lunes, 3 de septiembre de 2012

¿ESTÁ FRACASANDO LA POLÍTICA?*

Recuerdo que cuando leía El desajuste del mundo Amin Maalouf hablaba de la incertidumbre que caracteriza a nuestra época. Me sorprendió que utilizara esta apreciación como si fuera algo exclusivo de nuestro tiempo, cuando las incertidumbres en la Historia no han tenido pausa. Siempre ha habido un tiempo para la incertidumbre en cada hombre del pasado. No sabría si secundar ese adagio que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero uno tiene la impresión de que en un tiempo no muy pretérito la política sí fue más protagonista en nuestras vidas que lo está siendo ahora.


Hace tres años (septiembre de 2009), con la crisis económica ya declarada, el G-20 se reunió en la cumbre de Pittsburg (EEUU), entonces se despertó una efímera ilusión ante la posibilidad de inaugurar una nueva era en la política mundial ante la hecatombe que habían provocado algunos desaprensivos poderes financieros. Fue un buen momento, y una excelente excusa si no fuera por esa execrable confusión entre intereses políticos y económicos, para que el poder político hubiera metido en cintura a un poder económico y financiero que había llevado al mundo a la debacle. Pero la profunda decepción no se hizo esperar a medida que se desvelaba la banalidad de tan inocente ilusión. En la declaración final de la cumbre los países reconocieron que ante la situación no había que caer en la “complacencia”, sino que había que avanzar en las reformas necesarias para lograr “un crecimiento sostenido y equilibrado”. “Queremos crecimiento sin ciclos extremos y mercados que fomenten la responsabilidad, no la temeridad”, dijeron los mandatarios. Después hemos asistido a la coacción del poder económico hacia el político: dictados de la troika económica, ajustes económicos que perjudican sólo al ciudadano, o el esperpento más deplorable: la imposición a los pueblos griego e italiano de dos jefes de Estado lejos de cualquier proceso democrático.

¿Cuál ha sido el papel de la política en estos últimos años? La impresión es que se ha dejado comer el poco terreno que tenía por poderes económicos que han determinado el rumbo de las políticas de los países, haciendo buena la rebelión de los privilegiados, que argumentara Christopher Lasch en La rebelión de las élites, y la aparición de una preocupante amenaza de las élites contra la democracia como sistema político. ¿Cómo podríamos explicarles a nuestros jóvenes, en su mayoría en paro o mirando a países extranjeros para buscar un empleo, eso de la relevancia de la política como instrumento de cambio y mejora de la sociedad? Probablemente resulte complicado a la vista de lo que ellos mismos pueden observar. No sólo están viendo el desaliento de sus mayores, sino que sufren en su fuero interno cómo se frustran sus ilusiones y cómo se deshacen sus proyectos vitales de futuro. Asistimos a un tiempo en que nos ocurre algo parecido a lo que una vez dijo Mario Benedetti: cuando ya creemos tener todas las respuestas nos cambian las preguntas. Así es lamentable observar cómo en nuestro país los índices de desigualdad social se han incrementado convirtiéndose en uno de los mayores de la Unión Europea más desarrollada; o que la crisis económica está siendo aprovechada por las élites y los poderes económicos para modular el discurso ideológico a favor de las restricciones en economía y en perjuicio de la propia cultura democrática. Y entretanto cualquiera de los relatos que provienen de la política suelen carecer de la credibilidad deseada, cuando no quedar obsoletos al instante, y facilitar la difusión del abatimiento entre la ciudadanía.

Si tuviésemos que encontrar el momento en que se inicia ese fracaso de la política, todo debió empezar cuando se le dio de lado como instrumento para la acción y se alardeó que determinados proyectos sociales los podían hacer tanto la derecha como la izquierda, o las personas formadas como las mediocres, como si la ideología y la preparación ya no fuesen importantes para hacer política. Fue un tiempo en que las administraciones públicas estaban engolfadas en la efímera opulencia que nos invadió en los inicios del siglo XXI, y los que gobernaban se olvidaron de la política porque pensaban que no les hacía falta para prosperar. Hicieron lo mismo que el inmaduro (o irresponsable) niño que sólo tiene conciencia de lo inmediato. Era un tiempo en que si alguien se quedaba perplejo ante la inaudita y creciente burbuja inmobiliaria era como si nadara contracorriente, porque la marea especulativa que llenaba las arcas de las administraciones era considerada buena, aconsejable e irrefutable. A ver quién se atrevía a criticar a la gallina de los huevos de oro.

No hay política sin ideales y principios, y lamentablemente estos viven tiempos de suma fragilidad y devaluación. Se ha extendido la idea de que todos los partidos son iguales y que lo mismo da unos que otros a la hora de gobernar. Es el discurso de la derrota y el de quienes les interesa apartar a la ciudadanía de la política, para dejarla sólo al albur de la codicia. Se abandona la política cuando se abandonan los ideales, y se abandona la política cuando se incumple un programa electoral que votaron los ciudadanos. Hacer política es darle a la ciudadanía la oportunidad de pronunciarse cuando no podemos aplicar nuestro programa electoral o cuando las circunstancias nos obligan a tomar decisiones que están fuera de nuestros postulados ideológicos. No se hace política cuando un gobierno sigue consignas de otros poderes ajenos a la democracia en contra de sus ciudadanos.

Ahora se pregunta uno qué nos hemos dejado por el camino en estos años, dónde estuvo nuestra equivocación y en qué momento pudimos sentar las bases para hacer de este país el país consolidado política, económica y moralmente que no hicimos. ¿Nos fallaron los políticos, se impuso nuestra codicia, nos falló la educación, o acaso nos equivocamos todos?

*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 2/09/2012.