domingo, 20 de noviembre de 2011

OTOÑO

Donde vivo el otoño se desnuda dejando la misma impronta que él impone a los numerosos árboles que aquí proliferan, a pesar de la especulación urbanística de la que estos parajes, aunque menos, tampoco se han librado.
Está siendo un otoño duro y difícil para la vida de la gente, tan distinto del otoño meteorológico, cálido, de transición lenta al invierno que hasta ahora nos ha acompañado.
Los ocres, los marrones, los amarillos desvirtuados, los anaranjados imposibles o los tonos violáceos están presentes en cualquier punto donde se mire. Es la otra explosión de colores del año, distinta a la de la primavera, pero cargada también de vida, sentimientos y emociones.
El invierno se aproxima en el hemisferio norte, y cuando el frío congele las aguas de los charcos y las fuentes me temo que lo hará también de las muchas ilusiones y anhelos de la gente. Los augurios en la economía presagian que las penalidades seguirán in crescendo, que los efectos negativos en la economía seguirán cebándose con el común de las personas.
En la economía del mundo desarrollado hace tiempo que penetró un invierno que se antoja inacabable. El eterno invierno duro, gélido, casi infinito de Guerra y paz que acabó con el ejército napoleónico.
Los mercados tienen una cara cada vez más reconocible y un alma cada vez más desalmada. Mientras, los poderes públicos cambian de cara pero no dejan de ser el títere que les interesa a los poderes económicos. Han cambiado, pasándose la soberanía popular por el forro de las bolsas de caudales, a los gobiernos de Grecia y de Italia. Como si la democracia fuera una mera formalidad.
Ante tanta degradación cobijémonos, aunque sólo por un momento, en este otro Otoño de Juan Ramón Jiménez:

Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina.

1 comentario:

Erato dijo...

Magnífica y entrañable entrada.Me encantó.Un abrazo