domingo, 11 de agosto de 2013

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN Y LA CONJURACIÓN DEL SILENCIO

Hace unas semanas estuve en Guadix impartiendo una ponencia sobre Pedro Antonio de Alarcón en un curso de verano del Centro Mediterráneo de la Universidad de Granada, en calidad de biógrafo del personaje. El lugar de la celebración del curso es uno de esos rincones que atesora la ciudad de Guadix: la sede de la Fundación del Pintor Julio Visconti. Recomiendo la visita a esta ciudad, nadie saldrá defraudado.

El título de mi conferencia: “Pedro Antonio de Alarcón: una personalidad entre la controversia y la genialidad” me hizo adentrarme en la personalidad de este accitano ilustre que tan significado protagonismo tuvo en la España del siglo XIX. La vida intensa, apasionada y azarosa de Alarcón estuvo trazada en un decurso continuo entre aquel niño que se embelesaba con los secretos que escondía su ciudad natal y, en especial, la catedral y las bibliotecas de la ciudad; el adolescente que hizo sus primeros pinitos literarios en el Guadix melancólico y de paso vacilante que había dejado la guerra contra los franceses; y el impetuoso y arrogante provinciano que con firme convicción se trasladó a Madrid para ser periodista primero, político después y notable novelista más tarde. Aunque, para ser más exactos, siempre fue las tres cosas al mismo tiempo.

Entre todas las decisiones que tomó en su vida, quizá la que adopta al final de ella, y que le lleva a dejar de escribir, es la menos explicable. La madurez de ese tiempo debería haberle dado el necesario equilibrio para no adoptar semejante decisión ante la adversa crítica literaria hacia sus obras. Es posible que podamos explicar algunos episodios de su juventud por la propia inmadurez y la vehemencia en el modo de actuar de Alarcón, pero lo del final de su vida es un misterio que, sin desligarlo de la personalidad que exhibió en sus cincuenta y nueve años de existencia, sí sería una buena excusa para realizar un profundo estudio psicológico del personaje. Pensó que contra la publicación de La Pródiga (octubre de 1881), y las críticas anteriores a sus otras novelas, se orquestaba una total injusticia. Esto le llevó, cuando apenas contaba con cincuenta años, con inusitada exasperación y certeza a afirmar que contra sus obras existía la que denominó como ‘conjuración del silencio’.

Fuera esto cierto o no, o respondiera a una realidad imaginada por Alarcón, lo que sí es indiscutible es que aquel momento marcó un punto y final en su trayectoria literaria. ¿Quién lo diría?, él, que había sido azote de reyes, presidentes, ministros, políticos y literatos, sucumbía ahora ante un montón de palabras en su contra.

Es cierto que nuevas figuras empezaban a copar el panorama literario español de su tiempo (Galdós, “Clarín”, Pardo Bazán...), y que aportaban una visión nueva de la vida española trasladada a sus obras, pero el abandono de la pluma fue una postura excesivamente drástica y desmesurada para responder a esas críticas, cuando sabemos que su aceptación entre los lectores se mantenía en cotas muy elevadas (vendía más libros que nadie). Sin embargo, muchos de los que él consideraba enemigos ensalzaban sus dotes literarias y reconocían su mérito. Emilia Pardo Bazán se dirigía a él en 1882 para suplicarle que no dejara de escribir. Le decía: “¿Querrá usted que le rueguen? Pues véame ya con las manos juntas y suplicando no nos deje en tal desamparo [...] No tiene usted derecho para desertar”.

Pero Alarcón se veía a sí mismo ya bastante gastado: “Estoy viejo y enfermo —escribía el 8 de mayo de 1886— y, además, me he aplastado en mi casa, al lado de mi mujer y de mis hijos, y con media docena de amigos en prosa, jugadores de tresillo o de dominó, que ponen el grito en el cielo cuando les falto”.

¡Qué actitud más apática!, difícil de entender en un hombre que había derrochado vitalidad durante toda su vida.