lunes, 21 de septiembre de 2020

LA ESCUELA, UN EJEMPLO PARA TODOS*

 

Del confinamiento aprendimos muchas lecciones, pero no tantas como debiéramos haber aprendido para mantener a raya el coronavirus. Llegó el verano y todo empezó a torcerse: nuestra indisciplina social avivó los contagios en una nueva escalada. La modernidad líquida que calificaba Zygmunt Bauman, ese “volátil mundo de cambio instantáneo y errático”, donde “las costumbres establecidas, los marcos cognitivos sólidos y las preferencias por los valores estables” parecen que no cuentan. Nuestra inconsciencia es parte del tributo que pagamos a una sociedad posmoderna donde se valora poco el civismo, la responsabilidad o la convivencia.

La escuela también estuvo confinada. Entonces se puso en marcha aquella educación a distancia que funcionó con la precariedad de medios e inexperiencia que ya sabemos. Una gran lección que espero aprendiéramos. Sería imperdonable, si acaso volviera otro confinamiento, que la escuela no se hubiera preparado para afrontar algo así. No obstante, la mejor lección que aprendimos fue que sin escuela no se podía completar, más allá del mero aprendizaje de conocimientos, la educación de nuestros niños y jóvenes en sus aspectos más esenciales: valores del contacto social, la convivencia y la interrelación humana.

Este inicio del curso escolar ya no huele a lapicero, a ceras o lápices de colores bañados en pintura, ni a libros recién estrenados, ni a goma ‘milán’ o de nata. Ya no existen esos olores que quedaron atrapados en recuerdos imperecederos. En este inicio de curso huele a hidrogel y mascarillas, así como a muchas incertidumbres y miedos a lo desconocido. Es el curso de las mascarillas y lo recordaremos también por nuestro propio olor, ni siquiera el olor a colonia de baño o a galleta mojada en cacao, sino el olor persistente y húmedo retenido al respirar nuestro aire en las tupidas fibras de una protectora e incómoda mascarilla.

Hace unos días, al abrir la página web de este periódico, apareció la fotografía de un aula con varios alumnos sentados en sus mesas y una maestra dispensando hidrogel a una niña que se disponía a acceder a ella. Me suscitó una primera impresión: ¡qué ejemplo, qué bien hacen los docentes las cosas en la escuela! Conozco la realidad de la escuela y el trabajo realizado en ella y, aunque no he tenido oportunidad aún de visitarlas por precaución, he seguido muy de cerca la organización de la vuelta al cole.

Un nuevo curso iniciado, no sin vacilaciones y dificultades suplidas en parte por el excelente y comprometido trabajo realizado por los docentes que no debería quedar sepultado por el ruido mediático desatado por protestas, justificadas en bastantes casos, y disputas políticas aferradas al oportunismo ‘mágico’ para montar una bronca, siempre utilizando la educación como arma política arrojadiza. No obstante de tanto desatino, la escuela ha vuelto a dar una lección a ese incivismo de parte de la sociedad que no ha sabido comportarse durante la desescalada.

Dentro de lo antipedagógicos que pudieran resultar los protocolos establecidos para la vuelta a las aulas, por ese batiburrillo de normas y rutinas, en la escuela no se desperdicia ocasión para sacar enseñanzas y educar a nuestros estudiantes. La escuela siempre forma y educa con el compromiso social que la caracteriza. Con la puesta en práctica del protocolo de actuación covid-19 también lo está haciendo, formando a ciudadanos en la responsabilidad y el respeto para la convivencia con sus congéneres. Rutinas tan estrictas, con normas que limitan la movilidad y el contacto, implican una labor de reflexión a favor de comportamientos responsables en una convivencia en libertad.

Durante los meses de verano, y aún ahora, asistimos a situaciones bochornosas: familias, eventos y jóvenes sin cumplir las pautas marcadas por las autoridades, para evitar contagios, han elevado alarmantemente la expansión del coronavirus que el confinamiento había frenado. La falta de disciplina, conciencia y actitudes cívicas se ha evidenciado, sin pensar en consecuencias fatales para padres, abuelos o tantas personas vulnerables que nos rodean. Locales de ocio nocturno con aforo masivo, bodas con una concurrencia inexplicable, reuniones familiares más allá de lo recomendado, conciertos de música masificados, ‘disjokey’ espurreando un trago de bebida sobre acalorados fans sin protección, botellones desmadrados sin pudor, fiestas despendoladas en la playa o aglomeraciones en bares y restaurantes son algunas de esas prácticas sociales irresponsables. Estamos volviendo de nuevo a fracasar como sociedad. Sin mencionar a los negacionistas del virus y uso de mascarillas que se han convertido en los nuevos iluminados. 

El valor de la escuela y su capacidad de transmisión de valores cívicos es todo un ejemplo del que la sociedad debería tomar nota. Las imágenes de centros escolares vistas en televisión me producen satisfacción al observar la disciplina y responsabilidad con que se conducen nuestros escolares. Todo un ejemplo social. El protocolo diseñado, aunque no se trate de una actividad estrictamente escolar (si bien cualquier faceta humana diría que sí lo es), y los valores de responsabilidad y respeto que se derivan de su implementación constituyen el ejemplo donde deberían fijarse esos que frecuentan playas, parques, salones o espacios de ocio nocturno.

La escuela demuestra una vez más cuánto puede aportar a la sociedad en la educación de las generaciones jóvenes, un motivo más para creer en ella, como diría Victoria Camps. Otra cosa es que la dejen hacer y se valore su trabajo. Desgraciadamente la experiencia dice que la labor de la escuela se estropea fácilmente por otros mensajes que provienen de entornos sociales donde conviven nuestros alumnos.

Si me permiten el juego de palabras: el ejemplo de la escuela espero que contagie a esa parte de la sociedad que tanto provoca con su irresponsabilidad el contagio del coronavirus.

 * Artículo publicado en Ideal, 20/09/2020

jueves, 13 de agosto de 2020

¿QUÉ ES UN REY PARA TI?*

Era un día de septiembre de 2007 cuando tuve al Rey Juan Carlos I a pocos centímetros durante minutos en una charla de corrillo. Aquel hombre alto de aspecto esclarecido y mirada mortecina mostraba un semblante entre complaciente y distraído. Se paseaba con una gran copa de vino guiado por una improvisada maestra de ceremonias con aire de súbdita. El rey se dejaba llevar. Asistíamos en Estepa, bajo una carpa instalada al efecto, a una recepción con motivo de la inauguración del curso escolar. La reina doña Sofía, entretanto,  amparada en su discreción, permanecía en un rincón acompañada por la ministra Mercedes Cabrera.
Lo miraba e imaginaba qué habría escrito si fuese uno de los escolares que durante treinta años habían participado en el concurso escolar: ¿Qué es un Rey para ti? En 1976 se creó ex profeso la Fundación Institucional Española para “hacer presente en la sociedad el valor de la Corona como institución integradora e impulsora de la convivencia”. Nunca escribí nada, hasta hoy.
El reinado de Juan Carlos I comenzó bajo el estigma de su designación por un dictador. Franco pensó en el hijo de quien hubiera sucedido al anterior monarca, Alfonso XIII, acaso para darle continuidad a la Monarquía y de camino deslegitimar un poco más a la República que había derrocado con las armas.
Jamás pensé que a este rey le ocurriría como a sus antepasados: exiliarse. El juicio de la Historia es implacable, como lo ha sido con las felonías de Fernando VII, las inconsistencias de Isabel II o el escaso y arbitrario criterio de su abuelo, Alfonso XIII. Se habla mucho de la relajada conducta del rey emérito y de su salida del país en esa mezcla de explicaciones interesadas y juicios intempestivos y poco serenos. Corresponderá a la Historia el análisis de su aportación a la recuperación de la democracia en España, sus debilidades como individuo o si tuvo pocas o muchas prebendas, dádivas y concesiones.
Recuerdo que visitó muchas veces Sierra Nevada y su estación de esquí. En ella se accedió a sus deseos, también los menos confesables, como lo hacen los súbditos: con servidumbre, rendición y pleitesía. A muchos les pareció normal, excepto a quienes veíamos en aquello una ordinariez propia de alcahuetes. Pero hubo quien se plegó a semejante servidumbre con tal de disfrutar del trato campechano del monarca, que decían tenía.
En la hora escasa que anduvo por aquella carpa de Estepa daba frecuentes tragos a la copa de vino tinto, acompañados con finas lonchas de jamón. Se asemejaba a un niño en su fiesta de cumpleaños: sonriente y desvalido, sin emitir palabra alguna, con aire de inconsciencia,. Parecía gustarle aquel juego entre lisonjero y protagonista, como si fuera la primera vez. Halagos y adulaciones no le han faltado y acaso, como niño mimado, haya confundido las alabanzas con un plácet para hacer lo que quisiera.
Durante años algunos poderes fácticos actuaron haciendo uso de un trasnochado vasallaje. Si pretendían defender la Monarquía, se equivocaron. En una monarquía constitucional existe una sola ciudadanía, sin privilegios. Algunos no han querido verlo, confundiendo la defensa de la Monarquía con inviolabilidad o prebendas sin contrapartida. A este rey se le ha permitido demasiado, alguien tendría que haberle dicho que la monarquía actualmente no solo tiene que ser honesta, también parecerlo. Su posición en la estructura del Estado no ha sido bien gestionada en el curso democrático de nuestro país. La izquierda ha gobernado durante bastante tiempo en la etapa democrática, y su talante proclive al republicanismo ha estado suspendido. Los votantes transigían con una monarquía constitucional, pero no con una monarquía que ha dejado de ser leal con el pueblo y que ha utilizado sus prerrogativas constitucionales en beneficio propio.
Los pasos en falso que conocemos del rey emérito han debilitado la institución. Los antecedentes históricos aconsejaban mayor cautela en el ejercicio de sus funciones. Isabel II o Alfonso XIII hubieron de salir de España al exilio. Sus errores como monarcas propiciaron en su tiempo el rechazo a esta forma de gobierno, la revolución y la proclamación de dos repúblicas. Si bien no creo que haya llegado el momento de cambiar de una monarquía a una república, la institución debe andarse con ojo avizor si quiere sobrevivir.
La corrupción que se adueñó de España en los años de la golfería generó un clima de relajación ética y moral, y la Corona no estuvo a su altura. Los escándalos del rey (cacería de elefantes en Bostwana, escarceos con Corinna, cobro de comisiones, tenencia de cuentas bancarias ocultas al fisco…) han enmarañado un reinado que partió con un apoyo generalizado, sobre todo tras el golpe de Estado del 81, aunque haya historiadores que piensen que el reconocimiento fue más una campaña de marketing que de méritos propios.
Se habla de la monarquía como reliquia del pasado incompatible con las sociedades modernas democráticas. En España hemos conjugado ambas concepciones, democracia y monarquía, con cierta dignidad. Pero la debilidad de Juan Carlos I, sus regalías y placeres sin comedimiento, abusando de su inviolabilidad, han traído actos reprobables. El factor humano, esa condición ineludible. La degradación ética y moral de la conducta del rey emérito ha sido consustancial a la que ha sufrido la democracia española. Habría sido un acierto que cuando más se elevaba la corrupción, la institución monárquica hubiera dado hubiera dado otro ejemplo.

No sé qué escribirán ahora los escolares en el próximo concurso sobre qué es un rey para ellos, aunque se trate de Felipe VI. La figura de un rey ya no será la misma para ellos, probablemente también se sientan defraudados. 
*Artículo publicado en Ideal, 12/08/2020
*Ilustración: Claude Vignon_Creso recibe tributo de un campesino de Lidia_1629_detalle

lunes, 3 de agosto de 2020

EUROPA SIGUE ESTANDO MÁS ALLÁ DE LOS PIRINEOS*

Temíamos una debacle, pero al final se han salvado los muebles en Europa. Se dice que el fondo de recuperación europeo es la decisión más importante desde la creación del euro, y debe serlo por el montante económico y la recuperación de principios básicos para el proyecto europeo: cooperación y solidaridad.
Es mucho lo que se juega Europa en esta crisis pandémica donde llueve sobre mojado. Hasta Merkel, la gran recortadora de la crisis de 2008, se ha dado cuenta. Europa es el espacio geoestratégico mundial donde mejor se ha preservado la civilización del bienestar desde que se fundara el Mercado Común. Salir de la crisis del Covid-19 necesitará mucha cabeza y mucha solidaridad, nadie saldrá solo. Estos tiempos son otros: la ruptura en la esfera internacional ha hecho tambalear el concepto de globalización. La inestabilidad mundial generada por la errática política de EEUU en su guerra contra China ha dejado a Europa fuera de juego. Si la Unión Europea quiere sobrevivir tendrá que desechar postulados nacionalistas y apostar por la colaboración interna. Por separado, cada país europeo no deja de ser un pollo con aspiraciones a ocupar un rincón del corral, pero supeditado a los dos gallos predominantes (EEUU y China) y a otro (Rusia) que se dedica al hostigamiento en espera de ver lo que pilla.
En esta incierta desazón de las relaciones internacionales me temo que pierde la democracia. Si desaparece el sentido de comunidad, la democracia se debilita hasta el punto premonitorio que defienden Levitsky y Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias. Ellos hablan de EEUU, pero Europa tiene ya sus amenazas: el auge de populismos y extrema derecha.
El fondo de recuperación supondrá una probable salvación de las economías europeas, sobre todo las del sur. Europa no es EEUU ni China, su potencial económico y de innovación está lejos de lo que representan ambas superpotencias. Si no se anda lista y unida perderá un tren que la alejará de muchas transformaciones que se están produciendo en el mundo, incluso cederá en su papel de estabilizador mundial.
Los estandartes europeos, Alemania y Francia, han facilitado la creación del fondo cediendo ante los llamados ‘frugales’: la Europa luterana, dispuesta a imponer ajustes monetarios e impositivos, reformas laborales y de pensiones a cambio de las ayudas. Capitaneados por Holanda se mostraban insensibles ante quienes sufrieron las duras restricciones de 2008 para agravio de la población más desfavorecida.
En la negociación del fondo de recuperación hemos ‘descubierto’ que aún persisten las dos Europas. La de la austeridad económica de mentalidad calvinista y la tachada de frívola y poco ahorradora. Asimismo hemos ‘redescubierto’ que Europa sigue estando más allá de los Pirineos, no solo geográfica, también mentalmente, y que España despierta los mismos recelos y tópicos a los que secularmente estábamos ‘acostumbrados’.
Nuestra imagen en Europa, a pesar de la modernización impulsada durante la democracia por otros fondos europeos, no es para tirar cohetes. Los eslóganes de la Marca España se antojan ridículos ante los ojos con que nos miran. Nos ven como un país despilfarrador, corrupto y con escaso miramiento por las cuentas públicas, la letra menuda de las negociaciones del Consejo Europeo lo ha evidenciado. Llevamos años convertidos en el botellón europeo, el lugar de desahogo de los borrachos que vienen a atiborrarse de cerveza y a lanzarse desde un balcón a la piscina del hotel. Las imágenes de estas zonas turísticas han llegado a los televisores de Europa: jóvenes británicos, franceses, holandeses o alemanes emborrachándose, meándose, desnudándose y fornicando en plena calle, desmadrándose de la manera más burda y soez, tan solo para dejar unos millones de euros en nuestra principal y traicionera industria: el turismo. Así nos ven y así nos juzgan los que con una mentalidad austera nos mandan a sus jóvenes a que se desahoguen y solacen en nuestras Lloret de Mar, Magaluf o Benidorm. La moral puritana no deja de tener su lado hipócrita.
La pureza del norte de Europa frente al degradado y corrupto catolicismo romano que sirvió de base a la reforma protestante del siglo XVI, y que no ha dejado de perdurar. La prosperidad económica que impulsó aquel protestantismo en el comercio y la industria frente a una economía que a duras penas salía del mercantilismo manufacturero.
No obstante del acuerdo, los ‘frugales’ han demostrado su insolidaridad con el sur de Europa en una crisis no provocada por sus pecados, sino por una especie de ‘maldición bíblica’. Para España los Pirineos han vuelto a ser esa barrera infranqueable que de manera autoimpuesta nos aisló por ferrocarril con un ancho de vía diferente desde el siglo XIX, o que nos ninguneó por méritos propios en el concierto internacional cuando aquel Congreso de Viena de 1815, tras la derrota de Napoleón y el reparto de su botín. Con el siglo XXI a cuestas debiéramos asumir también nuestras responsabilidades (derecha e izquierda) de aquellos años de la opulencia del desmadre económico con Aznar y Zapatero. No sea que ahora algunos quieran sacudirse las solapas como diciendo que aquello no va con ellos o no vean la viga en el ojo propio. En esos años hemos fraguado nuestra nefasta imagen más reciente.
Si queremos recuperar crédito habremos de dar una lección en la gestión del fondo europeo. Y a ser posible que esa imagen de país frívolo en lo económico que nos persigue sea desterrada de manera permanente. Aunque mal hemos empezado tirándonos los trastos a la cabeza, cuando deberíamos haber puesto en valor lo conseguido. No sé a qué juega la oposición en algo que va a ser beneficio para todos los ciudadanos.
* Artículo publicado en Ideal, 02/08/2020

domingo, 21 de junio de 2020

LA HISTORIA NO SE REVISA, SE ESTUDIA*


La muerte de George Floyd no puede quedar impune. Las protestas escuchadas en múltiples rituales de purificación democrática han condenado el asesinato de este ciudadano negro bajo una rodilla criminal. Vigilias, homenajes, largas y populosas marchas, tan legítimas como imprudentes por la presencia de otro enemigo: el coronavirus, tan arrasador en Estados Unidos gracias a la clarividencia de su presidente. El racismo ha sido zarandeado, pero las reacciones viscerales e irracionales no ayudarán a ello.
Algunas de las muestras públicas en recuerdo de Floyd han derivado en un ajuste de cuentas con la Historia. Vestigios del recuerdo histórico en forma de estatuas han sido purgados. Las estatuas son una anécdota de quita y pon, podremos derribar todas las que queramos, pero si no se combate la mentalidad opresora del racismo, no desaparecerá. Las creencias no se erradican concluido un aquelarre iconoclasta. Derribaremos muros, estatuas y castillos, pero la caída de los símbolos no arrastrará las ideas que una vez los sustentaron.
Hace menos de un año paseaba en Nueva York por Columbus Circle y observaba la estatua de Cristóbal Colón. Descubrí el fervor de América hacia el navegante con cientos de estatuas erigidas en su honor en ciudades estadounidenses: Nueva York, Boston, Richmond, Houston, Miami… Esta plaza neoyorquina se sitúa en el cruce de Central Park, Broadway y la Octava Avenida. En ella se celebró el 400 aniversario de la llegada de Colón al Nuevo Mundo inaugurando el monumento que preside el enorme coso. Fue una donación de la comunidad italoamericana, sufragado con la recaudación de fondos promovida por un periódico en lengua italiana: ‘Il Progresso’. El monumento: una estatua de Colón tallada en mármol de Carrara sobre una columna de granito de 21 metros de altura, con relieves de marinería en alusión a la Niña, la Pinta y la Santa María. El nombre, cómo no, en italiano: Cristoforo Colombo, reclamando la ascendencia patriótica. Los italianos se nos adelantaron desde siempre en EEUU para vender lo suyo.
Las estatuas de Cristóbal Colón han sido uno de los objetivos antirracistas. Este ir y venir de la figura de Colón como abanderado de una conquista que exterminó a cientos de miles de aborígenes durante siglos, no es de ahora. En 2017 se creó una comisión para dirimir sobre el monumento de Columbus Circle. Si se hubiera decidido su derribo yo no habría podido verlo aquella soleada mañana de septiembre de 2019.
El revisionismo de la Historia no siempre conduce a restañar agravios. Que desaparezcan las estatuas de Colón en EEUU no va a modificar la Historia, ni constituirá un hito de justicia. Colón actuó con arreglo a su tiempo, y los conquistadores, también. Un tiempo de crueldad, no desaparecida en nuestros días. Recordemos la memoria de los damnificados por unas prácticas injustas y salvajes cometidas hace cuatro o cinco siglos, pero no podemos revisar o reescribir el pensamiento que las propició por mucho que nos duelan tantas atrocidades. No podemos borrar la Historia, tan solo aprender de ella.  
El dolor por la tragedia de George Floyd es inmenso, su significado, si cabe, más hiriente. El racismo es una lacra enquistada en la mente del ser humano, difícil de erradicar. Derribar una estatua es solo un acto de desahogo simbólico y visceral. Extirpar el racismo de una sociedad, una obligación permanente, una intolerancia cero a la que aspirar.
La Historia no se revisa, se estudia e investiga, y si del análisis histórico se desprende que hemos interpretado erróneamente un dato a la luz de las fuentes, entonces se rectifica. La Historia no se construye con opiniones ni conjeturas, ni impulsos vehementes sobre pareceres. Revisemos el presente, donde sí podemos influir y edificar el futuro. El racismo no se va a erradicar con el derribo de cientos de estatuas, como tampoco el fascismo. Si queremos combatir la xenofobia o el fascismo lo tendremos que hacer entre nosotros, los vivos. Decía Walt Whitman que “la sociedad de hoy somos nosotros: los poetas vivos”.
Nuestras mentalidades son las peligrosas, no las de hace trescientos o cien años. Estas nos deben servir de enseñanza para aprender de los horrores que cometieron. Y si nuestra sociedad los volviese a cometer, entonces no habríamos aprendido nada y seríamos esos estúpidos culpables de ser unos depravados y merecedores de lo que nos ocurriera.
El racismo se combate persiguiendo comportamientos racistas con la legalidad, pero también desterrando mentalidades y actitudes, sin darles pábulo por omisión o complacencia. El cambio de mentalidad no es tarea fácil, en todo caso habrá de producirse con leyes que combatan actitudes perniciosas y con aprendizajes sociales que propicien la práctica de actitudes tolerantes. La sensibilidad y la empatía hacia otros seres humanos es la mejor vacuna, aunque llevemos miles de años sin haberla descubierto aún.
No podemos revisar la Historia a la luz de nuestro pensamiento evolucionado. No podemos eliminar en una quema de libros ‘cisneriana’ las obras literarias que narran historias de racismo, ni películas, ni obras científicas o artísticas. Nuestras conductas individuales quizás también fueron alguna vez racistas, como lo fue la tolerancia al maltrato animal. Lo que ahora solivianta nuestra conciencia no siempre la soliviantó hace treinta o cuarenta años.
No podemos acomodar la Historia a nosotros. Hemos progresado y aceptado unos valores éticos, cívicos y morales que rigen la vida de ahora, el pasado no debe ser culpable de lo que somos, a pesar de su influencia, pero el presente sí que es nuestro, ¿a ver qué hacemos con él?

* Artículo publicado en Ideal, 20/06/2020
* Ilustración: detalle de Santo Domingo y los albigenses de Pedro Berruguete.

martes, 2 de junio de 2020

CREER EN LOS DOCENTES*


“Todo saldrá bien”, enmarcado en un hermoso arcoíris, ha sido el grito de ánimo lanzado por el magisterio español a su alumnado. Las escuelas se cerraron con la pandemia y la población escolar quedó confinada. Se acabó el contacto en el aula, la seguridad de la proximidad del maestro, la sonrisa, el gesto, las relaciones de afecto interpersonales, el apoyo diario para los que aún necesitan que todo sea cercano, los más vulnerables.
Los docentes también se sintieron huérfanos de sus alumnos. Su reacción: arropar a millones de escolares inmersos en un mar cargado de incertidumbres con una explosión de cariño virtual: “Todo va a salir bien”, y que no estaban solos, que sintieran que sus maestros los añoraban. Se grabaron vídeos individuales y colectivos que circularon por las redes sociales. Los animaban, recordaban cuánto los echaban de menos y suspiraban porque esto terminase pronto. Sentí un enorme orgullo de ser docente.
La primera muestra me llegó de la maestra de mi nieto David. Juana trabaja en el CEIP ‘Alhambra’ de Madrid. Aquellas palabras de complicidad en un corto vídeo dirigido a sus alumnos de cinco años me emocionaron. Apelaba a su responsabilidad y a que levantaran el ánimo, y lo hacía con una extraordinaria sensibilidad y connivencia. La talla moral y profesional de muchos docentes, preocupados por minimizar el impacto de esta nueva experiencia, la alcanzaba esta maestra.
Se había perdido el contacto físico, pero, como a Blas de Otero, nos quedaba la palabra. Hablada o escrita, para sentir, saber, comunicar, querernos, consolarnos, amarnos. Las palabras nunca sobran, sobran los insultos, las ofensas, la discriminación, el desprecio. Y aquellas palabras de los docentes dirigidas a su alumnado demostraban que seguían siendo maestros aún en el confinamiento y que, a pesar de la muralla física, el calor de sus palabras desvelaba ternura.
No obstante, la actividad escolar debía continuar. Los docentes afrontaban el reto de la docencia a distancia con un objetivo común: ningún alumno se quedaría atrás. Las dificultades aparecieron y con suerte desigual. Cuando volvamos a la normalidad todos habremos de reflexionar sobre esta experiencia que ha dejado al descubierto muchas de las graves carencias de nuestro sistema educativo, que no son de ahora, y que quizás antes no hemos querido o sabido verlas.
Permitidme que en esta ocasión apele al optimismo y me detenga en el trabajo desarrollado por los buenos docentes.
He seguido detenidamente la docencia a distancia. He sabido de las dificultades para conectar con todos los alumnos: hogares sin ordenador, sin recursos telemáticos y, en casos extremos, hogares con un solo móvil y datos limitados, utilizado solo para comunicarse por whatsapp o mirar una cuenta de Instagram. Ni siquiera un correo electrónico. Situaciones variopintas abordadas con gran dificultad por los docentes. Y en zonas rurales y desfavorecidas, mayor brecha digital.
Una maestra de Cuevas del Campo, Tania, me hablaba de estas dificultades, de llevar días intentando contactar con dos alumnos y su empeño profesional por ‘que no se quedaran atrás’. Tras muchos intentos consiguió hablar con las familias por teléfono. Se trataba de dos alumnos con necesidades educativas especiales.
Los docentes han hecho un trabajo encomiable, a pesar de la gran limitación de medios. Más allá de la necesidad de resolver la brecha digital, la docencia a distancia ha demostrado otra cosa: la escuela y la educación presencial son imprescindibles. Las desigualdades se compensan mejor en la escuela física que en la escuela virtual. Por eso me molesta que se hable de 'aulas hueveras'. Que algunos docentes conviertan sus clases en espacios de aburrimiento no significa que todas lo sean. He visitado cientos de aulas en años y he visto espacios dinámicos, motivadores, ambientes de interrelación, cooperativos, de empatía. Y también docentes que convierten sus clases en entornos de aprendizaje, no solo de contenidos, también de relaciones humanas, de miradas cómplices, de gestos amables, de sonrisas afables. La escuela, más que ningún otro entorno social, es un espacio de compensación de desigualdades. No se nos olvide.
Ser maestro en la sociedad actual sigue teniendo valor. Los sanitarios han cuidado de nuestra salud atacada por el coronavirus, pero los docentes han cuidado del intelecto y las emociones de millones de niños y jóvenes. Lo decía Isabel, maestra del colegio de Ugíjar: “Ni dispositivos digitales, ni libros de texto... los respiradores educativos son los docentes, que guían, asesoran, acompañan, adaptan, compensan y velan, porque saben qué y cómo lo que cada uno de sus alumnos y alumnas necesitan”.
Recuerdo a mis maestros: don Francisco, don Esteban, don Antonio, y la huella que dejaron en mí. Los maestros son todavía faros a los que mirar en caso de que nos arrastre la deriva. Los tiempos han cambiado y, aunque parezca que ya no iluminan lo mismo, que están tocados por un desprestigio grosero y el escaso reconocimiento que invade tantos espacios profesionales en estos tiempos de posmodernidad, mi conocimiento me impele a creer en ellos. Mi nieta me habla muy bien de una maestra que le gusta mucho. Alguna luz recibirá de ella para que le guste. Si en estos días de difícil desempeño de la actividad escolar el alumnado no los hubiera tenido cerca, el embravecido mar de la vida tal vez se los hubiera tragado.
Dejémoslos que sigan iluminando, no les apaguemos su luz con el descreimiento. Ni les burocraticemos tanto su trabajo, ni los distraigamos con cantos de sirena y cambios que anuncian un maná educativo que luego queda en nada. No les restemos tiempo ni energías que deban emplear en la atención de sus estudiantes. Creamos en ellos, ellos han creído en sus alumnos.
*Artículo publicado en Ideal, 31/05/2020