miércoles, 5 de febrero de 2014

EDUARDO LIZALDE, ‘EL TIGRE’

Confieso que no sabía mucho de Eduardo Lizalde (1929) hasta ayer. Su poesía crítica, bronca, ácida, punzante, había pasado un poco inadvertida para mí. Pero anoche tuve la oportunidad de escucharla de su boca en una lectura poética con la que nos obsequió en el Ayuntamiento de Granada, como antesala de la entrega del X Premio Internacional de Poesía ‘Federico García Lorca’ y del venidero festival de poesía.

Su voz sonó fuerte, tonante, profunda, como si rugiera ese tigre que parece lleva dentro y con cuyo sobrenombre se le conoce en México. Y su poesía sonó como él mismo la ha definido: amarga, crítica, violenta y ofensiva. Se atrevió con esos ‘textos oscuros’ que, según contó, no fueron al principio del agrado de Octavio Paz. Y leyó esa “Carta urgente al creador del Universo”, dedicada al obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, para contrariedad de este (del que dijo puso en un aprieto con sus versos), y que arranca así: “Afortunadamente, Dios/ afortunadamente para ti,/ no existes.”

Confieso, asimismo, en ese acercamiento casi cómplice que podéis observar en la imagen de más arriba, que le susurré al oído que sus versos, que habían inundado la sala unos minutos antes, me habían traído a la memoria el recuerdo de mi admirada Matilde Cantos y sus treinta años de exilio en México. Se interesó al instante por ella y, cuando le di algún dato, con un gesto de lamento me dijo no haberla conocido. Pero antes también había hablado de aquellos luctuosos sucesos del 68 en la plaza de las Tres Culturas o Tlatelolco, como lo había hecho Matilde con tristeza ese mismo año cuando regresa del exilio a España.

Luego me habló de lo mucho que le había impresionado la ciudad de Granada y mostró su admiración por ella. Y prosiguió, mientras garabateaba unas palabras en el libro que me estaba dedicando, El tigre en la casa (Valparaíso Ediciones, 2013) elogiando a esta ciudad.

Su poesía me impresionó, y su fuerza expresiva y contundente, también.

1. EPITAFIO
Sólo dos cosas quiero, amigos,
una: morir,
y dos: que nadie me recuerde
sino por todo aquello que olvidé.

2. EL TIGRE
Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su especie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través del vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.