lunes, 3 de agosto de 2009

UNA DE PIRATAS


Quizá ahora que la canícula se está ensañando con nosotros sea el momento para recordar historias del mar. De esas que España sabe bastante, no en vano cuenta con más de tres mil kilómetros de costas y otrora dominó los mares.
En la época de ese esplendor marítimo, allá por los siglos XVI y XVII, España mantenía un lucrativo comercio con las Indias. De ese negocio, Inglaterra y otros países reclamaron su parte, aunque la primera se significara por sus malas artes. Isabel I de Inglaterra, la reina virgen, y sus secuaces, representados en el pirata Drake, se ocuparon de ello.
La piratería fue rapiñando todo lo que pudo del gran volumen de riqueza que viajaba de América a España. Y es que cuando hay algo donde echar mano allí que apremia sus pasos todo ‘quisqui’, y no digamos todo quinqui.
Desarrapado, con smoking, guante blanco o parche en el ojo. Da igual.
Por tierra, por tierra o por aire. Da igual.
El caso es que acuden como moscas a la golosa miel.
Durante siglos España tuvo que soportar la piratería que hostigó y abordó los barcos españoles. Los que no fueron robados, se hundieron, y pocos llegaron indemnes porque, en su caso, algún tributo habrían pagado para concluir una feliz travesía.
Hade dos años la empresa estadounidense Odyssey Marine Exploration, indagó en las costas del Algarve en busca del hundido buque de guerra Nuestra Señora de las Mercedes, que transportaba un cargamento de más de quinientas mil monedas de oro. Este buque había zarpado de las costas del virreinato del Perú y el 5 de octubre de 1804 fue hundido por barcos ingleses.
Entretanto se producía un río de reclamaciones y polémicas en torno a su propiedad, y las hemerotecas pueden dar fe de que llovieron los pretendientes, entre ellos, el Estado español, el tesoro se rescató y el Odyssey lo puso rumbo a EEUU.
¿Ha perpetrado el Odyssey un acto de piratería?
¿Qué les parece si en ese momento nuestras autoridades marítimas hubieran abordado el Odyssey y lo hubiesen dirigido a un puerto español, en vez de dejarlo escapar a EEUU?
¿Habríamos quebrantado, en tal caso, la legalidad que respalda el tránsito por aguas internacionales y nos habríamos convertido asimismo en piratas del siglo XXI?
¿O quizás sólo se hubiera tratado de una cuestión interpretativa acerca de la jurisdicción en la que se encontraba el tesoro, de quién era su propiedad o si el barco era un navío de la Marina española? Algo así como cuando las autoridades marroquíes o portuguesas nos apresaban un pesquero en aguas internacionales. O como cuando Canadá hizo algo parecido en la llamada guerra del fletán.
Lo cierto es que ahora tendríamos el tesoro en casa. Se estaría litigando acerca de su propiedad, pero el tesoro estaría aquí, en España, y no allende los mares, en Florida. Y en tal tesitura, a litigar se ha dicho, todo lo que nos apeteciera litigar. Mientras, el tesoro en nuestro país y a esperar que la Justica se pronunciara. Seguro que ya no tendríamos prisa y nos daría igual eso de la lentitud de la Justicia.
Lo dicho: el tesoro estaría en casa. La espera sería más plácida. Y: “paciencia piojo que la noche es larga”.
A veces, a nuestro país, en esto de las relaciones internacionales, se le han escapado las mejores.
¿Y por qué será que a los ingleses no?
Y que me perdonen los ingleses por meterlos en este desaguisado.