lunes, 1 de abril de 2013

DOCENTES, ¿ILUSIONES PERDIDAS?

Hay recuerdos de mis años de instituto que se asoman de vez en cuando. Uno de ellos está vinculado a la historia de Macedonia y a Alejandro Magno. En un ejercicio de Lengua se nos pedía escribir algunas frases utilizando determinadas palabras. Debía ser segundo o tercero de bachillerato, cuando el bachillerato se componía de seis años. En ese tiempo habíamos estudiado un tema relacionado con la Grecia clásica. Quise hacer una especie de alarde de aplicación de conceptos estudiados, y en una de las frases utilicé el nombre del padre de Alejandro, Filipo II de Macedonia, pero sin esta localización. Recuerdo que cuando el profesor me entregó el examen corregido me había rectificado el nombre de Filipo II, sobreponiendo en rojo el de Felipe II. Me quedé sorprendido, con la sombría extrañeza del niño que descubre un error en su maestro. Por supuesto no le hice referencia alguna. Me callé. Me dominó un silencio contenido, temeroso de que mi observación descubriera su ignorancia y dejara en evidencia al profesor. No me atreví a hacerle saber que no se trataba del hijo del emperador Carlos I, sino del padre de Alejandro Magno.

Aquel profesor de Lengua y Literatura acostumbraba a leernos textos, fragmentos de novelas, sonetos, romances… Era como si pusiera en práctica la técnica del modelado como estrategia metodológica. Su manera de leer, la entonación, la sonoridad de su voz, el sentido que alcanzaban sus palabras al escucharlas, nos despertaba el deseo (al menos a mí) de querer seguir con la lectura, de leer a ese autor, su obra, de leer por uno mismo ese poema, esa obra. A mí, aquel profesor, me despertó un interés inusitado por la literatura, por las obras de los autores que nos leía, por la lectura como medio para disfrutar de la literatura. Percibía en él ilusión porque aprendiéramos, por aproximarnos la literatura hasta que calara en nuestra piel, en nuestros espíritus, por hacernos fervientes amantes de la lectura, y por acercarnos al conocimiento de la lengua. Nunca se me ocurrió, aunque muchas veces me acordé en los diferentes cursos en que nos dio clase, de decirle que en un examen él me había corregido equivocadamente el nombre de Filipo II, creyendo que me refería al monarca español de la dinastía de los Austrias. Valoré mucho más todo lo que él me había enseñado y todo lo que me había transmitido. Ahora recuerdo bien que toda su pedagogía estaba envuelta en una ilusión por dar clase y enseñar a sus alumnos.

Diez o quince años después de aquello llegaron los años ochenta cargados de democracia y de la ilusión por una renovada educación. El grueso del magisterio de aquellos años ocupa hoy la cúpula de la docencia. Muchos, incluso, se están jubilando, aprovechado la posibilidad de hacerlo anticipadamente a los sesenta años. Este colectivo de docentes fueron en aquel tiempo los que construyeron esa pedagogía de la renovación que apostaba porque los alumnos aprendieran, poniéndoles a su alcance herramientas innovadoras y variadas, pero sin perder de vista el objetivo del conocimiento. La mayoría de ellos vivieron cada día experiencias ilusionantes en la escuela. Toda aquella renovación pedagógica se justificaba como un gesto de ruptura con la escuela anterior.

Han pasado treinta años, y ahora tengo la impresión de que aquellos maestros y profesores que con tanta ilusión se prodigaron en los años ochenta (y hasta en los noventa) están viviendo en estos últimos tiempos una etapa profesional dominada por el desencanto. Su trabajo se ha hecho rutinario, más funcionarial, con tintes más administrativos. Algo que se aprecia también en las generaciones jóvenes de docentes que se han incorporado a la escuela. Aquellos maestros de la renovación se les ve ahora desalentados con la educación actual, algunos manifiestan su descontento con el rumbo que ha adquirido la educación, lejos de la ilusión pedagógica de su tiempo, inmersos en una escuela sometida a un modelo de gestión empresarial, asumido políticamente. Si tuviéramos que encontrar una explicación de esta deriva quizá esté en que nunca se sintieron protagonistas del cambio educativo que se inició a principios de la década de los noventa. Desde la Administración no se contó con ellos para liderarlo, ni nunca se sintieron parte del nuevo proyecto educativo, ni han asumido como suyos los continuos y erráticos cambios habidos, a veces sin sentido.

Ahora pienso que aquellos docentes de los ochenta podrían haber dejado una excelente herencia para las nuevas generaciones de maestros, de profesores de instituto, pero me temo que eso no ha ocurrido, ni está ocurriendo. Las ilusiones se han desvanecido tanto que es difícil agrupar las mínimas existentes para afianzar y fortalecer una educación que parece tambalearse. ¡Qué pobre herencia hemos recogido de aquella renovación pedagógica de los ochenta, y qué poco ha repercutido en nuestra escuela de ahora!