domingo, 11 de noviembre de 2018

EVALUACIÓN VOLUNTARIA DEL PROFESORADO


Aun cuando creemos necesaria una nueva ley educativa que proporcione estabilidad al sistema, también pensamos que debe hacerse con el mayor consenso y sentido de Estado. Vivimos en un país donde la educación ha sido maltratada políticamente y, lo peor, no se ve en el horizonte próximo que el panorama cambie.
Estos días hemos conocido la noticia de que el Ministerio de Educación quiere evaluar al profesorado, entre otras medidas que lleven a una reforma de la profesión docente, a las que se suman la selección o su formación inicial y permanente. Sin embargo, lo más llamativo desde el punto de vista mediático ha sido la noticia de la evolución voluntaria del profesorado.
Todos los ministros de Educación pretenden dejar su impronta, pero mucho me temo que muy pocos aciertan, porque quizás tengan escaso o ninguno conocimiento de la realidad de la escuela.
De las propuestas de la ministra Celaá, la de la evaluación voluntaria me ha llamado poderosamente la atención. Las otras dos, hace años que vengo hablando de ellas sin haber visto que los modelos actuales de formación y selección del profesorado hayan sido los idóneos.
En 2008 se puso en marcha en Andalucía el llamado programa de calidad y mejora de los rendimientos escolares. Este programa, inspirado en modelos y enfoques mercantilistas y empresariales de la educación, comportaba una serie de incentivos económicos por objetivos. Fue un auténtico fracaso, salvo para el profesorado que percibió sus incentivos (que me parece muy bien para ellos), pero que no supuso, como se puede apreciar a poco que entremos en la realidad educativa, una mejora para el sistema educativo ni para los rendimiento escolares. Han pasado diez años, y seguimos teniendo las mismas carencias de aprendizaje entre nuestro alumnado que las que había entonces.
Conocer y evaluar está bien, nos permite ver nuestras debilidades, y conocer el punto de partida y qué es lo que necesitamos para mejorar. Pero evaluar por evaluar, y solo a los que voluntariamente quieran, es un brindis al sol. Que una parte del profesorado se someta a la evaluación de su práctica docente para cobrar unos incentivos, ¿en qué beneficia eso al sistema educativo o a un centro educativo? Se nos olvida que un centro debe estar presidido por la coordinación docente, trabajo en equipo y unos criterios comunes de actuación, para que la labor con el alumnado tenga cierto sentido, ¿o hacemos cada uno la guerra por nuestra cuenta?
Si en un centro la mitad del claustro es evaluada, mientras que la otra mitad dice que no, ¿tiene esto sentido?, ¿impulsaría realmente mejoras en el conjunto del centro?, ¿o tendríamos pequeñas islas de innovación por iniciativa de unos pocos, mientras que el centro en su conjunto seguiría con una línea pedagógica y metodológica distinta? Esto ya lo hemos vivido en los centros educativos, y no conduce a nada, salvo al honroso trabajo que los buenos docentes puedan hacer con incentivos o sin incentivos.
No, la evaluación voluntaria del docente no puede ser. El centro tiene su proyecto educativo, unas aspiraciones metodológicas que afectan a todo el alumnado del centro, no sería lógico que la mitad del alumnado trabajara bajo un modelo más innovador, mientras que la otra mitad lo hiciera en una línea más tradicional. Eso, pensando que uno u otro modelos no garanticen el éxito, o ninguno sea mejor o más adecuado que el otro. Lo que es evidente, es que romperíamos cualquier planteamiento que impulsara mejoras que beneficiaran a todo el alumnado del centro, que es el objetivo último al que debemos aspirar.
La profesionalidad del docente, la deontología profesional, el compromiso, el cumplimiento del deber… son los mejores incentivos que deben presidir el trabajo docente. Eso de pagar por hacer bien nuestro trabajo, me parece un fraude y un deshonor para el docente; hacer bien nuestro trabajo es nuestra obligación. Ahora bien, si se considera que el docente está mal remunerado: ¡adelante, subámosles el sueldo!

miércoles, 5 de septiembre de 2018

LA MEMORIA HISTÓRICA NO ES LO MISMO QUE LA HISTORIA*


La Historia, como la definía Marc Bloch, es la ciencia de los hombres en el tiempo, que va más allá de lo humano para adentrarse en la atmósfera en que su pensamiento respira y se conecta a la complejidad de los fenómenos. Echar la mirada hacia ella nunca es remover el pasado. La Historia estudia, analiza, constata, reflexiona... De ella podemos aprender lo suficiente para evitar lanzar proclamas sin mucho fundamento y poco reflexionadas.
La dictadura franquista fue lo que fue: un régimen represor que provocó dolor y muerte. La historiografía de este periodo histórico, basada en estudios y análisis documentales, es abundante. Los hechos históricos no se pueden ocultar o manipular a nuestro antojo. Por eso resultan tan inconsistentes los comentarios políticos que tratan de obviar, cuando no tergiversar, el drama de la guerra civil y la posterior dictadura. No son “cosas del pasado”. El pasado somos nosotros.
La exhumación de los restos de Franco ha reactivado el debate en torno a la memoria histórica. El debate siempre existió, antes y después de Franco y durante la democracia. Memoria histórica es un concepto próximo a la dimensión individual de la persona, parte de lo vivido e interiorizado por los sujetos de la Historia. Las guerras carlistas del siglo XIX serían objeto de estudio para la Historia, pero la guerra civil y la posguerra, vinculadas a la experiencia vital de millones de españoles vivos, son memoria histórica. La memoria histórica no es lo mismo que la Historia, pero se entrecruzan.
España no ha superado el trauma de la guerra civil y los años de la dictadura. Algo lógico: ésta no permitió reconciliación alguna y la ley de amnistía del 77, incluso la Constitución, no fueron suficientes para restañar tanta herida. Demasiado dolor para pretender eliminarlo de un plumazo legislativo. Durante la democracia tampoco se facilitó esa reconciliación. Poderes fácticos herederos del franquismo (sectores del Ejército, parte de la Iglesia...) no colaboraron en revertir esta situación; ni la derecha política, donde se acrisoló la herencia ideológica franquista. Quien se sintió agraviado con la injusticia de la dictadura, no vio reparado el daño recibido. La paz nunca alcanzó a miles de represaliados; al contrario, se les pidió que olvidasen, que hicieran desaparecer de su mente cualquier atisbo de memoria histórica.
La Historia ya ha analizado esta parte de nuestro pasado, y lo seguirá haciendo desde la distancia del tiempo, pero las sensibilidades y los sentimientos son de este momento, de los que sufrieron las consecuencias de la represión. Y muchos de ellos están vivos.
La Ley de la Memoria Histórica, tildada de romper el consenso de la Transición y generar una causa contra el pasado, ha sido calificada de reabrir viejas heridas. Una falacia. En nuestro país, la guerra civil y la posguerra siempre han estado presentes, antes y después de estas leyes, en las conversaciones, en las preocupaciones de la gente, casi siempre de tapadillo y en la intimidad. El dolor sentido por las víctimas no se apacigua con unas palmadas en la espalda, más hubiera hecho la condena del régimen franquista por la derecha social y política.
Una guerra nunca se olvida. Los agravios y dramas personales, tampoco. La Transición impuso de facto el olvido y la prohibición de manifestar los sentimientos, como si los que padecieron represalias y exilio quedaran obligados a callar para siempre. Bastante generosidad mostraron con ceder en sus pretensiones de reparación por los daños sufridos y en reclamar la búsqueda de restos de seres queridos asesinados, para que encima tuvieran que callar para siempre. No obstante, callaron, y contribuyeron a la llegada a la democracia. Ellos fueron generosos; los que utilizaron la dictadura para satisfacer sus deseos de venganza, no.
El olvido, del que Cicerón decía: “recuerdo incluso lo que no quiero”, no es voluntario. En todo caso depende de distintos factores: el paso del tiempo, el contexto donde nos desenvolvamos o el mantenimiento de la razón del perjuicio. Éste se mantuvo, de modo que a los que sufrieron los traumas de la dictadura les resultó difícil olvidar.
Una guerra es lo que es: una guerra. En ella se busca aniquilar al enemigo. Desatada nuestra guerra, se hizo el caos, camparon la ira, la venganza y la sinrazón. La crueldad se extendió a todos los rincones de España. Soldados y civiles del bando nacional fusilaron a miles de personas. Milicianos republicanos hicieron lo mismo. Emergió la barbarie. Se persiguieron inocentes, intelectuales, curas, monjas o se quemaron iglesias. ¿Qué otra cosa se podía esperar de una guerra civil?, ¿alguien conoce alguna guerra en que se respeten los derechos humanos? A los que se sublevaron en el 36 es a quienes hay que exigir responsabilidades históricas como instigadores de la tragedia, no a las víctimas.
La guerra civil no terminó el primero de abril de 1939, como podría haber ocurrido en un enfrentamiento entre dos países. Los españoles siguieron conviviendo en pueblos y ciudades, cultivando los campos en común, paseando en la misma plaza, comprando en las mismas tiendas, bebiendo vino en las tabernas… Y en esa convivencia, durante cuarenta años de dictadura, los vencedores practicaron represalias contra los vencidos. Si el bando ganador no hubiera desatado aquella horda de venganza, si hubiera intentando un proceso de reconciliación nacional, no estaríamos ahora hablando de memoria histórica.
La dignidad de millones de personas fue mancillada durante la dictadura franquista. Y la dignidad es el mayor patrimonio que tiene el ser humano. La memoria histórica busca restablecer esa dignidad mancillada.
* Publicado en el periódico Ideal de Granada, 04/9/2018

lunes, 27 de agosto de 2018

TRIBULACIONES DE UN DICTADOR EN SU SEPULTURA


Según se dice, Franco nunca manifestó que lo enterraran en el Valle de los Caídos. Si allí reposan sus restos, lo traicionaron los que tanto lo querían. Es lo habitual cuando uno se muere, por muy poderoso que se haya sido, los familiares luego hacen lo que les viene en gana. ¡Pobres muertos! Y es que después de muertos, mandamos poco.
Salvo que nos encontremos una sorpresa al levantar la lápida de tonelada y media, la estancia de Franco embalsamado tiene los días contados en ese adefesio constructivo que se levantó sobre la roca del valle de Cuelgamuros en la sierra de Guadarrama con el sudor, la sangre y la vida de miles de prisioneros de la dictadura. Pero, por un instante, pensemos: ¿y si Franco no estuviera enterrado allí?, ¿y si el féretro que descendieron con gruesas cuerdas apareciese vacío? ¡Menudo lío! Parece que estoy viendo a Berlanga tomando nota desde el cielo de todo esto, por si acaso es verdad lo de la resurrección de los muertos y puede rodar una nueva película titulada: “Tribulaciones de un dictador en su sepultura”.
Tiempo hemos tenido de mirar bajo la lápida, pero la cosas no ocurren cuando uno quiere, sino cuando llega su momento. Que la exhumación de los restos de Franco no se hiciera antes, tal vez sea porque ahora han llegado unos valientes o es cuando nos hemos liberado de los últimos miedos que propiciaban tantos silencios urdidos en el fantasma de aquella recordada represión, y hayamos superado ese miedo a la libertad al que aludía Erich From. Porque para mí que ha durado su tiempo. Consciente o inconscientemente, sospecho, que ese miedo sigue presente en un puñado de nuestras neuronas, de esas que andan perdidas por nuestro cerebro.
Hace unos días, el padre de un conocido mío, tocado por algún grado de demencia senil, decía que no se puede hablar mal de Franco, que manda mucho. Su mente ha debido quedar anclada en aquellos días revueltos de 1976 ó 77, recién muerto el dictador, cuando la gente se echada a la calle para clamar libertad. En aquellos días, en muchas casas se mandaba callar si alguien osaba alzar con cualquier grito que hablara de liberación. No estaban las cosas claras todavía. Como no lo estuvieron durante algunos años más. Los más viejos decían que las paredes seguían escuchando. ¡Y vaya que si escuchaban! La ultraderecha anduvo revuelta, incluso asesinando, más tiempo del que quisimos, y en los cuarteles el retrato de Franco ha presidido hasta no hace mucho tiempo algunas estancias.
Ese miedo a la libertad ha debido quedar larvado en nuestras neuronas en estos cuarenta años de democracia. Por eso ahora se va a sacar al dictador del Valle de los Caídos y no antes, porque las cosas pasan cuando pasan, y ha llegado el momento de exhumar sus restos y que vayan a parar a otro lugar, lejos de ese monumento donde su presencia machaca día a día a miles de muertos que hay allí, sepultados por obra y gracia de la represión que ese general ejerció durante su vida como mandamás.
Y llegado este momento histórico, época de tantos desahucios por mor de la crisis económica, digamos que ¡ya le tocaba a este inquilino sin contrato ni nada! y que no hay mejor lugar para erigir un centro de la memoria colectiva reciente que el Valle de los Caídos.

miércoles, 11 de julio de 2018

CAE LA IRA EN WADIAS. ENTREVISTA*



“No sabe uno hasta qué punto es el dueño de lo que escribe”

Un retazo de la historia reciente a través de los silencios de ojos apesadumbrados, de los murmullos temerosos de los vencidos, de la gorra en la mano con la cabeza gacha, de historias de “buenos y malos”..., a través de la palabra oída que dista, a veces, mucho de lo que recogen los libros de Historia: “Cae la ira”.

Desde “La noche que no tenía final”, ¿cómo han transcurrido sus inquietudes literarias?
Concluida ‘La noche que no tenía final’ vino un periodo en que volví la mirada hacia otros proyectos menores que estaban aparcados. Igual que ocurre ahora. La redacción y edición de un libro, con el trabajo de corrección que también conlleva, es un ejercicio de reflexión y esfuerzo intelectual que inevitablemente termina agotando, después necesitas un tiempo para recuperar nuevas sensaciones literarias. Tiempo que transcurre entre lecturas y escribir artículos de opinión, entre tareas profesionales y preparación de textos para alguna conferencia, hasta de nuevo surja la reactivación de algún proyecto literario entre esas ideas que siempre están dando vueltas en la cabeza. Ese tiempo es imposible cifrarlo, depende de las circunstancias.

¿Tiene el escritor algún momento en que no piense en escribir?
Obviamente, solo puedo hablar por mí mismo. Personalmente no hay ningún momento en que no piense en trasladar al papel alguna de las ideas que me asaltan tan a menudo, sea para una novela, sea para un ensayo o para un artículo de prensa. Esto hace que suela haber proyectos literarios a medio y a largo plazo. Afortunadamente, no todos cuajan, porque, si no sería tremendo, por no decir imposible, escribir todo lo que a uno se le pasa por la mente. Mejor centrarse en pocas cosas, y así entregarse a ellas con más tiempo y dedicación.

¿Cualquier circunstancia, suceso o pensamiento es susceptible de convertirse en el leivmotiv de una nueva historia?
La vida está llena de situaciones que nos asaltan de continuo. No todas son susceptibles de convertirse en una nueva historia, ni siquiera en parte de ella. Tampoco todo es de interés para encajarlo en una novela. Depende de decisiones personales, aunque es cierto que en cada caso depende de cómo te impacte personalmente y las posibilidades que encuentres para llevarlo al papel. Indudablemente, la vida y sus protagonistas son la fuente de inspiración de las historias que luego se escriben, pero las circunstancias o los sucesos tienen que topar con uno mismo, o quizás uno con ellos. Sólo algunos despiertan el interés suficiente para el escritor, aquellos que conectan con nuestras inquietudes intelectuales, con nuestras propias vivencias, que a la postre son parte de la construcción de cada historia.

Y ahora, ¿nueva novela, sr. Lara Ramos?
Efectivamente, nueva novela, otra nueva historia sobre la que abrir un debate entre el autor y lector. Nueva historia que me estuvo rondando por la cabeza, como otras, hasta que encontré, o quizás ella me impulsó a mí a encontrar, el momento adecuado para trasladarla al papel. Yo diría que este encuentro entre el escritor y la historia es un misterio imposible de descifrar. No sabe uno hasta qué punto es el dueño de lo que escribe.

¿Por qué “Cae la ira”?
 ‘Cae la ira’ fue fraguándose como idea lentamente. Antes la precedieron ciertas historias y relatos escuchados años atrás en el entorno familiar sobre vivencias y calamidades durante los tristes años de la posguerra española. Primero quedaron como meros apuntes o curiosidades, hasta que se fueron ensamblando y conectando entre sí en una idea más global, que es a la postre la novela que nos ocupa. Con un título que pienso refleja gran parte del sentir y el aire que se respiraba en aquel tiempo. La ira de aquellos años, desatada anteriormente en la guerra civil, no había desaparecido de los sentimientos que dominaban las relaciones entre españoles. Como pulsión humana que es, se mantuvo instalada en el devenir de la vida diaria de las familias y los habitantes de pueblos y ciudades, para venganza de unos y sufrimiento de otros.

Escenario: pueblo andaluz en la posguerra. ¿Por qué este escenario y esta época?
Porque en ese pueblo andaluz y en esa época es cuando acontecieron los hechos sobre los que está construida la novela. Las vivencias que me fueron contadas, y que tanto interés despertaron en mí, se encuadran en ese periodo de la historia de España que denominamos posguerra y que, desde el punto de vista de la economía, se conoce como autarquía. Esta época, como otras del siglo XX, me interesan como historiador, al igual que el siglo XIX. Pero a diferencia de este último siglo, al que me he aproximado dentro de mis investigaciones históricas, el siglo XX lo estoy abordado desde la óptica de mis inquietudes literarias. Ya me ocupé de la etapa final del franquismo, de la posguerra o del exilio en mi novela ‘La renta del dolor’, por eso ahora volver a ocuparme más intensamente de la posguerra es como completar lo que ya aparecía en la anterior novela.
La posguerra en el ámbito rural tuvo sus peculiaridades, aunque compartiera los mismos síntomas y parecidas circunstancias que en el entorno urbano. En un pueblo la convivencia era más estrecha, el espacio compartido más limitado, las mismas tabernas, los mismos caminos para ir al campo, la única plaza del pueblo, por lo que era más fácil que aquí se generaran tensiones en las relaciones vecinales que en una ciudad. Por este motivo, también me interesó, aparte de lo dicho anteriormente, que la historia se desarrollara completamente en un entorno rural.

Háblenos un poco del protagonista.
El protagonista de ‘Cae la ira’ es un chico de unos once o doce años. Un niño despierto que, rodeado de la miseria que abundaba en aquella España de tantas estrecheces, aprendió pronto a buscar los recursos para la supervivencia. Pero ese niño era algo más, lo que es más importante para nuestra historia, se trataba de un profundo observador de  la realidad de su tiempo, con una agudeza y perspicacia inusuales para esa edad. No desvelo nada de la historia si digo que ese niño era un tío mío que al cabo de los años, como otros muchos parientes que todos conocemos en nuestra familia, fue del que escuché la historia que contiene ‘Cae la ira’. Probablemente se trate de vivencias que muchos de nuestros lectores habrán experimentado o escuchado, estoy convencido, porque la universalidad de los hechos que se relatan no fueron privativos de ese pueblo andaluz donde se desarrolla la historia, Noalejo. España, en general, padeció lo que en la novela se narra: miseria, hambre, rencillas, sometimiento, represalias...

¿Era necesaria la mirada de un niño para contar la historia?
Es importante elegir qué mirada es la que nos van a contar una historia, desde el narrador omnisciente o al narrador personaje. Escribir la novela en primera persona me obligó a escoger a ese niño que experimentó tales vivencias, de las que sus ojos fueron testigos privilegiados. Darle vida a esos ojos me pareció que era lo más acertado. Por todo lo que significa la mirada de un niño, la limpieza con que ve las cosas y la ausencia de contaminación vital a la hora de contarlas. En las palabras de un niño no suele haber prejuicios, valoraciones tergiversadoras de la realidad o intereses espurios a la hora de narrar, como sí ocurre en un adulto. Siendo niño, lo más fácil es que fuera descubriendo la vida que le rodeaba, igual que el lector descubre una historia nueva a medida que la va leyendo y se va viendo atrapado en ella, con la inocencia del que accede por primera vez a un descubrimiento, con esa capacidad de sorpresa intacta que da haber vivido todavía poco. La mirada de un niño está libre de suspicacias, de rencores ancestrales, de todo lo que ensombrece nuestra visión de las cosas, por eso resulta más fácil que desde la inocencia vea la vida y lo que en ella acontece desde la transparencia de unos ojos limpios. La mirada del niño se hace más simple y más fiel a la hora de contar lo que ve, suele ser pulcra, la del adulto casi siempre está contamina.

¿Qué hay de realidad y qué de ficción en “Cae la ira”?
Las tres historias que configuran ‘Cae la ira’ son parte de la misma realidad de aquel tiempo y de la historia familiar a la que se alude. Fueron sucesos que ocurrieron y que han estado presentes, unos en la memoria individual y familiar, y otros en la colectiva. No obstante, la recreación de esas historias, su traslado al imaginario colectivo de la ficción es la licencia que tiene el escritor para mostrarlas y lanzar el mensaje que cree forma parte del discurso que pretende llegue a los lectores.

 ¿Historias de pueblos casi olvidados que forjaron con sus pesares nuestro presente?
Historias que en principio parecieran olvidadas, pero que son el reflejo del país que somos ahora. No podemos olvidar, porque no lo han olvidado los mayores que todavía habitan entre nosotros, que padecieron aquella España de la posguerra y que pasaron por lacerantes e ignominiosas experiencias que hicieron a las gentes, si cabe, más desgraciadas. Fue la crueldad de haber vivido un tiempo donde la ira de la guerra continuó instalada en la vida de las personas, ejercida por los que se consideraron vencedores y con todos los derechos frente a otros que se les tacharon de vencidos. Si la guerra ya había desatado una ira que se propagó en todas direcciones, en la posguerra fue unidireccional. Hasta el punto de que los vencedores no tuvieron suficiente con arrebatarles la vida, las haciendas y dejarlos en la indigencia, sino que pretendieron arrancarles también la dignidad. Todo esto es parte de nuestra historia, con la que no nos queda más remedio que convivir.
 
¿Cree que muchos de los lectores de cierta edad verán reflejadas su propia experiencia en “Cae la ira”?
Estoy convencido de que la novela provocará en esos lectores de edad una avalancha de recuerdos sobre sus vivencias personales, como también en aquellos otros a quienes les hayan podido contar historias similares. En la novela hay trazos de vida con los que a mucha gente les resultará fácil identificarse. Algunos de los lectores y lectoras que ya la han leído me hablan de cómo les ha transportado a su infancia o cómo todo lo que en ella se narra se parece a los episodios que algún familiar les contó.
Asimismo quisiera hacer notar que esta novela pienso que resultaría bastante idónea para los más jóvenes, a los que a lo mejor nadie les ha contado nada, pero sí lo han estudiado en los libros de texto. Me refiero a esos jóvenes que estudian la historia de este periodo histórico en ESO o Bachillerato, incluso Universidad. Y digo esto, porque lo que está contenido en la novela puede constituir un testimonio bastante ilustrativo y fiel reflejo de aquella España, visto desde los rigores de la vida y desde la existencia de sus propios protagonistas. La novela puede ser un buen texto que les permita una mayor comprensión de cómo era la vida diaria de millones de personas.

¿Qué resaltaría usted de la novela?
La novela es el producto de un proceso de reflexión, el que conlleva todo trabajo intelectual; por tanto, al final de ese trayecto, al menos para mí, toda la novela termina respondiendo a mis expectativas, a las que aspiraba llegar según daba cada paso en el proceso de creación. En esta idea es donde resaltaría el valor de la novela, en la solidez argumental y narrativa lograda en el conjunto de la obra. Para mí, como autor, es fundamental que el lector que se aproxime a su lectura encuentre que la historia tiene la misma intensidad narrativa desde el principio hasta el final, sin necesidad de introducir ningún elemento de misterio que deba desvelarse cuando la obra esté en sus últimas páginas. No he querido que fuera así. La obra en su totalidad debe despertar la curiosidad del lector en cada una de sus líneas. De hecho, el suceso más llamativo que se narra, que pudiera ser el asesinato del alcalde del pueblo, queda desvelado en la primera línea de la novela.

Y ahora… ¿qué nuevos proyectos en ciernes?
Siempre los hay, antes decía que las ideas no paran de dar vueltas en la cabeza. Hay ya otra novela en proceso muy avanzado de redacción, que fue en paralelo o alternándose con ‘Cae la ira’, y también hay un ensayo sobre educación que siempre se pospone, aunque tenga bastantes ideas recogidas en borrador. Y es que la literatura ejerce su dominio en la selección de mis prioridades en este momento.

* Entrevista en Wadias. Actualidad y Cultura, nº 45, julio-agosto, 2018.

lunes, 11 de junio de 2018

A VOSOTROS, PARTIDOS POLÍTICOS DEL FRACASADO PACTO EDUCATIVO*


Pocos han sido los intentos dirigidos a alcanzar un pacto por la educación durante la democracia.  Las escasas tentativas habidas no han fructificado, evidenciando falta de interés colectivo, incompetencia y fracaso político. En los últimos días hemos vivido un cambio político en España y la sensación percibida es que la educación no ha parecido contar demasiado. En las quinielas de los ‘ministeriables’, la educación ni siquiera aparecía como rumor.
El primer intento: aquella iniciativa de pacto (2010), auspiciada por Ángel Gabilondo. El siguiente:  el frustrado Pacto de Estado Social y Político por la Educación de hace unas semanas, donde estaban representados los partidos: PSOE, Unidos Podemos, ERC, PdeCAT, PP y Ciudadanos. No sé si habremos aprendido algo, porque la tónica ha sido siempre dictar leyes educativas sin consenso político, para fracasar. La última, la Ley Wert, sin consenso ni respaldo social, la estamos viendo deambular como alma en pena por los centros educativos.
Tenemos nuevo Gobierno, pero no solo quiero dirigirme a él, también a todos los partidos representados en la extinta subcomisión del Congreso para el Pacto Educativo.
La sociedad, poniendo oído a lo demandado desde la escuela, viene lanzando desde hace años continuos SOS para que la política alcance un pacto educativo. Si conocierais cómo funcionan las escuelas, observaríais la inestabilidad normativa en que se debaten cada día quienes asumen la inestimable aventura de educar a niños y jóvenes, a pesar de décadas penando con continuas leyes educativas, y veríais cómo vuestras irreflexivas y egoístas acciones generan un riesgo extremado para el futuro de la educación.
Si supierais qué es un centro educativo, qué se hace en él, cómo se forja el futuro de los ciudadanos y de la propia sociedad, comprobaríais que los docentes son tan inteligentes que no se creen casi nada de lo que diseñáis, legisláis o configuráis, porque están aburridos de tantos cantos de sirena traídos por cada ley nueva que parece anunciar la solución a todos los males.
Y es más: entenderíais cómo los docentes, a pesar de todo, siguen con su paciente trabajo callado con sus alumnos, olvidándose de que en tres décadas pasasteis de los objetivos operativos a las capacidades, de estas a las competencias y ahora a los estándares, como si en cada paso descubrierais la piedra roseta de la educación, sin reparar que la buena educación está en el trabajo silencioso y sin altibajos de los docentes. A la educación hay que tenerle amor, sin ella es difícil conocer lo que realmente necesita. Si no se cuida, es fácil frustrar las ilusiones que atesora.
Y para que todo no sean reproches, para vuestra ilustración, y si acaso retomarais la subcomisión en un futuro, me detendré en seis claves para dotar de estabilidad al sistema educativo. La primera: una educación laica, como el Estado democrático al que hace referencia la Constitución, y con las confesiones religiosas al margen de la escuela. La segunda: escuela pública, garante de valores democráticos e individuales, respetada socialmente. Respeto que empieza desde la política.
Tercera: marco normativo estable, con principios educativos generales que garanticen una educación democrática en la que quepan diferentes iniciativas: valores democráticos, igualdad de oportunidades, inclusividad, libertad de educación... Cuarta: inversión y buena gestión, aunque invertir no siempre sea sinónimo de éxito. Ha habido épocas de gran inversión y no se han recogido los frutos esperados. Hay afectos y entusiasmos que no se pueden comprar. Quinta: limitar el intervencionismo administrativo y político en la escuela. Si confiamos en la gestión de los directores y nos fiamos del trabajo de los docentes, ¿qué necesidad hay de estar continuamente marcando directrices? En todo caso, ofrecer los recursos necesarios y pedir responsabilidades.
Sexta: profesorado bien formado y reconocido socialmente. Cuidemos al docente, es la clave de una educación innovadora y acorde con los principios democráticos. Solo un docente comprometido con su trabajo y sus alumnos es garantía de éxito. Formación adecuada (inicial y permanente) y selección de los más idóneos; para ello: tribunales de selección con miembros preparados y capacitados. Fuera intereses políticos, sindicales o cualesquiera otros, y no exclusión de colectivos técnicos y formados en materia de evaluación. Necesitamos tribunales competentes, centros piloto de acceso a la función pública y un buen sistema de formación del profesorado en Universidad y formación permanente. En el ejercicio de la docencia, la educación necesita algo más que un sentido funcionarial, precisa compromiso y amor por un trabajo que no es un trabajo cualquiera.
Partidos políticos de la extinta subcomisión del pacto educativo, la educación no se merece el trato dispensado, ni su utilización como mercancía política. Observad sus carencias, casi todas conectadas con actuaciones administrativas, confusiones normativas o desmesurado afán de control. La educación se ahoga en la inseguridad, en rutinas ajenas a ella, en la montaña de trámites administrativos, muchos inútiles, a que son sometidos docentes, directores e inspectores, y que solo generan hastío. Hoy cunden ilusiones rotas y desánimo ante tanto cambio innecesario y la avalancha de ‘seudoinnovaciones’ educativas, que son como la espuma que pronto desaparece sin dejar huella, aunque al principio despierten un terremoto de esfuerzos y gastos improductivos.
La desactivación de la mesa del pacto denotó fracaso político y constatación del uso de la educación como arma política. Reabramos la subcomisión por el Pacto Educativo, no volvamos a fracasar.
Menos mal que la escuela sigue abriendo sus puertas cada mañana y que los docentes siguen educando y formando a los ciudadanos, a pesar de vosotros.
*Artículo publicado en Ideal, 10/5/2018