lunes, 7 de septiembre de 2015

ESA ESPAÑA ENFERMA. El DEBATE AUSENTE*

Hay realidades históricas que complacen por su contribución a la humanidad, otras son esperanzadoras porque ponen remedio a males y calamidades, mientras algunas te sumergen en el desencanto y la desesperación. La de nuestro tiempo me hace sentir la angustia y el desasosiego que nunca abandonó la obra de Saramago al hablarnos de los vientos que zarandean tiempos tan inhóspitos. España ha caído en una dolencia de difícil cura. En la ‘Crisis del 98’ España, como dijo Laín Entralgo, se convirtió en el problema, y un hondo desasosiego se adueñó de la sociedad de inicio del siglo XX. Los intelectuales (Ganivet, Costa, Unamuno, Baroja, Machado…) dieron un paso al frente y dejaron correr la preocupación en sus escritos: el regeneracionismo fue su seña de identidad. En el análisis diferenciaron la España real, empobrecida, y la España oficial, plagada de falsedad, apariencia e impostura, y ante ello asumieron una actitud crítica y pesimista.

Hoy España ha dejado de ser ese país que se levantó con fuerza y entusiasmo de una dictadura y se ha convertido en una especie de sainete donde se representan sin ninguna dignidad pobres papeles de costumbrismo exasperante. Se ha adueñado de ella la jocosa impertinencia de la mediocridad, el desencanto de un tiempo que hace confundir realidades para imponer consignas. Ya no hay entusiasmo, hay tristeza, vulgaridad, no poca frivolidad, y una predilección por lo fútil e insustancial. Del compromiso hemos pasado a la pusilanimidad degradante, a convertirnos en seres fácilmente manipulables, incluso sin necesidad de sutilezas. Del imperativo moral categórico kantiano nos hemos instalado en el lado más oscuro de aquella España de la picaresca y la pillería que se imbricó en los genes de lo español en el siglo XVII. Sirva esto, acaso, para buscar una brizna de ese origen del “ser español” en el que se enzarzaron hace sesenta años, o más, Ortega y Gasset, Madariaga, Américo Castro o Sánchez Albornoz. Tiempos en los que se accionó de nuevo otro debate sobre España.

En España hemos cometido demasiados pecados inconfesables, tantos que ya es imposible sostener las máscaras con las que pretendemos cubrir el rostro que delata la ignominia; tantos que las alfombras que revisten el suelo de muchos despachos chascan al paso de nuestros zapatos un ruido tan desagradable como fangoso. En España inoculamos hace mucho tiempo en el ADN de los jóvenes actitudes de excesiva relajación, de dinero fácil, de que es más rentable trabajar en cualquier cosa (aunque no se tenga cualificación) que formarse y seguir estudiando, que la diversión sin límites es un modo de vida y no un aliciente coyuntural, que el respeto entre personas es una costumbre trasnochada.

En España se han llevado a cabo acciones públicas y privadas carentes de ética, en las que la moral pública no contaba. En política vale todo para conseguir votos, incluso inventarse relatos perniciosos sobre el contrario. Se ha faltado al respecto, se han pergeñado mentiras, y como altavoz y difusor de todo ello un sector de la prensa ha sido el mejor aliado; una prensa subsidiada por subvenciones públicas o privadas, de modo directo o a través de la publicidad, sumisa para entrar en el juego sucio de la tergiversación y la mentira, de la manipulación informativa y el desempeño deshonroso de la profesión periodística. Lo cual no deja de ser otro profundo mal en una sociedad democrática.

Esta es la España enferma que nos ha llevado a un estado de podredumbre y enquistamiento social, socavando la moralidad del país. Ya no sabemos si en el tiempo que vivimos los políticos son el reflejo de la sociedad o si la sociedad es el reflejo de la política practicada. Afirmar lo primero nos induciría a pensar en una sociedad que enarbola la bandera de la corrupción y que posee una quebradiza ética y moral públicas, haciendo de sus políticos meros trasuntos del cuerpo social. Si nos inclináramos por la segunda premisa, a los ciudadanos habría que considerarlos como marionetas sin personalidad, muy próximos al concepto ‘ortegasiano’ de masa. En cualquier caso, es una disyuntiva difícil de aclarar, quizá porque ambas direcciones se retroalimentan.

La enfermedad de España no es solo el dinero que se ha ganado entre la golfería y la corrupción, que también, la enfermedad de España ha sido la desfachatez y la inmoralidad en el modo de proceder: con total impunidad y desvergüenza, sin que nadie haya bajado la cabeza para reconocer su culpa, ni siquiera cuando ha sido pillado en su fechoría. La enfermedad de España es la de prácticas de ambición desmedida que vemos en algunos imputados, o la avaricia de sueldos que rayan la obscenidad en cajas de ahorros o bancos o empresas públicas, en el dinero público despilfarrado y del que nadie ha respondido, en las comisiones ilegales que favorecían chanchullos urbanísticos y empresariales; o las conexiones entre el poder político y el económico, entre parte de la judicatura y el poder político, en la retirada de jueces de la carrera judicial por enfrentarse al poder económico, entre políticos que han usado su posición como plataforma de enriquecimiento y en la financiación ilegal de partidos.

Necesitemos otro debate sobre España, más allá de nacionalismos, afectados también por la corrupción y la inmoralidad. Lo necesitamos para atajar los males de un país que se ha resquebrajado éticamente, que ha sido sacudido por la degradación, y que ni siquiera el impulso educativo y la transmisión de valores a las generaciones jóvenes ha servido de mucho en estos años de democracia, acaso porque la educación tiene frente a sí al enemigo más potente que puede tener: el mal ejemplo de la sociedad. Quizá tengamos que concluir como Azaña y su pesimista pensamiento, cuando dijo en La velada de Benicarló que los males de España sólo eran atribuibles a los españoles.

*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 5//9/2015