lunes, 25 de marzo de 2013

RECONOCER LA CORRUPCIÓN

El joven Byron, en el transcurso de su conversación con el reverendo Hightower, en esa excelente obra de William Faulkner, Luz de agosto, cavilaba sobre que “un hombre teme más a lo que pueda sobrevenirle que a los sufrimientos que ya ha padecido”, algo así como si no quisiera arriesgarse a un cambio que puede ser de consecuencias imprevisibles. Existe un miedo congénito en los humanos a reconocer una acción impúdica o la participación en un juego sucio. Si bien, en unos más que en otros, más en los sinvergüenzas que en los honrados. Se trata, en definitiva, de preservar nuestra reputación a toda costa y, de camino, huir de las consecuencias desagradables.

La asunción de la culpa nos genera incertidumbre. Asumirla es un acto noble, pero vivimos en una sociedad que en muchos de sus extremos nos enseña lo contrario: valora la pillería, la holgazanería y la picaresca. No asumir la culpa viene motivado casi siempre por un intento de ocultar algo inconfesable, evitar un castigo, o la vergüenza pública, la pérdida de posición o de prebendas. Tememos a las consecuencias de un acto que sabemos infame.

A los partidos políticos les cuesta reconocer que hay corrupción en su seno. Estamos asediados por informaciones que hablan profusamente de corrupción en instituciones, partidos políticos, personajes públicos… Y en ningún caso hemos sabido, hasta ahora, la verdad de lo que ocurre por boca de los que la practican o la conocen. Todo es callar, desmentir, buscar culpables en el contrario, desviar la atención, engañar a la opinión pública. El Partido Popular lleva tiempo hundiéndose en las arenas movedizas de la trama Gürtel, del caso Bárcenas, o de los dos al tiempo, porque parecen hermanos de padre y de madre. Al partido socialista en Andalucía le ha salido un tumor con el caso de los ERE, y nos encontramos en la fase de indagar si se trata del aprovechamiento institucional de un grupo de espabilados o el asunto tiene más calado. El caso Urdangarín cada día desvela cosas más inusitadas en el cobro de comisiones. En Cataluña algo no funciona bien con CiU y los Pujol. Y así una larga lista de casos de menor calado, pero no por eso menos indecentes.

En política cuesta una enormidad reconocer una desliz, la existencia de un problema o una actuación errónea. Es ese lado oscuro de ella donde el ejercicio de la política deja de ser algo noble. Y es que existe demasiado miedo a las consecuencias para los que tienen que decir la verdad. Mantener un cargo, o una posición política, está para ellos por encima de la verdad, del noble ejercicio de la honradez, de trabajar por una sociedad con más calado ético. Sabemos que nadie quiere echarse tierra encima, y es hasta lógico, pero es lamentable que algunos sólo pongan su empeño en procurar que se pierdan la pala y la tierra para quedar indemnes y limpios. Salvar el culo es lo único que les preocupa. La verdad les queda demasiado lejos.