miércoles, 15 de agosto de 2012

VERANO

Este verano está siendo diferente. Es como si se agolparan sensaciones que no había vivido desde hace muchos años, que quedaron tan atrás como van quedando los años. Acaso tenga que ver que he vuelto a hacer esos trabajos de mantenimiento de la casa que suelen ser sinónimo de buen tiempo: pintar unas barandas, encalar una pared… Aquellos trabajos de una niñez irrecuperable, aunque soñada, cuando las vecinas de la calle encalaban las fachadas de sus casas para que resplandecieran para la feria de la localidad que estaba próxima. Siento que se me están colando dulces emociones, sensaciones recobradas, ‘mojitos’ inesperados.

También me he dado una vuelta por ese ‘Escrito para un instante’ de Antonio Muñoz Molina, y en una de las últimas entradas incluye un artículo que había escrito para el periódico alemán Der Spiegel, “Demasiada distancia” se titula, en el que pergeña con tino la imagen de nuestro país explicada a los lectores alemanes. No he podido reprimir mi deseo de incluir un comentario a pie de esa entrada, y le he referido que me parece muy equilibrada la imagen de España que traslada a unos lectores que probablemente tengan una visión algo distorsionada de nosotros, los españoles, esa que cunde últimamente como un país tan ‘derrochón’ como dedicado a la diversión, y que ahora está al borde del rescate económico, si no lo está ya de facto, y que ha podido despertar el malhumor de ellos porque encima se sienten como los que nos están pagando la fiesta. Pero les dice el escritor ubetense que España es mucho más y mejor que todo eso. Escribía yo en ese comentario que a veces tenemos la tentación de caer en catastrofismos sonoros y gratuitos para explicar los fenómenos de nuestro tiempo, como si pensáramos que los remedios a nuestros males pasan por hacer tabla rasa de todo lo presente. Sin reparar que el pasado nos suele poner sólidos cimientos para construir nuestros anhelos, que tan sólo tenemos que encontrarlos, pues nefasto aliado es el asidero de la obsesión por la obsolescencia de la que hay sobrados ejemplos en la vida social y política de nuestro país.

La imperfección de las cosas y de nuestro mundo debe ser asumida como parte del deseo por mejorarlos. Entiendo acertada esa visión reflexiva de esta España nuestra que expone el autor de El jinete polaco en el artículo ‘Demasiada distancia’, una España que se debate todavía después de más de treinta años de democracia tratando de encontrar sus señas de identidad. Nuestra reciente historia democrática no nos ha dejado mucho tiempo para reflexionar sobre qué clase de país queremos ser, o acaso es que no hayamos sabido hacerlo. Tampoco a las generaciones jóvenes les estamos dando las pautas para ello, algo de lo que lamentablemente adolece en parte nuestro sistema educativo. Hacer pensar a los jóvenes en la escuela está resultando tan complicado como hacerlo con sus mayores en la esfera de la sociedad. Y a veces me pregunto si es que no hemos tenido una pausa en España para esa reflexión porque quizá los acontecimientos de nuestra historia reciente nos hayan desbordado. Si la respuesta fuese afirmativa, entonces pensaría que no hemos sido capaces de reflexionar a la par que se sucedían los hechos de nuestra vida, lo cual dice poco de nosotros como pueblo. Ahora que yo ando inmerso en pensamientos de este tipo, el artículo de Muñoz Molina ha venido a ensancharme los horizontes de la reflexión.

Cuando digo que este verano está siendo diferente es que lo está siendo, como si descubriera que no he perdido las ilusiones. Y me reconforta estar leyendo El ruido y la furia, y quisiera escribir como lo hace William Faulkner, y aunque probablemente no lo lograré nunca permitidme que me quede con el goce de esta ilusión.