miércoles, 19 de agosto de 2026

EL ATENEO DE GRANADA Y LA LARGA TRAVESÍA EN UN TIEMPO OSCURO*


    Sirva este artículo como homenaje a todos los miembros del Ateneo de Granada de 1925 y, en especial, a Hermenegildo Lanz por ´prestarme' este boceto de decorado. El Ateneo fue duramente represaliado y se buscó su dest
rucción total, constituyendo otra de las acciones criminales llevadas a cabo tras el golpe de Estado del 36, cuyo objetivo no era otro que su desaparición y acabar con la renovación cultural que había impulsado. En 2009 el Ateneo resurge para continuar la obra de aquellos pioneros.


Madrugada del 18 de agosto del 36, el sol aún escondido, mientras manos asesinas escribían sentencias de muerte, lo arrastraron hasta un barranco entre Víznar y Alfacar, y apretaron el gatillo. Y así lo mataron, allí donde no brilla “el fresco y alto ornato de la vida”, “entre un pueblo hosco y duro”; como escribiera Luis Cernuda —A un poeta muerto—: “Por esto te mataron, porque eras / verdor en nuestra tierra árida / y azul en nuestro oscuro aire”. Como lo hicieron con tantos otros, pensando que exterminarían sus cantos, sus risas, sus ideas, queriendo ser la cal biocida que hace desaparecer todo rastro. Eso creían. Nunca un exterminio ha extinguido la memoria y la esperanza.

Se cumplen noventa años del inicio de una guerra incivil, grosera y canalla, promovida por una cuadrilla de miserables que poco les importó acabar con los sueños de la gente, embriagados cual asesinos por sueños perversos y pervertidos, los únicos que cabían en la estrechura de sus mentes y la angostura del mundo con el que soñaban imponer. Y al poeta lo sepultaron en la faz de la tierra, creyendo que con eso aniquilaban versos y alegría, luz y amor. Mentes ahogadas en la podredumbre de la miseria humana, sin reparar que le insuflaban bocanadas de vida hasta convertirlo en un poeta eterno.

Granada fue testigo, y todos lo vieron, muchos callaron, acaso atemorizados por el vendaval bufado desde los cuarteles militares, donde se había colado la negra niebla del alzamiento. Ni el primigenio intento del general Miguel Campins —gobernador militar— de frenar la locura desatada por los desalmados sublevados en África, ni la ‘resistencia’ del gobernador civil, César Torres, y miembros del Frente Popular que lo acompañaban el 20 de julio del 36 en el Gobierno Civil, aguantaron, impotentes ante la caterva de compinches en Granada.

Una ola de vesania vino a generar muerte y destrucción del orden constitucional, y esta ciudad, cual boca del infierno, padeció la brutal represión de una legión de sospechosos adeptos a la República y a ideas llamadas subversivas. Y se desató la persecución de la vida, del talento y la libertad. Y muchos no supieron qué hacer y adónde ir. Y Federico vino a cobijarse en la Huerta de San Vicente, y no hubo cobijo, y buscó la protección de amigos, los Rosales, pero el ángel de la muerte lo atrapó. Y todos tenían miedo porque la horda de barbarie no tenía freno. Y como escribiera Pablo Neruda —Oda a Federico García Lorca—: “Hay tantas gentes haciendo preguntas / por todas partes”.

Y al tiempo quisieron finiquitar la luz de la cultura, ese destello que iluminaba los ojos de gentes congregadas en el Ateneo de Granada, queriendo hacer esta ciudad más luminosa y viva, lejos de lo putrefacto que encorsetaba la cultura, que ya no quería mirar solo a las manidas tradiciones, que pretendía abrirse al resplandor vanguardista, al conocimiento y al progreso que bullía en Europa, tras cuatro años de muerte y dolor de una guerra mundial que había asolado la población. Aquel Ateneo que había escuchado las palabras del joven Federico sobre Luis de Góngora o Soto de Rojas en sendas conferencias que marcaron un hito en la ciudad y el país.

Pero al fanatismo triunfante le daba igual. Si tenía que morir Federico, moriría; si había que fusilar la cultura y el progreso, se pasarían por las armas; si alguien huía de la muerte, se perseguiría. La devastación y la muerte como única estrategia.

Se abrieron procesos sumarios que concluían en pena capital, para eso estaban la plaza de toros o las tapias del cementerio. Limpieza ideológica, al igual que una limpieza étnica. Pero las limpiezas étnicas nunca han funcionado, son triunfos transitorios, espejismos que duran un soplo en el devenir histórico. Los pueblos resisten, las ideas y la vida también. Muchos hombres y mujeres que amaban Granada y España fueron juzgados y asesinados: Virgilio Castilla —presidente de la Diputación—, Agustina González —la Zapatera— o Manuel Fernández Montesinos— alcalde de Granada—. Muchos emprendiendo el último viaje de la vida con Federico.

Y no pocos miembros del Ateneo de Granada. Algunos cayendo pronto en manos fascistas bajo fútiles acusaciones erigidas en inapelables sentencias ‘probatorias’. Fue el lacerante caso de Juan José Santa Cruz, insigne ingeniero; Constantino Ruiz Carnero, director de El Defensor de Granada; José Palanco Romero, historiador y presidente del Ateneo; Enrique Marín Forero, vicepresidente, que se negó a firmar el acta del Consejo de Guerra que lo condenaba; o Francisco Menoyo Baños, contador, primer alcalde socialista de Granada —septiembre/1931-abril/32—. Los certificados de defunción dirían: muertos por “disparos” o “herida por arma de fuego”. ¡Menudas heridas!

Otros salieron exiliados: Fernando de los Ríos, Fernando Sainz, Francisco García Lorca —y resto de familia de Federico— o Gabriel Bonilla. Y algunos sufrieron vejatorias represalias, como Hermenegildo Lanz, desterrado de Granada y, tras volver, marginado en una ciudad que le dio la espalda. Otros ateneístas se adhirieron al régimen: Antonio Gallego Burín.

El Ateneo de Granada nunca podría haber continuado su labor en el nuevo régimen, quedó sumido al ostracismo en la larga y oscura travesía del franquismo. Y se apagó, como lo hizo Federico, pero no se extinguió su luz, como tampoco la obra lorquiana. “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, / lo haría por tu voz de naranjo enlutado / y por tu poesía que sale dando gritos” (Pablo Neruda).

*Artículo publicado en Ideal, 18/08/2026.

** Ilustración: La torre de Melisendra, boceto 59, Hermenegildo Lanz. Elemento del decorado para la representación de la obra de Manuel de Falla El retablo de maese Pedro, petición que este le hace a Lanz para que diseñe títeres y decorados. (Compañía Etcétera).

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