domingo, 7 de febrero de 2016

UNOS CARTONES PARA DORMIR

Después de una larga jornada de trabajo vuelvo a casa. Aunque el invierno esté siendo benigno, siento frío, quizás sea que mi cuerpo se ha resentido en las frías mañanas, tan traicioneras si no las afrontas con ropa abrigada. No conviene descuidarse a ciertos años, puede traernos malas experiencias, a veces con resfriados de esos que te atrapan y no hay manera que te abandonen.

Es una tarde ya avanzada, incluso ha caído la oscuridad de la noche. Al pasar por un edificio de oficinas veo en el amplio escalón de una puerta acristalada, inutilizada, a decir del aspecto abandonado que se advierte en ella, un montón de cartones, entre los cuales se deja ver el extremo de unos trapos. Es a todas luces el lugar donde pasa la noche alguna persona que ahora debe estar en algún punto de esta zona tratando de conseguir algo para cenar, o quizás haya ido a un comedor social a tomar una de esas cenas que suelen ofrecer: sopa muy calentita, un filete empanado y una manzana de postre.

Es posible que me haya cruzado con él o con ella, quien sabe, pero también es probable que me haya ocurrido como en la película Invisibles, protagonizada por Richard Gere y estrenada en España hace un par de meses, donde un hombre sin hogar lucha por sobrevivir en las calles de Nueva York, y que lo haya visto y no haya reparado en él. Eso fue lo que le ocurrió al propio Gere, que anduvo por las calles de Nueva York ataviado con las andrajosas prendas de la película sin ser reconocido ni advertido por nadie, a pesar de su rostro tan conocido.

Me acordé de mi Jerónimo Cienfuegos, que cabalga junto a Álvaro Arroyo en La noche que no tenía final. Ahí están los sin techo, entre nosotros, durmiendo en los habitáculos de los cajeros bancarios o en cualquier oquedad que ofrezcan los edificios de una ciudad. Solo precisan unos cartones, algunas mantas viejas o un trozo de plástico. Sus vidas son las que desconocemos, y es más que probable que estén llenas de historias inimaginables.