viernes, 20 de julio de 2012

UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

Hay veces en las que uno se propone conocer un poco más a las personas. Es como si un interés repentino nos llamara a centrar la atención sobre algo o sobre alguien que hasta ahora sólo había bordeado los límites de esa rumbosa curiosidad que nos hace ampliar los horizontes de nuestro mundo interior. Hoy un compañero de trabajo que se jubila en el próximo mes nos ha dejado sobre la mesa su última misiva lingüístico-literaria que titula “Una de cal y otra de arena”. Joaquín, inspector de educación durante décadas, es un hombre instruido y voraz lector de toda clase de literatura. Por Navidad acostumbraba a enviarnos una hoja donde recogía una reflexión sobre el uso del lenguaje y alguna recomendación literaria. En 'la de arena' solía insertar un apunte aclaratorio y reflexivo sobre el uso o abuso de alguna palabra o expresión; en 'la de cal' siempre nos ha ofrecido un texto o un poema junto a algunas lecturas recomendadas.

Hace unos días le recordé que la pasada Navidad había olvidado su cita con “Una de cal y otra de arena”, y que personalmente la había echado de menos en algunos momentos, como si se tratara del dulce que nos acaricia el paladar tras una comida. Y no ha tardado ni dos días en procurarnos la edición de esta misiva literaria, la última como bien especifica en el inicio. Con ella, acaso haya querido subsanar aquel olvido, al tiempo que ofrecernos una elegante despedida. Ahora ha incluido una breve reflexión sobre el uso de la palabra 'puntual' y del verbo 'adecuar', y también unas estrofas del Cántico Espiritual de San Juan de Cruz. Se trata del arranque del Cántico, en esas canciones entre el alma y el esposo, cuando la esposa se dirige a su amado de este modo:

“¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.

Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.

Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.”

El Cántico Espiritual lo escribió San Juan de la Cruz en 1578 y no alcanzó a verlo publicado en vida por las trampas de la censura y el amenazante hostigamiento de la Inquisición. En su publicación tuvo una participación crucial la madre Ana de Jesús, que al ser expulsada de España se llevó el texto a París donde fue publicado en 1622 en francés. A España no llegaría hasta 1630. San Juan de la Cruz había sido detenido y recluido en 1578 por los carmelitas calzados en el monasterio carmelita de Toledo tras su colaboración con Santa Teresa de Jesús en la reforma de la orden. Ocho meses estuvo encarcelado en el calabozo en condiciones penosas. Durante ese cautiverio alumbró las treinta primeras estrofas del Cántico, aunque las tuvo que memorizar al no disponer de medios para escribirlas. Tras su salida del cautiverio completó esta obra entre Baeza y Granada.

Cuando he ido a regalarle un ejemplar de La renta del dolor, Joaquín Alcázar sabe que echaremos de menos la próxima entrega de “Una de cal y otra de arena”. Sus ojos vivarachos, resistentes a apagarse, le delataban.