jueves, 17 de enero de 2013

BIBLIOTECAS, TEMPLOS DE LA CULTURA

El despertar a la cultura es un momento mágico en nuestras vidas. Cada cual tenemos nuestro momento, que suele estar ligado a un lugar, a un libro, a una película o a un acontecimiento que nos abrió los ojos a esta otra dimensión menos cotidiana, pero más íntima, más imbricada en nosotros mismos. El mío estuvo próximo a aquellas películas de barrio (en mi caso de pueblo) del oeste o de romanos, y a los tebeos, antes que a los libros que llegarían después. En los años de mi infancia, en mi pueblo, sólo disponíamos de una escuela mal equipada y de un cine, que proyectaba películas los domingos y algunos jueves. No había ninguna biblioteca pública. Con tal escasez de medios era un mérito pensar en la cultura o en el estudio como parte del desarrollo personal de cada uno. Desaparecidos ahora los cines en la mayoría de los pueblos, al menos las escuelas sí están mejor equipadas con bibliotecas escolares y, afortunadamente, es habitual encontrar una biblioteca pública en cada pueblo. Cualquiera de estas bibliotecas es una oportunidad para que la cultura esté más cerca de los jóvenes, aunque muchas veces haya que luchar con los innumerables estímulos que en formatos de ‘productos culturales enlatados’ o de ‘consumo de ocio a granel’ atraen con poderosa fuerza su atención. Por eso es menos comprensible una decisión política que cierre una biblioteca, como ocurrió hace ya más de un año en Granada con la biblioteca municipal de la plaza de las Palomas, en el barrio del Zaidín. Cerrar una biblioteca es como asestar una puñalada mortal a la cultura, allí donde se produzca, es finiquitar con una de las más nobles oportunidades de acceso a la cultura para jóvenes y mayores.

Como una biblioteca, quizá no exista otro espacio donde la cultura esté presente en toda su extensión. La biblioteca representa la fortaleza mental de un pueblo, el espacio para interpelar con uno mismo y con la humanidad entera, el lugar donde la persona se mide consigo misma porque ahí están presentes todas las dimensiones del ser humano. Su lugar físico puede ser lo de menos, lo más importante es el lugar que sea capaz de ocupar en nuestra mente, en nosotros mismos. No sé si llegará a ser el paraíso, como imaginó Borges, pero sí es verdad que es el lugar donde uno es capaz de encontrarse a sí mismo, sin duda la mejor manera de estar en el paraíso.

El martes pasado celebré un encuentro con un grupo de lectores de La renta del dolor, dentro de la tertulia literaria que se organiza en la Biblioteca Municipal de La Chana (Granada). El interés mostrado por los asistentes propició un ambiente literario participativo de los que realmente magnifican la creación literaria. Algunas intervenciones alcanzaron un extraordinario nivel en las apreciaciones sobre los personajes y los valores literarios contenidos en la novela. Vivimos y sentimos con Matilde Santos, con Eduardo el maestrito, con Toño el herrero, con sus vidas que se separaron y volvieron a encontrarse; y también con la ciudad de Granada. Fue ese momento en donde la novela estuvo tan compartida que dejó de ser la obra de un autor para hacerse una obra de todos.