaturalizadores’ del PSOE. La imagen pública del PSOE se restablecerá con personas que no lo lastren con su pasado. Eso que dicen: “aquí no sobra nadie”, es una falacia ideada para mantenerse; es un artificio verbal para no pagar precio alguno por sus torpezas. En el PSOE, para ellos, sobran todos los que tienen criterio y creen que pueden hacerle sombra. No se trata de podemizar el PSOE, se trata de volver a su esencia, pero de verdad, sin aprovechados que apelen a las prebendas, para que inspire la confianza suficiente para que vuelvan los millones de votantes perdidos.
Tras el cese como presidente del Consejo Escolar de Andalucía pronuncié unas palabras públicas de despedida, con esta reflexión: “lo necesario que era en política volver a contactar con la realidad y reciclarse socialmente”. Entonces un importante cargo orgánico provincial me dijo: “Antonio, ahora a reciclarse”. Nueve años ya. Yo he ejercido mi profesión, orgulloso; él ha pasado de cargo en cargo. ¿Acaso derecho vitalicio?
Mi distanciamiento del PSOE, que no del pensamiento socialista, me permite ser un observador imparcial. Cuando terminé mi etapa política (a lo que algunos me empujaron diplomáticamente), me fui a mi casa, a mi trabajo y a mis escritos, no a otro partido, ni ideología que no fuera la socialista.
 *Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 25/8/2017

domingo, 20 de agosto de 2017

LAS CABRAS

Uno no sabe bien porqué se vincula más a unos animales que a otros. Tuvimos tres perros durante veinte años y eran como de la familia. Pero hay un animal que siendo niño formó parte de mi universo infantil: la cabra. Alguna vez mi madre me ha recordado que fui criado con leche de cabra. Ahora una de mis predilecciones es el queso de cabra. Lo compro siempre que puedo y me gusta tanto fresco como en aceite.    
En aquellos años de mi niñez solía pasar los veranos en el cortijo donde vivían mis padres. Terminaba el curso escolar en Granada y al día siguiente ya estaba en el coche de línea con dirección a Prados Bajos. Es un cortijo que está junto al río Valdearazo, el río Tercero como se le llamaba por allí, en las estribaciones de la Sierra Sur en Jaén, en dirección al Parrizoso y el embalse de Quiebrajano. Allí me familiaricé con las piaras de cabras y los chotos. Y más de una vez tuve que subir a la cima de un monte para volver a las cabras que se habían metido en los olivares.
Las cabras son otros de los seres vivos habituales que me encuentro en mi recorrido vespertino por el sendero de Pinos Genil a Cenes. Casi siempre me topo con un rebaño de cabras. El mismo siempre. Me quedo extasiado un rato mirándolas. Aunque parco en palabras, cuando tengo oportunidad le pregunto al pastor, o cabrero, por ellas. Me cuenta que las saca cada día sobre las seis de la tarde y las tiene pastando hasta la nueve, cuando las encierra en una cabreriza que hay junto al sendero.
Hay cabras de pelaje variopinto. Suelen ser negras, de raza moruna, pero las hay moteadas en varios colores. A veces las veo pastar, otras veces pasan a mi lado sorteando mi cuerpo. Me fijo en ellas, en sus cabezas pequeñas y redondeadas, muchas son mochas, sin cuernos. Las ubres, que ya a esa hora están henchidas de leche, se les ven colgantes y prietas. Algunas están preñadas. Pronto parirán, me dice el pastor. Yo he visto parir a muchas cabras. Para los ojos de un niño, aquello era una experiencia única, así que cuando volvía a la ciudad al inicio del curso escolar sabía más de cabras que ninguno de mis amigos.
El otro día el pastor llevaba dos chotos recién nacidos. Era más tarde de lo habitual. Debió retrasar la vuelta a la cabreriza hasta que las dos cabras parieran. ¡Qué hubiera dado yo por volver a ver ese momento después de más de cuarenta años!
Las experiencias infantiles son un tesoro. Recuerdo en el cortijo cuando nacían los chotos. Durante unos días las madres eran apartadas del rebaño para que amamantan a los pequeños. Pasado ese tiempo volvían con las demás cabras. Eran los chotos, que empezaban a masticar los primeros brotes de hierba, los que se quedaban en las cabrerizas y esperaban hasta el amanecer del día siguiente a que regresaran las madres para amamantarse. Jugaba con ellos. En mi imaginario creía tener mi propia piara de cabras. Cuando ya alcanzaban cierta envergadura, ellos también se integraban en el rebaño.
Desde hace años las cabras representan una pujante industria de transformación artesanal en cuanto a la producción de carne y de leche y sus derivados. Suelen estar en régimen de estabulación. A mí me gusta verlas sueltas por el campo. Ya se ven pocos rebaños de cabras por los montes. Siempre representaron un recurso natural para la limpieza de los montes. Es una de las razones adversas de la que acordarnos cuando se produce un incendio forestal.
Cada tarde voy alerta, esperando encontrarme con las cabras. Es una de las cosas que más me satisface en estos paseos. Las observo un rato. Me gusta verlas ramonear y me hace gracia cómo se repliegan, con esa impronta asustadiza, ante las arremetidas de los dos perros pastores que manejan con maestría al rebaño.

lunes, 7 de agosto de 2017

EL OTRO SON ESTIVAL EN TORNO A GARCÍA LORCA*

¿Recuerdan aquello de la serpiente de verano?, ¿lo de las noticias que durante el estío suscitan un debate sobre hechos con poco fundamento?, pues bien, en Granada se diría que ya tenemos nuestra serpiente de verano si no fuera porque el tema alcanza tintes precisamente no baladíes. El caso es que el debate suscitado ha venido en forma de edificio para la controversia y con Federico García Lorca metido por medio.
La polémica se ha montado en torno al edificio del hotel Montecarlo de la acera del Darro, que tiene todas las bendiciones de Urbanismo para ser demolido. A este edificio algunos le atribuyen el honor de tratarse de una de las residencias de Federico en Granada, mientras que otros lo dudan. Ahora un informe de técnicos de la Delegación de Cultura sostiene la versión de que en él no residió el poeta, sino dos casas más abajo. Y ante el revuelo armado, se plantea la búsqueda de otra alternativa, a modo de solución salomónica: que en su demolición se mantenga la fachada.
Mi intención no es entrar en este debate. Que se pronuncien los que se hayan aproximado documentalmente a este tema. Sabios y doctos no faltarán para definirse si fue residencia o no del poeta o, a lo mejor, si lo fue de sus primos, a los que iba a visitar.
A mí lo que me sorprende y preocupa es que Granada, la ciudad de Federico García Lorca, la que pregona al poeta como emblema, se encuentre a estas alturas de siglo, después de tantos estudios y aproximaciones hacia su figura y su obra, dirimiendo si el hotel Montecarlo es o no uno de los lugares lorquianos de la ciudad.
Esta ciudad, como han pregonado sus autoridades pasadas y presentes, o intelectuales de antes y de ahora, debería rendir homenaje permanente a esta figura literaria universal. Estamos en su ciudad, en la que se ha construido un centro cultural para el estudio e investigación de su obra, la que concede un premio internacional de poesía con su nombre. Pero también la ciudad que se rasga las vestiduras ante cualquier ataque hacia su poeta preferido (agravios y ofensas no han faltado, provenientes tanto de sectores retrógrados como menos retrógrados). La misma que asimismo, desgraciadamente, es capaz de utilizar polémicas en torno a su persona como arma política, a veces sin mucha conciencia de lo que se dice y de lo que se hace. Esa ciudad que le rindió homenaje en el 98 por el centenario de su nacimiento, para proyección de su figura en el mundo entero.
Y queriendo tantas cosas para Federico, sin embargo todavía otras inexplicablemente han quedado en manos de la desidia. Es así como no se han determinado con certeza y rigor histórico todos los lugares lorquianos que encierra la trama urbanística de la ciudad. En una dejación imperdonable que deshonra tanto deseo, a veces fatuo, por ensalzar su figura. Que deja a los granadinos y a los visitantes sin la posibilidad de aproximarse a otra perspectiva en el conocimiento del poeta: la de su cotidianidad, la que por otra parte lo puede conectar aún más a cada uno de nosotros.
¿Qué han hecho las distintas corporaciones municipales que en la democracia han sido en este sentido? ¿Qué no han hecho las concejalías de Cultura para que a través de estudios serios hubieran resuelto la identificación de los lugares lorquianos hace décadas o lustros? ¿Acaso no han tenido tiempo para fijar con rigor esos lugares y marcar sus fachadas con una humilde placa, así como catalogarlos como bienes de interés cultural, protegiéndolos para siempre? Pues parece que no, habida cuenta que estamos inmersos en esta polémica del hotel Montecarlo.
Dublín tiene bien definidos los lugares de James Joyce y su Ulises. En Salzburgo todo gira en torno a Mozart. Ejemplos de ciudades europeas no faltan. Y en Granada, sin embargo, se da la noticia de que se va a derribar un edificio y nos surgen a todos miles de dudas, porque su Ayuntamiento (éste o los pasados) no tienen claro si tenemos o no ante nosotros un lugar lorquiano con la rotundidad que el tema merece.
Este verano será recordado no solo por los sones de ¡Oh Cuba! Federico García Lorca. Son flamenco en el teatro del Generalife, lo será igualmente por la polémica sobre dónde se ubicaba la residencia lorquiana en la acera del Darro. Como si no tuviéramos bastante ya con el retraso en la llegada del legado del poeta al Centro Federico García Lorca (que tanto costó su finalización arquitectónica) o la sombra de sospecha que se cierne sobre los millones de euros de gastos que aún no han sido justificados.
*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 6/8/2017