martes, 14 de julio de 2009

DESFALLECER


En los últimos días he pasado por la experiencia de someterme a un ayuno progresivo durante cuarenta y ocho horas. No ha sido por mi gusto. Respondía a la exigencia de una prueba médica. Al mismo tiempo he tenido que tomar una medicación que agravaba aún más el estado de mi organismo, debilitándolo y restándole fuerzas.
Paralelamente en los informativos de televisión del domingo, cuando mi particular travesía en la privación de ingerir alimentos estaba en su ecuador, daban la noticia de que un cayuco llegaba a la isla canaria de El Hierro con un inmigrante fallecido. Las imágenes de los que eran atendidos por miembros de la Guardia Civil y Cruz Roja mostraban a hombres altos, jóvenes y fuertes que a duras penas podían mantenerse erguidos. La inanición, el desgaste físico, el cansancio o la deshidratación los convertían en seres débiles e indefensos.
Sirva esta noticia como botón de muestra de las que a diario ocupan páginas y horarios en los medios de comunicación. Las que dan fe de la trágica travesía del océano y de las hambrunas que asolan grandes áreas del planeta.
La experiencia clínica me ha servido para sentir en mis carnes, a una escala muy inferior, algunos de los efectos físicos que afligen a esos jóvenes que cruzan el océano en busca de una oportunidad para su vida.
Pero no sólo se trata de efectos físicos, los que afectan a la mente son quizás más nocivos. Cuando tu organismo no tiene fuerzas, tu mente se debilita igual.
Te cansas pronto, coordinas peor los movimientos, te invade la apatía, te sientes sin fuerzas para realizar muchos de los gestos cotidianos que hacemos sin esfuerzo: vestirse, subir un escalón, extraer la vajilla del lavaplatos… Desfalleces física y mentalmente.
Al cabo de dos días volví a la normalidad, es decir, a esa vida cómoda donde están cubiertas todas las necesidades.
Mi experiencia obviamente no es comparable al experimento del doctor David Rosenhan con los fingidos enfermos de psiquiátrico. Y mucho menos a la de esos infelices que cruzan el océano y cuyo destino puede ser la repatriación, en el mejor de los casos, y cuando no la muerte. Para ellos, queda lejos la anhelada vida cómoda que les impulsa a subirse en el cayuco.
En estos días de privación de alimento, pero no de agua, de comodidad hogareña, de nulo riesgo, de protección, de placidez… al menos la experiencia me ha dado para reflexionar algo más de lo que habitualmente nos permite nuestra vida tan ajetreada y tan ocupadísima, con tantas ‘cosas importantes’ por solucionar.
Y es que mientras otros luchan cada día por la supervivencia en el estado más primitivo del término: aprovisionarse de algo para llevarse a la boca. Nosotros luchamos por sobrevivir en la sociedad de la opulencia, eso sí, en una carrera por alcanzar todo lo superfluo que se nos antoja vital.
Aquí, lo que les preocupa a los otros, nosotros lo tenemos garantizado. Quizás por eso también lo tenemos menos valorado.

3 comentarios:

SERAFIN dijo...

EN ESTOS DIAS DE RELAJADO VERANO, SE AGRADECE QUE SE LEVANTE LA PALABRA ESCRITA EN DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS. EL ESTADO DE ALARMA HUMANITARIA MUNDIAL ESTÁ LATENTE PERO AMORDAZADO.

GRACIAS POR TU REFLEXIÓN.

Antonio Lara Ramos dijo...

Serafín, éste es un tema en el que no debemos bajar la guardia, como bien dices, ni siquiera en este tiempo de verano, donde es fácil abandonarse a una actitud hedonista con total ausencia de conciencia.

Gracias a ti por compartir esta reflexión.

Luciano dijo...

No hay que bajar la guardia ni en verano ni en cualquier otra época del año, todos podemos hacer algo para ayudar a erradicar el hambre. La cumbre mundial sobre la alimentación está ejecutando un plan de acción en el que van a reducir el número de personas subnutridas a la mitad de su nivel actual no más tarde del año 2015.