lunes, 3 de octubre de 2016

EL FUTURO QUE VIENE

Hace unos días fui invitado a impartir una conferencia a alumnos de segundo de Bachillerato con motivo de la inauguración del curso escolar. La titulé: “El futuro que viene. Claves para entender estos tiempos convulsos”. Ante mí se congregaron más de un centenar de alumnos con caras rebosantes de juventud y de futuro. Al verlos tan de cerca me dije que cómo se me había ocurrido pensar en un tema así —me habían dado a elegir la temática— y hablarles del futuro que viene, cuando precisamente es lo que les sobra a ellos.
Para empezar les cité lo que había escrito Amin Maalouf, en su obra El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan, sobre que el siglo XXI debería ser el siglo de la cultura y la educación, ya que el siglo XX habiéndolo pretendido no llegó a serlo. Y que la cultura y la educación son las que nos pueden ayudar a afrontar ese futuro desde el conocimiento y el respeto hacia los demás, cuestionando la propaganda que nos manipula y enfrentándonos al poder.
El temor —proseguí— es que nos ofrezcan un futuro ya hecho o, lo peor, impuesto, en el que nosotros no tengamos la posibilidad de participar. Y que ese era parte del peligro de los tiempos que corren: sucumbir a todos esos poderes que se han erigido en controladores de nuestras vidas y que están empeñados en construirnos el futuro.
No hay nada más triste que nos engañen y que nosotros nos dejemos engañar. Por eso les decía que evitaran dejarse embaucar con el futuro que viene contado por otros, pues conociendo el presente que nos rodea teníamos datos suficientes para saber cómo sería ese futuro. Que los mayores que allí estábamos (profesores, padres) teníamos la experiencia de que nos habían prometido tantos futuros que, cuando los hemos conocido, se nos ha derrumbado todo.
Les hablé también de la convulsión del mundo actual, de cómo hemos entrado con mal pie en el siglo XXI (atentados del 11-S, guerras en Afganistán o Irak, sempiterno conflicto de Oriente Próximo, terrorismo islamista, crisis económica traída por la voracidad del neoliberalismo), de cómo las sociedades actuales se tambalean fácilmente, de este mundo que sostiene las mayores tasas de pobreza de la historia (cuando probablemente como nunca tengamos los medios económicos y tecnológicos para erradicarla), de la destrucción galopante del medio ambiente (cambio climático incluido) y cómo, sin embargo, no éramos capaces de renunciar a nuestro de ritmo de vida y de consumo, que tanto acelera el agotamiento de los recursos planetarios.
Quizás me mostrara un poco catastrófista a tenor del auditorio que me escuchaba, luego lo pensé. Pero fui incapaz de silenciar un pensamiento: si las esperanzas con que acabamos el siglo XX no eran muy sólidas, la entrada en este nuevo siglo había resultado nefasta, hasta el punto que habían caído muchos de los grandes resortes morales que se habían intentado apuntalar en el siglo pasado. No faltó tampoco que les hablara de la brecha de la desigualdad en el mundo actual o de esas realidades sobre mundos a la medida (storytelling) que nos ofrecen con relatos enlatados.
A ellos, con todo el futuro por delante, quizás fuese un atrevimiento cuestionar el futuro de los tiempos que corren, y mostrar un panorama tan cargado de pesadumbre, pero los que tenemos alguna experiencia en la vida sentimos tanta desazón con lo que vemos, que inevitablemente tenemos la sensación de vivir en el engaño permanente que viene de la política, la publicidad, el marketing, los medios de comunicación… Y es que nuestro pesimismo hacia todo lo que vendrá se empañan otros en fortalecerlo día a día.
Al final terminé diciéndoles que el futuro no es algo que se construye solo y que el que les espera a ellos debe ser un futuro en el que tienen que ser protagonistas, que no dejen que nadie les construya el futuro que les pertenece. Al menos, les arrojé un rayo de esperanza.