lunes, 8 de marzo de 2021

EL RÉGIMEN DEL 78*

 


La democracia es un sistema político avocado a demostrar continuamente su honestidad, y la nuestra, que llegó de esa manera, con la losa de cuarenta años de dictadura, mucho más. Hubimos de componerla a toda prisa, porque si no corríamos, el riesgo era quedarnos sin ella. No fueron pocas las fuerzas del anterior régimen que, asustadas ante las reformas, hicieron lo imposible para evitar que se deshiciera el legado del Caudillo. Los que ansiábamos libertad y democracia supimos bien del juego de malabares que hubo de hacerse ante el riesgo de involución.

Quizás la obra constitucional no saliera perfecta a juicio de alguien, pero se edificó con los mimbres con que contábamos. No obstante, aquella democracia ‘imperfecta’ dio cabida a leninistas, trotskistas, eurocomunistas, socialistas, centristas, conservadores, regionalistas y reliquias del franquismo. Y eso tuvo su mérito. Aun así, los peligros no cesaron para ella, enormes poderes fácticos, nostálgicos del franquismo, no dudaron en emplear la fuerza para destruir lo nuevo: asesinatos de Atocha, violencia callejera o la mayor asonada militar desde julio del 36. Para luego venir más cosas: inestabilidad social, crisis económicas, terrorismo de ETA, corrupción, crisis institucionales, un rey emérito que nos ha salido rana y nuestra pandemia de covid. Y otro peligro más: el actual constructo ideológico denominado Régimen del 78, modo peyorativo de calificar nuestra democracia.

Tras el fallido golpe de Estado del 23F de 1981, sobre las ascuas del horror vivido, el comité Ejecutivo del Partido Comunista se reunió para examinar la situación. En el comunicado emitido valoraba “de manera unánime la digna conducta del Rey Juan Carlos I, en defensa de la Constitución y la democracia”. Reconocía que nuestra democracia era todavía frágil e inestable, “expuesta a peligrosas agresiones”, y apostaba por establecer entre las fuerzas políticas “una cooperación efectiva para abordar las medidas indispensables” que evitaran “un nuevo golpe de Estado”. Esa noche del 23F se consiguió que “el pueblo español tomara conciencia del valor” de las libertades democráticas. El partido comunista no hablaba de acabar con el régimen recién estrenado en el 78, sino de fortalecerlo.

Destruir el Régimen del 78 es el anhelo de independentistas, ultraderechistas, nostálgicos del franquismo y, curiosamente, de la élite dirigente de Podemos. Y, entre ellos, un partido que ha gobernado en ese régimen: CiU o Junts, como se hace llamar ahora. Convergencia de Cataluña y su gestión pública está regada por la corrupción, el intervencionismo institucional y la manipulación de la educación, habiendo contribuido a desprestigiar durante décadas esa democracia que ahora critica.

Llevo gran parte de mi vida activa de demócrata criticando la democracia en la que vivo (ahí están mis artículos periodísticos), siempre he pensado que la democracia es un proceso de mejora continuo. He criticado a los partidos políticos, su manipulación de las instituciones, la falta de democracia interna, la endogamia, la priorización partidista frente al bien general; y he reprochado el daño infligido a la democracia con el desigual reparto de la riqueza o el uso de la educación como arma arrojadiza.

El discurso contra el Régimen del 78, hecho en nombre de la democracia, zarandea el actual panorama social y político. Se le recrimina poseer unos valores antidemocráticos favorecedores de corrupción, desigualdad, injusticia o conculcación de derechos y libertades. Los sectores sociales y políticos que pretenden acabar con él tienen sus estrategias. Una de ellas: generar un clima de confusión con conflictos callejeros violentos, calificados eufemísticamente de desafío generacional ‘jóvenes antifascistas’–, bien organizados y amparados políticamente en formato de comités defensores de la república o de la libertad de expresión. No son movimientos espontáneos. Otra: el cuestionamiento del Estado de las autonomías, bien por la extrema derecha que solicita su erradicación, bien por el independentismo y la élite dirigente de Podemos, defensores de la tesis de la autodeterminación. Y una más: el ataque dirigido contra la Monarquía por el motivo que sea: no haber sido elegida en las urnas, ser un parásito social, ir contra Cataluña o la corrupción del rey emérito.

Para redondear el argumentario, se califica de fascismo a todo lo que huela a Régimen del 78. Cualquiera de nosotros que disienta de sus tesis, Estado o ciudadano de izquierdas o de derechas, es un fascista. La tormenta perfecta que, sin embargo, oculta, entre otras cosas, la corrupción institucional que ha ensuciado a Cataluña durante la democracia.

Mi vocación republicana e internacionalista no me ciega el análisis de una realidad que considero equivocada. Podemos sustituir la monarquía por la república, podemos exiliar al rey y sustituirlo por un presidente, pero eso no será suficiente, ni llegará arcadia alguna, que adecente la democracia si los que la han deshonrado durante años siguen al frente de la política y las instituciones: corruptos que la mancillaron, políticos que se aprovecharon de ella, intolerantes que lesionaron derechos y libertades, manipuladores de instituciones.

Este momento no es comparable al que precedió a la II República, cuando la ruptura con una dictadura y la monarquía que la consintió fue una liberación. Hoy España es un país democrático, donde los derechos y las libertades se respetan, amparados por una Constitución que, aunque mejorable, nos ha permitido vivir sin la presión subyugante de una dictadura. El orden constitucional nos ha traído el periodo democrático y de estabilidad más largo de los dos últimos siglos. La convivencia democrática y la prosperidad del país no tienen parangón con ningún otro tiempo histórico.

Algunos deberían saber el trabajo que nos costó construir la democracia en el 78, aunque fuera con sus ‘imperfecciones’.

 *Artículo publicado en Ideal, 07/03/2021.

* Viñeta de Forges.

lunes, 22 de febrero de 2021

LIBERTAD DE EXPRESIÓN*


La libertad de expresión en uno de los derechos fundamentales reconocidos en la Constitución. Es un derecho que fortalece la democracia. No se comprende la democracia sin libertad. Liu Xiaobo, Premio Nobel de la Paz en 2010, decía: “La libertad de expresión es la base de los derechos humanos, la raíz de la naturaleza humana y la madre de la verdad”. El valor de estas palabras es más relevante si tenemos en cuenta que fueron pronunciadas por un ciudadano chino, que sabía lo que decía, en un país donde la libertad de expresión es un anhelo inalcanzable, por el momento.

Rastreando por el mundo que nos ha tocado vivir, viendo la frecuencia con que se vulnera la libertad de expresión, es fácil que nos invada una tristeza rayana en la asfixia y la desolación, el azote de una plaga bíblica. Allí, donde creemos que está preservada –las democracias occidentales, ocurre que solemos dirimir sobre si hacemos de ella un uso legítimo o no. Últimamente, cuando hay una protesta, se alzan voces clamando por la falta de libertad. Cada cual es libre de proclamar lo que entienda, y así lo han hecho los negacionistas de la covid, los independentistas catalanes o grupos de ultraderecha; inclusive, los abogados defensores en el ‘impeachment’ de Trump esgrimen la libertad de expresión para justificar sus arengas en el asalto al Capitolio y en sus ataques a la democracia.

En nuestro país andamos liados con la polémica condena a prisión del rapero Pablo Hasél. Unas voces defienden su libertad de expresión, otras condenan su enaltecimiento del terrorismo o las injurias y calumnias a la Corona. Más de doscientos representantes del arte y la cultura, como Almodóvar, Serrat o Bardem, mostraron su apoyo al rapero en un manifiesto. Consideraban el cercenamiento de su libertad de expresión y la libertad ideológica y artística. En sus canciones, Pablo Hasél dice cosas así: "¡Merece que explote el coche de Patxi López", "Siempre hay algún indigente despierto con quien comentar que se debe matar a Aznar"; "No me da pena tu tiro en la nuca, ‘pepero’. Me da pena el que muere en una patera. No me da pena tu tiro en la nuca, ‘socialisto’; o "¡Que alguien clave un piolet en la cabeza a José Bono!".

Otros artistas también han tenido condenas similares: Valtònyc por criticar a la Monarquía o el rapero Strawberry por enaltecimiento del terrorismo y humillación de sus víctimas: Ortega Lara o Carrero Blanco. Unos titiriteros granadinos, que exhibieron una pancarta con la leyenda: “Gora Alka-ETA” en una función infantil en Madrid, titulada La bruja y Don Cristóbal, pasaron varios días en prisión. El juez Ismael Moreno les imputó el delito de enaltecimiento del terrorismo.

Se trata de un debate que da para mucho, así que cada cual componga su opinión sobre lo justo o injusto de la condena de Hasél. Cualquier discrepancia en este mundo el único que conocemos, por el momento suele erigirse en una cuestión compleja. Tan solo añadiremos que las injusticias y la limitación de derechos deben ser combatidas no me cabe la menor duda, y decimos junto a Walt Whitman esos versos suyos de No te detengas: “No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber…”.

Todos tenemos una responsabilidad con la educación de las generaciones jóvenes, y más en un mundo donde las redes sociales nos ahogan de información y mensajes subliminales y tendenciosos, haciendo difícil cualquier análisis. Los mensajes se perciben sin ser procesados, vivimos de titulares. Muchos de estos cantantes condenados son ídolos del público juvenil, convertidos en ejemplo a seguir, e influyen y modelan pensamientos, ideas y modos de entender la realidad y la vida.

La obligación de educar a los jóvenes no es privativa de las familias. Con responsabilidades distintas, pero con un fin similar formar ciudadanos libres y democráticos, el compromiso también es de la escuela y la sociedad, seamos gobernantes monárquicos o republicanos, padres, docentes o comerciantes; personas anónimas o conocidas; artistas, actores, escritores o ‘youtubers’. La escuela educa, proyecta valores, ética y conocimiento, y se afana en formar ciudadanos libres, tolerantes y respetuosos, como sustento primordial de una sociedad en convivencia. Lo que no hace la escuela es alentar en sus alumnos pensamientos que estimulen el odio, la animadversión o la intransigencia.

¿Qué diríamos si un alumno de tercero de ESO dijera de clavar un piolet en la cabeza de su profesor? ¿Y si una alumna de cuarto rotulara en la pared del instituto el deseo de que explotara el coche del ‘odioso’ jefe de estudios con él dentro, por haberle puesto un parte de convivencia? ¿Y si un grupo de chicos de Bachillerato comentaran lo bien que estaría que alguien le pegara un tiro en la nuca al director? Seguro que nos escandalizaríamos y nos pondríamos las manos en la cabeza, ¿verdad? Ya no digo nada si estas mismas cosas las dijeran alumnos de Primaria.

Una sociedad donde no impera la libertad de expresión se convierte en una sociedad amordazada, pero una sociedad en la que no se conjuga la libertad con el respeto y la ética se convierte en una sociedad de difícil convivencia. Decía Aristóteles Ética para Nicómaco** que no basta con conocer la virtud, hemos de tenerla y practicarla.

En las escuelas se anima a los jóvenes a expresarse con libertad y capacidad crítica, a no dejarse manipular, pero al tiempo se les educa para que sean respetuosos con los demás. ¿Qué enseña la sociedad? 

 * Publicado en Ideal, 14/02/2021

* Ilustración de Eric Drooker

**En la edición impresa de Ideal se pone por error 'Ética a Nicodemo'.

domingo, 17 de enero de 2021

EL 'ESTABLISHMENT', ESO QUE LLAMAN ÉLITE DEL PODER *


Los cuatro años de presidencia de Donald Trump nos han parecido una eternidad y su política errática, una pesadilla. Hace casi tres meses me refería en otro artículo de este periódico, “EE UU en campaña electoral, la democracia, también”, al libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, donde se apunta que una de las causas del declive de la democracia tiene que ver con la erosión durante la era Trump de las creencias y las prácticas democráticas en la población.

Viendo el asalto de los partidarios de Trump al Capitolio, una periodista preguntaba a una pareja de ancianos por su presencia allí. La pareja, dos amables e indefensos vecinos de cualquiera de nosotros, habían viajado quinientos kilómetros a la llamada de su líder. No tenían apariencia de asaltantes del Capitolio pero sí de asaltados por la sinrazón y el relato de fraude electoral divulgado hasta la saciedad, eso de innumerables sacos de votos aparecidos en parques, muertos e inmigrantes indocumentados votando, incluso menores de edad. Los credos tienen eso, aun opuestos al raciocinio, fortalecen las creencias.

Cuando el pueblo estadounidense votó la elección de Trump en 2016 se decía que lo hacía en rebeldía al ‘establishment’ político de EE UU que gobernaba desde siempre. Esa élite del poder de intereses espurios con la que había que acabar. Ese grupo social cerrado que se reparte el poder y selecciona a sus miembros no por su capacidad y mérito, sino por afinidad política o actitud servil al líder. Lo que nosotros hemos visto en los  partidos españoles durante las cuatro décadas de democracia.

Esta rebelión frente a las oligarquías del poder se había visto antes en otros países, como fenómeno sustanciado, sobre todo en la última década, con vocación de subvertir las bases del Estado vigente, bajo el disfraz de extrema derecha, extrema izquierda o independentismo, aprovechando el descontento derivado de la crisis económica desatada en 2008 y el hastío del régimen imperante. Su ideario, proponer un discurso alternativo a las promesas que los partidos tradicionales habían sido incapaces de cumplir en décadas.

El asalto al Capitolio es un hecho histórico paradigmático por tratarse del país que es, la primera potencia mundial, y por atacar a la democracia más antigua del mundo. Si Trump hubiera encontrado apoyos a su deriva autocrática, más allá de la turba que invadió la sede del poder legislativo, entre los sectores militares o financieros, en la prensa conservadora u otros poderes fácticos, el golpe de Estado tal vez se habría consumado. Y no porque no lo intentara. A última hora presionó al vicepresidente Pence para que revirtiera su derrota cuando tenía arengada a la masa que asaltó el Capitolio, en una búsqueda desesperada para que rechazase los votos del Colegio Electoral que se ratificarían en el Congreso. Finalmente, solo contó con esos miles de partidarios anónimos y grupos de extrema derecha, como los Proud Boys o QAnon.

Este tipo, inmensamente rico, de avión privado, torres en Manhattan, grifos y retretes chapados en oro, campos de golf, sin empacho en hacer ostentación obscena de su riqueza, cubre su mensaje populista con el tapiz de hombre del pueblo que habla como hombre del pueblo, víctima de conspiraciones y salvador de las injusticias promovidas por los del ‘establishment’, los inmigrantes, los periodistas, los chinos y otros ‘poderes oscuros’. Así es Trump, la alternativa al poder las élites. Así es el populismo que se expande por el mundo.

La única manifestación honesta frente al ‘establishment’ fue aquella del 15-M de 2011, que inundó de ilusión a una sociedad española cansada de la deriva a que la habían llevado PP y PSOE en el devenir de la democracia. Luego vino el éxito electoral de Syriza en Grecia como alternativa democrática renovadora. Pero aquello quedó en flor de un día.

El mundo sufre una oleada de intolerancia, fanatismo y populismo que pone en peligro la democracia. La crisis posterior a la primera guerra mundial trajo el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania, los coetáneos no los vieron venir, o acaso condescendieron. El fascismo se abrió paso entre una crisis económica y el descontento de la población. En octubre de 1922, Mussolini arengó la marcha sobre Roma; en enero de 2021, Trump ha arengado el asalto al Capitolio. Entonces la defensa de la democracia nos abocó a otra guerra mundial, hoy la democracia norteamericana ha de defenderse del ‘trumpismo’, antes de que este acabe con ella y, de paso, con las europeas.

El populismo de Trump que vino a combatir el 'establishment' hemos visto en qué consiste, en lo mismo que el de la Gran Bretaña de Johnson, el de Brasil de Bolsonaro, el de Venezuela de Maduro o el de Hungría de Orbán. Los grupos de extrema derecha se están haciendo poderosos en los países europeos, sus postulados también: intransigencia, xenofobia, racismo o patrioterismo. Todo lo que hemos visto en Trump debería servirnos de lección para los que creemos en una democracia alejada de manipulaciones de partidos, oportunismos y mendacidades. Espero que a los partidarios del populismo, también. Mientras las alternativas políticas sean estas, que nos pase como al del chiste: “Virgencita, virgencita…”,  mejor que nos dejen como estamos.

Hoy hemos acogido, en la izquierda y parte de la derecha, el triunfo del 'establishment' que representa Biden como una auténtica salvación de la democracia. ¡Quién nos vio y quién nos ve! Y es que hemos vivido horrorizados durante cuatro años con la democracia autocrática de Trump.

 * Publicado en Ideal, 16/01/2021

* Ilustración: René Magritte, La Décalcomanie (1966)

lunes, 4 de enero de 2021

LA CULTURA EN SU TRAVESÍA POR LA MODERNIDAD LÍQUIDA*



Han sido tantas las fisuras abiertas en la sociedad en estos últimos tiempos que antes de claudicar hemos de aferrarnos a los principios y valores capaces de sostener una sociedad más justa y solidaria. En estos días en que la educación está siendo maltratada por la clase política, convertida en un denigrante pimpampum de intereses, no podemos olvidarnos de la cultura, el otro asidero que fortalece la salud mental de una sociedad.

Leyendo ‘El naufragio de las civilizaciones’, de Amin Maalouf, descubrí estos versos estremecedores de la poeta estadounidense Tracy K. Smith: “Lívida la tierra, y arrasada, como un sueño furioso. Lo peor de nosotros había vencido y aplastado todo lo demás”. Si vivimos en un mundo en descomposición, huérfano de tantos valores mancillados, ¿a qué deberíamos asirnos para salvarlo?

Las hecatombes en la historia de la humanidad, como la actual pandemia, nos recuerdan que en nosotros persiste esa naturaleza primaria vulnerable, que ni siquiera tantos adelantos científicos acumulados son capaces de preservarla. La peste fue la epidemia que diezmó a la humanidad en distintas épocas, como otras amenazas que se sumaron, para convencernos de que nuestra prepotencia como seres de este planeta es solo una osadía. La interpretación de tantas realidades adversas solo se puede explicar desde otra parte de nuestra naturaleza: la del intelecto que se aferra a la esperanza por comprender. Ellas sirvieron de excusa para la creación: ‘La peste’ de Camus o el ‘El Decamerón’ de Boccaccio, y antes Tucídides, cuando la peste de Atenas en tiempos de Pericles, en la ‘Guerra del Peloponeso’. La cultura es el modo más humano de dar respuesta a fenómenos incomprensibles.

Pero ese bálsamo y esperanza del espíritu que representa la cultura es posible que se encuentre ahora inmerso en una de sus travesías más difíciles: la de la modernidad líquida de la que habla Zygmunt  Bauman, esa que nos conduce a un estado de angustia existencial plagado de incertidumbres y condena de vidas atrapadas en el espectro de la transitoriedad y del cambio constante. Arrebato de confusión, agravado por la pandemia, que acaso encuentre solo una explicación bajo la luz de la cultura.

Con la pandemia llegaron restricciones de movilidad y se incrementaron las dificultades para prodigar manifestaciones culturales. Se limitó el acceso a la cultura, parecía no ser un bien necesario. Cines y teatros cerrados, aforos limitados, librerías a medio abrir, lecturas poéticas sin oídos para escucharlas, presentaciones de libros con ausencia de público, interpretaciones musicales sin auditorio, arte sin galerías, museos virtuales sin exhalar los efluvios de la pintura. En su lugar se fortaleció la imposición de los cánones de una sociedad líquida potenciadores del entretenimiento y la vulgaridad. Hace décadas que el neoliberalismo impone esa ‘cultureta’ alejada del cultivo del alma y la razón. Resulta fácil insertar en la órbita digital o televisiva contenidos de burdo entretenimiento con escenas que alientan la violencia, la estimulación de las bajas pasiones o el infantilismo del público. Mensajes fáciles de procesar sin esfuerzo, que activan la pasividad y uniformizan tendencias.

A la modernidad líquida le interesa poco la promoción de la cultura, salvo que sea rentable económicamente. Prefiere fomentar la inconsistencia del pensamiento, educar en la pusilanimidad de lo superfluo,  captar consumidores de productos ‘seudoculturales’, mientras que la cultura promueve el pensamiento libre, nos hace discernir sobre lo que somos y los peligros que nos acechan. Así, el daño sufrido por la cultura durante la pandemia solo pudo paliarse desde la tenacidad de los creadores, quienes se rebelaron y se abrieron paso aportando soluciones imaginativas en el universo digital de la telecomunicación: conferencias, presentaciones de libros, visitas virtuales a museos o bibliotecas, mesas redondas, debates, conciertos musicales…

Durante estos meses han sido muchos los esfuerzos realizados desde la modestia para que la cultura no muriera. Incluso instituciones con gran poder de medios y recursos han ido a la zaga de asociaciones culturales o de pequeñas bibliotecas de pueblos, que inventaban fórmulas imaginativas para seguir promoviendo la lectura entre sus vecinos. El Ateneo de Granada es un ejemplo de ello. Su actividad en el universo digital ha desplegado una encomiable labor telemática para mantener viva la cultura y el debate. Es la ‘virtualización’ de la cultura con la tecnología como aliada que ha venido para quedarse.

La cultura tiene el valor de hacernos comprender la realidad. No comprender la realidad es correr el riesgo de que otros vengan a interpretarla por nosotros. En las sociedades de la modernidad líquida la realidad es tergiversada, manipulada, ofrecida bajo el prisma que interesa al manipulador. En este tiempo de incertidumbre, cuando la política nos pide responsabilidad y madurez para combatir la pandemia, nuestro armazón intelectual vacila entre la sorpresa y el escepticismo. Hasta ahora la política no pedía nada de esto, nos decía que nos ocupáramos de disfrutar, que ya se encargaba ella de solucionar nuestros problemas. Ahora que se necesita la colaboración ciudadana para superar la pandemia y vemos innumerables ejemplos de transgresión de las indicaciones de las autoridades pidiendo mesura para combatir los contagios, quizás entendamos que vivimos las consecuencias del desmesurado espíritu hedonista inculcado durante años es esta sociedad de lo efímero que se asienta en la era del vacío de la que habla Lipovetsky.

Vivimos bajo la tiranía de recetas y productos aculturales dispuestos a teledirigir nuestro pensamiento, privándolo del discernimiento y el análisis. Obviamos que cualquier sentimiento de desolación que nos embarga solo encontrará una interpretación a través del pensamiento y la cultura. Evitemos que lo peor de nosotros venza.

  * Publicado en Ideal, 03/01/2021

El doble secreto (1927) de René Magritte.

lunes, 14 de diciembre de 2020

NOS QUIEREN ENFRENTADOS*

 


Somos un país que recuerda más los tropiezos ajenos que los gazapos propios. Un país donde la armonía y la convivencia se han alterado fácilmente en los dos últimos siglos por disputas vocingleras, exilios forzados y, cuando no, guerras civiles. La política nunca ha sido fácil, ni ha hecho fácil la vida de los españoles. Demasiada afición a convertirse en una inagotable fuente de conflicto.

Cada partido político tiene sus cachorros. Como en las manadas de lobos, aprenden a obedecer y guardar su turno en el banquete de la pieza cobrada, así como a ser gregarios en la caza e inflexibles y severos cuando defienden su posición y la disciplina del grupo. Los partidos políticos son una buena escuela para los miembros de la tribu, pero no son la escuela de la vida de los ciudadanos. En ellos no se oyen esos sonidos de la vida que la inmensa mayoría identificamos con los retos de la vida.

La regeneración de la política española, a pesar de la llegada de nuevas y jóvenes mentes, se ha visto abortada. Adiós a cualquier atisbo por alcanzar un clima distinto en las relaciones ‘interpartidos’, más constructivo, más próximo al bien común, capaz de impulsar proyectos de país o de sanear la democracia.

Hace dos años la distancia física mediatizó mis concepciones sobre la política española. La estancia en Nueva York me inspiró sensaciones diferentes, más tristes, de mayor desapego hacia la política. Ni siquiera el impertinente ‘jet lag’ que me atravesaba cada madrugada pudo alejar aquella sacudida de abatimiento. La política de mi país no había cambiado ni en el fondo ni en la liturgia, la nueva generación que la lideraba se conducía con las mismas actitudes rabiosas consabidas. ¡Qué empequeñecidos veía a aquellos políticos que arrastraban tantas indisimuladas miserias! Representaban más de lo mismo: líderes amamantados en los suburbios de la tribu partidista, sin haber pisado la escuela de la vida.

La pandemia que nos azota desde marzo no ha hecho más que corroborar tales certezas. Las disputas, las luchas de poder, la irrealidad convertida en relatos que buscan investirse de veracidad, hacen bandera de unas ‘verdades’ que solo tratan de estimular el enfrentamiento entre ciudadanos, alentándolos a una perniciosa defensa de eslóganes barnizados con quiméricas convicciones absolutas. España sigue siendo un país sin políticas de Estado, sin proyectos de país, sin renovación democrática, sin pasos firmes que refuercen la convivencia y den soluciones a los problemas reales de los ciudadanos. Solo parches, medidas coyunturales y esa búsqueda de rédito electoral como única meta.

Hoy día los grandes problemas que afectan a este país parecen irresolubles, el ruido y la furia se imponen. La educación, por ejemplo, asignatura pendiente de la democracia, no porque el trabajo de la escuela no sea encomiable gracias a los docentes, sino porque la política la atrapó en sus redes y ha venido siendo utilizada groseramente por cada gobierno de la democracia, mercadeando con ella, sin interés alguno por proporcionarle estabilidad. Pero hay más: la debilidad de una economía dependiente del sector servicios, el desempleo estructural, la escasa inversión en investigación y desarrollo o la utilización partidista de altas estancias del Estado, como ese sainete de la renovación del Poder Judicial.

A la hora de hacer política de oposición existe una estrategia que emborrona la vida del país: bronca, frentismo y crispación. Como ese relato que propaga la deslegitimación del Gobierno, aun cuando su conformación esté ajustada a la Constitución. La discrepancia es legítima, pero remover el marco constitucional con mentiras es cuestionar la propia democracia. Hacer creer a los españoles que sobre este Gobierno recae el golpismo o la ruptura de España es una falacia. Algo que no se diferencia del populismo ‘trumpista’ que con sus falsas acusaciones de fraude electoral pretende socavar la democracia estadounidense.

La crispación como estrategia, sin construir nada que beneficie al país, es una manera burda hacer política. Al Gobierno se le debe combatir con propuestas que mejoren el país, no con infundios o mentiras que propalan argumentos generadores de historias para confundir el ánimo de la gente. No creo que los mayores problemas que tiene España actualmente sean los proetarras de Bildu, los independentistas de ERC o esa supuesta invasión de migrantes que hay que combatir con buques de la Armada. Tantas opiniones tendenciosas que juegan espuriamente con la Constitución, la bandera o la unidad de España y que confunden más que ayudan a fortalecer la democracia.

No creo que eso sea hacer política, venga de donde venga. Por encima de tanto ruido está el futuro del país, los valores democráticos o la convivencia. La implantación de una ‘realidad’ falseada que soliviante el ánimo de la sociedad no es moralmente lícita. Enfrentar a unos españoles contra otros, una indignidad. Azuzar el odio y las actitudes violentas, una bajeza moral.

Hace unos días nos sorprendió un ruido de sables, ¿solo nostálgicos?, alarmados por la supuesta quiebra de la unidad de España y proponiendo ideas tan descabelladas como fusilar a veintiséis millones de españoles. ¿Pretenden acaso retrotraernos al momento de mayor inestabilidad de la II República o del nacimiento de nuestra democracia? No quisiera pensar que esto es la punta del iceberg y que existe una amplia base social tan contaminada que respalde tan aviesas intenciones por desestabilizar el país.

Crear relatos plagados de falsedades no es hacer política, es mentir. Alentar el sectarismo partidista es menoscabar las bases del Estado y debilitar la democracia en un país que necesita tantos consensos. Nos quieren enfrentados.

* Artículo publicado en Ideal, 13/12/2020

* Ilustración de Juan Vida: Los cuerpos y los árboles son una máscara.