sábado, 18 de agosto de 2012

APOSTADO EN UNA ESQUINA

Entrar en un hipermercado me produce una especie de claustrofóbica sensación de aturdimiento. Siento la incomodidad de sus luces que proyectan un tono de frío glacial, del hormigueo de la gente, del abarrotamiento de sus estanterías, de ruidos sordos y conversaciones entrecortadas que se entremezclan en esa atmósfera artificial e ingrata elevada sobre nuestras cabezas. Al rato de estar allí aparece en mi mente una espesa sensación relampagueante como si quisiera confundirla. Esta misma sacudida me invadió aquella mañana de finales de febrero cuando llevaba unos minutos en el interior de los almacenes Harrods, a pesar de esa decoración victoriana de sala de estar con paredes recargadas de objetos y de la luz que pretende simular un ambiente hogareño. No tardé en salir y aguardar fuera a que mis acompañantes se saciaran de ver, y acaso comprar algún objeto como recuerdo, en ese templo de la abundancia de la producción industrial y el consumo más genuinamente capitalista.

Paseé por la acera de la calle Hans Crescent procurando aliviar el frío húmedo de la mañana, según me habían dicho propia del invierno londinense. Las gotitas de lluvia que caían, como si estuviesen alentadas por una persistente y cansina vocación, apagaban el ruido de las pisadas de los viandantes. Grupos de ejecutivos en traje transitaban con celeridad, jóvenes dependientes se debatían en alocadas conversaciones; pero también desfilaban tipos diversos, tan diversos como esa mezcla interracial que se advierte por toda la ciudad de Londres. Todos, desafiando una lluvia que a mí me incomodaba, se cruzaban ante mi mirada guarecida en uno de esos escaparates bajo un toldo abombado de color ‘verdeharrods’, como si quisiera disimularla distrayéndola en los objetos exhibidos con cuidadosa presentación. Al rato llegaron tres tipos trajeados para fumar cerca de mí un cigarrillo. Y entonces volví de nuevo a mi paseo calle arriba y calle abajo.

Ante la demora en la salida de mis acompañantes me movía de un sitio a otro como si pretendiera despistar a un anónimo observador. En un comercio de enfrente una dependienta se afanaba en arreglar el escaparate. A unos metros un tipo negro se apostaba en una de las jambas de entrada a un portal. Cerca de la parada de taxi alguien paseaba de un lado a otro de la calle mientras lanzaba miradas hacia donde me encontraba. Imaginaba un cruce ‘espiatorio’ de miradas recelosas. Estaba en la City londinense, y allí se dice que hay una alta densidad de espionaje de todo tipo ante los muchos intereses económicos que se juegan en sus resultones y majestuosos edificios. La parada de taxi renovaba una y otra vez la flota de coches allí apostados; por cierto, ya no son todos negros sino de múltiples colores (no lo sabía hasta que los vi). Más allá, al otro lado de la calle, un edificio me llamó la atención por su arquitectura. Por eso lo fotografié. Lo podéis ver más arriba.

No tenía ni idea de que en ese edificio de estética tan inglesa, que mezcla el tono rojizo de ladrillo con la decoración blanca de la carpintería de sus balcones y ventanas, coronado con cúpulas y pináculos de teja gris, se encontrara la embajada de Ecuador. Ahora lo he sabido, a raíz en este boom informativo que se ha generado con el asunto de Julian Assange y su petición de asilo diplomático. A través de los papeles de Wikileaks nos enteramos hace algo más de un año de las miserias de la política y la mezquindad con que se actúa en ella; y también de las acciones tan deshonestas que llevan a cabo los Estados para salvaguardar lo que llaman seguridad de la nación. Pero, asimismo, estos de Wikileaks quizá sobrepasaron los límites de la privacidad con la publicación de datos personales y confidenciales de políticos y de personas. No sabría qué decir ahora respecto a poner límites a la publicación de cualquier información en la red o si, por el contrario, debe haber libertad para publicar cualquier cosa. Lo cierto es que en estos días, al hilo de la persecución judicial de Assange y su refugio en la embajada ecuatoriana, se ha abierto un incidente diplomático entre el Gobierno de Ecuador y el Gobierno británico. Llevará tiempo deshacer la maraña diplomática que se está formando en este asunto. Por el momento, el único tiempo que recuerdo de aquella mañana frente a aquel edificio es el de la bruma fría y húmeda de Londres que calaba sin piedad mis huesos y enfriaba mis pies.