domingo, 22 de febrero de 2026

EDUCACIÓN E INTELIGENCIA ARTIFICIAL*

 


La educación no es ajena a las innovaciones de una sociedad en continuo cambio. Quizás sea la actividad humana donde lleguen con más prontitud estos avances de la humanidad. El conocimiento es la base de los procesos educativos, prestos a incorporar los saberes que abren nuevos horizontes. La formación de las generaciones más jóvenes debe actualizarse al mismo ritmo que calan las novedades tecnológicas en ellos, como personas de su tiempo que no llevan tras de sí una mochila generacional con otras experiencias.

El fenómeno de la Inteligencia Artificial (IA) ha irrumpido en nuestras vidas. Lo que hace unas décadas podría parecernos ciencia ficción, ahora es una realidad de límites indescifrables. Con ella los cambios están siendo tan acelerados que la ciencia está modificando e incrementando sus posibilidades en los procesos de investigación. En 2024 la IA se llevó dos premios Nobel: uno de Física para quienes pusieron sus bases John Hopfield y Geoffrey Hinton—, el otro de Química para los que aplicaron la IA en los secretos de las proteínas David Baker, Demis Hassabis y John Jumper.

Las potencialidades de la IA nos las descubrirá el futuro, las que observamos en este momento nos llevan de sorpresa en sorpresa. Pero no debemos dejarnos embaucar por el entusiasmo ni la grandilocuencia, estos primeros pasos del camino están plagados de riesgos que no debemos obviar. El subdirector general de la UNESCO, Giannini, Stefania, afirmaba en La IA generativa y el futuro de la educación (2023) que “la tecnología nunca es ideológicamente neutra. Exhibe y privilegia determinadas visiones del mundo y refleja formas particulares de pensar y conocer. Los nuevos modelos y servicios de IA generativa no constituyen una excepción”. Esta afirmación, pensando en el mundo de la educación, nos obliga a movernos con tiento en un espacio donde “estemos seguros de qué herramientas estamos recomendando y utilizando con los jóvenes”.

La llegada de la IA a la educación, aunque sea tangencialmente, no ha estado exenta de riesgos. En la propuesta al alumnado de un trabajo de investigación, este puede caer fácilmente en la tentación de pedirle a ChatGPT que lo elabore con los parámetros proporcionados, incluso respondiendo al chatbot por otras aportaciones en las que el estudiante ni siquiera haya reparado. Elaboración y reflexiones personales brillan por su ausencia. En el ámbito universitario se utilizan herramientas antiplagio para detectarlo. Estos programas —Turnitin, Plagium o Dupli Checker— no son más que la contrarréplica a la IA frente a su propia esencia: la de ‘crear’ contenidos plagiando la información que circula por el universo digital.

Pero existen otros peligros que exceden de la actividad escolar, los que dañan la convivencia y las relaciones interpersonales, y denigran la imagen de otras personas. Desde la generalización del uso de aplicaciones de IA hemos conocido casos alarmantes de transgresión entre adolescentes: los deepfakes o contenidos audiovisuales falsos. Han sido casos de enorme repercusión mediática, casi siempre de carácter sexual. En octubre de 2023, en Almendralejo, aparecieron imágenes que desnudaban a chicas circulando por redes sociales, afectó a 26 chicos y 21 chicas, todos menores. Otros casos han saltado a los medios de comunicación: julio/2025, un menor ‘creaba’ desnudos de 16 compañeras, imágenes y vídeos, colgados en redes sociales y una web pornográfica; enero/2026, otro menor de La Rioja difundiendo imágenes de compañeras desnudas; y así otros casos más.

Es sabido que internet se ha llenado de basura. El universo digital, como cualquier otro espacio de la actividad humana, está plagado de intereses comerciales y propagandísticos, cuando no espurios, que nos obliga a ser cautelosos respecto a todo lo que en él circula. Necesitamos reforzar un pensamiento crítico y poner en entredicho la fiabilidad de las fuentes. La comercialización en los espacios es una evidencia, no hay más que iniciar la navegación por la web para observar que la publicidad nos abruma y que muchas informaciones se prodigan en mentiras, bulos y tergiversaciones de la realidad.

El filósofo Gaspard Koenig —“La lectura, un antídoto contra la IA” (EL PAÍS, 23/01/2026)— nos recomienda leer el informe de la consultora Eurasia Group sobre los mayores riesgos para 2026, entre ellos el número 8: “La IA se come a sus usuarios”. Koening expresa que “no estamos hablando de una superinteligencia fuera de control, ni… destrucción masiva de puestos de trabajo”. El peligro del despliegue comercial a gran escala es más ‘insidioso’ y, sin discutir los beneficios de la IA para las ciencias y la tecnología, apunta a un gran riesgo: la mierdificación, entendida como el deterioro de la experiencia del usuario en las plataformas de internet. Y señala que “contamos con un antídoto personal de lo más eficaz y al alcance de todos: la lectura” de libros, no “lectura de frases inconexas en una pantalla”. “Nuestro cerebro… no puede delegar en la máquina la búsqueda de información..., necesita asimilar contenidos escritos para que seamos capaces de razonar y pensar por nuestra cuenta”. “La IA forma unos ciudadanos políticamente dóciles, fáciles de manipular y encerrados en sí mismos”.

¿Qué impacto tiene la IA en la educación? Todavía, quizás, sea muy pronto para contestar a esta pregunta. Antes hemos señalado el mal uso de la IA entre adolescentes. Hay profesorado que está iniciando sus primeras experiencias con la IA como recurso didáctico en las actividades del aula y para sus propias planificaciones de materiales.

Entre los materiales del Observatorio de la Infancia y Adolescencia de Andalucía se incluye el estudio: El impacto de la IA en la educación en España. Familias y escuelas ante la Inteligencia Artificial (2023) de la plataforma Empantallados Fundación Fomento de Centros de Enseñanza, que ofrece estas cifras: 82% de alumnado utiliza alguna herramienta de IA, 73% del profesorado y 69% de padres y madres. Datos que, según este estudio, “revelan que la IA ha generado interés en la sociedad de forma rápida”. De igual modo, concluye en la necesidad de establecer un marco legal sobre privacidad y uso de datos, demandado por familias (83%) y profesorado (90%).

Los talentos que están detrás de la IA suelen ser jóvenes, como ocurre con François Chollet ingeniero de software, investigador de IA, exingeniero de Google, quien ante las expectativas y desbordamiento intelectual que nos produce la IA, muestra cierta cautela y, antes de equipararla a la inteligencia humana, prefiere llamarla “automatización cognitiva”, y concibe la humana como capacidad para afrontar un reto desconocido y transformarlo en algo sobre lo que podamos actuar mediante procesos cognitivos superiores.

Si confiamos en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, cabe pensar que la IA lo tiene complicado para estar a la altura de la red de inteligencias autónomas interrelacionadas que configura la inteligencia humana. No poseemos una sola inteligencia con diferentes capacidades, sino algo más complejo: estructuras imbricadas que se despliegan con tanta flexibilidad como requieren las necesidades del reto que afrontan.

En educación todavía nos queda mucho para definir cómo podemos aprovechar la IA en los procesos de aprendizaje del alumnado, pues requieren la maduración y formación de estructuras mentales en niños y jóvenes. Sus capacidades cognitivas no pueden entrar en retroceso frente a la comodidad que supone obtener información, sin filtros ni posicionamiento crítico, por parte de quienes debe ser los auténticos protagonistas de la configuración de una propuesta teórica o investigadora reflejada en un texto de elaboración propia.

* Artículo publicado en Ideal, suplemento comercial, 20/02/2026

**Ilustración tomada de Appcinking

miércoles, 11 de febrero de 2026

DE LOS CANTOS DE LIBERTAD A LOS CANTOS DE URRACA*

 


En aquellos años setenta nos invadía el deseo de libertad como nunca en el siglo XX, ni siquiera en la II República. Acabar con la dictadura era un sentimiento generalizado, incluso para muchos que contemporizaban con el régimen. Lejos, los peligrosos rescoldos franquistas dispuestos a empuñar la violencia, como lo hicieron. Las manifestaciones a favor de la libertad conjugaron sentimientos, emociones y mucha cultura: poesía, música, canción protesta. Formas expresivas que inundaron la democracia, hasta que el tiempo las fue desgastando por otras más burdas.

Entonces creíamos en una educación transformadora de la sociedad democrática, una ilusión que después fue debilitada por poderosas y nocivas influencias, penetrantes cual aguijón, inoculando mentes juveniles mediante otras músicas: ‘bacalao’, drogas y ritmos latinos, con letras vulgares, escasamente elaboradas, propagando machismo y zafiedad, trivializando el sexo —“Voy a follarte hasta matar mi pena / Voy hacerte en serio mi condena” o “Tienes que vender mucha más droga, para ganar lo que yo... / Mucha más droga, para follar como yo” (Tangana)—, potenciadas a golpe de sones retumbantes, como martillos pilones —“La noche se puso kinki, / tres dedos en el toto, / en el culo el pinky… / le doy por donde hace pipí, por donde hace popó” (Bad Bunny)—. Negocio sin límites.

Vivimos un tiempo en que las formas de comunicarse se han devaluado. La política las ha incorporado en la construcción de discursos forjados con mensajes encriptados para inseminarlos en cerebros poco formados y gregarios, modelados por una sociedad consumista hasta convertirlos en manipulables y dispuestos para recibir mensajes cortos, simples y que no entrañen un ejercicio de reflexión o crítica. Los equipos de propaganda diseñan contenidos en flashes que irrumpen en la mente, alojándose en el almacén de ideas, sin cuestionarlos, para reproducirlos sin ningún tamiz reflexivo. Lanzar mensajes negativos, perversos o hirientes contra otros es parte del trabajo. Los discursos suelen redactarse, asimismo, para políticos con escasas capacidades para manejar ideas y estructuras gramaticales complejas, pero no porque sean idiotas —que los hay—, sino por poseer intelectos malévolos, capciosos y sin escrúpulos.

Nos movemos en una posmodernidad deconstructiva que cuestiona la verdad, que apuesta por verdades alternativas que, si es necesario, se canalizan mediante la mentira y la adulteración de la palabra, proponiendo realidades diferentes a las habituales, generando atmósferas de incertidumbre, sospechas o relatos que desacreditan la honestidad del ‘otro’, en una estrategia que funciona cuando la impunidad queda a salvo por el respaldo judicial o el filtro de una ciudadanía mediocre sin capacidad crítica, ‘educada’ para consumir mensajes enlatados y adiestrada para buscar la felicidad en la tienda de la esquina, como ilustraba Zygmunt Bauman.

Adiós a los grandes ideales emancipadores con visión universal, reducidos ahora al individualismo, al apáñate para sobrevivir en esta jungla, y al relativismo carente de principios éticos y morales, y sentimientos de comunidad y bien común. A los mayores nos educaron para ser ciudadanos responsables, cuidadosos tanto de lo cercano como remoto, por eso entristece saber, ante un mundo depredador y negacionista, que lo que hacemos en la cotidianidad termina siendo un acto de futilidad que a la postre no va a ninguna parte.

La ultraderecha de nuestro país —próxima al discurso liderado por el ‘gran hermano’ estadounidense, abanderado de la paranoia y la codicia recurre a retóricas sofistas y falaces para sostener un pensamiento político mediocre y avieso que, de otra manera, no aguantaría un asalto en una discusión seria sobre ideas. Solo le valen eslóganes de despacho construidos por asesores maquiavélicos, conocedores de las debilidades de la naturaleza humana de los habitantes del siglo XXI.

Los discursos dejaron de pergeñarse desde la lógica del pensamiento humanista y postulados filosóficos o epistemológicos. Ahora son graznidos de urracas para confundir los debates públicos vehiculizados por redes sociales plagadas de mensajes ‘cortitos’ y directos para mentes torpes que solo necesitan dosis reducidas de ‘seudopensamiento’. Facebook, TikTok o X, controladas por plutócratas, el mejor medio para difundir misivas amañadas y dopadas.

Hace unos días 31 aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez, concejal del PP, a manos de ETA, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, escribió en X: “Si nace un nuevo Gregorio Ordóñez en el País Vasco que pueda ganar ampliamente en las urnas, ¿volvería a tener que vivir escoltado?”. Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio y presidenta de la asociación de víctimas Covite, acusó a Ayuso de utilizar políticamente el nombre de su hermano para cargar contra Pedro Sánchez, y precisó: “Sufrí el odio de la izquierda abertzale, ahora además y con mucha más crueldad el vuestro, el de la derecha abertzale” (IDEAL, 23/01/2026). La desvergüenza manipuladora de utilizar a ETA, sabiendo que la banda terrorista dejó la actividad armada aquel 11/octubre/2011, solo viene a remover un fango que la sociedad española no merece.

Hemos vivido siete años de continuas broncas políticas. Hastiados, recelábamos ante un incendio forestal, el estornudo de un volcán dormido, un virus desatado, un temporal desbocado o un accidente de tren, detrás se generaba una trifulca pandillera, sin importar la ciudadanía, sus problemas, solo provocando crispación. Gritos y graznidos azuzando a la ciudadanía para enzarzarse en discusiones familiares de cenas de Nochebuena o utilizándola como transmisora de patrañas en redes sociales.

Las urracas han copado senderos y aceras en busca de basura y restos de comida en una sociedad consumista que acumula montañas de desperdicios. Menos mal que entre tanto bufido político quedan historias humanas, como la de Boro, ese perro que ‘es familia’.

*Artículo publicado en Ideal, 09/02/2026.

** Ilustración artículo Ideal.

lunes, 12 de enero de 2026

ADIÓS AL MULTILATERALISMO*


Recién inaugurado el nuevo año, la degeneración política internacional ha dado un paso capital. Después de años convulsos y flagrante vulneración del derecho internacional —invasión rusa de Ucrania o genocidio de Israel en Gaza—, con la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, bombardeando lugares estratégicos, asesinando soldados y civiles, y secuestrando al dictador Nicolás Maduro, la obscena unilateralidad imperialista ha regresado.

Las palabras de Trump justificando esta incursión, remarcando que allí se hará lo que él decida con el petroleo o el acceso a comunicaciones estratégicas, dándole continuidad al gobierno chavista, advirtiéndole de su sumisión —al más puro estilo de los Genovese—, desvela en qué momento histórico estamos: ejercicio del unilateralismo mediante la exhibición de un sofisticado poderío militar, un lenguaje desprovisto de diplomacia, sin olvidar las amenazas a Colombia, Cuba o Groenlandia, o a cualquier país que se oponga a sus planes. Hemos vuelto al imperialismo del XIX y XX, acaso como celebración del quinto aniversario del asalto al Capitolio.

La era del multilateralismo ha llegado a su fin. Los nuevos ‘monarcas de las sombras’ lo han decidido: imponiendo soluciones unilaterales a beneficio de intereses propios, sin rubor, vulnerando el derecho internacional, menospreciando a los organismos supranacionales. Y no se trata de países menores, son grandes potencias militares gobernadas por tipos amparados por magnas corporaciones geoeconómicas dispuestas a someter a pequeños países dotados de riquezas naturales.

¿Un nuevo orden internacional? Desde hace años China e India respiran en el cogote de EE UU y Rusia. Ninguno muestra interés por un entendimiento global para favorecer un futuro mejor: cooperación, ayudas al desarrollo, bienestar mundial... EE UU lo ha hecho sin ambages, burdamente, vindicando una hegemonía en todos los órdenes: militar, económica, tecnológica, política, advirtiendo sobre cualquier interferencia. No sabemos cuánto durará o hasta dónde llegará el órdago, o si semejante arrebato será el principio de su declive como potencia hegemónica, a tenor del ‘torpe’ proceder en las relaciones económicas con el resto del mundo, imponiendo una política arancelaria trasnochada, propia del mercantilismo de la Edad Moderna. La economía mundial es globalización, principio básico del capitalismo de las grandes corporaciones. Quizás convenga recordar aquella frase de la campaña electoral de Clinton (1992) contra Bush padre: “Es la economía, estúpido”; o la máxima del materialismo histórico: la economía condiciona y determina en última instancia la superestructura política y cultural.

El multilateralismo iniciado tras la Segunda Guerra Mundial, potenciado tras caer el muro de Berlín, un sistema de reglas y procedimientos, primando la resolución de problemas vía diplomática y cooperación internacional, se resquebrajó cuando Trump, iniciado su segundo mandato, decidió retirarse de organismos internaciones que consideraba fraudulentos o corruptos: OMS, Comisión de Derechos Humanos (ONU) o Acuerdo de París contra el cambio climático. Campando libremente, como primera potencia mundial, obviamente estos organismos perdieron capacidad reguladora en procesos colaborativos. Sin predicamento, sin posibilidad de ser escuchados, desaparecieron para esta banda de gánsteres que gobierna el mundo a su antojo.

El multilateralismo ha sido sustituido por la barbarie, la ley del más fuerte, el supremacismo, el capitalismo feroz, los intereses individuales, la vulneración de derechos humanos, la denigración de la legalidad internacional… Adiós al espíritu de cooperación internacional, solo codicia y cuenta de resultados. Hospitales o entidades públicas gestionados por empresas privadas dispuestas a sacar grandes beneficios a costa de mermar servicios públicos y desatendiendo enfermos crónicos o desfavorecidos. Entretanto, desprecio a la colaboración para afrontar graves problemas —cambio climático, subdesarrollo, hambre, delincuencia internacional...—. Un desesperanzado futuro para la humanidad que, acudiendo a El precio de la desigualdad de Joseph Stiglitz, no cubre las necesidades del 99%, de población mundial, pero sí los enormes beneficios del otro 1% que controla los resortes económicos del planeta.

La Unión Europea, adalid del multilateralismo, está en crisis. Rusia y EE UU buscan su debilitamiento, cuando no su destrucción. El trumpismo y sus secuaces infiltrados en Europa minan su cohesión. Europa por sí sola no puede afrontar con garantías la defensa contra la Rusia de Putin que, sin prisas, alarga la guerra en Ucrania y envía drones de advertencia al corazón del territorio europeo.

Europa 2035: ¿un puñado de dictaduras colonizadas y sometidas a amos extranjeros?”. Hace unos días el historiador alemán Philipp Blom titulaba así un artículo publicado en EL PAÍS (5/1/25). Escribía: “Desde 1945 y, todavía más, tras la caída de la Unión Soviética, el futuro fue la promesa de crecimiento económico y justicia social sin fin, de desarrollo global y derechos humanos... más democrático y liberal, comercio pacífico… Hoy, el futuro se ha convertido en una amenaza: crisis climática, guerra en Europa, crisis energética, democracias que se desmoronan… sociedades envejecidas”. El futuro no es prometedor para Europa. Blom lanzaba una última idea desesperada: “Lograr la necesaria unión democrática... no es una cuestión de falta de fondos, experiencia, manos o cerebros. Lo que falta es voluntad política”.

Recordemos, pensado en los cafres incultos que gobiernan el planeta, que si se produjera una tercera guerra mundial, esta se dirimiría en suelo europeo. No estadounidense, ni siquiera ruso, salvo regiones próximas al campo de batalla.

La cultura se diluye en un mundo que solo piensa en lo material. Nos pasará como a los dos peces jóvenes de la lectura citada por Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, que Foster Wallace leía a sus alumnos, quienes al cruzarse con un pez más viejo les preguntaba: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”; ante la cual uno de ellos decía al otro: “¿Qué demonios es el agua?”.

*Artículo publicado en Ideal, 11/01/2026.

** Ilustración en Ideal.