lunes, 5 de marzo de 2012

REFORMA LABORAL, VERSIÓN CATÓLICA


Que hemos sucumbido a la tiranía de los mercados bajo esta ola neoliberal, ya no lo cuestiona nadie.
Que cuando hablamos de la salida de la crisis económica casi todo el discurso está perfectamente encajado en los patrones del capitalismo neoliberal, ya no se discute.
Que aquí quienes toman decisiones sobre países y ciudadanos constituyen el brazo ejecutor de los intereses del poder económico mundial, creo que ya es una realidad.
Que no se hable de reformar los mercados, de sujetar con alguna brida el poder económico mundial, por parte del poder político, es algo que duerme el sueño de los justos.
Que cuando se habla de adoptar reformas (laborales, sobre todo) para estabilizar las economías se reforme sólo lo que atañe a la ciudadanía: trabajo y servicios públicos, es algo obvio.
Que la Iglesia se pusiera en contra de los que condenan la reforma laboral era una probabilidad que no esperábamos se hiciera evidencia. Pero se ha hecho realidad.
La reforma laboral afecta a todos los trabajadores habidos y por haber, altos y bajos, negros y blancos, laicos, agnósticos y católicos. Pero parece ser que a monseñor Rouco Varela no le parece bien que los obreros católicos, que los hay y en su derecho están, se manifiesten en contra de la reforma laboral.
En sentido contrario a esta reforma laboral promovida por el Gobierno del Partido Popular se han manifestado la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y la Juventud Obrera Cristiana (JOC) en un comunicado distribuido por las parroquias. Ante lo cual el cardenal Rouco no ha tardado en ordenar a sus vicarios que desautoricen lo manifestado por ambas organizaciones. Entre otras cosas, estas dicen de la reforma laboral: “Es otra agresión al trabajo humano como principio de vida y rompe el débil equilibrio conquistado históricamente entre capital-trabajo, alejándose del principio defendido por la Iglesia de la prioridad del trabajo frente al capital”.
Ante esto me pregunto: ¿para quién trabaja el señor Rouco, si los obreros católicos que son los suyos, y además hay más que católicos ricos, aunque entre aquellos tengan menos dinero que los segundos, son abandonados por su pastor?
Mala cosa es no seguir la Doctrina Social de la Iglesia que surgió a finales del siglo XIX con el Papa León XIII y su encíclica Rerum Novarum. Entonces a la Iglesia no le quedó otro remedio que posicionarse frente a la ignominiosa y lamentable situación que vivía la clase trabajadora, en un tiempo en que el capitalismo se fortalecía a costa del trabajo esclavo de millones de obreros que soportaban unas condiciones laborales inadmisibles.
Ahora que celebramos el bicentenario del nacimiento de Charles Dickens es una buena excusa, si no lo hemos hecho antes, para dar un repaso por su obra y así conocer cuáles eran las condiciones de vida del ochenta por ciento de la población. Porque parte de la obra de Dickens más que literatura, que también, cabe catalogarla como testimonio histórico de un tiempo difícil para la mayoría de sus conciudadanos.
Aunque fuera sólo por caridad cristiana (que fueron muchas cosas más) con la Doctrina Social la Iglesia se apiadó de los obreros del XIX, ¿no lo va a hacer ahora con los del siglo XXI, sobre los que están cayendo algo así como otras diez plagas egipcias?
¡Qué lejos está la jerarquía eclesiástica de su pueblo, y de la realidad de este país!