miércoles, 11 de mayo de 2011

LAMPEDUSA

Se mueren de hambre, aunque cerca de ellos pase un barco repleto de comida.
Se hunden las barcazas y se ahogan, aunque cerca de ellos pasen barcos casi insumergibles.
Se les llama inmigrantes ilegales, pero huyen de la miseria y del horror de la guerra.
Les empujan desde Libia por intereses inconfesables, pero nos resistimos a darles la categoría de refugiados.
Se les empuja desde Europa porque no los queremos aquí. Y es que los que vienen parece que ‘no nos gustan’, si acaso fueran pudientes… ¿sería otra nuestra opinión?
Los países occidentales han diseñado una guerra en Libia con intereses muy ocultos y, sin embargo, ningún país quiere que le salpique la sangre de los muertos ni el desarraigo de los que huyen.
Queremos que se vaya el tirano libio, pero que sean otros los que lo derroquen. Y mientras, el tirano libio campando a sus anchas. Entre sus ‘hazañas’: atiborra viejas barcazas de pesca de gentes de toda condición y origen, y los lanza al mar camino de la isla de Lampedusa. ¿Presión para esos gobiernos aguijoneados por sus opiniones públicas libres?, probablemente, ¿qué esperaban de él?
La isla de Lampedusa se ha convertido en otro paradigma en el que se congrega la ignominia y la vergüenza de hasta donde es capaz de llegar la condición humana. Ahora desatada en las múltiples contradicciones políticas, éticas y morales que la adornan.
Libia también es el problema de Europa. Lo mismo que se interesa por su petróleo debe interesarse por sus gentes, por las consecuencias de esa confrontación bélica que ha contribuido a provocar, junto con EEUU, bajo esa nueva estrategia geopolítica de las revoluciones populares del mundo árabe.
Y mientras, Francia e Italia queriendo revisar el Tratado de Schengen.