domingo, 4 de agosto de 2013

LECTURAS PARA EL VERANO

Ahora que el calor del verano marca los ritmos de nuestra existencia, y la gente que puede escapa a la playa o a la montaña, mientras otros muchos se quedan en casa porque su economía no se lo permite, vemos que los periódicos suelen incluir esos relatos breves encargados ex profeso a escritores que despuntan. Se trata, según se dice, de relatos apropiados para una lectura rápida en verano sin muchas exigencias. Pero hay otra manera de llamar la atención sobre la lectura en verano, son las recomendaciones de las llamadas lecturas ‘refrescantes’ o de entretenimiento: historias de novela negra, de aventuras o de evasión. Hay tras ello, entre otras razones, una sana pretensión de estimular la afición a la lectura en esas personas que leen poco o, simplemente, no leen. Es como si se trasladara en verano una imagen de la lectura diferente a la de otras estaciones del año, como si en estas la literatura a leer fuese la más seria y en el estío no.

No sé por qué (o sí sé por qué) pero estoy en desacuerdo con esta visión ‘refrescante’ de la lectura justo en la época en que, tal vez, tenemos más tiempo para leer. El calor del verano también se combate con buenas lecturas. Alguna vez recuerdo haber preparado mis libros para el verano y no se me ocurría hacer distinciones entre lecturas de evasión y lecturas sesudas. Para mí todas las lecturas te evaden, te trasladan a realidades conocidas o desconocidas, y una vez sumergido en ellas carece de importancia la época del año en la que estés. En todas las lecturas hay una aventura por vivir, la que mejor se acomoda al gusto de uno mismo. ¿Por qué no se puede leer algo de lo recomendado en verano en invierno o primavera?

Este verano lo he comenzado con Rabos de lagartija de Juan Marsé, pospuesta su lectura tantas veces que me asombra ver cómo han pasado treces años desde su publicación. Nunca es tarde. Hace algunos días, en un curso de verano de la Universidad de Granada, estuve hablando de Pedro Antonio de Alarcón y me refería a su capacidad narrativa, a la intensidad de la narración en Alarcón, a su juego con el tiempo de la historia, a cómo desnuda a los personajes o al arte que exhibe en el uso de las palabras, y entonces de continuo me acordaba de Marsé. El arte narrativo de Juan Marsé es sublime. La facilidad para jugar con el tiempo y los personajes, sencillamente genial.

Rabos de lagartija es la novela con la que ganó en 2001 el premio Nacional de Narrativa. En ella la atmósfera está dominada por la tristeza y el desaliento de unos personajes atrapados por un tiempo gris y apático. La pelirroja, David, el desdichado Paulino o el inspector Galván son fiel ejemplo de ello. Y este último, especialmente, en una continua contradicción en la que parece pretender de modo incansable la búsqueda de su propia redención en un régimen policial brutal, del que es parte ejecutora, a través de un amor imposible. Y David o Pauli, dos aspirantes a adolescentes, despistados en la vida que les ha tocado vivir, que ven cómo han de madurar más rápido que lo hace su cuerpo. ¡Qué jodida realidad más triste vive esa gente!

Ahora me toca algo de ensayo: Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina y Los pilares de la ciencia de Miguel Artola (un historiador que ha sido clave en mi formación) y José Manuel Sánchez Ron. Después, o casi al mismo tiempo, según me pida el cuerpo, seguiré con Marsé. Sin olvidar ese otro tiempo que dedique a escribir, pues la novela que me ha llevado varias veces a tierras de Euskadi está cogiendo ya cuerpo, disipando las primeras dudas.

2 comentarios:

IRIS dijo...

Yo tampoco encuentro diferencia estacional en los libros que leo. Solamente es necesario ganas de entretenerse o disfrutar de una lectura.
A ver si pronto vemos esa novela que va cogiendo cuerpo. Un saludo.

Antonio dijo...

Espero que sea pronto. Pero ya se sabe por las dificultades que está pasando el mundo editorial y el mundo de la cultura en general.
Un saludo