jueves, 8 de diciembre de 2011

LAS LÁGRIMAS DEL MAESTRO

El otro día vi llorar a un maestro. Lloró cuando nos despedíamos. Lloró después de narrarme con un nudo en la garganta el episodio del que había sido involuntario protagonista con la madre de una de sus alumnas. Le pregunté qué edad tiene esa madre, treinta y tres o treinta y cinco años, me contestó.
Al parecer la madre le increpó en las escaleras delante de todos sus alumnos. No le bastó la sugerencia que le hizo el maestro de emplazar la conversación al tiempo de tutoría, tres horas más tarde. Le acusaba de haberle producido un moratón a su hija en el brazo que ni siquiera en ese momento se apreciaba.
Hoy los maestros (léase también profesores) se quejan de que su profesión no tiene la consideración social que por su aportación a la sociedad debería tener. Esto ya lo decíamos en La educación que pudo ser, y el día a día no hace más que corroborarlo. Llevan los profesores bastante razón en esto, aunque se trate de un mal compartido por otras muchas profesiones públicas: médicos, enfermeros, trabajadores sociales, jueces…
En este episodio escolar hay algo que me preocupa de igual modo y, si me apuran, bastante más. Me refiero a la presencia de los niños cuando se dirimen diferencias de opinión, o se contraponen puntos de vista, entre maestros y padre, es decir, entre adultos. Algo que entra dentro de los cánones de la razón. Lo que me parece menos racional es que en tales disputas se haga partícipes activos o pasivos a los niños. Y muchos padres lo hacen.
La presidenta de una asociación de padres y madres de un instituto me lo decía días atrás: “es un disparate que en las casas se hagan comentarios ofensivos o peyorativos contra los profesores delante de los hijos”.
Hoy son relativamente frecuentes los episodios de padres que se dirigen de malos modos a los maestros y a los profesores con sus hijos como testigos. Una manera de proceder que es camino más corto para inocular en el niño la falta de respeto y desconsideración hacia sus maestros.
Me cuentan los maestros (a mí me gusta escucharlos) que la relación con los padres jóvenes, cuyas edades oscilan en los treinta años, la relación es más áspera, si cabe, más irrespetuosa que la que tenían con los padres de estos. A mí me viene a la mente que estos padres jóvenes que rondan los veintitantos o los treinta y tantos años estaban en la escuela en los años noventa, y que son herederos de una educación que algunos aspectos se nos escapó de las manos. He defendido la Logse, y sigo defendiendo que fue una ley que trajo un sistema educativo moderno y adaptado a un país que estaba construyendo su democracia. No creo que sea sospechoso de lo contrario. Pero, al igual que decía entonces, creo que cometimos algunos errores en su aplicación. Errores que ahora se aprecian en estos adultos jóvenes, entonces nuestros alumnos, que nos llevan a sus hijos a la escuela.
Lloraba el maestro porque sentía herida su dignidad profesional, más que la personal, después de treinta años de ejercicio de la docencia. Lloraba porque se le acusaba de algo que no había ocurrido: agarrar a la niña del brazo, pero lloraba sobre todo porque sentía que su impecable trayectoria profesional, comprometida con la educación, ahora era despreciada por unas formas burdas, maleducadas y groseras de actuar.

2 comentarios:

Elena dijo...

La estupidez humana, ya lo dijo Einstein, es infinita.... eso es todo ¿para qué le vamos a dar más vueltas?
Yo, como madre, también me he visto en algún momento menospreciada por alguna maestra, pero desde luego que no he derramado ni una sola lágrima. Los hay buenos, malos y mejores... pero tanto dentro como fuera, víctimas y verdurgos los hay en las dos líneas, es la realidad de la sociedad en la que vivimos por desgracia.

Erato dijo...

Yo quiero creer por encima de todo que siempre habrá personas que valoren esto cada día, que se reflexione sobe lo que supone que tus hijos pasen cinco horas diarias con los docentes.Creo que este tipo de actitudes deben ir a menos mientras valoremos nosotros mismos nuestra labor frente a familias que menosprecian la labor educativa.Un abrazo