domingo, 12 de octubre de 2008

EL MODELO CAPITALISTA DE LIBRE MERCADO, OTRA VEZ EN CRISIS

ANTONIO LARA RAMOS

El capitalismo suele morir de éxito. Cuando todo va de maravilla, es decir, al cabo de unos años en que los empresarios tienen sus empresas a pleno rendimiento, los bancos presentan unas cuentas de resultados de escándalo y los gobiernos sacan pecho por la buena política económica que están llevando, todo parece torcerse. La economía naufraga y la histeria colectiva se adueña de los mercados: los reales (la cesta de la compra) y los ficticios (los bursátiles, donde tanto se especula). Entonces, el nerviosismo cunde y los ojos se vuelven hacia el Gobierno para ver qué solución le da al asunto. Papá Estado, otra vez. Justo ese ente tan olvidado y poco solicitado (¡que deje hacer a la libre concurrencia!, ¡que no intervenga!) cuando todo marcha bien y los ríos de ganancias entran en las cajas de los emporios empresariales.
Estamos inmersos en una crisis económica de ámbito internacional, no lo olvidemos. De nuevo, el modelo capitalista de libre mercado vuelve a estar en crisis. La teoría de los ‘ciclos económicos’ de J. A. Schumpeter ha vuelto a confirmarse en la economía capitalista. La crisis quizá es más compleja que otras anteriores (1973 ó 1993), pues en ella confluyen varios sectores seriamente afectados: el financiero dañado por la crisis hipotecaria norteamericana, el sector inmobiliario saturado de viviendas y el energético con la vertiginosa subida de los precios del petróleo (mucha demanda y poca oferta). La crisis como no podía ser de otro modo se manifiesta en un incremento de la carestía de vida (subida de precios) y el aumento del desempleo. Pagan siempre los mismos.
No es la primera vez que esto ocurre, el sistema de economía de mercado tiene una extensa experiencia en ello, y con los antecedentes habidos a buen seguro se saldrá adelante, si bien en el camino habrá damnificados. Ante ello, el Gobierno socialista ha expresado con rotundidad que no habrá recortes en las políticas sociales. Acertada decisión. Si hay crisis y debemos ‘apretarnos el cinturón’, que empiecen haciéndolo quienes en estos años han engordado tanto sus bolsillos, que imaginamos podrán hacer frente sin muchas estrecheces a una época de ‘vacas flacas’. Seguro que podrán hacerlo, la ética empresarial se lo demanda.
Ahora algunos se escandalizan porque existe un altísimo stock de viviendas en España que no se vende, y es cierto, pues el mercado está saturado, los créditos hipotecarios se han encarecido y ya no es rentable especular con la vivienda, entre otras razones. ¿Qué esperaban, que la gente siguiera comprando casas como si fueron rosquillas?, una vivienda es un proyecto de vida para muchas personas y su adquisición les condiciona prácticamente para el resto de sus días. Y esta situación no es más que la consecuencia de una construcción descontrolada (algo que auspició la errónea Ley del Suelo) y de unos precios de la vivienda desorbitados. De aquellos polvos, estos lodos. El mercado inmobiliario, ese capitalismo del ladrillo, no podía crecer sine die, algún día tendría que ajustarse a la realidad de la demanda.
Ahora todos miran al Gobierno. Efectivamente, ahí está y debe poner en marcha las políticas que ayuden: primero, a paliar la situación y que los más desfavorecidos sean en todo caso los últimos en padecerla; y, segundo, a reconducir la situación para que la confianza en la economía vuelva a ser una realidad. Y en esta empresa del Gobierno, los ciudadanos tendremos que asumir alguna responsabilidad y hacer un esfuerzo colectivo, empezando por los que en la bonanza de los tiempos han acumulado tanta riqueza.
Ese principio liberal de que el Estado no debe intervenir en el mercado y que debe respetar la libre competencia que han rescatado con tanta arrogancia las corrientes neoliberales, marcando distancia respecto a los postulados keynesianos que tan buenos resultados dieron a las economías occidentales para salir de las crisis que se han sucedido desde los años treinta del siglo XX, es obvio que no funciona. El Estado en la actual economía de mercado ha de tener mayor presencia y jugar un papel clave como garante de la estabilidad del sistema y como salvaguarda de los valores de equidad y justicia social.
En la perspectiva del mercado, la persona no puede pasar a un segundo plano sin más. Es preciso superar las palabras que Max Weber decía en su Economía y Sociedad: “la comunidad del mercado es la relación práctica de vida más impersonal en la que los hombres pueden entrar”, donde sólo se repara en la cosa y no en la persona. A este tenor se hace imprescindible una ética de mercado que incorpore otras visiones morales que se tienen del ser humano. Los valores de solidaridad, confraternidad o equidad están ausentes, y no podemos admitir que la voracidad del mercado los aniquile; si no seguiremos padeciendo la injusticia social que revolotea sobre el planeta.
Es posible que tras esta crisis cambien muchas cosas. Schumpeter, en su obra Capitalismo, socialismo y democracia, hablaba de la ‘destrucción creadora’ como la característica esencial del capitalismo. Es decir, volver a reinventarse para seguir con el crecimiento económico y la creación de riqueza. Empero, vamos a humanizar esta reinvención. Quizá cambien algunas cosas, entre ellas un mayor control de determinados resortes económicos y la potenciación de sectores más estratégicos y estructurales frente a otros más coyunturales. Ha sido el caso de la construcción, donde hemos visto que la especulación ha campado a sus anchas, y cuando la burbuja inmobiliaria tenía visos de desinflarse, acabando con el filón especulativo, grandes sumas de capital (provenientes del ámbito financiero y de grandes empresas multiconstructoras) que estaban obteniendo jugosos rendimientos han abandonado la construcción y se han recluido en otros sectores más estratégicos (energía, por ejemplo).
Tras esta crisis tenemos que ser conscientes que determinados aspectos de nuestro modo de vivir habrán de cambiar. Lo mismo que en la crisis del petróleo de los años setenta se creó una conciencia de que los recursos energéticos no eran ilimitados, ahora debemos pensar que nuestra dependencia energética tiene que invertir la tendencia (acaso mayor I+D+i en energías renovables), que el desarrollo sostenible es el futuro, que tenemos que hacer un uso razonable de los recursos, y todo ello con el menor menoscabo posible de nuestro bienestar y nuestra calidad de vida. Aunque quizá es hora de que este concepto de bienestar deba ir modificándose. Ha de quedar claro que los recursos son finitos y que los hábitos de despilfarro y el mal uso de los mismos que son moneda corriente en nuestros días tienen que verse modificados. Es el momento para interiorizar los valores éticos emergentes que se alinean con el medio ambiente, la sostenibilidad, el consumo responsable o el respecto a la biodiversidad.
Esperemos que aprendamos la lección. Aunque mucho me temo que cuando la economía reflote esta flaca memoria que nos caracteriza olvide que algunas prácticas económicas depredadoras hay que ir superándolas.

1 comentario:

juan dijo...

Me parece acertada esta opinión sobre lo que está representando esta crisis. El sistema capitalista repite las crisis ciclicamente.