lunes, 1 de marzo de 2010

ANDALUCÍA, PENSANDO EN LAS PERSONAS

Quizá sea éste el peor momento para hablar de grandes ideas. Aunque, mirado de otro modo, acaso sea el mejor. Eso nunca se sabe, es la franquicia que entra dentro del grado de impredecibilidad que acompaña a nuestra existencia.
Cuando estamos inmersos en una crisis económica que lastra muchas de las políticas que se están llevando a cabo, cuando el número de personas desempleadas es una losa para la economía y para nuestras conciencias, cuando el rayo de luz que alumbre esta desesperada situación parece demorarse, es bueno echar una mirada a la Historia para constatar que siempre se halló una salida a los tiempos de adversidades. Vivir el presente modela nuestra perspectiva de los hechos y conforma la mirada hacia el futuro. Vivir tiempos difíciles genera inquietud e incertidumbre por el futuro, pero pensar que disponemos de recursos para pasar de las dificultades a los grandes proyectos es una exigencia de los que tienen la responsabilidad en la vida pública y de nosotros mismos que como ciudadanos tenemos que creer en nuestras posibilidades.
Es cierto que el pensamiento que respalda el nuevo Estatuto de Autonomía de Andalucía que se refrendó por los andaluces hace tres años no ha encontrado el mejor momento para desarrollarse. Si bien, justamente por las circunstancias que concurren, es por lo que se hace más necesaria una apuesta por él y por esta tierra. Ahora es el momento en que la idea de Andalucía que subyace en su texto deba ser arropada y potenciada por todos. Porque de la ilusión que se transmita y de la fortaleza que se derive de la confianza en ella es como podremos creer más en Andalucía.
Hace tres años decíamos, en este mismo periódico y en este día grande de Andalucía, que con el desarrollo estatutario se ponía en marcha un proyecto de Andalucía capaz de impulsar, si nos tomábamos el interés necesario, un espacio moderno y desarrollado. Una ambiciosa meta que se recoge en el artículo 10.1 del propio Estatuto: “La Comunidad Autónoma de Andalucía promoverá las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; removerá los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y fomentará la calidad de la democracia facilitando la participación de todos los andaluces en la vida política, económica, cultural y social”. Hoy este pensamiento por mor de la mala situación que estamos viviendo parece tambalearse. Pero es de este titubeo de donde precisamente deben nacer nuestra fuerza y nuestra ilusión. ‘Hacer’ es muy importante, pero ‘creer’ es la energía que impulsa cuando el ‘hacer’ se complica.
Durante esta crisis hemos llegado a escuchar que la existencia de 17 administraciones en el Estado español era un lastre para este país, que España no se podía permitir ese gasto tan mayúsculo que suponen las comunidades autónomas. Sin embargo, al decir esto no se repara en que la existencia de estas comunidades ha sido un factor capital para alcanzar el impulso social y económico acaecido en España en los últimos treinta años. Tres décadas de democracia y autonomía que han permitido la modernización de España a un ritmo tal que la han equiparado con los grandes países de nuestro entorno, dejando atrás aquel estado de subdesarrollo heredado de la dictadura. Es bueno echar la vista atrás para valorar lo que hemos conseguido y superar el fatalismo que muchas veces nos embarga.
Decíamos también en el citado artículo que el camino recorrido hasta ese momento con el Estatuto de 1981 había sido importante, pero el que arrancaba con el nuevo podría ser mejor. De entonces a ahora sólo han pasado tres años, mucho o poco tiempo según se mire, pero tal vez nadie pensaba que en nuestro camino se cruzaría el terrible obstáculo de la crisis económica. Soy de los que piensan que hay que crecerse ante las dificultades y, por ello, estoy convencido que serán muchas las oportunidades que se presentarán para salir adelante. La historia de nuestra trayectoria democrática debe servirnos para mantener la ilusión y la esperanza.
De esta crisis tenemos que salir más fortalecidos, al tiempo que debemos poner las bases que eviten cometer los graves errores que nos han conducido a ella. La salida de la crisis es una oportunidad excepcional para que la política y la economía piensen más en las personas frente a esas posiciones postmodernistas que buscan la aniquilación del sujeto. Llegado el momento en que una parte importante del tejido económico necesita reconstruirse, es la oportunidad para poner los cimientos de una Andalucía que mire con ojos de sostenibilidad. Aquí radicará nuestro principal y mayor valor. Una política y una economía sostenibles pensando en las personas, huyendo de esas posiciones que propugnan la reducción del Estado a su mínima expresión, porque su interés no es otro que convertir a los individuos en meros referentes para el consumo sin trabas algunas.
Soy consciente de que ese capitalismo salvaje se encuentra ojo avizor, agazapado tras el fiasco al que nos ha conducido, pero la fuerza de una democracia está en que no se nos pueda sustraer el derecho a participar y a levantar la voz. Ahí es donde juegan su papel las personas, las que gobiernan y las que caminan por la calle, todas. Personas con voz propia que no queden adormecidas por una política de sumisión ni por una estrategia económica que las haga dependientes del marketing y la publicidad.
En el impulso que se debe dar a Andalucía desde la crisis es importante que no perdamos de vista las ilusiones y los proyectos de las gentes de esta tierra. La educación puede constituir un baluarte fundamental para ello. Porque es sin duda una plataforma excepcional desde la cual pensar en los andaluces, en lo que son y en lo que pueden ser en el futuro, en su implicación como ciudadanía activa en una sociedad que tiene que afrontar retos y desafíos ante los que no se pueden quedar inermes e indefensos, desprovistos de las herramientas intelectuales que les hagan tomar sus propias decisiones.
El progreso no será progreso si no va avalado por los que deben ser sus destinatarios: los ciudadanos. Si éstos no se convierten en los beneficiarios de los avances de ese progreso como sujetos activos asistiremos a un avance tecnológico, pero desprovisto de su lado humano.
El Estatuto de Andalucía cuenta ya con un trienio. Ahora como nunca tiene que ser el Estatuto de todos los andaluces. La época que le ha tocado vivir en su corta andadura no es la más idónea, pero en su articulado se encierra un potencial de vida y futuro que a buen seguro dará sus frutos, constituyendo la mejor garantía de que las políticas realmente se dirigen hacia las personas.
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* Artículo publicado en el periódico Ideal, 26/2/2010