martes, 8 de octubre de 2013

EL CRISTAL CON QUE SE MIRA

Los tiempos que corren nos empujan a la reflexión. Se han caído tantos tópicos y tantas certezas que nos parecían tan sólidas, que vivimos en una incertidumbre como no recuerdo desde hace mucho tiempo. Son tiempos en que el hombre se ha hecho más lobo para otro hombre, como no recordábamos en nuestro mundo occidental tan próspero, acomodado y protegido como nos lo habían vendido. Fuera de él sabemos que esto es corriente, porque en ese otro mundo disfrutan menos de los derechos humanos que a nosotros nos parecían tan inmortales.

Hace unos meses Antonio Muñoz Molina nos ofrecía sus reflexiones en Todo lo que era sólido sobre ese pasado que es tan sólo de hace unos años. Pensábamos que íbamos a ser eternamente ricos, que nuestros derechos habían derrotado a los poderes del mundo, que los partidos políticos trabajaban por nosotros, que nuestra seguridad como usuarios de una situación de bienestar nos permitía tenerlo todo… Pensábamos que la civilización había llegado a la cumbre en el disfrute de los bienes de la tierra y de las ventajas de la ciencia.

Hoy es Juan Vida quien reflexiona con la exposición El cristal con que se mira (Biblioteca de Andalucía, Granada) sobre lo que somos cada uno de nosotros y sobre esta sociedad de cartón piedra que nos habían vendido como el paraíso de las fuentes inagotables. Y que a poco que ha aparecido una de esas tormentas tropicales, que asolan las costas de las islas caribeñas, mexicanas o de cualquier otra desgraciada zona de azotes periódicos de la naturaleza más bravía, en forma de movimiento financiero, la ha hecho derrumbarse hasta desencantarnos y hacernos ver que ese mundo no volverá.

En esta exposición de Juan Vida asistimos a ese proceso reflexivo al que acudimos cuando el mundo se nos tambalea y no sabemos lo que hacer con él. Ahora que este mundo parece devastado por un ciclón que lo arrastra todo, y que ningunea a los seres humanos subidos en una barcaza cargada con más de quinientos inmigrantes cerca de la costas de Lampedusa, en los que parece no reparar nadie así que pasen veinte pesqueros, aun cuando zozobre hasta hundirse y mueran más de la mitad de sus ocupantes, ahora en ese mundo, quizá como consecuencia de esa devastación, no nos quede espacio para otra cosa que no sea la reflexión. Y es que el poder bronco y tirano se ha hecho demasiado fuerte.