sábado, 13 de julio de 2013

UN LIBRO Y UNA PLUMA PARA CAMBIAR EL MUNDO

En defensa del reino del hombre y su justicia Blas de Otero pedía la paz y la palabra. Para cambiar el mundo Malala ha pedido en la ONU un libro y una pluma.

Hace menos de un año supimos del bárbaro atentado que sufrió esta chica paquistaní a manos de los talibanes por querer ir a la escuela. Fue un acto vil que demostró el miedo que muchos tienen a la educación de las personas y de los pueblos. Hay quienes prefieren la ignorancia al saber y al conocer, y desean la sumisión a la capacidad de entender, valorar y criticar.

Hoy Malala ha estado en la sede de Naciones Unidas para hablar de ella y del deseo de saber y conocer que una vez quisieron sesgarle acabando con su vida. En este foro mundial ha pedido que se invierta más en educación, y lo ha expresado con sencillez: “Un niño, un lápiz y un libro pueden cambiar el mundo”. Y también ha dicho: “La educación es lo primero”. Una frase que estamos acostumbrados a escuchar tantas veces en política, y casi siempre con un falso tono de aparente franqueza, pero que escuchada en la voz blanca y limpia de Malala ha sonado transparente y sincera.

Malala ha tomado la palabra en la ONU para ensalzar la educación y hacernos ver que es el camino. Y esto dicho por una niña perteneciente a un país donde la discriminación y la precariedad en la educación son moneda corriente (y por alguien que ha arriesgado su vida por ejercer ese derecho, no lo olvidemos) suena con aire rotundo y convincente, como si fuera un aullido entre tinieblas. Sus palabras se han percibido como el resplandor necesario para que de una vez por todas nos ocupemos de los millones de niños y niñas que no van a la escuela o reciben una educación escasa.

Ella no tiene más que la palabra para defender la educación, no dispone de otros medios, salvo esa experiencia vital tan atroz. Aun cuando hubiera perdido su vida no le habrían arrebatado la palabra, porque su muerte hubiese proclamado un mensaje claro a favor de una causa imperecedera. Pero afortunadamente le ha quedado la vida para poder ejercer ella misma la palabra, y para levantar la voz por la educación en el mundo y defenderla como un derecho. Igual que nos queda la palabra en los versos de Blas de Otero: “Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré, como un anillo, al agua, / si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra”.

Malala no ha pedido más que un libro, una pluma o un papel para cambiar el mundo. Cuánta grandeza hay en las cosas simples y pequeñas, esas que en nuestra sociedad de consumo asilvestrado nos parecen tan poco, olvidando que la verdadera revolución nace siempre del espíritu. Bien haríamos, con detenida reflexión, en pensar en lo dicho por Malala, seguramente entenderíamos mejor lo importante que es mimar nuestra educación.

3 comentarios:

Serafín dijo...

¿La subsistencia de la especie humana se encuentra en la palabra de la juventud?

¿De que nos sirve la educación intelectual que con el transcurso de los años adquirimos?

La ley del más fuerte se ha impuesto (¿ley natural?), y como tú bien dices, una voz limpia e inocente nos recuerda las vergüenzas que arrastramos...

Mientras haya inocencia maltratada, habrá esperanza.

Un libro, un lápiz... Que poco se necesita, pero que cerca y a la vez que lejos nos encontramos de la educación.

Antonio dijo...

Es cierto que se necesita tan poco para armar la educación de un niño. Pero también se necesita un dolar diario para salvar a millones de personas del hambre y nunca se encuentra ese dólar.
Buena reflexión, Serafín. Un abrazo

Eli dijo...

Valiente esta chica. Es un símbolo para la educación mundial.
Y no cesan las amenazas contra ella.