jueves, 25 de octubre de 2012

CRISIS QUE SE LLEVA VIDAS

Se cuenta que cuando estalló el crack del 29 se produjeron una serie de suicidios en cadena, gentes que se lanzaban al vacío desde puentes y edificios. Es la otra historia personal que se cuenta menos, o como parte del anecdotario. La de la gente que, aun padeciendo los acontecimientos de su tiempo reflejados en sesudos análisis en los libros de historia económica, no suele contarse salvo cuando al estudio histórico le damos mayor dimensión y abarca al ‘hombre’, a ese que definiera Lucien Febvre como el verdadero objeto de la Historia. Después de la caída de la bolsa, aquel fatídico martes de octubre, vinieron los años de la Gran Depresión. La precariedad se extendió por EEUU y por Europa, y se produjo el aumento de parados, las colas interminables para obtener productos de primera necesidad o la ruina de millones de personas que perdieron sus bienes, sus viviendas y en muchos casos hasta su vida. Era ese ‘hombre’ de Febvre el que sufría la escasez de productos, las consecuencias de la recesión de la economía, la falta de trabajo. Probablemente hubo cosas inevitables, pero no cabe duda que otras muchas sí se podrían haber evitado a poco que la codicia y la avaricia se hubiesen sujetado un poco.

Hace unos meses en Atenas un pensionista se pegaba un tiro ante la deriva en que entraba su vida, falto de recursos y socavada su dignidad como ser humano, después de toda una vida de esfuerzo y trabajo. En el día de hoy en Granada un hombre se ha ahorcado (así debería ser su grado de desesperación) unas horas antes de ser desahuciado por no poder afrontar la hipoteca que había contratado. No son los únicos, pero nos sirven como ejemplo para comprender hasta donde llegan los efectos perversos y dramáticos de la crisis económica para mucha gente. A los que los gobiernos tienen la obligación de encontrar soluciones, pero cuya cobardía política ha sido incapaz de poner remedio. En los años de gobierno socialista Zapatero fue incapaz de abordar el problema de las personas que no pueden pagar su hipoteca, y no apostó por la dación en pago, algo habitual en otros países de nuestro entorno desarrollado. Ahora el gobierno popular de Rajoy, ante el vendaval de desahucios que aumentan a medida que la crisis sigue masacrando a la población, tampoco está afrontado con valentía esta tragedia que sufren cientos de miles de personas. No haber acabado antes, y no hacerlo ahora, con una canallada de estas dimensiones, donde parece que lo único importante es preservar la cuenta de resultados de los bancos, es algo incomprensible.

Los desahucios en España están suponiendo un drama que está alterando el equilibrio de la sociedad. Vivimos en una sociedad que, además de injusta, ha visto como en los años de ilusa abundancia parecía premiarse la avaricia y la insolidaridad. La crisis ha venido a disipar el absurdo espejismo de aquella abundancia sin límites en que nos habíamos instalado. Ahora las tasas de pobreza se elevan de manera estrepitosa y la población sufre consecuencias indignas y lacerantes. Pero detrás de esta muerte ocurrida en Granada se encuentra también la codicia de muchos ejecutivos del sistema financiero que por su nefasta gestión acabaron arruinando los bancos y las cajas de ahorro en las que estaban al frente, en muchas ocasiones no por méritos propios sino por vergonzosas designaciones políticas de amiguismo y nepotismo.

De vez en cuando transito por las calles donde este vecino ha tenido tan trágico final. Son las calles de un barrio granadino, La Chana, donde viven miles de familias humildes, y sus hijos son los alumnos de los colegios que se reparten por la zona y que iban a comprar a la papelería de José Miguel Domingo. ¿A qué argumentos podremos recurrir ahora para explicar a estos niños lo que ha sucedido?

2 comentarios:

juan dijo...

Cerca de donde vivo se desahució hace unos meses a una familia. Todavía tengo marcado aquel mal recuerdo. Estas cosas deberían solucionarse de otra manera.
Un saludo.

Antonio dijo...

Juan, pasar por una experiencia de este tipo debe ser algo tremendo y traumático. Las soluciones están en manos de políticos que se comprometan con los que los eligen: los ciudadanos.
Saludos