sábado, 24 de octubre de 2015

Ya está bien de la educación utilizada como arma política e ideológica*

Mi entrevista para la plataforma de acción ciudadana "Sincronía. Una Sola Humanidad", publicada en la sección 'Voces'.

¿Crees que nuestro sistema educativo cumple las funciones y objetivos de la sociedad del siglo XXI?
Si analizamos los principios y finalidades en que se sustenta nuestro sistema educativo, establecidos en la actual ley orgánica y en las otras leyes que se han publicado en los últimos veinticinco años, cabría decir que sí contempla los objetivos de la sociedad del siglo XXI. Tales principios bienintencionados dotan a las leyes de un halo de mesianismo y redención. Pero hay una realidad que parece desmentirlo. La implementación de los mismos ya nos dice lo contrario. En ocasiones la escuela está tan alejada de la realidad que impide poder cumplir las funciones y objetivos que una sociedad tan cambiante le reclama.
Hemos de tener en cuenta que una gran parte los saberes y conocimientos están fuera de la escuela, por lo que ha dejado de ser esa institución secular de la que emanaba todo. De modo que la escuela debe estar abierta a lo que le rodea, y esto no siempre ocurre, a pesar de que haya postulados en la ley que sí hablen de ello. Esa falta de sintonía entre las palabras y la realidad es la que no ha permitido casi nunca un desarrollo pleno del sistema educativo en nuestro país, ni ha favorecido que la escuela se muestre como una institución dinámica y conectada con la sociedad.
Por otro lado, uno de los objetivos de la sociedad es que el sistema educativo forme ciudadanos activos y plenamente integrados, y esto no siempre se consigue, muchas veces por razones que exceden del ámbito escolar, y otras porque tampoco le acompaña la otra parte responsable de la educación: la propia sociedad.

Desde tu experiencia personal, ¿cuáles son los principales problemas de la educación en nuestro país?
No recuerdo un momento en estos años de democracia en el que no se haya hablado de los problemas de la educación en nuestro país, y tampoco he visto el momento en que realmente se hayan puesto las bases para solucionarlos convenientemente. Digo esto, entre otras cosas, porque me da la impresión de que los problemas en educación desde que dimos el salto a la democracia se eternizan, sin que hayamos puesto los medios para su resolución, y a veces haciendo actuaciones tan onerosas como baldías. Cuando yo experimentaba en los años ochenta y noventa en el ámbito educativo lo hacía convencido de que íbamos a impulsar la mejor educación posible. Pasado el tiempo los discursos que entonces nos valían para todo ese proceso innovador he visto cómo se repetían una y otra vez, cómo los argumentarios volvían a ser los mismos y cómo seguíamos hablando de los mismos problemas que en aquel tiempo tratábamos de encauzar. Acaso esto sea parte de nuestro fracaso colectivo.
En una primera aproximación a esos problemas destacaría la intromisión excesiva de la política en la educación, utilizada ésta como arma política y estando secuestrada y sometida a los intereses políticos. Pero no me olvidaría tampoco de la formación inicial y permanente del profesorado, o del bajo nivel que se aprecia en los modelos de formación imperantes actualmente en la Universidad y en la red de formación permanente promovida desde las administraciones públicas. Una de los claves que se barajan en el sistema para alcanzar un buen nivel educativo es que aquello que los docentes hacen en el aula es lo que marca la diferencia en los resultados de aprendizaje de los alumnos. Y así podríamos hablar de algunos problemas más: la escasa autonomía de los centros, el poco respeto a la labor del profesorado, la sofocante burocracia en los centros o la escasa participación y colaboración efectiva de las familias en la educación de sus hijos. Como vemos, problemas viejos para tiempos nuevos.

¿Cuáles son los retos educativos del siglo XXI y qué respuesta exigen?
Cada sociedad busca con la educación formar a mejores ciudadanos, como personas y como individuos cualificados. Los retos educativos deben orientarse en ese sentido. Pensar exclusivamente en que la educación debe estar al servicio del desarrollo económico, independientemente de que su cometido sea también proporcionar una buena cualificación profesional, es un planteamiento muy parcial que no se corresponde con lo que debemos concebir como educación. La Europa de hoy está forzando a los sistemas educativos a pensar en términos de economía por encima de planteamientos que miren más a la persona en su conjunto. Atrás parece haber quedado aquella propuesta que Jacques Delors resumió en La educación encierra un tesoro, un planteamiento educativo que mucho me temo ha sido postergado en una alta proporción en este inicio del siglo XXI. Pensar menos en la formación de las personas como ciudadanos y más como individuos productores nos proporciona solo una respuesta meramente mecanicista a los retos educativos que cada día tiene que afrontar la escuela.
Los retos educativos del siglo XXI pienso que son los mismos que antes de la llegada del nuevo siglo: educar a mejores ciudadanos. Si bien, es obvio, que no podríamos olvidarnos de las exigencias de este tiempo, como ocurre por ejemplo con la revolución de las nuevas tecnologías. Pero el ser humano debe estar por encima de todo. Si miramos lo que acontece en el mundo a nuestro alrededor me reafirmo mucho más en ello. Es lamentable observar cómo, a pesar de los esfuerzos realizados desde el sistema educativo, la sociedad sigue teniendo altas cotas de insolidaridad, violencia, actitudes incívicas, violencia de género, desatención del medio ambiente… ¿De qué ha servido en la educación potenciar en varias generaciones valores interculturales, de igualdad de sexos, de respeto al entorno…? Creo que la escuela se ha topado siempre con el peor enemigo que tiene: el mal ejemplo de la sociedad. La misma sociedad que curiosamente acude a ella para que le solvente los problemas de violencia de género, educación vial, respeto medioambiental, etc.
¿Los retos educativos?, la escuela debe seguir volcándose en formar a mejores ciudadanos, mejores personas, individuos que hagan una sociedad más justa, lo cual no es óbice para que su formación como profesionales alcance el mayor nivel de excelencia que sea factible. Ésa es la repuesta que tiene que seguir dando la escuela, al tiempo que mostrar su rebeldía frente a la falta de consideración que la sociedad tiene hacia ella.

¿Hacia qué modelo educativo debemos ir?
En la sociedad del siglo XXI el modelo educativo tiene que configurarse como algo versátil y dinámico, la respuesta a las necesidades de una sociedad cambiante empuja a que la educación esté dotada de los mecanismos suficientes para atender dicha demanda. Dicho esto, que puede sonar a respuesta de manual, sí quiero precisar algunas cosas. El modelo educativo al que debemos tender es aquel que no olvide que su cometido es la formación de personas en todas sus variables, en el que los valores, la ética y la moral son elementos fundamentales en la formación. Educar a personas libres, críticas y con capacidad para ser ciudadanos activos. Sin ello, cualquier modelo educativo perdería la consistencia teórica para aspirar a la consolidación y transformación de una sociedad. La educación pasaría a ser mera instrucción, y para eso puede servir cualquier otra institución, pero no la escuela.
El modelo educativo tampoco puede concebirse como un instrumento exclusivo del modelo económico, de modo que arrastre toda su actividad a dar respuesta a los requerimientos de una economía con intereses meramente centrados en la cuenta de resultados. Sabemos que ésta es una de las presiones que hoy soporta el sistema educativo, y no es que la preparación profesional no forme parte de su cometido, pero la educación es una actividad tan llena de matices, con relaciones interpersonales tan enriquecedoras, que no todo es que nuestros alumnos se conviertan en magníficos emprendedores, como parece que está de moda en el discurso imperante. En estos términos, prefiero que nuestros jóvenes sean mejores emprendedores de sus proyectos vitales, de sus trayectorias personales y de sus relaciones interpersonales.

¿La aplicación de las llamadas nuevas tecnologías es la adecuada en nuestros centros escolares?
En los años que llevamos de siglo, en los que se han promovido iniciativas en este sentido, hemos observado un alto porcentaje de fracaso en la aplicación de las nuevas tecnologías en la educación, quizás porque antes no dimos el impulso necesario para alfabetizar digitalmente a la sociedad, es decir, a los padres de los niños. Malas experiencias ha habido: aquello de los portátiles para cada niño acabó como el rosario de la aurora. Durante estos años se ha producido un esfuerzo en dotación de medios a la escuela y una irreflexiva incorporación de las TIC al currículo y su implementación en la práctica diaria del aula; además de los portátiles se han dotado a los centros de aulas informáticas, instalado pizarras digitales en las aulas…, pero la práctica docente adolece de una mayor implicación en este sentido. Somos prisioneros del libro de texto, y la tendencia como vemos cada inicio de curso no es fácil alterarla.
La formación inicial y permanente del profesorado no es la adecuada para favorecer esto. Cuesta trabajo que el profesorado vea, o tampoco se le facilita, que él puede ser el protagonista en la elaboración de materiales, en configurar el diseño curricular en el aula utilizando las múltiples ventajas que hoy ofrecen las TIC, y sigue dependiendo mucho del libro de texto, de las actividades de lápiz y papel. No hemos conseguido que la innovación que suponen las TIC en el desarrollo curricular alcance la notoriedad y las ventajas que con toda probabilidad tienen en la práctica de aula y más allá de ella. La aplicación de las TIC requiere una reflexión profunda por parte de todos.

Hemos tenido siete leyes de educación desde la transición democrática ¿Cómo afecta eso a la calidad de la enseñanza?
Hace tiempo escribí que la educación fue la gran olvidada en los Pactos de la Moncloa de 1977. A partir de ahí, la educación se dejó en manos del capricho del gobierno de turno. La trayectoria de la educación en España, en los casi cuarenta años transcurridos desde aquel acontecimiento, corrobora que no se dio el mejor paso.
La educación necesita estabilidad, el trabajo en el aula necesita tranquilidad, no se puede estar cuestionando y alterando cada dos por tres la organización curricular, los modos de trabajar, los enfoques metodológicos, las practicas educativas. Pues bien, esto es lo que ha venido ocurriendo en todo este tiempo. No niego que es necesario introducir cambios e innovaciones, pero con frecuencia se ha abusado de ello y sin mucho criterio, sin pensar en el trabajo del aula o en la práctica docente.
Soy el primero en entender que la sociedad evoluciona, que la escuela se tiene que adaptar a los cambios, que el profesorado tiene que impulsar su formación permanente, que los alumnos cambian y no podemos obviar esta cuestión, pero de ahí a provocar continuos cambios terminológicos y sus enfoques respectivos (objetivos operativos, capacidades, competencias…) como si el trabajo que hubiéramos realizado unos meses antes ya no tuviese validez, por esa estúpida obsesión innovadora, hay un abismo, que es el que está llevando a la escuela y a los docentes a una desconfianza total hacia todo lo que llega nuevo. De ahí que con siete leyes educativas parezca que nunca hemos dado en la tecla para alcanzar la estabilidad y la coherencia que la educación requiere. Demasiadas rupturas, demasiados intereses ideológicos y políticos, y demasiados cambios innecesarios, a veces tan incoherentes y confusos como absurdos.
A veces he llegado a pensar que hemos sido demasiado torpes en este país, o demasiado malintencionados mirando sólo nuestros intereses de grupo, pensando más en las ocurrencias y en dejar nuestra huella para la posteridad que verdaderamente en la educación. La prueba es que no hemos sido capaces de arbitrar un sistema educativo en el que quepamos todos, con ideologías y pensamientos educativos dispares.
Es indudable que todos los sectores de la comunidad educativa se ven continuamente desconcertados por los continuos cambios, pero especialmente el profesorado, que no es que tenga que adaptarse a los nuevos tiempos es que se ve afectado por un galimatías terminológico que más que aclarar confunde, todo ello en detrimento de una mejor calidad educativa. La estabilidad y el sosiego que requiere la educación, el trabajo sereno en el aula y, algo importante, la ilusión del profesorado se han visto tan afectados que hoy es difícil encontrar a un agente de cambio como son los docentes suficientemente motivado; no obstante, es cierto que los hay, a pesar de todo y afortunadamente para el sistema, venciendo tantos imponderables. Pero de todo esto parecen no darse cuenta los políticos, o sí y no les interesa, y no reparan en el daño que se está provocando a la educación con ese baile legislativo de reformas.

¿Hasta qué punto es importante lograr un consenso educativo? ¿Es posible ese consenso?
Me van a perdonar, pero soy muy escéptico al respeto de alcanzar ese consenso, y no es que no desee que se alcance, pero la experiencia profesional y política me lleva a pensar de este modo. Durante años llevo hablando de la necesidad de consenso y la urgencia de alcanzar un pacto educativo en nuestro país… Soy el primero que lo demando, pero hay una realidad turbia e ingrata en los partidos políticos que no deja hacer, impidiendo encontrar la línea necesaria e idónea para una mejora de la educación en España. Y si alguien lo intenta, como hizo Gabilondo hace cinco años, ya habrá quien en la oposición política ponga trabas, e incluso en el mismo seno de la propia organización política.
El consenso político, en caso de alcanzarse, sería una bendición para la educación en España. Le imprimirá el impulso y la calma que tanto necesita. Ya está bien de la educación utilizada como arma política e ideológica, o como instrumento para intereses particulares de poderes fácticos o lobbies, o como herramienta para la defensa de una lengua…
¿Es posible el consenso?, siempre guardo unas gotas de optimismo dentro de mí, a pesar de la tozudez de los hechos, y si hay muchos hombros que empujen es posible que lo alcancemos; si hay muchas voces que clamen, quizás puedan vencer el autismo en que se zambulle la política en este asunto. Si realmente se colara el amor por la educación en el seno de los partidos políticos, tal vez se alcanzaría. El pacto educativo no tiene más que un camino: el que impone una escuela democrática en una sociedad democrática, laica y mirando hacia valores éticos y democráticos.

¿Cuáles son los principales problemas para alcanzar un pacto de Estado en Educación?
El principal problema viene de la política y adláteres. En mis contactos con miembros de comunidades educativas: padres, profesorado, sectores afines a la educación, etc., solo he encontrado unanimidad en cuanto al deseo de alcanzar un pacto de Estado en educación. Estoy convencido que si realizáramos una encuesta a la población en general, arrojaría un porcentaje elevadísimo a favor de ello. Pero si preguntáramos a partidos políticos, sindicatos o grupos fácticos relacionados con la educación, de cara al exterior mostrarían un discurso en el que nunca dirían estar en contra, pero en su ámbito interno pondrían mil inconvenientes de estrategia política o de intereses de partido para que llegara a alcanzarse. Los principales enemigos de un pacto educativo son los políticos, la intromisión de poderes facticos, los activos políticos al servicio de intereses particulares o de grupos de presión. Eso es lo que nos han demostrado con su táctica de educación secuestrada en treinta y cinco años de democracia. Si amarán la educación realmente todo sería diferente.

¿Qué líneas generales debería abarcar un debate social sobre el futuro sistema educativo?
Los principios y las finalidades de la educación se han ido repitiendo reforma tras reforma y nadie ha puesto objeciones a ello. La equidad, la igualdad de oportunidades, la diversidad… están más que asumidos por la educación en España; sin embargo, los aspectos esenciales para su funcionamiento: la formación del profesorado, la financiación, los aspectos metodológicos, la organización escolar, el trabajo en el aula, se han dejado como algo meramente de andar por casa. Es a lo que menos atención se ha prestado, a pesar de que parezca a veces lo contrario. Y no es en la letra de las grandes leyes, ni en los discursos grandilocuentes de los responsables políticos de la educación donde está la garantía de éxito, sino en el trabajo en la escuela y en el aula. Sin esta perspectiva, sin tener en cuenta la esencia de lo que es el proceso educativo en los centros nunca avanzaremos. Y eso se ha olvidado con demasiada frecuencia.
El debate sobre la educación, asumidos los grandes principios y postulados, cabría formularlo en una doble vertiente: la técnica y la social. Para la primera, la reflexión debe producirse en el seno de la propia escuela, con los artífices de la educación en ella. La segunda debe tener a toda la comunidad educativa como partícipe, pero teniendo en cuenta que debe hacerse con un compromiso de responsabilidades asumidas. Sin embargo, si observamos los focos en los que se concentra el debate social nada tienen que ver con la educación en sí, ni con el hecho educativo, por el contrario el debate se deriva hacia la presencia o no de la religión en la escuela y el alcance de su evaluación, por educación para la ciudadanía sí o no, o si en comunidades con lengua propia el idioma predominante en el aula ha de ser más o menos que el castellano, y otras cuestiones que no vienen más que a enrarecer el ambiente en la escuela y a involucrarla en tensiones innecesarias.

¿Cuál debe ser el papel de los padres en el proceso educativo?
Según el grado de respeto que una sociedad le tenga a la escuela así será la relevancia que esta tenga en la educación de un país. Pidámosle a las familias respecto a la escuela y, si se logra, habremos conseguido que las nuevas generaciones la sientan como suya. Yo quiero unos padres involucrados en la educación de sus hijos, como no puede ser de otra manera, colaboradores con la educación que se imparte en los centros, atentos al proceso educativo de sus hijos, respetuosos con los centros, el profesorado y el trabajo que estos realizan, ejemplo para sus hijos hacia la escuela y lo que ella significa. Que la escuela sea el templo sagrado en torno al cual gire una comunidad. Que los padres no le endosen a la escuela los problemas que no son capaces de solucionar en su casa, sin menoscabo del apoyo que aquélla ha de prestar a la familia.
La colaboración de los padres es crucial en el proceso educativo. Recuerdo que en mi libro sobre la función tutorial, al hablar del tutor y las familias, decía algo así como que unas relaciones fluidas familia y escuela siempre favorecerán dinámicas que ayuden a encontrar acciones conjuntas para la resolución de conflictos o el tratamiento de deficiencias que requieran la colaboración mutua. Todo ello a favor del proceso educativo y la educación de los que son el centro de todo el sistema educativo: niños y jóvenes.

¿Qué papel deben asumir los educadores en un nuevo sistema educativo?
Para mí los educadores, los docentes, son el principal agente de transformación de la educación, y sin embargo son a los que peor se ha tratado en todos estos años, habiendo sido ninguneados en las sucesivas reformas educativas. Aquel profesorado ilusionado de los años ochenta del siglo pasado, cuando se aspiraba a construir una educación para la democracia que habíamos conquistado, es hoy un profesorado desencantado, falto de ilusión, hastiado por la deriva que se ha impulsado por los sucesivos gobiernos en los últimos veinticinco años. En aquellos años el profesorado se sentía protagonista de la educación, hoy se ve como una marioneta a la que le mueven los hilos. Su motivación es uno de los grandes retos que debería plantearse la política educativa, sin menoscabo de la rendición de cuentas que se les deba pedir por su labor profesional.
Si el docente es el artífice principal del cambio, debe ser el protagonista de su desarrollo profesional y, por tanto, el que ejerza ese papel de garante de los procesos educativos de los alumnos. Los nuevos aires que trae la LOMCE hacen del docente una pieza más en una correa de transmisión, se le dan las pautas para el desarrollo de las competencias clave, se le ofrecen herramientas programáticas para diseñar niveles de competencia en el alumnado, las áreas, las tareas, y se le deja menos margen de maniobra para que sea él quien tome iniciativas. No es éste el docente al que yo aspiro. Para mí quiero que a su formación una su compromiso, aunque el camino sea largo y no todos lo aguanten, y tenga un talante cooperativo, donde el trabajo en equipo deje de ser una proclama que recoge una ley o un decreto y se convierta en una realidad. La complejidad de la educación no puede abordarse desde la individualidad y nuestros alumnos necesitan múltiples respuestas que no son patrimonio de una sola persona.

Si alguien desea verla en la página web, aquí os dejo el enlace:
http://www.sincronia.org/voces/antonio-lara-ramos/