martes, 21 de mayo de 2013

LUZ DE AGOSTO

No sé si nuestro tiempo se parecerá más o menos al que refleja William Faulkner en su novela Luz de agosto, que escribiera en 1931-32. Pero tengo la ligera sospecha que existen demasiadas similitudes que hacen pensar en una semejanza todavía desmedida.

Faulkner nos habla en esta obra de una tierra difícil y salvaje, donde existen el fanatismo religioso, los prejuicios raciales, las actitudes despóticas, la intransigencia, esa que facilita una existencia imbuida en la soledad, la desconfianza, el miedo, el embrutecimiento. A esta tierra es la que viene el hijo de Lena Grove, acaso para su desgracia, y que ni siquiera su nacimiento parece alumbrar un reflejo de esperanza en la piel coriácea de esa sociedad encanallada. Algunos personajes se debaten entre el fanatismo religioso, que se afanan en imponer a los demás, y las estrictas normas de existencia para materializarlo, en una lucha perversa que busca la represión del sexo bajo el prisma de un puritanismo exacerbado en las costumbres. Mujeres, hombres, blancos, negros, a todos les rozan alguna de las múltiples ramas plagadas de espinas que dan forma a la intransigencia, al desprecio, al odio, a la desconsideración, a la locura… A todos, sin exclusión, les repercute para su desgracia.

El mundo de nuestros días sigue teniendo mucho de faulkneriano. Vivimos un rebrote del fanatismo religioso que diezma conciencias y vidas, que aparta a los que no siguen las confesiones y los dogmas. Convivimos con la intransigencia en política, que ataca con saña las ideas contrarias, que busca la destrucción del pensamiento del otro. Nos rodea la insolidaridad en la economía entre clases y sociedades, entre individuos y países, entre élites y el común de los ciudadanos. Extremismos, radicalismos, posturas intransigentes, todo está presente.

La lectura de esta novela me ha hecho pensar en todo esto que me abomina. Pero también me ha hecho pensar que, afortunadamente, en nuestra sociedad hay una respuesta ciudadana para combatir injusticias e indecencias. Se están movilizando muchas fuerzas sociales para dar respuesta solidaria a los problemas de la gente: a los desahucios, a los engaños de los bancos, a la precariedad en que viven miles de familias, a la raquítica democracia existente. Una respuesta más fuerte y sincera que la que proviene de los que ejercen la obligación de darla: los representantes políticos.

Vargas Llosa escribía no hace tanto, en un artículo al respecto de esta novela (extraña coincidencia mientras yo la leía), que la literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla, añadiéndole aquello que en la vida vivida sólo se experimenta gracias al sueño, los deseos y a la fantasía. Y es así que los sueños, los deseos y la fantasía de la gente es la luz que nos está iluminando el oscuro panorama. Es lo que está haciendo cambiar las cosas que afean la vida en la sociedad, los vicios y las desvergüenzas que nos han traído a esta situación. Se está abriendo una ventana a otra manera de ver el mundo, a un cambio en la manera de hacer política, a otra forma de entender la democracia.

La única duda que me queda es: cuando volvamos a una situación de menos privaciones económicas, ¿se volverá a los viejos vicios?, ¿habremos aprendido algo?