sábado, 7 de noviembre de 2015

UNA PARADA EN EL MUSEO DEL PRADO

Estos días los medios de comunicación nos han mostrado imágenes de la lapidación por los talibán de una mujer en Afganistán por mantener relaciones sexuales con su novio, como también las hubo antes. La crueldad inmensa de esta barbarie no se justifica con ninguna ley humana ni divina. Imagino el rostro de los que lanzaban las piedras, asaltado por la ira y el cumplimiento de un deber amasado en la aberración, e imagino el que exhibirían los que contemplaban la bellaca acción, insidioso y rutinario, atravesado por la indolencia ante el dolor ajeno. Y recuerdo las caras que concitaron mi atención una mañana del último domingo en el museo del Prado al contemplar el cuadro de José de Ribera, Martirio de san Felipe, cuando poco antes había paseado por el paseo del Prado y los madrileños disfrutaban de este espacio público cerrado al tráfico. Anduve viendo cómo un numeroso grupo de personas formaban un círculo sobre el asfalto, con los esterillos extendidos en el negro suelo, para practicar ejercicios de gimnasia y relajación, y cómo otros se expresaban a través de la música, la pintura o la palabra.

Llegué al museo con el deseo de aspirar la serenidad del arte y hacer fluir el diálogo con tantas obras cargadas de expresividad. Cuando estás inmerso en un proceso creativo necesitas acudir a todas otras formas de expresión, bien sea la palabra escrita, la palabra hablada o la plasticidad en el arte o en el cine, es como si se pretendiera buscar aliados que se conviertan en tus cómplices en una tarea en la que surgen tantas vacilaciones.

Disponía de poco tiempo, y tras recrearme en las ‘venus’ de Tiziano, pasé a la pintura barroca, preferentemente española, aunque no pude abstraerme de Rubens, está todo tan próximo en el andar… Pronto me encontré con José de Ribera y su Martirio de san Felipe, y ante él me detuve casi inconscientemente, me senté en el banco que centra la sala con mayoría de obras de Ribera. A este pintor del siglo XVII lo apodaron los italianos el ‘Spagnoletto’, había acudido hasta Italia tras las huellas de Caravaggio, y allí elaboró casi toda su obra pictórica. Y me fijé en el martirio al que sometieron a san Felipe, seguramente porque desde hace tiempo tengo soliviantada la vena sensible contra la crueldad a que somete el hombre al propio hombre, a la crueldad física, ideológica o moral a que nos sometemos en las relaciones humanas.

Así, de este modo, estaba sentado aquella mañana del último domingo en el museo del Prado, contemplando un acto de crueldad.

Y miro y solo veo tipos vulgares que escenifican el pasaje de un martirio religioso. Y me vienen a la memoria los clichés con que me fue explicado este cuadro en la facultad: una lectura iconográfica con tintes descriptivos sobre el drama, pero ahora se me antojan que han dejado de ser válidos. Tras más de treinta y cinco años el cuadro que entonces me impresionara, como si fuera uno de aquellos analfabetos y desarrapados para los que fue concebido en la sociedad empobrecida, sometida a la religión y supersticiosa del siglo XVII, ahora ya solo representa para mí una escena artificialmente compuesta: solo veo a un grupo de personajes que asisten forzados a un espectáculo que ni les va ni les viene, mostrando una actitud de apatía, donde sus mentes y sus miradas casi escapan a lo que sucede ante ellos, como si aquello fuera parte de una representación teatral aburrida en la que juegan el papel de meros figurantes, mientras su pensamiento vuela hacia preocupaciones cotidianas y solo están a la espera de que el martirio pase pronto. Ni siquiera los esforzados que alzan el largo y pesado cuerpo del martirizado parecen mostrar en sus rostros el esfuerzo que la tarea les demanda. Es como si para ellos fuera ya una costumbre, una rutina, como debe ser la violencia para los talibanes, o la de los islamistas del ISIS, o la de los sicarios de Ciudad Juárez y Sinaloa, o la muerte de miles de ahogados en el Mediterráneo.

Esa impasibilidad ante la tragedia humana que se advierte en los rostros de los congregados al ceremonioso martirio, ante la violencia ejercida contra seres humanos indefensos, es la que me hace entender lo poco que hemos evolucionado los que ahora también miramos el horror que se ejerce en nuestro mundo. La muerte de seres humanos para tantos asesinos parece algo normal, pero lo que me provoca repulsa es que también lo sea para nosotros.