martes, 2 de noviembre de 2010

LA DECENCIA EN LA COSA PÚBLICA*

Me preocupan los datos que ha proporcionado el barómetro de septiembre del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). La clase política y los partidos políticos siguen siendo parte del problema que tiene España en este momento, al menos ésa es la percepción de los ciudadanos entrevistados por el CIS, que sitúan a ambos como el tercer problema más importante en nuestro país. Por delante están el desempleo y la crisis económica, cosa obvia a tenor de la dimensión con que afectan a las familias y a la sociedad española.
Que la clase política sea un problema es una cuestión que puede resultar extraña. Los ciudadanos han respondido a la pregunta: ¿cuál cree usted que es el principal problema que existe en España? Tiene sentido la respuesta que alude a los dos que ocupan los primeros puestos, como lo tendrían las drogas, el terrorismo o la inseguridad ciudadana, porque se trata de productos o acciones susceptibles de agredirnos de manera directa. No creo que la clase política sea un virus que vaya provocando alergias o enfermedades. Otra cosa distinta es que hablemos de la gestión pública, que puede ser buena o mala, según las consecuencias que tenga para la vida social y económica de un país o de una ciudad. Pero no todos los políticos gobiernan y no todos los partidos políticos ganan unas elecciones y tienen posibilidad de gobernar.
A otra pregunta que recoge la encuesta (¿cuál es el problema que a usted personalmente le afecta más?) los ciudadanos sitúan a la clase política y los partidos políticos en cuarto lugar, ya que ahora las pensiones ocupan el tercero. Y las pensiones sí son un factor que afecta directamente a las personas porque de su cobro, en mayor o menor cuantía, depende el nivel adquisitivo de una persona y su calidad de vida. Ser político o ser una organización política, en sí mismo, es difícil que constituyan un problema que perturbe directamente a los ciudadanos. El político no va a casa de nadie a dejar desempleado a un hijo o a sisar en la cartera para que alguien no pueda comprar la bombona de butano.
¿Dónde radica, entonces, ese malestar de los ciudadanos hacia la llamada clase política y los partidos políticos para considerarlos como un problema?
En tiempos difíciles como los que nos han tocado vivir es lógico que la percepción del ciudadano sea negativa hacia los que considera que pueden hacer algo más por mejorar la situación social y económica. La personalización de la autoría de los problemas es algo que se comprende. El ciudadano cuando culpa a alguien de los problemas de un país o los que le afligen en su entorno próximo es natural que se acuerde del presidente del Gobierno o del ministro de turno, del presidente de su comunidad autónoma o del consejero del ramo y, en su caso, del alcalde. A ellos responsabiliza, pero no todos los que se dedican a la política ostentan estos cargos ejecutivos, u otros legislativos. Ni todos los políticos son iguales, como tampoco lo son todos los jueces o todos los profesores.
Esta negativa percepción ciudadana creo que hay que buscarla en otros aspectos que nada tienen que ver con la gestión pública y que probablemente sean más preocupantes que los derivados de ésta. Pues a una mala gestión se pone remedio en una democracia cambiando de opción política, pero a determinadas prácticas que abochornan al ciudadano y desacreditan a la política resulta más difícil cambiarlas en unas elecciones. Vivimos tiempos en que la imagen es una poderosa arma, y esa imagen se construye cada día. Es así como a la clase política le benefician muy poco las conductas poco éticas, las peleas parlamentarias y extraparlamentarias, así como sembrar de obstáculos proyectos de interés general, la corrupción, las mentiras, el uso de la política en provecho propio, hacer de ella una profesión o pulular de cargo en cargo como si para todos se estuviese capacitado. Todo esto es lo que al ciudadano le abochorna, lo que le hace sentir vergüenza ajena y por lo que cuando puede muestra su malestar.
La cosa pública es un servicio a la sociedad no un servicio a lo personal. Y en política se dan sobradas muestras de que lo personal prevalece sobre el interés general. La actitud ética de la persona, como le dice Savater a Amador, es ante todo una perspectiva personal (uno hace para bien suyo, se pone de acuerdo con uno mismo); por el contrario, la actitud política tiene que ver con los demás, con buscar el acuerdo con ellos, con volcarse hacia los demás. Demasiadas veces se confunde una cosa con otra. Estar en política es estar con los demás, es mostrarse en un escaparate público que no puede tener recovecos, porque la transparencia es una condición sin reservas.
Me preocupa la opinión ciudadana que refleja el CIS porque todo ese malestar está abriendo una fractura entre la clase política y la ciudadanía, entre los partidos políticos y los ciudadanos, de consecuencias imprevisibles. Por lo pronto, dicho malestar se puede trasladar al Estado y a las instituciones donde están los políticos gobernando. Y llegado el caso, la imagen del Estado y las instituciones públicas podría resentirse, lo que iría en detrimento de nuestra salud democrática.
La decencia en la cosa pública hay que demostrarla cada día y en cada acción.

* Artículo publicado en el periódico Ideal, 2/11/2010.