sábado, 16 de octubre de 2010

LA CLASE POLÍTICA, ¿UN PROBLEMA PARA LOS CIUDADANOS?

El barómetro de septiembre del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha mostrado unos datos preocupantes: la clase política y los partidos políticos siguen siendo parte del problema que tiene España en este momento. Al menos, ésa es la percepción de los ciudadanos entrevistados por el CIS, que sitúan a ambos como el tercer problema más importante en nuestro país, después del desempleo y la crisis económica.
Esto tiene muchas interpretaciones, pero hay una que a mí personalmente me preocupa sobremanera: la imagen que se está trasladando desde el interior de los partidos políticos a la sociedad.
Esa imagen se construye cada día y en absoluto le benefician conductas poco éticas y maniobras que la ciudadanía no termina de comprender, más allá de la corrupción, la mentira o los bochornosos espectáculos que se derivan de la crispación. Me refiero al uso de la política en provecho propio, a hacer de ella una profesión, a pulular de puesto en puesto como si para todo se sirviera…
Todo esto es lo que al ciudadano le sonroja, siente vergüenza ajena y cuando puede muestra su malestar.
Vivimos un tiempo en que las historias o los relatos establecen las coordenadas para el éxito o el fracaso. Construir una ‘verdad’, construir una ‘historia’, reforzada por la imagen, puede resultar a corto plazo muy rentable políticamente. Pero habremos engañado al ciudadano porque le habremos hecho creer en una historia carente de principios éticos y morales. Ése camino no me gusta porque se inicia con la mentira.
El desaliento del ciudadano ante los asuntos públicos es un síntoma de la sociedad actual. Ante ellos adopta dos actitudes: el distanciamiento o la rebelión. La primera es la más frecuente (dejar hacer a los otros), la segunda se produce casi siempre como una reacción ante lo imperdonable (pero ocurre muy poco).
Desde la política se ha acostumbrado al ciudadano a dárselo todo hecho: ‘no es necesario que pienses para eso estamos los demás’, es como si lo sumergiéramos en el ‘mundo feliz’ de Aldous Huxley. Pero a diferencia de los ‘alfa-más’ o las ‘beta-más’ cuando las cosas van mal el ciudadano de hoy, que no tiene subyugada aún su libertad, se rebela.
Prodigar desde la política decisiones que son incomprensibles para la opinión pública resulta contraproducente. Que se pueda hacer no significa que la ciudadanía lo acepte. Me preocupa enormemente esa opinión ciudadana que dice que la clase política y los partidos políticos son un problema para esta sociedad. La fractura que se está abriendo entre la clase política y la ciudadanía, entre los partidos políticos y los ciudadanos, es de consecuencias imprevisibles.
Y me preocupa más porque este malestar es fácil que se traslade al Estado y a las instituciones donde están los políticos gobernando, y éstas ya no serán vistas por la población de la misma manera. Es posible hasta que se desacrediten porque se confundan con los que están al frente de ellas. Pero las instituciones no son patrimonio de ningún partido político.
Si a esto no ponen remedio los partidos políticos, si no penen más decencia en sus formas de proceder internamente, es probable que terminemos lamentándolo todos.