jueves, 18 de febrero de 2016

EL PAÍS DE RITA LA CANTAORA

En mi país se está produciendo una clara involución. Los pueblos se hacen más brutos cuanto más se entontecen  sus dirigentes. Pretender machacar judicialmente  a alguien por opiniones o actos fuera de tono, de mal gusto o poco atinados, es como cuestionar en cualquiera de nosotros algún exabrupto que alguna vez se nos ha escapado. Desde que el PP se empeñó en moralizar la vida pública española a base de normas sobre buenas costumbres, medidas bajo el prisma de la fe católica, los tribunales se han llenado de demandas contra todo lo que suene a irreverente y transgresor. En España tenemos un ministro del Interior, Fernández Díaz, que está permanentemente velando por la salvación de nuestra alma y metiendo a la Virgen como parte de nuestra seguridad, lo cual no es de agradecer. Me da que hemos vuelto al país de Rita la Cantaora (con perdón para Rita Giménez García, la artista), el de aquella España cutre y de escasas aspiraciones con que acababa el siglo XIX y empezaba el XX, cuando se decía aquello de que trabaje Rita o que se levante Rita.

Muchas de esas salidas de tono  o de mal gusto tienen que ver con la manera burda que algunas personas tienen de expresar sus pensamientos. Ahí tenemos los casos de los titiriteros, el asunto del concejal Zapata con sus tuits o lo de la ‘madrenuestra’. No me parecen las formas más correctas de decir lo que queremos decir. Ahora estamos asistiendo al juicio contra de Rita Maestre, portavoz de Ahora Madrid en el Ayuntamiento. El motivo: subirse la camiseta y enseñar las tetas al tiempo que se vociferaba, al parecer, con sus compañeros cosas como: “vamos a quemar la Conferencia Episcopal”, “menos rosarios y más bolas chinas”, “contra el Vaticano poder clitoriano”, “arderéis como en el 36” o “sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios”, en la capilla de la Universidad Complutense hace cinco años. Como los tiempos de la Justicia en España son así, ha pasado este tiempo y ahora sale el juicio, algo así como ocurre con el toxicómano rehabilitado que por robar una gallina se le quiere meter en la cárcel siete años después, cuando ya ha rehecho y normalizado su vida.

Yo fui también joven, como Rita Maestre, me hice ateo y de izquierdas cuando salía de la adolescencia, a lo que me ayudó mucho la presión religiosa en mi época de estudiante, asaeteado (como muchos de mi edad recordaréis) por absurdas interpretaciones religiosas que querían explicarnos la vida, y el crecimiento de mi pensamiento crítico que no se tragaba tantas explicaciones transcendentales basadas en hechos religiosos, amén de algunas lecturas marxistas. Y siendo así de joven no se me ocurrió nunca llevar a cabo actos de semejante ‘irreverencia’  como el de Rita Maestre y sus acompañantes en una iglesia, ni ser desconsiderado con las creencias de los demás, ni nada parecido. La presión religiosa sobre nuestras vidas de entonces era más asfixiante que la de ahora. Simplemente, no volví a pisar una iglesia para asuntos de culto, solo lo he hecho cuando he ido a contemplar su arquitectura o las obras artísticas que contienen. Me encanta pasear por el interior de una catedral o una iglesia y respirar el espíritu artístico y los siglos que encierran. Tampoco voy a ver procesiones de Semana Santa, ni otras manifestaciones públicas de religiosidad; que creo, por otra parte, deberían quedar en el ámbito de los templos religiosos, negocio turístico aparte.

Se acusa a Rita Maestre de delito contra los sentimientos religiosos, y esto sí es verdad que lo entiendo menos. Un delito contra un sentimiento creo que es algo tan etéreo como atentar contra el sentimiento de los fans de Star Wars o contra la fe de los devotos de la iglesia ‘maradoniana’. Es cierto que en lo religioso cuando se cruza el fanatismo y la intransigencia  todo se vuelve muy peligroso. Tampoco he entendido nunca que si es una mujer la que entra con los hombros descubiertos en una iglesia romana se considere un acto indecoroso y esté prohibido, pero si un hombre entra en pantalón corto, ya no.

Para protestar no es necesario ser irreverente, para defender las propias convicciones no es preciso injuriar ni descalificar a nadie, pero lo que ha llevado a Rita Maestre a un banquillo, catalogado de semejante delito, me parece una aberración en un Estado democrático. Como tampoco comprendo qué pinta una capilla en una Universidad pública de un Estado laico.