miércoles, 1 de diciembre de 2010

AQUEL PASADO QUE NO CESA*

La Guerra Civil es una herida demasiado profunda como para que haya tenido ocasión para cicatrizar. Aquellos tiempos han dejado demasiadas secuelas, no sólo en muertes sin sentido o en injustas represalias, sino en la memoria individual y colectiva. Y ésta, que es como la de un elefante, ya me dirán cuándo llegará a olvidar.
Aquella guerra (también, su antes y su después) es un tema recurrente, no ya para la historiografía, de todo punto lógico, sino para la literatura, el cine, el arte, el periodismo y otras manifestaciones civiles, institucionales o culturales. La proliferación de novelas que tienen como fondo la guerra se prodiga sobremanera. Sin ir más lejos y acudiendo a lo más reciente: Riña de gatos de Eduardo Mendoza o Inés y la alegría de Almudena Grandes. Ambas son un buen exponente de la plena actualidad del tema. La mirada de los españoles no deja de fijarse en aquel tiempo, quizá como síntoma de indispensable terapia colectiva. No es bueno guardar para sí ni el dolor ni los traumas.
En el campo de la Historia se ha abierto en los últimos años una lucha enconada, cuando no iracunda, en un enfrentamiento dialéctico entre ‘bandos’: los que muestran una visión más próxima a la República (Ángel Viñas, Santos Juliá) y los que en una línea revisionista se postulan en la defensa del golpe de Estado del 36 y del régimen fascista que se instaló con él (Pío Moa o César Vidal). La objetividad en el estudio histórico no existe, pero el estudio riguroso y documentado sí, puede ser la diferencia entre ambas visiones. Esta línea revisionista que ha venido alimentada desde la extrema derecha, noqueada durante dos décadas tras el fracaso del 23-F, desde hace tiempo se está dejando oír no sin cierta estridencia. Existen algunos medios de comunicación creados, entre otros objetivos, para tal fin.
La lectura de La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina me ha devuelto a la reflexión sobre todo lo que significó aquella guerra para los españoles de entonces (nuestros abuelos y nuestros padres, no otros), que vieron cómo se convulsionaba toda su vida: su cotidianidad, sus ilusiones más inmediatas, sus anhelos más próximos o sus proyectos de vida. Y a la vista de la pasión con que hoy se viven aquellos hechos, tendrá que pasar mucho tiempo antes de que los españoles alcancemos a verlos con perspectiva histórica. Que no significa otra cosa que quedar en la memoria colectiva con el mismo impacto para el presente que tienen las guerras carlistas para los españoles de este arranque del siglo XXI.
La lectura de esta novela nos alerta sobre algunas de las actitudes y formas de proceder que proliferaron en la España republicana. La obra nos sumerge en el Madrid de los meses anteriores y posteriores al inicio de la guerra. Casi siempre los momentos próximos a los hechos históricos suelen mostrar las verdaderas razones que movilizan nuestra actuación y el alcance de nuestras reacciones, antes de que el curso de los acontecimientos contamine las trayectorias ideológicas y las estrategias a seguir. Al producirse la sublevación cada cual se manifestó en su originalidad, como pillado por sorpresa. Unos revelaron su cobardía y otros su egoísmo, mientras que algunos se sumieron en su debilidad y otros en la ausencia de escrúpulos.
Una de las claves (obviamente, hay muchas más) de la derrota de la República la desvelan esos primeros meses de la guerra: la enorme fragmentación ideológica entre las fuerzas que la defendían y esa estúpida intransigencia que mostraron entre ellas. El Madrid de ese tiempo, como ocurrió en otras muchas ciudades y pueblos de España, fue dominado por un crisol ideológico donde cada uno hizo la guerra por su cuenta. Anarquistas, socialistas, ugetistas, cenetistas, comunistas, libertarios… todo el mundo dividido y todos en posesión de la ‘verdad’ y la solución al conflicto.
Los que se sublevaron mostraron firmeza en la acción, mientras que los que quisieron defender la República se sumieron en la confusión y en inoportunos y, a veces, estúpidos proyectos de acción ideológica. No obstante, en lo que coincidieron fue en sacar a relucir la ‘bestia’, pero a diferencia de los sublevados una bestia de múltiples cabezas que pugnaban entre sí. Aquel horror en que se convirtieron los primeros días de la contienda en el Madrid republicano parecían no tener fin. La caza del enemigo se erigió en la principal premisa de actuación, todo se dejó a la suerte que cada cual buscó.
Me contaba un familiar ya desaparecido, hombre de fuerte convicción comunista (vaya la aclaración por delante) que algunos milicianos republicanos se condujeron con la misma crueldad que soportaron muchas gentes de los pueblos arrasados por las razias que perpetraron los fascistas en sus incursiones en el frente republicano. Esa actitud republicana, casi guiada por el instinto más que por la directriz gubernamental, la justificaban bajo estúpidas razones de defensa de la causa, limpieza de los enemigos de la República, razón ideológica o de praxis de cualquier otro tipo.
Una guerra, donde la confianza en los ‘nuestros’ no existía, no se podía ganar con aquella locura miliciana que se extendió por doquier en la España republicana. Se gastaron las energías en una desbaratada depuración del enemigo interior, en una obsesiva persecución sobre cualquiera que levantara una mínima sospecha, aunque fuera de los ‘nuestros’.
La Guerra Civil está de actualidad, y lo seguirá por mucho tiempo.

*Artículo publicado en el periódico Ideal, 30/11/2010.