lunes, 12 de febrero de 2024

AMNISTÍA Y TERRORISMO*

Ansiar el poder suele hacer cambiar de opinión de un día para otro y recurrir a argumentos variopintos bajo la premisa de que el fin justifica los medios, por muy deleznables que estos sean. El concepto de política, ese arte de lo posible capaz de cambiar el mundo, eso sí, no solo a mejor, también a peor, podríamos decir que arranca con Aristóteles y continua con Maquiavelo o Leibniz, concepción a la que le van añadiendo apellidos, como el Mayo del 68, cuando los estudiantes proclamaban: “Sed realistas: pedid lo imposible”. Por eso la política también se concibe como el instrumento para alcanzar lo imposible.

Entre lo imposible parece que está eso de conseguir un clima de convivencia y concordia con el independentismo catalán que, de alcanzarlo, el tiempo y la historia lo dirán, se agradecerá algún día. España vive ahora momentos cruciales con una ley de amnistía que aspira a apaciguar o, tal vez, finiquitar el ‘procés’, movimiento político que tanto nos ha incomodado y hacia el que algunos tenemos escasa simpatía. Escribíamos que a la cuestión nacional (mi artículo publicado en Ideal, 12/11/2023) hay que buscarle una solución: hallar el punto de avenencia, salvo que queramos mantener la confrontación sine die.

Hubo un tiempo en que Junts y el ‘golpista’ Puigdemont casi fueron indultados por el PP, cuando González Pons, vicesecretario de acción del partido, tuvo conversaciones con responsables del independentismo catalán. Entonces manifestó sobre Junts (Onda Cero, 23/08/23): “Es un grupo parlamentario que al igual que ERC, más allá de las acciones que cuatro personas, cinco, diez, las que fueran, llevaran a cabo, representan a un partido cuya tradición y legalidad no está en duda”. Hoy se dice lo contrario. “Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”, sentenciaba el Poema del Mío Cid.

Luego vino la arremetida de lanzar mensajes a diputados socialistas para que cambiaran el sentido de su voto a favor de la investidura de Feijóo. Lo dijo Borja Sèmper: “Aquellos que se encuentren incómodos con el apoyo al PSOE de nacionalistas vascos y catalanes”. Esto, cuando el PP montó la estrategia de presión sobre los diputados críticos del PSOE, tras asumir el portazo del PNV a la investidura y la dificultad de atraer a Junts Todo lo cual cabe en el devenir lógico de la política.

Discutir si estamos de acuerdo o no con la amnistía al independentismo catalán es un debate legítimo y necesario. Pero introducir la variante del terrorismo en la línea argumental para vincular la amnistía con concesiones a terroristas cabría calificarlo de espurio y grosero. Me explico.

España vivió durante más de cuarenta años una de las lacras más lacerantes que puede sufrir una sociedad: el terrorismo, en unos momentos en que se salía de una dictadura y construíamos la democracia. En octubre de 2011, ya más de doce años, ETA anunció el cese de la lucha armada, después de que la sociedad española la derrotara. Sin embargo, no ha pasado ningún día desde entonces sin que el terrorismo no haya sido esgrimido como argumento para hacer política. Y ha funcionado. Hay partidos políticos que necesitan activar el discurso terrorista para regurgitar en sus relatos a la opinión pública un alimento innoble y falaz. Una sociedad que lo ha sufrido durante tanto tiempo necesita sentirse liberada de esa obsesión que la tuvo atenazada aquellas aciagas jornadas marcadas por los sangrientos atentados. Hay más del 50 por ciento de población española que ha vivido bajo la pesadilla del terrorismo toda su vida; el otro 50, con la dictadura añadida.

Por eso banalizar el terrorismo, cuando no lo hay, es una indecencia. Intentar perseguir a independentistas tachándolos de terroristas es una aberración en el uso de nuestro Estado de Derecho. Que hubiera independentistas vascos que utilizaron el tiro en la nuca y atentados masivos e indiscriminados para matar a la gente, generando terror como maniobra de presión y control, al más puro estilo fascista, no significa que quienes se manifiestan como independentistas haya que calificarlos también como tales. No se les exculpa la violencia despreciable a los Comités de Defensa de la República (CDR) o Tsunami Democrátic, con acciones de una brutalidad desmedida para ‘hacer valer su fuerza’, pero no cometieron actos terroristas. La sociedad española es, sin duda, la más avezada para diferenciar terrorismo y manifestación violenta. Y si los hubiera, que hable la Justicia.

La política lo puede todo, o no, pero sí es capaz de crear la confusión hasta malversar la opinión pública de ciudadanos que confían en sus políticos. El segundo mandamiento dice: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. El terrorismo tiene poco de sagrado, aunque para los terroristas sea su primer mandamiento, pero no podemos tomarlo en vano y esgrimirlo para todo. El terror y la crueldad generalizada que implica, invalida su uso como ‘argumento’ para politiquear, al menos por respeto a una ciudadanía que lo ha padecido.

En política no vale todo, aunque ciertos políticos crean que sí. La premisa de que el independentismo es terrorismo es falsa. Terrorista es el que utiliza el terror y la muerte como maniobra para alcanzar sus fines. No son terroristas, por ejemplo, los trabajadores más radicales de los astilleros de Cádiz que cortaban vías de comunicación incendiando neumáticos, como no lo son los que se manifestaron en el barrio de Gamonal en Burgos, enero de 2014, en unas protestas que durante varias noches quemaron contenedores, arrasaron materiales de obras o destrozaron sucursales bancarias.

 *Artículo publicado en Ideal, 11/02/2024

 ** El asesino amenazado, René Magritte, 1927

lunes, 29 de enero de 2024

LOS ÁNGELES DE LA MUERTE*

 


El horror de la Primera Guerra Mundial inspiró a Vicente Blasco Ibáñez la novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Publicada en 1916 y ambientada en 1914, relata las vicisitudes de dos familias: los Desnoyers y los Hartrott; provenientes de un tronco común, tomarán partido por cada bando contendiente: francés y alemán. El avance del horror y la desolación que desgarraba aquella Europa estará representado en los cuatro jinetes: guerra, hambre, peste y muerte.

El capítulo sexto del Apocalipsis, último libro del Nuevo Testamento, narra, en la primera parte, la apertura a cargo de Jesús del pergamino sellado con siete sellos. De los cuatro primeros saldrán cuatro jinetes montados en sendos caballos. Cuando Alberto Durero fue encargado de ilustrar con grabados el libro del Apocalipsis, en plena disputa religiosa en Alemania y la reforma de Lutero en ciernes, dibujaría a los jinetes de un modo alegórico: uno con un arco sobre caballo blanco, simbolizando la conquista; otro con una gran espada sobre caballo rojo, la guerra; el tercero con una balanza en la mano montando un caballo negro, el hambre; y el cuarto, un caballo esquelético sumido en la palidez, imagen de la muerte. Conquista, hambre, muerte y guerra, y esta como catalizador del cataclismo.

La guerra siempre se ha blanqueado con la épica, atribuyéndole causas nobles y atributos de lealtad; mientras el horror y la crueldad quedaban para las historias individuales. El cine americano, salvo excepciones, así la ha representado: los ‘buenos’ triunfando sobre los ‘malos’, como aquellos cómics, Hazañas Bélicas, que instruían en ‘el noble arte de la guerra’ a los niños de la España autárquica y tardofranquista, con adversarios identificables: los enemigos de la humanidad que, obviamente, nunca éramos ‘nosotros’. Los promotores de las guerras siempre tratan de convencernos de que lo hacen por una ‘causa justa’, en una máxima intemporal: antes, ahora y después: “Si quieres conseguir la paz, nada mejor que hacer la guerra”.

La guerra es una ambición que nunca sacia a los llamados ángeles de la muerte. Ocultos bajo aparentes ‘bondades’, azuzan hasta ver fluir la sangre de sus víctimas. Hay ángeles de la muerte que actúan a título particular, entonces se les denomina asesinos en serie, como aquel tímido y discreto enfermero, Charles Cullen, homicida de los pacientes de la unidad de quemados de un hospital de Nueva Jersey, que narrara Charles Graeber en El ángel de la muerte. Otros, sin embargo, actúan a cara descubierta, desde la honorabilidad del poder que ostentan y de un relato acomodado a sus delirios, apoyado por una cohorte de secuaces y de miles o millones de ciudadanos adiestrados.

Estos son auténticos ángeles exterminadores, como el Abadón bíblico, dueño del abismo, quien no dudaba en desencadenar fuerzas oscuras y destructoras para acabar con la vida de los destinatarios de su ira. Es el triunfo del mal que nos relata Ernesto Sábato en Abaddón el exterminador, en el escenario apocalíptico que recreaba los sucesos trágicos de la Argentina de los setenta o de las grandes guerras del siglo XX.

EE UU y las democracias occidentales parecen luchar hoy contra su decadencia. No exentas de responsabilidad en la locura violenta desatada en el siglo XXI, son protagonistas de la convulsión vivida en las dos décadas transcurridas, parangonadas con las que conocimos al  inicio del siglo anterior. Guerras en zonas crispadas de Asia, torpes estrategias alentadoras del terrorismo, fallidas primaveras árabes, inoperantes en la resolución de conflictos…, hoy se muestran ‘incapaces’, sobre todo EE UU, de impedir que Netanyahu siga perpetrando el exterminio de la población civil de Gaza. El argumento del derecho a defenderse ha quedado superado por la crueldad esgrimida. Su ridículo disfraz de comandante en jefe de la venganza, con que aparece en las portadas de la prensa, y su aire de anciano socarrón, trasladan la imagen patética del ensañamiento. La misma que delata al Putin de mirada esquiva, dispuesto a alargar ‘su guerra’ en el tablero de una macabra partida de ajedrez interminable.

Netanyahu y Putin, los Mirko Czentovic que retratara Stefan Zweig en su novela póstuma, Partida de ajedrez. Dotados ambos de la soberbia que infunda el poder, se vanaglorian de sus ‘victorias’ sobre contrincantes débiles y desarmados. En la tenebrosa partida no cae un alfil o una torre, cae la vida. Mientras, el mundo clama porque aparezca un enigmático ‘doctor B’ capaz de frenar la prepotencia de estos ángeles de la muerte, dominados por la locura del desprecio a la vida. Por eso pedimos a la justicia de los hombres que tome la iniciativa, aunque solo sirva para condenar sus tropelías.

En marzo de 2023 la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Vladímir Putin, acusado de crímenes de guerra por el traslado y deportación de niños ucranianos a Rusia. Ahora Sudáfrica ha solicitado al Tribunal Internacional de Justicia de Naciones Unidas que abra un procedimiento contra Israel por haber violado la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948, y como medida cautelar que se suspendan las operaciones militares en Gaza.

La impunidad del poder autocrático ejercido en su territorio los libra, por el momento, de comparecer ante la justicia. Nos acordaremos de ellos cuando la historia los juzgue, como nos acordamos de otros que sembraron de cadáveres el siglo XX. Demasiados jinetes cabalgando a lomos del caballo de la muerte.

¡Tanto como hemos sufrido y consentido, y que todavía sigan levitando ángeles de la muerte en un mundo que creíamos civilizado!

 *Artículo publicado en Ideal, 28/01/2024

**Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Viktor Vasnetsov, 1887

lunes, 15 de enero de 2024

QUÉ NOS QUEDA DE LA EUROPA DE JACQUES DELORS*

 


Europa ha sido un sueño, una ilusión desde que el Tratado de Roma de 1957 generó la posibilidad de crear un espacio abierto a la libertad y la democracia. Los padres de aquel proyecto, Jean Monnet y Robert Schuman, establecieron las bases de una Europa que superara siglos de enfrentamientos internos: guerras entre países europeos que pusieron en jaque la estabilidad de un territorio al que la Ilustración y la Revolución Francesa le abrieron la puerta a la democracia liberal como sistema político. Hoy disfrutamos de ella, no sin algunos sobresaltos, convertida probablemente en el espacio del planeta con mayor estabilidad, prosperidad y respeto a los derechos humanos.

Finalizando 2023 conocíamos la muerte (27 diciembre) de Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1995, considerado el gran artífice de la actual unión económica y monetaria. En esa década se amplió la Unión Europea: ingresos de Portugal y España en 1986, y de Austria, Finlandia y Suecia en 1995. Y se aprobó el Acta Única Europea (1986) que dio paso a la unión económica y monetaria (llegada del euro), así como a los acuerdos que propiciaron el espacio Schengen, con la abolición de controles fronterizos y la libre circulación de ciudadanos.

Delors fue un pragmático que no renunció a grandes sueños europeos. Se le ha tachado de optimista, pero su filosofía estuvo impregnada no solo actuaciones concretas, también de amplias aspiraciones, como que Europa debía convertirse en una auténtica unión con políticas comunes y la prevalencia de una única voz frente a los individualismos nacionales. Hoy día los planteamientos nacionales se han potenciado de modo pernicioso, mermando el potencial de la Unión Europea en el mundo.

En el campo de la educación, Delors nos dejó en 1996 un informe dirigido a la UNESCO sobre la educación para el siglo XXI: ‘La educación encierra un tesoro’, una apuesta a favor de un marco europeo que potenciara la formación de los ciudadanos en su desarrollo personal. Señalaba que el futuro estaba “sujeto a ciertos vaivenes que tienen que ver con la permanente situación de novedad e improvisación, la versatilidad en el dominio de recursos y posibilidades de trabajo, y la necesidad de superar el concepto meramente económico de la educación… para llegar a la educación como desarrollo integral humano”. Con el siglo XXI estas bondades fueron diluyéndose, como tantas otras esperanzas, en beneficio de una visión tecnocrática y economicista de la educación. En el mundo actual los conocimientos corren el riesgo de la obsolescencia, sumidos en la interinidad y la incertidumbre, entretanto el sentido humanista cae en desuso en el ámbito educativo.

La Europa de Delors chocó con la resistencia política de los países a ceder soberanía en favor del proyecto común, en un momento en que se imponían los intereses de la globalización. El espacio cultural europeo que ambicionaba, como logro, vino del impulso del programa Erasmus, con la importante colaboración del recordado Manuel Martín, que permitiría la interacción de estudiantes y docentes en una multiplicidad de intercambios de enorme dinamismo.

Frente a aquel sueño, la Europa de nuestros días muestra no pocas debilidades en el nuevo panorama mundial alumbrado en estas sobrepasadas dos décadas del siglo XXI. Un tiempo trazado por nuevos caminos que conducen a horizontes de incertidumbres. La Europa que nos toca vivir fue debilitada por la dura crisis económica de 2008, el ataque interno del arrogante Brexit, la pandemia de la covid-19 o una guerra pegada a sus fronteras, la de Ucrania, cuyo objetivo no es tanto apropiarse de territorios por parte de Rusia como desestabilizar la economía de un espacio próspero, y resquebrajar la cohesión interna, apoyándose en algunos de los nuevos actores incorporados a la Europa de los 27, Hungría sobre todo, o en el auge de la ultraderecha, fundamentalmente su triunfo en Italia. Situaciones de una realidad política, social y económica que nos recuerda a la de la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial: revitalización de fascismos, totalitarismos y nacionalismos.

La Europa construida tras la descolonización, con las aportaciones de millones de ciudadanos provenientes de las colonias, ahora es incapaz de ponerse de acuerdo para acoger otros cientos de miles de migrantes que llegan huyendo del hambre, la miseria, las guerras o un futuro sin futuro. La prosperidad de economías como la alemana, francesa, italiana, británica o española no se entendería sin esa legión de personas venidas de África, Asia o Latinoamérica, que han impulsado tanto el desarrollo económico como una demografía en decadencia. Los mismos migrantes que ahora son rechazados o encerrados tras altas alambradas, en buques-dormitorio o devueltos a terceros países de dudosas garantías en la defensa de los derechos humanos. Son ya demasiadas décadas y embarcaciones zozobradas en el Mediterráneo, convertido en la gran sepultura de nuestro tiempo.

La Unión Europea está en crisis, los estados miembros muestran más que nunca posturas políticas polarizadas, se resisten a ceder a favor de la cohesión interna, la acción exterior, la fiscalidad o las políticas sociales. Su influencia en el concierto internacional está muy debilitada, al igual que la de EE UU, con quien se encuentra alineada. Oriente Medio, América Latina o África escapan de su órbita geoestratégica frente al variopinto BRICS+ de economías emergentes.

Hoy Europa quiere seguir ampliándose con la incorporación de nuevos países, Ucrania entre ellos, cuando la geopolítica no hace más que remover la estabilidad mundial, alejando aquel sueño de la unidad política, social y cultural de Jacques Delors. 

*Artículo publicado en Ideal, 14/01/2024

** El rapto de Europa, Tiziano, 1560.