lunes, 19 de diciembre de 2016

LA BAHÍA DE LA HERRADURA ESTABA SERENA


Estuve la semana pasada en La Herradura por cuestiones profesionales, pero dispuse de unos minutos para pisar la arena y mirar el mar y el cielo y esa línea recta que los unía en un prodigio de perfección en el horizonte.
Visité un instituto y me dejé atrapar por la energía que rebosaba en los chavales, y me interesé por su empeño en trabajar mejor en clase, y me dijeron que aprendían más y estudiaban mejor en aquel grupo reducido. Me alegré.
Salí y volví a pisar la arena. Mirando el horizonte, me serenaba.
Había llegado enrabietado. Hastiado de ver cómo la prensa moldea sus líneas editoriales para defender intereses ocultos, incluso dispuesta a defender ideas que han agotado la democracia en España y que ahora las presentan como que todo tiene que cambiar para que todo siga igual.
Había bajado a la costa harto de ver cómo la Justicia alarga y alarga procedimientos judiciales, da vueltas a las leyes, hasta hacerlas enrevesadas como circunloquios, y todo para que los poderosos que han esquilmado este país no entren en la cárcel.
Llegué aburrido de contemplar cómo en este país falta la vergüenza y la transparencia, la honestidad y la moralidad, el humanismo y la solidaridad. Cómo, si se puede, se difama a quien sea, a quien aún defendiendo intereses nobles pone en cuestión los que nos tocan a nosotros de cerca.
He visto cómo los partidos políticos (todos) se miran el ombligo nacional, independentista, despótico, irracional, infame, insensato, mugriento, grasiento, y no defienden los intereses y las necesidades de la ciudadanía. Cómo sus argumentos cambian al son del aire que más les conviene, a favor de intereses que son la mayor parte de las veces los de esa clase oligárquica y privilegiada que ostenta el poder orgánico.
Miro este horizonte donde se superponen la tierra, el agua y el aire, y me serena. Me alivia, me hace recogerme sobre mí mismo. En ese momento es lo único que deseo.
La bahía de La Herradura estaba serena esa mañana. Allí hubiera permanecido más tiempo, lo deseaba, para ganar libertad, para ganar las fuerzas necesarias para soportar tanta mezquindad, ignominia y crueldad en la que hemos convertido este planeta. Aunque fuera sólo para eso, y quizás volar hasta aquella línea recta tan perfecta acunado en el vaivén sereno que mostraban las olas esa mañana.