lunes, 4 de enero de 2021

LA CULTURA EN SU TRAVESÍA POR LA MODERNIDAD LÍQUIDA*



Han sido tantas las fisuras abiertas en la sociedad en estos últimos tiempos que antes de claudicar hemos de aferrarnos a los principios y valores capaces de sostener una sociedad más justa y solidaria. En estos días en que la educación está siendo maltratada por la clase política, convertida en un denigrante pimpampum de intereses, no podemos olvidarnos de la cultura, el otro asidero que fortalece la salud mental de una sociedad.

Leyendo ‘El naufragio de las civilizaciones’, de Amin Maalouf, descubrí estos versos estremecedores de la poeta estadounidense Tracy K. Smith: “Lívida la tierra, y arrasada, como un sueño furioso. Lo peor de nosotros había vencido y aplastado todo lo demás”. Si vivimos en un mundo en descomposición, huérfano de tantos valores mancillados, ¿a qué deberíamos asirnos para salvarlo?

Las hecatombes en la historia de la humanidad, como la actual pandemia, nos recuerdan que en nosotros persiste esa naturaleza primaria vulnerable, que ni siquiera tantos adelantos científicos acumulados son capaces de preservarla. La peste fue la epidemia que diezmó a la humanidad en distintas épocas, como otras amenazas que se sumaron, para convencernos de que nuestra prepotencia como seres de este planeta es solo una osadía. La interpretación de tantas realidades adversas solo se puede explicar desde otra parte de nuestra naturaleza: la del intelecto que se aferra a la esperanza por comprender. Ellas sirvieron de excusa para la creación: ‘La peste’ de Camus o el ‘El Decamerón’ de Boccaccio, y antes Tucídides, cuando la peste de Atenas en tiempos de Pericles, en la ‘Guerra del Peloponeso’. La cultura es el modo más humano de dar respuesta a fenómenos incomprensibles.

Pero ese bálsamo y esperanza del espíritu que representa la cultura es posible que se encuentre ahora inmerso en una de sus travesías más difíciles: la de la modernidad líquida de la que habla Zygmunt  Bauman, esa que nos conduce a un estado de angustia existencial plagado de incertidumbres y condena de vidas atrapadas en el espectro de la transitoriedad y del cambio constante. Arrebato de confusión, agravado por la pandemia, que acaso encuentre solo una explicación bajo la luz de la cultura.

Con la pandemia llegaron restricciones de movilidad y se incrementaron las dificultades para prodigar manifestaciones culturales. Se limitó el acceso a la cultura, parecía no ser un bien necesario. Cines y teatros cerrados, aforos limitados, librerías a medio abrir, lecturas poéticas sin oídos para escucharlas, presentaciones de libros con ausencia de público, interpretaciones musicales sin auditorio, arte sin galerías, museos virtuales sin exhalar los efluvios de la pintura. En su lugar se fortaleció la imposición de los cánones de una sociedad líquida potenciadores del entretenimiento y la vulgaridad. Hace décadas que el neoliberalismo impone esa ‘cultureta’ alejada del cultivo del alma y la razón. Resulta fácil insertar en la órbita digital o televisiva contenidos de burdo entretenimiento con escenas que alientan la violencia, la estimulación de las bajas pasiones o el infantilismo del público. Mensajes fáciles de procesar sin esfuerzo, que activan la pasividad y uniformizan tendencias.

A la modernidad líquida le interesa poco la promoción de la cultura, salvo que sea rentable económicamente. Prefiere fomentar la inconsistencia del pensamiento, educar en la pusilanimidad de lo superfluo,  captar consumidores de productos ‘seudoculturales’, mientras que la cultura promueve el pensamiento libre, nos hace discernir sobre lo que somos y los peligros que nos acechan. Así, el daño sufrido por la cultura durante la pandemia solo pudo paliarse desde la tenacidad de los creadores, quienes se rebelaron y se abrieron paso aportando soluciones imaginativas en el universo digital de la telecomunicación: conferencias, presentaciones de libros, visitas virtuales a museos o bibliotecas, mesas redondas, debates, conciertos musicales…

Durante estos meses han sido muchos los esfuerzos realizados desde la modestia para que la cultura no muriera. Incluso instituciones con gran poder de medios y recursos han ido a la zaga de asociaciones culturales o de pequeñas bibliotecas de pueblos, que inventaban fórmulas imaginativas para seguir promoviendo la lectura entre sus vecinos. El Ateneo de Granada es un ejemplo de ello. Su actividad en el universo digital ha desplegado una encomiable labor telemática para mantener viva la cultura y el debate. Es la ‘virtualización’ de la cultura con la tecnología como aliada que ha venido para quedarse.

La cultura tiene el valor de hacernos comprender la realidad. No comprender la realidad es correr el riesgo de que otros vengan a interpretarla por nosotros. En las sociedades de la modernidad líquida la realidad es tergiversada, manipulada, ofrecida bajo el prisma que interesa al manipulador. En este tiempo de incertidumbre, cuando la política nos pide responsabilidad y madurez para combatir la pandemia, nuestro armazón intelectual vacila entre la sorpresa y el escepticismo. Hasta ahora la política no pedía nada de esto, nos decía que nos ocupáramos de disfrutar, que ya se encargaba ella de solucionar nuestros problemas. Ahora que se necesita la colaboración ciudadana para superar la pandemia y vemos innumerables ejemplos de transgresión de las indicaciones de las autoridades pidiendo mesura para combatir los contagios, quizás entendamos que vivimos las consecuencias del desmesurado espíritu hedonista inculcado durante años es esta sociedad de lo efímero que se asienta en la era del vacío de la que habla Lipovetsky.

Vivimos bajo la tiranía de recetas y productos aculturales dispuestos a teledirigir nuestro pensamiento, privándolo del discernimiento y el análisis. Obviamos que cualquier sentimiento de desolación que nos embarga solo encontrará una interpretación a través del pensamiento y la cultura. Evitemos que lo peor de nosotros venza.

  * Publicado en Ideal, 03/01/2021

* El doble secreto (1927) de René Magritte.

lunes, 14 de diciembre de 2020

NOS QUIEREN ENFRENTADOS*

 


Somos un país que recuerda más los tropiezos ajenos que los gazapos propios. Un país donde la armonía y la convivencia se han alterado fácilmente en los dos últimos siglos por disputas vocingleras, exilios forzados y, cuando no, guerras civiles. La política nunca ha sido fácil, ni ha hecho fácil la vida de los españoles. Demasiada afición a convertirse en una inagotable fuente de conflicto.

Cada partido político tiene sus cachorros. Como en las manadas de lobos, aprenden a obedecer y guardar su turno en el banquete de la pieza cobrada, así como a ser gregarios en la caza e inflexibles y severos cuando defienden su posición y la disciplina del grupo. Los partidos políticos son una buena escuela para los miembros de la tribu, pero no son la escuela de la vida de los ciudadanos. En ellos no se oyen esos sonidos de la vida que la inmensa mayoría identificamos con los retos de la vida.

La regeneración de la política española, a pesar de la llegada de nuevas y jóvenes mentes, se ha visto abortada. Adiós a cualquier atisbo por alcanzar un clima distinto en las relaciones ‘interpartidos’, más constructivo, más próximo al bien común, capaz de impulsar proyectos de país o de sanear la democracia.

Hace dos años la distancia física mediatizó mis concepciones sobre la política española. La estancia en Nueva York me inspiró sensaciones diferentes, más tristes, de mayor desapego hacia la política. Ni siquiera el impertinente ‘jet lag’ que me atravesaba cada madrugada pudo alejar aquella sacudida de abatimiento. La política de mi país no había cambiado ni en el fondo ni en la liturgia, la nueva generación que la lideraba se conducía con las mismas actitudes rabiosas consabidas. ¡Qué empequeñecidos veía a aquellos políticos que arrastraban tantas indisimuladas miserias! Representaban más de lo mismo: líderes amamantados en los suburbios de la tribu partidista, sin haber pisado la escuela de la vida.

La pandemia que nos azota desde marzo no ha hecho más que corroborar tales certezas. Las disputas, las luchas de poder, la irrealidad convertida en relatos que buscan investirse de veracidad, hacen bandera de unas ‘verdades’ que solo tratan de estimular el enfrentamiento entre ciudadanos, alentándolos a una perniciosa defensa de eslóganes barnizados con quiméricas convicciones absolutas. España sigue siendo un país sin políticas de Estado, sin proyectos de país, sin renovación democrática, sin pasos firmes que refuercen la convivencia y den soluciones a los problemas reales de los ciudadanos. Solo parches, medidas coyunturales y esa búsqueda de rédito electoral como única meta.

Hoy día los grandes problemas que afectan a este país parecen irresolubles, el ruido y la furia se imponen. La educación, por ejemplo, asignatura pendiente de la democracia, no porque el trabajo de la escuela no sea encomiable gracias a los docentes, sino porque la política la atrapó en sus redes y ha venido siendo utilizada groseramente por cada gobierno de la democracia, mercadeando con ella, sin interés alguno por proporcionarle estabilidad. Pero hay más: la debilidad de una economía dependiente del sector servicios, el desempleo estructural, la escasa inversión en investigación y desarrollo o la utilización partidista de altas estancias del Estado, como ese sainete de la renovación del Poder Judicial.

A la hora de hacer política de oposición existe una estrategia que emborrona la vida del país: bronca, frentismo y crispación. Como ese relato que propaga la deslegitimación del Gobierno, aun cuando su conformación esté ajustada a la Constitución. La discrepancia es legítima, pero remover el marco constitucional con mentiras es cuestionar la propia democracia. Hacer creer a los españoles que sobre este Gobierno recae el golpismo o la ruptura de España es una falacia. Algo que no se diferencia del populismo ‘trumpista’ que con sus falsas acusaciones de fraude electoral pretende socavar la democracia estadounidense.

La crispación como estrategia, sin construir nada que beneficie al país, es una manera burda hacer política. Al Gobierno se le debe combatir con propuestas que mejoren el país, no con infundios o mentiras que propalan argumentos generadores de historias para confundir el ánimo de la gente. No creo que los mayores problemas que tiene España actualmente sean los proetarras de Bildu, los independentistas de ERC o esa supuesta invasión de migrantes que hay que combatir con buques de la Armada. Tantas opiniones tendenciosas que juegan espuriamente con la Constitución, la bandera o la unidad de España y que confunden más que ayudan a fortalecer la democracia.

No creo que eso sea hacer política, venga de donde venga. Por encima de tanto ruido está el futuro del país, los valores democráticos o la convivencia. La implantación de una ‘realidad’ falseada que soliviante el ánimo de la sociedad no es moralmente lícita. Enfrentar a unos españoles contra otros, una indignidad. Azuzar el odio y las actitudes violentas, una bajeza moral.

Hace unos días nos sorprendió un ruido de sables, ¿solo nostálgicos?, alarmados por la supuesta quiebra de la unidad de España y proponiendo ideas tan descabelladas como fusilar a veintiséis millones de españoles. ¿Pretenden acaso retrotraernos al momento de mayor inestabilidad de la II República o del nacimiento de nuestra democracia? No quisiera pensar que esto es la punta del iceberg y que existe una amplia base social tan contaminada que respalde tan aviesas intenciones por desestabilizar el país.

Crear relatos plagados de falsedades no es hacer política, es mentir. Alentar el sectarismo partidista es menoscabar las bases del Estado y debilitar la democracia en un país que necesita tantos consensos. Nos quieren enfrentados.

* Artículo publicado en Ideal, 13/12/2020

* Ilustración de Juan Vida: Los cuerpos y los árboles son una máscara.

sábado, 31 de octubre de 2020

EEUU EN CAMPAÑA ELECTORAL, LA DEMOCRACIA, TAMBIÉN*


Estaba redactando una cita para el ensayo sobre educación que estoy terminando, al citar el libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, equivoqué el año de su publicación: en vez de 2018 puse 2081. Así permaneció bastante rato hasta que advertí el error. Entonces me asaltó un pensamiento apocalíptico: cómo sería la educación si las democracias hubieran muerto. Se me sobrecogió el alma, aunque para ese tiempo yo ya no existiera, pero sí mis nietos.

Vivimos en los años veinte del siglo XXI, el mismo donde se incluye 2081. La democracia en el mundo, ese concepto burgués de organización de la sociedad, está seriamente atacada por próceres que pertenecen a la burguesía más antediluviana, los mismos que en los albores de la revolución liberal pretendían restringirla al máximo y no creían en los derechos que hoy disfrutamos los que configuramos la ciudadanía, burgueses o no, de las democracias occidentales. Por eso me preocupé tanto al ver esa fecha, imaginé con horror cómo sería el futuro de mis nietos, igual que estoy preocupado por nuestro futuro ahora, después de ver cómo ha empezado este siglo emulando al que dejamos atrás, tan terrible para la historia de la humanidad.

Corren malos tiempos para la democracia en el planeta. Seguramente la pandemia del coronavirus ha venido a alimentar la crisis de la democracia, aunque antes de ella viniera dando señales de debilitamiento y destrucción. En su concepto más formal solo se mantiene en EEUU y la vieja Europa, si bien no le faltan los salpullidos de la ultraderecha de tintes fascistas. El triunfo de Donald Trump, que abrió en Estados Unidos la espita para el desmoronamiento democrático de ese país, parece que contagió al resto de América, donde ya se vislumbraba un proceso de involución preocupante: Venezuela, Nicaragua, Brasil… En el resto del mundo las cosas van mucho peor: regímenes autoritarios o seudodemocráticos se extienden por ambos hemisferios, y dos de los gigantes mundiales se posicionan lejos de la democracia: Rusia y China, donde ni siquiera existe.

La campaña electoral en EEUU toca a su fin, mientras, todos los ojos del planeta no apartan la vista. Si la democracia está en peligro en países considerados democracias estables y consolidadas, el futuro no se presenta muy halagüeño. Que esto ocurra en EEUU, la democracia más antigua del mundo, preocupa más. La influencia de los sectores negacionistas, terraplanistas o supremacistas está minándola, proyectando sobre el modelo de vida democrático mentiras y medias verdades, generando confusión y dudas fácilmente aceptadas por la población. Las redes sociales se inundan de mensajes de este tipo y la debilidad de pensamiento de las sociedades posmodernas, producto de una educación deficitaria, hacen el resto. En EEUU ha crecido exponencialmente la influencia de los sectores más retrógrados y negacionistas desde que Trump llegara al poder.

El recordado José Luis Sampedro decía en una entrevista de 2009: “El sistema de vida occidental se acaba”, y añadía que el sistema capitalista que había pasado por tantas fases (mercantilismo, industrial, financiero, globalización) estaba agotado. ¿Puede la deriva política de EEUU ser un síntoma de ello? Crisis y debilitamiento de la democracia que nos recuerda al declive de las democracias occidentales del primer tercio del siglo XX. Aquello no trajo nada bueno, la Historia lo deja claro: fascismos y totalitarismos, los que vemos resurgir hoy en forma de populismos.

Adela Cortina señalaba que las democracias funcionan mejor allí donde se refuerzan con códigos de conducta que la comunidad asume. Que en las democracias actuales se confunda la mano invisible de la economía de mercado y la mano visible del Estado es un peligro, pero más lo es que la mano intangible de los valores, las normas y las virtudes cívicas no exista. No es extraño que Levitsky y Ziblatt apunten como una de las causas del declive de la democracia en su país a la erosión de creencias y prácticas asumidas por el conjunto de la población. Las democracias necesitan normas legales, pero se refuerzan con códigos de conducta y valores de tolerancia respetados por la ciudadanía y el convencimiento de que las conductas sectarias la ponen en peligro.

EEUU está en campaña electoral, el mundo entero estamos en campaña electoral, la democracia, también. Nos jugamos mucho: frenar a la ultraderecha que ha asomado las narices como presagiando el peligro que no queremos que se reproduzca un siglo después. Esa ultraderecha que siempre estuvo ahí, entreverada en poderes fácticos, económicos y políticos, desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Las dudas que Donald Trump ha sembrado en su campaña sobre la fiabilidad del propio sistema democrático o de los resultados electorales (dudando del voto por correo o animando a votar dos veces) es un ataque frontal a la democracia. Gradualmente ha estado subvirtiendo el régimen democrático con prácticas tóxicas y alentando un peligroso autoritarismo, si consiguiera revalidar un segundo mandato el futuro sería impredecible.

El peligro para la democracia en EEUU se inició hace cuatro años: alteración caprichosa de las relaciones internacionales, proteccionismo económico, incremento del racismo, política migratoria degradante, división interna del país, controversia con la OMS y otras instituciones supranacionales, menosprecio a la prensa libre… Sin desdeñar, no obstante su carácter coyuntural, la actitud imprudente de Trump frente a la pandemia que ha causado millones de contagios y cientos de miles de muertes.

Como yo, Trump no vivirá en 2081, y espero que su influencia para el futuro tampoco. La democracia y la educación, los mejores constructores de futuro, espero que sí.

* Artículo publicado en Ideal, 30/10/2020.


lunes, 21 de septiembre de 2020

LA ESCUELA, UN EJEMPLO PARA TODOS*

 

Del confinamiento aprendimos muchas lecciones, pero no tantas como debiéramos haber aprendido para mantener a raya el coronavirus. Llegó el verano y todo empezó a torcerse: nuestra indisciplina social avivó los contagios en una nueva escalada. La modernidad líquida que calificaba Zygmunt Bauman, ese “volátil mundo de cambio instantáneo y errático”, donde “las costumbres establecidas, los marcos cognitivos sólidos y las preferencias por los valores estables” parecen que no cuentan. Nuestra inconsciencia es parte del tributo que pagamos a una sociedad posmoderna donde se valora poco el civismo, la responsabilidad o la convivencia.

La escuela también estuvo confinada. Entonces se puso en marcha aquella educación a distancia que funcionó con la precariedad de medios e inexperiencia que ya sabemos. Una gran lección que espero aprendiéramos. Sería imperdonable, si acaso volviera otro confinamiento, que la escuela no se hubiera preparado para afrontar algo así. No obstante, la mejor lección que aprendimos fue que sin escuela no se podía completar, más allá del mero aprendizaje de conocimientos, la educación de nuestros niños y jóvenes en sus aspectos más esenciales: valores del contacto social, la convivencia y la interrelación humana.

Este inicio del curso escolar ya no huele a lapicero, a ceras o lápices de colores bañados en pintura, ni a libros recién estrenados, ni a goma ‘milán’ o de nata. Ya no existen esos olores que quedaron atrapados en recuerdos imperecederos. En este inicio de curso huele a hidrogel y mascarillas, así como a muchas incertidumbres y miedos a lo desconocido. Es el curso de las mascarillas y lo recordaremos también por nuestro propio olor, ni siquiera el olor a colonia de baño o a galleta mojada en cacao, sino el olor persistente y húmedo retenido al respirar nuestro aire en las tupidas fibras de una protectora e incómoda mascarilla.

Hace unos días, al abrir la página web de este periódico, apareció la fotografía de un aula con varios alumnos sentados en sus mesas y una maestra dispensando hidrogel a una niña que se disponía a acceder a ella. Me suscitó una primera impresión: ¡qué ejemplo, qué bien hacen los docentes las cosas en la escuela! Conozco la realidad de la escuela y el trabajo realizado en ella y, aunque no he tenido oportunidad aún de visitarlas por precaución, he seguido muy de cerca la organización de la vuelta al cole.

Un nuevo curso iniciado, no sin vacilaciones y dificultades suplidas en parte por el excelente y comprometido trabajo realizado por los docentes que no debería quedar sepultado por el ruido mediático desatado por protestas, justificadas en bastantes casos, y disputas políticas aferradas al oportunismo ‘mágico’ para montar una bronca, siempre utilizando la educación como arma política arrojadiza. No obstante de tanto desatino, la escuela ha vuelto a dar una lección a ese incivismo de parte de la sociedad que no ha sabido comportarse durante la desescalada.

Dentro de lo antipedagógicos que pudieran resultar los protocolos establecidos para la vuelta a las aulas, por ese batiburrillo de normas y rutinas, en la escuela no se desperdicia ocasión para sacar enseñanzas y educar a nuestros estudiantes. La escuela siempre forma y educa con el compromiso social que la caracteriza. Con la puesta en práctica del protocolo de actuación covid-19 también lo está haciendo, formando a ciudadanos en la responsabilidad y el respeto para la convivencia con sus congéneres. Rutinas tan estrictas, con normas que limitan la movilidad y el contacto, implican una labor de reflexión a favor de comportamientos responsables en una convivencia en libertad.

Durante los meses de verano, y aún ahora, asistimos a situaciones bochornosas: familias, eventos y jóvenes sin cumplir las pautas marcadas por las autoridades, para evitar contagios, han elevado alarmantemente la expansión del coronavirus que el confinamiento había frenado. La falta de disciplina, conciencia y actitudes cívicas se ha evidenciado, sin pensar en consecuencias fatales para padres, abuelos o tantas personas vulnerables que nos rodean. Locales de ocio nocturno con aforo masivo, bodas con una concurrencia inexplicable, reuniones familiares más allá de lo recomendado, conciertos de música masificados, ‘disjokey’ espurreando un trago de bebida sobre acalorados fans sin protección, botellones desmadrados sin pudor, fiestas despendoladas en la playa o aglomeraciones en bares y restaurantes son algunas de esas prácticas sociales irresponsables. Estamos volviendo de nuevo a fracasar como sociedad. Sin mencionar a los negacionistas del virus y uso de mascarillas que se han convertido en los nuevos iluminados. 

El valor de la escuela y su capacidad de transmisión de valores cívicos es todo un ejemplo del que la sociedad debería tomar nota. Las imágenes de centros escolares vistas en televisión me producen satisfacción al observar la disciplina y responsabilidad con que se conducen nuestros escolares. Todo un ejemplo social. El protocolo diseñado, aunque no se trate de una actividad estrictamente escolar (si bien cualquier faceta humana diría que sí lo es), y los valores de responsabilidad y respeto que se derivan de su implementación constituyen el ejemplo donde deberían fijarse esos que frecuentan playas, parques, salones o espacios de ocio nocturno.

La escuela demuestra una vez más cuánto puede aportar a la sociedad en la educación de las generaciones jóvenes, un motivo más para creer en ella, como diría Victoria Camps. Otra cosa es que la dejen hacer y se valore su trabajo. Desgraciadamente la experiencia dice que la labor de la escuela se estropea fácilmente por otros mensajes que provienen de entornos sociales donde conviven nuestros alumnos.

Si me permiten el juego de palabras: el ejemplo de la escuela espero que contagie a esa parte de la sociedad que tanto provoca con su irresponsabilidad el contagio del coronavirus.

 * Artículo publicado en Ideal, 20/09/2020

jueves, 13 de agosto de 2020

¿QUÉ ES UN REY PARA TI?*

Era un día de septiembre de 2007 cuando tuve al Rey Juan Carlos I a pocos centímetros durante minutos en una charla de corrillo. Aquel hombre alto de aspecto esclarecido y mirada mortecina mostraba un semblante entre complaciente y distraído. Se paseaba con una gran copa de vino guiado por una improvisada maestra de ceremonias con aire de súbdita. El rey se dejaba llevar. Asistíamos en Estepa, bajo una carpa instalada al efecto, a una recepción con motivo de la inauguración del curso escolar. La reina doña Sofía, entretanto,  amparada en su discreción, permanecía en un rincón acompañada por la ministra Mercedes Cabrera.
Lo miraba e imaginaba qué habría escrito si fuese uno de los escolares que durante treinta años habían participado en el concurso escolar: ¿Qué es un Rey para ti? En 1976 se creó ex profeso la Fundación Institucional Española para “hacer presente en la sociedad el valor de la Corona como institución integradora e impulsora de la convivencia”. Nunca escribí nada, hasta hoy.
El reinado de Juan Carlos I comenzó bajo el estigma de su designación por un dictador. Franco pensó en el hijo de quien hubiera sucedido al anterior monarca, Alfonso XIII, acaso para darle continuidad a la Monarquía y de camino deslegitimar un poco más a la República que había derrocado con las armas.
Jamás pensé que a este rey le ocurriría como a sus antepasados: exiliarse. El juicio de la Historia es implacable, como lo ha sido con las felonías de Fernando VII, las inconsistencias de Isabel II o el escaso y arbitrario criterio de su abuelo, Alfonso XIII. Se habla mucho de la relajada conducta del rey emérito y de su salida del país en esa mezcla de explicaciones interesadas y juicios intempestivos y poco serenos. Corresponderá a la Historia el análisis de su aportación a la recuperación de la democracia en España, sus debilidades como individuo o si tuvo pocas o muchas prebendas, dádivas y concesiones.
Recuerdo que visitó muchas veces Sierra Nevada y su estación de esquí. En ella se accedió a sus deseos, también los menos confesables, como lo hacen los súbditos: con servidumbre, rendición y pleitesía. A muchos les pareció normal, excepto a quienes veíamos en aquello una ordinariez propia de alcahuetes. Pero hubo quien se plegó a semejante servidumbre con tal de disfrutar del trato campechano del monarca, que decían tenía.
En la hora escasa que anduvo por aquella carpa de Estepa daba frecuentes tragos a la copa de vino tinto, acompañados con finas lonchas de jamón. Se asemejaba a un niño en su fiesta de cumpleaños: sonriente y desvalido, sin emitir palabra alguna, con aire de inconsciencia,. Parecía gustarle aquel juego entre lisonjero y protagonista, como si fuera la primera vez. Halagos y adulaciones no le han faltado y acaso, como niño mimado, haya confundido las alabanzas con un plácet para hacer lo que quisiera.
Durante años algunos poderes fácticos actuaron haciendo uso de un trasnochado vasallaje. Si pretendían defender la Monarquía, se equivocaron. En una monarquía constitucional existe una sola ciudadanía, sin privilegios. Algunos no han querido verlo, confundiendo la defensa de la Monarquía con inviolabilidad o prebendas sin contrapartida. A este rey se le ha permitido demasiado, alguien tendría que haberle dicho que la monarquía actualmente no solo tiene que ser honesta, también parecerlo. Su posición en la estructura del Estado no ha sido bien gestionada en el curso democrático de nuestro país. La izquierda ha gobernado durante bastante tiempo en la etapa democrática, y su talante proclive al republicanismo ha estado suspendido. Los votantes transigían con una monarquía constitucional, pero no con una monarquía que ha dejado de ser leal con el pueblo y que ha utilizado sus prerrogativas constitucionales en beneficio propio.
Los pasos en falso que conocemos del rey emérito han debilitado la institución. Los antecedentes históricos aconsejaban mayor cautela en el ejercicio de sus funciones. Isabel II o Alfonso XIII hubieron de salir de España al exilio. Sus errores como monarcas propiciaron en su tiempo el rechazo a esta forma de gobierno, la revolución y la proclamación de dos repúblicas. Si bien no creo que haya llegado el momento de cambiar de una monarquía a una república, la institución debe andarse con ojo avizor si quiere sobrevivir.
La corrupción que se adueñó de España en los años de la golfería generó un clima de relajación ética y moral, y la Corona no estuvo a su altura. Los escándalos del rey (cacería de elefantes en Bostwana, escarceos con Corinna, cobro de comisiones, tenencia de cuentas bancarias ocultas al fisco…) han enmarañado un reinado que partió con un apoyo generalizado, sobre todo tras el golpe de Estado del 81, aunque haya historiadores que piensen que el reconocimiento fue más una campaña de marketing que de méritos propios.
Se habla de la monarquía como reliquia del pasado incompatible con las sociedades modernas democráticas. En España hemos conjugado ambas concepciones, democracia y monarquía, con cierta dignidad. Pero la debilidad de Juan Carlos I, sus regalías y placeres sin comedimiento, abusando de su inviolabilidad, han traído actos reprobables. El factor humano, esa condición ineludible. La degradación ética y moral de la conducta del rey emérito ha sido consustancial a la que ha sufrido la democracia española. Habría sido un acierto que cuando más se elevaba la corrupción, la institución monárquica hubiera dado hubiera dado otro ejemplo.

No sé qué escribirán ahora los escolares en el próximo concurso sobre qué es un rey para ellos, aunque se trate de Felipe VI. La figura de un rey ya no será la misma para ellos, probablemente también se sientan defraudados. 
*Artículo publicado en Ideal, 12/08/2020
*Ilustración: Claude Vignon_Creso recibe tributo de un campesino de Lidia_1629_detalle