lunes, 18 de octubre de 2010

EL NOBEL MARIO VARGAS LLOSA

Pocas veces tiene uno la sensación de que la entrega de un galardón o un premio hace honor a los méritos y merecimientos del premiado. Pues bien, una de ellas es ésta en la que se ha concedido el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa. Su obra literaria simplemente lo avala.
La capacidad narrativa, la capacidad de imaginar y la riqueza en el uso del lenguaje son elementos que caracterizan su obra. Una obra extensa como corresponde a alguien que ha disfrutado, como bien ha reconocido, con el oficio de escritor.
Algo que se percibe cuando se le oye hablar. Lo hace con tanta pasión y prodigalidad en el verbo, enmarcado todo por esa sonrisa natural que le acompaña, que hasta entusiasma escucharlo.
La densa narrativa que escarba en el primitivismo de la naturaleza humana de La guerra del fin del mundo, la filigrana magistral que pasea con vértigo en el despertar a la vida de Los cachorros o el retrato sórdido de una sociedad que la dictadura es capaz de resquebrajar de Conversación en la catedral, no son más que tres botones de muestra de una fecunda obra. Porque hay más y más obras donde Vargas Llosa se mueve como un maestro de la palabra y de la recreación para poner a prueba la inteligencia del lector.
La fiesta del Chivo me sirvió para captar las sensaciones que a su regreso le provocaban la antigua casa, los espacios y lugares urbanos, y la ciudad entera a Urania Cabral. Conocer la visión de esta mujer que regresaba tras años de ausencia es lo que necesitaba para saber y para determinar cuáles podrían haber sido las emociones que sentiría Matilde Santos cuando se encontrara con Granada, tras un exilio de treinta años, en La renta del dolor.
Necesitaba captar las emociones que se despiertan en una persona cuando una larga ausencia te hace recobrar el contacto con tantas experiencias vividas, casi todas engarzadas en la niñez y la juventud. Las etapas de la vida en que los espacios urbanos alcanzan toda su viveza, marcando nuestra personalidad, al tiempo que transmiten y modelan nuestras percepciones.
Él ha sabido retratar mejor que nadie (excúseme el autor de El otoño del patriarca, García Márquez) el poder despótico y tiránico que ha subyugado a América Latina durante décadas. Hasta el punto de haber llegado al compromiso personal contra estos regímenes que han masacrado a pueblos enteros.
Después de tanta espera le ha llegado un reconocimiento que probablemente no hacía falta para valorar su obra, pero que una vez llegado no está de más.
La larga espera no le ha privado seguir exhibiendo y prodigándose no sólo en su obra narrativa sino en una presencia permanente en la prensa diaria, como buen hombre de su tiempo que sigue y siente los acontecimientos de la actualidad.
Enhorabuena al maestro del que a buen seguro seguiré aprendiendo en este oficio de escribidor.

1 comentario:

BETO dijo...

Por alguna extraña razón se ha borrado el comentario que te he dejado. Te decía que comparto a pleno tus palabras tan bien hilvanadas.
Es un autor que sigo releyendo, pues sus letras no se agotan con una sola lectura. Además sus notas periodísticas son comprometidas y valientes, y sabe interpretar muy bien lo que sucede en el mundo.
Un saludo amigo,
roberto