lunes, 21 de febrero de 2022

CONFINAMIENTO EN LA MODERNIDAD LÍQUIDA*

 


Leo Volver a dónde en mi obligado segundo confinamiento en estos dos años de pandemia. Leo el libro de Antonio Muñoz Molina que, como siempre con serena reflexión, toma el pulso a estos tiempos pandémicos a través de nosotros mismos y de nuestros pasos. Y leo que después de aquel traumático confinamiento de la primavera de 2020 no volvimos a ningún sitio que no fuera en el que estábamos antes de aparecer el contagioso bicho, al principio, tan extremadamente lejano, como el lugar de procedencia: la ciudad china de Wuhan.

Hoy, finalizando febrero de 2022, la pandemia aún persiste. Hoy, con tres dosis de vacuna en el cuerpo, me ha contagiado el coronavirus SARS-CoV-2, variante ómicron. Ese resfriado, uno de tantos durante muchos inviernos de mi vida, ha resultado que estaba provocado por este ‘personaje’ que ha puesto patas arriba al mundo, mucho más que los poderes geoestratégicos, las redes sociales o la crisis de 2008.

Una semana, siete días, de autoconfinamiento. Aquel confinamiento colectivo se alargó por tres meses y ocho días, 100 días. Y las sensaciones de uno y otro parecen tocarse con la punta de los dedos. En este, la soledad en una habitación, que ni siquiera mi inclinación natural y literaria a plegarme hacia mí mismo ha mitigado. Encierro sin colectividad, solo con mi soledad, sin consuelo, ni contacto físico, rechazado, solidarizado con aquellos enfermos de la peste bubónica, la lepra o el cólera.  

Dos confinamientos para recogerme en el seno de la cultura amiga, explorando el lado más íntimo que la suscita: diálogo con las páginas de un libro, gozo de audiciones musicales o vidas recreadas en un relato. En este encierro nadie ha venido a decirme que de él saldré mejor persona, que el mundo cambiará o que me encontraré una vida más justa. Solo, jugando con mi voluntad, la colectiva, sin existir.

En el confinamiento de los cien días se nos hizo creer que estábamos juntos. Terapia colectiva. Gobiernos, medios de comunicación y otros esforzados ‘entusiastas’ dispuestos a velar por nuestra salud mental, administrando sucedáneos de esperanza. Había que levantar el ánimo de la gente, comprensible, para eso era tiempo de calamidad. En una sociedad madura, acaso sobraban los vítores, pero en la nuestra, tan infantilizada, seguramente no.

El aislamiento me hace sentir extraño, de nada vale mi entrenada soledad autoimpuesta a que me aboca la escritura, donde no existe una barrera interpuesta con la calle, al contrario: se necesita la calle para imaginarla. Recluido, la sensación es otra, como si el presente cuestionara el trajín del pasado y el tiempo dejara de existir. Ni siquiera la sucesión de días y noches alumbra el continuo e inflexible tictac del reloj. Ya no funciona la fábrica de ilusorias felicidades que la modernidad líquida tiene siempre en marcha.

Aquello de que juntos saldríamos adelante fue una falaz insinuación hacia la conformidad. Ni siquiera el ‘resistiré’ ha perdurado más allá de esa centena de jornadas. La modernidad líquida no es el mejor escenario para materializar proyectos comunes ni caminatas egregias hacia no se sabe qué lucha final. En realidad estamos juntos dentro del paroxismo de una soledad patrimonio de cada cual. No obstante, adelante salieron los que siempre salen y dominan los caminos para salir.

Cuando nos despertamos del gran encierro hacia una nueva normalidad, lo que siguió no tuvo nada de nuevo. No aprendimos a vivir otra vida, como no lo hicimos tras la crisis económica de 2008, ni nos volvimos más solidarios, más transigentes, ni construimos una sociedad más justa y equitativa con la riqueza. No lo hicimos, simplemente porque a ver quién le paraba los pies a la codicia, la  avaricia y el egoísmo.

Nada ha cambiado de todo lo que iba a cambiar cuando en aquel encierro obligado las buenas intenciones proclamaban un cambio sin precedentes. El espejismo de aplaudir cada tarde a las ocho solo fue eso: aplaudir cada tarde a las ocho. Y también fue una muestra de solidaridad con los que se lo merecían, solo una muestra, porque para eso éramos personas sin codicia, avaricia ni egoísmo.

Leo Volver a dónde en mi forzoso segundo aislamiento, cuando se acaba la sexta ola pandémica. Y como ocurriera tras el gran confinamiento, la gente sale a la calle ávida de diversión, subiendo las previsiones de ocupación hotelera, playas y bares para animar la economía de servicios. Nuestra sociedad hedonista que aviva una felicidad enlatada, como si no existiera otra manera de divertirse que no fuera dejar los parques, las calles o las plazas como estercoleros regados de basura, orines y malos olores. La sociedad tejedora de la mentalidad de un ‘mundo feliz’, que vive el momento, a tope, al día, sin pensar más allá de cómo y cuándo divertirse, azuzada por la política que parece alentar solo las necesidades más primarias del ser humano.

Sí, la política, que ya era sucia y deshonesta con la sociedad antes del confinamiento, que se enmarañó durante la pandemia echándose los muertos a la cara, mientras se morían los ancianos en residencias y hospitales. Y ahora, que parece que entre sus prioridades no toca echarse más muertos a la cara, sigue la ignominiosa senda desvergüenza de mirar solo a la consecución del poder, mientras se despreocupa de los problemas de la sociedad. Y entonces la sanidad se debilita, la educación lucha contra viento y marea para sacar adelante su misión en tiempos difíciles, los quejidos de zonas olvidadas atruenan y la vida se hace más complicada y difícil para seguir viviéndola.

 * Artículo publicado en Ideal, 20/02/2022

lunes, 31 de enero de 2022

¿Y SI EL FASCISMO YA ESTUVIERA AQUÍ?*

 


Las esperanzas se esfuman fácilmente bajos nuestros miedos y temores. Preocupa que nuestro pensamiento sea secuestrado, nuestras ideas seleccionadas por otros y los discursos personales escritos en un despacho de marketing. La esencia de la democracia es dejar fluir la libertad para que cada cual sea dueño de sus ideas. En un régimen autoritario esto sería imposible.

Mirar al pasado provoca zozobra cuando de tiempos revueltos se trata. Pensar que los horrores padecidos por nuestros antepasados pudieran reproducirse en nuestras vidas, preocupa. Como la sola idea de que nuestros años veinte se parezcan a los del siglo XX, cuando las democracias occidentales en crisis abrieron sus puertas a los fascismos en toda Europa. La Primera Guerra Mundial tuvo sonadas consecuencias, las más dramáticas: los totalitarismos (comunismo soviético y fascismo en Italia y Alemania) y la Segunda Guerra Mundial. Derrotado el fascismo, las democracias se fortalecieron durante medio siglo. No obstante, el arranque del siglo XXI presenta un panorama más sombrío: acentuada desigualdad norte-sur, comercio mundial monopolizado, debilidad de las democracias occidentales, más conflictos bélicos, además del resurgimiento de una ultraderecha de tics ‘fascistoides’ o la consolidación de regímenes cleptocráticos en países salidos de la descomposición de la URSS con los que se comercia sin rubor.

Una de las claves del deterioro democrático del siglo XXI reside en la globalización del miedo, que tan vulnerables y manipulables nos hace. Si en los años veinte del siglo pasado los fascismos aprovecharon las incertidumbres y el malestar de la población para crecer y alcanzar el poder, el siglo XXI ha experimentado trágicos acontecimientos convertidos en fenómenos globales, que han sembrado de miedo e inseguridad todos los rincones del planeta. Recordemos los atentados del 11-S en Nueva York, la guerra contra el terror focalizada en Irak plagada de mentiras, la globalización del terrorismo yihadista y la psicosis colectiva de atentados, el fracaso de las primaveras árabes, la crisis económica de 2008 y sus recortes, la pandemia del covid-19, las restricciones, las inseguridades... Y recordemos las titubeantes respuestas de los poderes democráticos ante los problemas, sumiendo al mundo en un pozo de desesperanza.

El desigual reparto de la riqueza delata el síntoma de una enfermedad en curso. La crisis económica aumentó la brecha entre ese 1% que acapara tanta riqueza y el resto de población mundial. Las democracias han fracasado en un reparto más justo de esa riqueza y en mitigar el deterioro de las condiciones de vida de los ciudadanos. Asumieron políticas de ajustes y recortes sociales y laborales dictadas por organismos financieros internacionales, políticas de austeridad que alentaron el malestar social, facilitando el auge de la ultraderecha, incluso al poder (Brasil o Hungría).

Ansiedad, desencanto, miedo, desesperanza, consecuencias globales que han afectado a la población mundial, mientras los poderes fácticos y económicos han obtenido enormes beneficios financieros, comerciales y de control geoestratégico. Una población desorientada en un mundo incierto, acudiendo a buscar soluciones al mejor postor: el populismo prometedor de paraísos. A poco de iniciarse este siglo, Joseph E. Stiglitz ya hablaba de El malestar en la globalización. Los potentes instrumentos de información mediática o las redes sociales han facilitado la manipulación del pensamiento y las opiniones. La propaganda se ha viralizado, el discurso neofascista también.

El miedo a un mundo inestable o el desencanto por las incertidumbres económicas auparon a Trump a la victoria en EE UU (2016). Ahora Trump ha vuelto a la escena pública con las mismas consignas que alentaron el asalto al Capitolio de hace un año. Algunos de los asaltantes pertenecían al movimiento de ultraderecha Oath Keepers (“Guardianes del juramento”). Al confirmarse la victoria de Biden, el líder de esta milicia, Stewart Rhodes, se pronunció a favor de negar los resultados electorales y marchar en masa por Washington, auspiciando la insurrección y el asalto al Capitolio. Se sabe que instó a tomar las armas en defensa de su ‘libertad’. Los “Guardianes del juramento” reunieron armas y acudieron al Capitolio con ropa militar, cuchillos, porras y cascos. Hoy la ultraderecha norteamericana sigue alimentando los argumentos de fraude electoral. El neofascismo, instalado en la primera potencia mundial.

Trump ganó unas elecciones presidenciales, y vimos cómo se condujo, si ganara en 2024 el neofascismo se desataría sin reparos, y quién sabe de su alcance en el resto del mundo. Hay intelectuales que han levantado la voz para advertir del proceso de involución democrática en EE UU: Naomi Klein (La doctrina del shock), Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (Cómo mueren las democracias) o Noam Chomsky, calificando al partido republicano de partido neofascista.

El ‘modus operandi’ del neofascismo del siglo XXI es similar al del fascismo del siglo XX: seducir a las clases populares desencantadas por la inoperancia de la democracia, promesa de resolver la crisis económica, descrédito de los partidos políticos tradicionales, búsqueda de chivos expiatorios (inmigrantes que quitan trabajo e incrementan la delincuencia) o demérito de las instituciones democráticas calificadas de instrumentos ineficaces, todo orquestado con incisivas estrategias de propaganda.

El neofascismo utiliza primero la democracia y la desacredita al tiempo, para luego apropiarse de ella y corregirla a su conveniencia. Finalmente, la anula. Vivimos una especie de ‘revival’ neofascista que añora tiempos en que la vida era más de orden y control.

Me desasosiega ver cómo hay poderes que, sin ocultar su vocación orwelliana, son capaces de manipular a las sociedades más cultas e informadas de la historia, y que estas se dejen sojuzgar. Acaso sea como parte de esa cultura-mundo, a la que se refiere Lipovetsky, que “no cesa de desorganizar nuestro estar-en-el-mundo, las conciencias y las existencias”. 

* Artículo publicado en Ideal, 30/01/2022

lunes, 3 de enero de 2022

EL PAÍS DE LOS SUEÑOS ROTOS*

 


Cuando un año termina ardemos en deseos porque el venidero sea mejor. Ingenuamente depositamos grandes esperanzas en un simple cambio de calendario, convencidos de que se harán realidad nuestros sueños, acaso persuadidos de un poder que no tenemos para modificar el curso astronómico del planeta a nuestro antojo. Nos aferramos con inocencia infantil, la que nunca nos abandona. Quizás sea por eso o, a lo mejor, por el llamado espíritu de la Navidad, el mismo que conmovió a George Bailey y le hizo desistir de su pretendido suicidio en Qué bello es vivir.

Cuando en 2020 la pandemia nos zarandeó, mostrándonos la fragilidad de nuestra realidad, cuando el confinamiento nos convirtió en ermitaños de una vida que hacía tiempo dejó de ser eremita, cuando añoramos que nuestro mundo estaba creado para vivirlo fuera de nuestras casas, dispuestos a salir, viajar, consumir, someternos al hedonismo irrenunciable de un ‘mundo feliz’, entonces corrió el mantra de que saldríamos mejores del confinamiento y la vida cambiaría, incluso que la sociedad sería más justa y solidaria. En esa saturnal colectiva, olvidados que en 2008 una crisis económica zarandeó todo lo que parecía tan sólido e intocable, no caímos en la cuenta de que el mundo volvería a ser lo mismo, o más, injusto e insolidario.

Hoy España es un país descoordinado, donde la insidia parece más rentable que la cooperación, donde la trifulca y el desprecio al ciudadano parece ganar prestigio, donde la solidaridad interterritorial se interpreta como muestra de debilidad, donde las Comunidades Autónomas ni siquiera se ponen de acuerdo para adoptar medidas conjuntas que combatan la pandemia, y donde algunas comunidades, como la de Madrid, solo pretenden preservar la ‘fiesta’ social y la economía. Los muertos: daños colaterales. Si los muertos resucitaran, le sacarían los ojos a más de un dirigente.

Un país donde un Gobierno, maniatado por oportunistas socios de votos imprescindibles para mayorías parlamentarias, que ambicionan solo su parte del pastel y no la solidaridad con el prójimo, no se atreve a gobernar cuando tiene que gobernar, y hasta sucumbe a las críticas de tantos ‘salvapatrias’ como proliferan.

Hoy España es un país con las costuras mal suturadas, donde la especulación campa a sus anchas para menoscabo de la vida y los sueños de los ciudadanos. Donde los jóvenes ven ahogadas expectativas y proyectos de vida, con futuros que no existen porque la realidad les habla de trabajo precario y bienes de primera necesidad con precios desorbitados, donde millares de familias viven en una insostenible deficiencia energética, en viviendas con precios inalcanzables o alquileres desorbitados, o que buscan el sustento en bancos de alimentos. Un país donde el capitalismo más voraz ha encontrado un paraíso para incrementar beneficios y reformular el papel de la ciudadanía, convirtiéndola en satélite de intereses ajenos.

Este es el país de los sueños rotos, aunque se pretenda ocultar esa realidad con lucecitas de Navidad y atragantadas e indigestas comidas. Un país que noticia lo mucho que disfruta la gente o que el centollo de las compras navideñas está a precio del kilovatio hora, entretanto no todo el mundo puede divertirse tanto ni comprar centollo porque la desigualdad y la pobreza no cesan de aumentar.

España es el país al que se le quebraron los sueños hace mucho tiempo, donde la política es el lodazal que siempre fue, pero más profundo. Donde los jóvenes tienen que emigrar para alcanzar un trabajo digno que valore su formación y competencia profesional. Donde mi hijo ha tenido que marcharse a Canadá, contratado por una gran empresa que valora su currículo y capacidad para un puesto directivo, mientras en España se le cerraban puertas porque se prefiere a ingenieros callados y sumisos convertidos en mileuristas.

Un país con políticos que nos engañan y mienten en sede parlamentaria, que vociferan y se insultan sin rubor como pandilleros. Así no extraña que el último informe de Metroscopia diga que el 80% de los españoles consideramos que la política funciona mal y el 84% que los tengamos por un gran problema. Estos nuevos políticos están desprestigiando la política más de lo que estaba. No se merecen que nadie los defienda. Me avergüenza que un líder de la oposición como Casado hable mal de España en el extranjero, trasladando una imagen nefasta del país, que seguro paralizará muchas inversiones foráneas. A lo mejor a él no le importa que los jóvenes emigren a empresas extranjeras, a laboratorios de investigación o a ocupar puestos de enfermería y medicina en hospitales, que aquí se les niega.

En la escuela apostamos porque los niños y jóvenes sean personas soñadoras que construyan proyectos personales ilusionantes e impregnados de valores, que los conviertan en mejores personas, más libres, con espíritu democrático y pensamiento crítico. Y también porque se consiga que las nuevas generaciones se emancipen de actitudes partidistas para alcanzar una visión más amplia y universal de su concepción del mundo. Pero desafortunadamente hay una realidad social obcecada en desbaratar la obra de la escuela. Los sueños que no serán.

El nuevo año empezará como terminó el que dejamos atrás: con sueños que nunca se cumplirán. La Navidad ha perdido la capacidad de soñar, de rescatar sueños infantiles que se componían de modestas pretensiones que valoraban la ilusión y no el afán consumista.

Quisiera haber escrito otro cuento de Navidad distinto, que hablara de solidaridad y fraternidad, pero los ánimos me han dirigido a que nos miremos en el espejo de nuestra realidad, como le propuso Charles Dickens a Mr. Scrooge en Cuento de Navidad

*Publicado en Ideal, 02/01/2022

** Ilustración:  Juan Vida, Emigrantes, 1975

martes, 16 de noviembre de 2021

¿DE QUIÉN ES ESTE MUNDO?*


 

Ida Vitale, al referirse a esto que llamamos mundo, escribía en su poema ‘Este mundo’: “Sólo acepto este mundo iluminado / cierto, inconstante, mío”. Nuestro apego al mundo puede ser infinito, como infinito es nuestro deseo de encontrar la luz que permita hacerlo nuestro. Pero la realidad es muchas veces una trampa para los deseos, y las tinieblas de un mundo sin luz lo convierten en un páramo imposible de transitar.

El planeta comenzó a enfermar hace ya mucho tiempo, probablemente cuando pasamos de una economía mercantilista a otra industrial, y la producción en cadena se convirtió en la seña de identidad del progreso. Inundamos el mercado de productos servibles e inservibles, rellenamos nuestras vidas de consumismo y despilfarro, apostamos por el eterno crecimiento como único avance de la economía. Ni siquiera de ello se libra China, que quiere ser comunista a la vez que capitalista. El planeta sigue enfermándose, las pústulas aumentan, el mundo se hace un lugar cada vez más inhóspito.

El planeta, en las últimas décadas, ha dado síntomas de enfermedades que se antojan incurables. Ya ni siquiera valen cientos, o miles, de manifestaciones clamando contra el cambio climático. Este mundo es un pañuelo, y eso lo saben quienes lo ‘gobiernan’. Gobernar el mundo no requiere votos, sino dinero, mucho dinero, y el control de los recursos. De lo otro, las convulsas migraciones, éxodos, refugiados, huidas, mejor que se ocupen las ONG, como combaten la esquilmación de bosques y selvas, la emisión de gases contaminantes o la extracción de gas a base de explosiones en los confines del subsuelo. Para qué los gobiernos rehenes de intereses espurios, que defiendan este mundo quienes tienen esa edad en la que todos fuimos alguna vez protestones, o que lidere la lucha una adolescente llamada Greta, para qué los gobiernos. Ellos harán lo que les salga de sus fueros internos.

No sé si el mundo ha sido alguna vez de la humanidad, porque desde que esta tuvo conciencia de que era humanidad fue representada por unos espabilados que acotaron los territorios y las subsistencias de la gente. Fue cuando se pusieron fronteras y hubo que disponerse a defenderlas. Entonces el mundo entero dejo de ser de la humanidad, ya cada uno tenía su porción que defender.

La distopía orwelliana es una anécdota comparada con la distopía de ahora, cuando la facilidad para el control de las sociedades por parte de gobiernos tiranos, dictatoriales, autoritarios, débiles o controlados por grandes emporios económicos supera la ficción. Para doblegar la voluntad de las personas no se necesita tanta violencia como antaño, se les seduce para hacerlas meras consumidoras de ideas, productos o frivolidades.

El mundo moderno no tiene un momento de sosiego. Siempre está atravesado por un temor terrorífico: crisis financiera, crisis del comercio o crisis energética, según convenga. Temblamos por si el desabastecimiento de mercancías nos impide decorar el árbol de navidad, ensamblar un móvil o beber nuestra copa preferida en un 'pub'. Esperemos que no ocurra igual con medicinas o productos de primera necesidad. A los puertos no llegan contenedores y, los que llegan, se quedan allí porque no hay camioneros para transportarlos. El gran mundo de la tecnología y la intercomunicación haciendo aguas. Y, mientras, Facebook bajo sospecha porque una antigua empleada dice que hay cosas turbias en las prácticas de la compañía y que engaña repetidamente. Nada nuevo bajo el sol. Engañarnos, nos engaña todo el que puede.

Ahora que se acercan las fiestas del consumo por excelencia: ‘black friday’, navidades, rebajas...,  no tener lo suficiente para consumir sería una catástrofe mundial. En el siglo XIX, y mucho antes, las crisis de subsistencia eran provocadas fundamentalmente por dos fenómenos: las malas cosechas y el acaparamiento de cereales en manos de los poderosos. El mercado quedaba desabastecido, las hambrunas campaban a sus anchas.

China pidió hace unas fechas a sus habitantes que acopiaran productos y alimentos de primera necesidad para afrontar situaciones de urgencia, ¡miedo me da! Por el mundo occidental andamos con la mosca detrás de la oreja. Por lo pronto, no sabemos si podremos calentarnos este invierno, el gas y el petróleo se han puesto por las nubes, y ahora a ver quién salta hasta las nubes para bajarlos de nuevo a la tierra.

El siglo XXI, el siglo de las enfermedades neuronales, como lo define el filósofo Byung-Chul Han, está negando el futuro a la gente, que es como decir el futuro del mundo. Los que tenemos nuestros años hemos visto demasiado: horrores humanitarios, crisis económicas, triunfos del autoritarismo más insolidario, crisis de valores, catástrofes medioambientales, la amenaza neofascista, una pandemia de dimensiones estratosféricas…, y me temo que veremos mucho más. Lo único que espero es que lo venidero no acabe con el planeta.

El mundo es el infierno, decía Schopenhauer, donde no cesa de cabalgar entre las llamas la ignominia de la “gran brecha” de la desigualdad, esa a la que aludía Joseph E. Stiglitz. El fermento de la injusticia y la destrucción está servido en el seno de las sociedades modernas, acaso no somos más que piezas de un juego macabro.

Dejadme, al menos, que crea en el mundo por un instante. No hay más tesoro para una existencia escéptica que un rayo de luz para no seguir devorado por el pesimismo. Dejadme a ver si consigo conciliarme con el mundo y no me dejo arrastrar hacia ese abismo que tanto detesto. Dejadme que diga con Vitale: “A veces su luz cambia, / es el infierno; a veces, rara vez, /el paraíso”.

 * Artículo publicado en Ideal, 15/11/2021

Ilustración:  Thomas Cole, El curso del imperio, 1836