lunes, 17 de febrero de 2025

TRUMP ‘EL POCERO’*

 


En la época de la burbuja inmobiliaria, cuando el capitalismo del ladrillo se adueñó de terrenos y voluntades políticas, era común ver cómo nacían inmensas urbanizaciones, para bien de bolsillos insaciables y arcas municipales, en terrenos baldíos —recalificados en urbanizables para gozo de los especuladores—. No tenemos más que echar una mirada a muchos de nuestros pueblos y ver cómo en pocos años duplicaron o triplicaron sus áreas urbanas para hacernos una idea de lo que aquel fenómeno supuso. Pueblos que no habían crecido en decenios, se convirtieron en miniciudades de la noche a la mañana.

Las costas mediterráneas, como era tradicional, fueron otros de los escenarios de esta vorágine de cemento y ladrillo. Se construyó casi tocando la orilla del mar o arrasando terrenos que antes habían sido zonas de cultivo. Modestos pueblos de pescadores se convirtieron en apreciados emporios de torres y urbanizaciones para veraneantes, y se construyeron equipamientos y paseos marítimos, mientras al bolsillo de algunos alcaldes se despistaron pequeñas cantidades que, sumadas entre promociones urbanísticas, terminaron acumulando un ‘capitalito’ nada desdeñable.

Una de las realidades urbanísticas de ese tiempo, acaso las más sonora —sin menospreciar los pelotazos de grandes inmobiliarias, algunas arruinadas tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, dejando un reguero de esqueléticos fantasmas de hormigón— fue la ciudad dormitorio levantada por Paco 'el Pocero' en Seseña. El constructor, al que nadie parecía frenar, solo lo hizo el maldito Covid-19 arrebatándole la vida en 2020, levantó miles de viviendas en un secarral inhóspito, el Quiñón. Según cuentan las crónicas era de origen humilde: pasó hambre de niño y se hizo a sí mismo trabajando de repartidor de carne, vendedor de agua, carbón… y de pocero.

Paco podría haber llegado a presidente de EE UU si hubiese tenido la ciudadanía estadounidense, pero era español. En nada tenía que envidiar a Donald Trump: ganaba dinero a espuertas, tenía aviones privados y montaba un negocio inmobiliario en un santiamén. Se diferenciaba del yanqui en que tenía mejor corazón, a tenor de las palabras de su hijo: “Mi padre lo que quería era construir viviendas de máximo nivel para gente trabajadora”.

Trump, presidente de EE UU otra vez —por si alguien no lo sabe—, es un magnate inmobiliario que ha conseguido hacerse multimillonario con la especulación urbanística, que tiene cuentas pendientes con la justicia por sus dudosos negocios y que en su mente impera la mentalidad de empresario. Lo demás le trae sin cuidado. Heredó de su padre el negocio, ha dado cabida a sus hijos y con ‘Trump Organization’ sigue expandiéndose por el mundo. Su imperio inmobiliario, compuesto de multitud de viviendas, campos de golf y resorts —complejos hoteleros, para entendernos— no hace más que aumentar. De dudoso gusto, apuesta por lo ostentoso, hortera y chabacano. No son pocos los neoyorquinos que se sienten horrorizados por la vulgaridad que exhiben los edificios que tiene repartidos por la ciudad; pero, ya se sabe, en Nueva York cabe todo, hasta la ‘Trump Tower’.

Su próxima promoción inmobiliaria: la “Riviera de Oriente Próximo” en Gaza, clima cálido y maravilloso proyecto a orillas del Mediterráneo, donde la gente guapa puede pasar unas excelentes vacaciones. No sé si ya estará instalada la caseta de información, pero en cuanto esté habría que preguntar, no sea que nos quedemos sin apartamento.

Nada de esto debiera sorprendernos, la cabeza de Trump no piensa en derechos humanos, ayuda humanitaria, reparación del daño infligido a las familias de 47.000 inocentes asesinados y otros daños colaterales. Esto es una ordinariez frente al magno proyecto que iluminará el Mediterráneo oriental.

Trump tiene negocios en la zona. Su grupo inmobiliario hace poco firmó acuerdos con una empresa saudí, Dar Al Arkan, para construir apartamentos de lujo, campos de golf y hoteles en Omán, Arabia Saudita y Dubai. La vocación expansionista de su imperio en la zona es uno de sus principales activos inmobiliarios. Su ‘privilegiada’ cabeza, y notabilidad empresarial sin escrúpulos, lo tiene todo bien pensado: EE UU, bajo su mando de comandante en jefe, tomará el control de la Franja, la demolerá —como buen constructor— y la convertirá en un maravilloso vergel, pero antes su peón de brega, Israel, habrá hecho el trabajo sucio ‘limpiando’ la era de ‘indeseables’ y ‘molestos’ gazatíes que andan con burros y carros y aspecto desaliñado. Allí vivirá ‘gente decente del mundo’. Los ‘incómodos’ dos millones de habitantes serán expulsados permanentemente a países de segundo orden: Egipto o Jordania, u otros países, que para eso hay muchos; o a España, como insinuó Israel, por decir que se vulneraba la legalidad internacional. ¡Es que están en todo!

¡Menudo pelotazo urbanístico! Un terreno de 41 kilómetros de largo y de 6 a 12 de ancho, con una superficie de 360 km². Así, de gañote, por la cara. El pelotazo del siglo XXI, ‘limpio’ de humanos que puedan incordiar y obstaculizar a las excavadoras y los bulldozer, solo lagartos y escarabajos fáciles de exterminar. Una tontería eso de la limpieza étnica.

Acaso a Trump le falte visión de futuro. Ni siquiera ha pensado que los gazatíes pudieran contratarse como camareros, jardineros o directores en la Riviera. Si a Paco el Pocero le hubieran dejado el terreno de Gaza, seguro que lo habría pensado, dándoles trabajo y construido hoteles y urbanizaciones con viviendas para los palestinos. Nunca los hubiera expulsado.

Lo que no sabemos es lo que pretende hacer Trump 'el Pocero' con Groenlandia o Canadá: ¿parques de atracciones, temáticos, pistas de patinaje sobre hielo…?

* Artículo publicado en Ideal, 16/02/2025.

** Ilustración incluida en el atículo publicado en Ideal, 16/02/2025.


jueves, 23 de enero de 2025

DECONSTRUIR EL MUNDO*

 


No voy a utilizar la manida frase de que vivimos tiempos difíciles para referirme a los tiempos que corren. Pero tampoco voy a esconder que las incertidumbres que nos asaltan no son el mejor panorama que podríamos desear. Sí diré que compartimos tiempos en que nuestra conciencia ciudadana —y colectiva— anda bastante debilitada.

Nos manejamos con conceptos de modernidad y posmodernidad en un intento de explicar los cambios que suceden ante nosotros. Somos como cualquiera de las generaciones que nos precedieron desde la Antigüedad: buscamos respuestas a preguntas que tal vez no tienen una sola respuesta. Por eso siempre acudimos a quienes son capaces de pergeñar explicaciones, más o menos acertadas, a las innumerables dudas que ensombrecen el devenir de nuestra existencia de seres racionales, provistos de una conciencia atormentada deseosa de encontrar razones.

Cogito ergo sum, proposición con la que Descartes abre un universo ligado al objeto más inmediato de nuestra conciencia. Sin el pensamiento sería imposible encontrar respuestas sobre nosotros mismos. La dificultad es esa: encontrar respuestas. En esta época de turbulencias no es descabellado recurrir a los clásicos para aclarar los hitos del ahora. Platón sugería a su maestro —Apología de Sócrates— declarar: “Una vida sin examen no es digna de ser vivida por el hombre”.

La modernidad configuró nuestra visión del mundo con cada cambio histórico —Ilustración, Revolución Francesa, Liberalismo, revoluciones industriales...—, desde el Renacimiento hasta su crisis en el convulso siglo XX: dos guerras mundiales, conflictos bélicos locales, descolonización y transformaciones en todos los órdenes de la vida. Tras la segunda gran guerra se abre el nuevo tiempo de la posmodernidad, materializada en nuevas concepciones y visiones artísticas, culturales, literarias o filosóficas, que con la publicación de La condición posmoderna (1979) de Jean-François Lyotard parece generalizarse como concepto.

La modernidad había fracasado y la posmodernidad traería otro paradigma capaz de proponer nueva visión del mundo. Conceptos como libertad, moralidad, ética o ideología serían sometidos a continua revisión, menos universal, más asociada a interpretaciones personales. Como si la razón dejara de presidir nuestro pensamiento y el discurso derivara a posiciones más liberadoras: una libertad que postulaba mayor individualismo —el ‘yo’ frente al ‘nosotros’—. La modernidad tachada de fracaso de la humanidad por mantener verdades inamovibles que regían, no obstante, patrones de injusticia: ideologías autoritarias o legitimación de la explotación colonial. La posmodernidad traía otras ‘verdades’ que debilitaban a la persona: libertad sin límites y a la carta, pensamiento y conciencia alejados del pensamiento crítico, decadencia de la ética y moral públicas, asunción de un neoliberalismo sin escrúpulos y un relativismo en las ideas que cuestionaba valores básicos de convivencia, respeto o búsqueda del bien común.

Llegado el primer tercio del siglo XXI el mundo se transforma, se relativiza la ética y la moralidad, lo cívico pasa a considerarse obstáculo para la libertad personal, y se menoscaban los espacios compartidos y democráticos. La igualdad, desde una óptica individualizada, ya no es compromiso esencial para convivir, priman los intereses personales frente al perjuicio causado a los demás, se genera un descrédito de las instituciones, factor colectivo de nuestra convivencia: ‘para qué las queremos, nosotros somos nuestra guía’. Se educa a la juventud vaciándola de pensamiento y capacidad crítica, se adiestra en la transgresión de las normas: lo importante son tus ‘alas’, no los demás.

Jacques Derrida impulsó el deconstructivismo. Sus ideas se extendieron desde los años ochenta del pasado siglo como un paradigma que postulaba la deconstrucción del mundo, su disección en una amalgama de escenarios inconexos, cuestionando lo conocido hasta entonces, pues se necesitaba otro nuevo enfoque alejado de los postulados hegelianos que cohesionaban las sociedades. El deconstructivismo caló en el arte, el pensamiento, la educación o la política, fortaleciendo mundos imaginados o realidades paralelas que escapaban a la lógica, a la ciencia o a la razón. La verdad ya no era una aspiración absoluta porque existía la posverdad, la que cada cual construye para sí mismo y para que los demás la asuman.

La realidad tergiversada o la imposición de realidades son hoy parte de ese mundo dominado por los relatos, las mentiras o los bulos. El triunfo de la posverdad que, por ejemplo, es alentada por las grandes plataformas de redes sociales (Facebook, Telegram o X) sin poner límites a la falsedad o la patraña, permitiendo que la pseudoinformación se propague. Su influencia sobre un desierto dominado por la ‘incapacidad crítica’ permite al histriónico Elon Musk comprar Twitter y consentir en X la propagación de bulos, o que Mark Zuckerberg haya eliminado los verificadores en Meta, alineándose con el retornado presidente de EE UU, Donald Trump, cuando años atrás pedía disculpas por la desinformación que circulaba en Instagram y Facebook, convencido de que la moderación de contenidos ahora no es lo que toca.

El triunfo de Trump es el triunfo de la deconstrucción del mundo de hoy, consistente en reconstruir el que quiere, donde la verdad es arrinconada y la insolencia y el descaro triunfan. El sentido humanista de la vida es dilapidado frente al negacionismo de la ciencia, el terraplanismo, el creacionismo o cualquier otra idea medieval.

Cuando la palabra es manipulada, deja de ser símbolo de la verdad. No es de extrañar que recurramos al pensamiento de los estoicos tardíos: el emperador Marco Aurelio (Meditaciones) o al esclavo filósofo Epicteto (Manual de vida) para alumbrarnos: “A los hombres no le turban las cosas, sino las opiniones que hacen de ellas”.

 *Artículo publicado en Ideal, 22/01/2025.

**Museo Guggenheim de Bilbao, Frank Gehry.

lunes, 13 de enero de 2025

EL TIEMPO TRANSCURRE AL MARGEN DEL CALENDARIO*

 


Es inevitable pensar en el paso del tiempo cuando el calendario nos recuerda que la sucesión de un año a otro se asoma a nuestras vidas. El tiempo, ese algo metafísico que un calendario no puede controlar, incapaz de establecer los cánones en la sucesión del pasado, presente y futuro, abstracciones que conforman un devenir del que solo los humanos estamos dotados para interpretar. Somos el producto, sujeto, de una conciencia capaz de representar el tiempo y el espacio, como sostenía Schopenhauer, independientemente de la existencia de ambos, el objeto.

La obsesión del hombre, desde los albores de su presencia en la Tierra, ha sido la de medir el tiempo. Cuando el calendario era cosa menos frecuente, las etapas temporales se regían por la estacionalidad de los ciclos de la naturaleza que regulan el ritmo circular de las siembras y las cosechas. El cambio climático está volviendo loca la naturaleza, y de camino a nosotros. Para los que no creen en él, seguro que vivirán más felices. Quienes lo vemos venir lo descubrimos en el mandarino de mi jardín que se llena de azahar en octubre, cuando ya lo hizo en abril, o en la planta de pimientos que aguanta tres o cuatro años y cada año vuelve a echar fruto. No desafían al invierno con su letargo porque no hay invierno.

Desde que Julio César 46 a.C. implantó el calendario juliano, pasaron siglos midiendo el tiempo con un cómputo mensual de duración distinta a los actuales, hasta que el Papa Gregorio XIII alumbró el calendario gregoriano que rige en casi todo el mundo desde 1582. La Revolución Francesa quiso alterarlo y, tras la Toma de la Bastilla (14/julio/1789), sus artífices consideraron que ese día pasaba a ser el inicio de la Era de la Libertad. Y como quiera que la convulsión revolucionaria continuó, después vino la Era de la Igualdad y el calendario Republicano, trastocando fechas de inicio del año y nombres de meses, asociándolos a las inclemencias meteorológicas o actividades agrícolas.

No quisiera que el tiempo me lo marcara un calendario, porque me horroriza ver cómo sus hojas caen inclementes sin reparar en mí. Ni quisiera que el paso del tiempo me negara que un recuerdo pueda seguir vivo y no sepultado por la tiranía del presente o la codicia del futuro. Porque “esto de no ser más que tiempo espanta”, como escribiera Carlos Murciano.

En nuestros días el calendario es un monstruo de doce cabezas que nos va engullendo sin compasión, devorando nuestra existencia y acelerando una percepción de las etapas de la vida como meros retazos de olvidos y recuerdos. Resulta tan difícil calibrar cuándo sucedió un acontecimiento, cuándo fuimos a un viaje o cuándo nos reencontramos con un viejo amigo.

A los habitantes del planeta del primer cuarto del siglo XXI ya no nos sirven la estacionalidad de las frutas ni el viento que acompaña cada época del año. El tiempo pasa. Solo nos vale el implacable tictac del reloj o la fecha marcada en la esquina inferior derecha de nuestro ordenador. Mientras se nos olvida que nuestra propia decrepitud, lenta pero pertinaz, es la que nos avisa del discurrir de una existencia inmisericorde.

Heráclito expresó que “en la vida todo fluye” y “nada permanece inmutable”, como si todo estuviera sujeto a un ciclo eterno de cambio y transformación en constante evolución. Pensamiento tan inquietante que habla de la implacabilidad del tiempo que no cesa. Henri Bergson acuñó su “élan vital” o impulso vital, una conceptualización de la fuerza que impulsa la evolución de los seres vivos y de cada organismo para activar su desarrollo. Deambulando por la naturaleza, fuerza superior que nos empeñamos en someter, esta nos recuerda de vez en cuando que nuestra soberbia no es más que la debilidad del indefenso cuando desata su furia volcánica, sísmica, huracanada o de lluvia torrencial. Solo su magnanimidad nos da el respiro para contemplarla y admirar, no sin fascinación, su fuerza luminosa, las arquitecturas talladas en los paisajes que ha compuesto o la variedad de colores que componen sus pinceles.

Está bien que se mida con la dura / sombra que una columna en el estío / arroja o con el agua de aquel río / en que Heráclito vio nuestra locura”. Estos versos del poema “El reloj de arena” de Borges nos trasladan a la inquietud que suscita el existencial fenómeno del tiempo, esa fuerza invisible que nos atropella hacia un precipicio llamado futuro. Y al decir de Borges: “...el rito / de decantar la arena es infinito / y con la arena se nos va la vida”.

El tiempo nunca será nuestro aliado, solo espero que en este año que comienza pueda administrarlo y no dilapidarlo, y sentirme vivo para responder ante las injusticias, las miserias humanas, la intransigencia o la violencia desatada, que masacra a tantos seres humanos, por psicópatas que un día se hicieron con el poder para emplearlo en beneficio propio, a costa del exterminio de pueblos enteros.

Al final de nuestro ciclo vital caeremos como hojas secas en otoño, aunque el olvido quiera ocultarnos que cuando éramos jóvenes creíamos que nunca llegaría este momento del otoño de nuestros días que, aunque tarde, nos arroje las respuestas a los interrogantes que antes nos asediaron.

Aquellos sueños de juventud se fueron consumiendo en sí mismos, mientras que en este tardío ahora nos queda poco para seguir pergeñando los venideros. “Somos el tiempo que nos queda”, como diría Caballero Bonald.

 *Artículo publicado en Ideal, 12/01/2025.

**La persistencia de la memoria, Salvador Dalí, 1931.


viernes, 20 de diciembre de 2024

EL PLANETA NOS INTERPELA*

 


La tergiversación de la palabra libertad, su significado, ha provocado un relativismo en las formas y los hechos que no ha beneficiado, entre otras cosas, a nuestra conducta cívica. Hacernos creer que tenemos derecho a todo, incluso a diezmar los recursos del planeta, nos ha llevado a sucumbir en una espiral de desastres naturales y desigualdades cuyas consecuencias las estamos pagando cada día.

Se nos pide que seamos ciudadanos militantes de ideas magníficas, pero con trampa. El cambio climático es una realidad, a pesar de los negacionistas, terraplanistas y otras estirpes sumidas en la ignorancia, esos que a cada giro del planeta redondo y achatado por los polos van ganando espacio, control y poder, incluido el político. Salen con descaro de las sombras de la superstición para mostrarse como adalides de ideas acientíficas, amorales, xenófobas, que, sin rubor ni crítica, son votadas por millones de personas. Como se votó a Hitler y su supremacía aria. Ellos serán los que nos gobiernen en los próximos años, quizás decenios, si antes no nos llevan a la destrucción de la especie.

Nuestra ejemplaridad ciudadana nos impele a discriminar los residuos que generamos y depositarlos en coloridos contenedores. Llevamos a cabo no pocos gestos nobles y cívicos, incluidos no desperdiciar comida, mirar por el medio ambiente y ser fervientes defensores del planeta. Ciudadanos ejemplares, porque así nos lo pide nuestra conciencia ante el deterioro del planeta. Y transmitimos a nuestros hijos, alumnos, familiares y amigos que pequeños gestos suman mucho hasta convertirse en un gesto inmenso, capaz de cambiar la deriva negativa de la Tierra. A lo que sumamos otros hábitos particulares: gestionar bien nuestros gastos, consumir con responsabilidad, practicar hábitos de vida saludable, no despilfarrar recursos, ni ensuciar las calles y tirar los papeles a una papelera y no al suelo. Nos han bombardeado con tantos mensajes nobles en pro del civismo y nuevos valores culturales de siglo veintiuno, y todo para luchar contra la barbarie del siglo veintiuno. Sin embargo, frente a nosotros, ciudadanos ejemplares, hay otros muchos que no tan ejemplares, como existen grandes potencias y corporaciones que siguen contaminando por encima de sus posibilidades.

Las cumbres del clima terminan sin grandes acuerdos, ni compromisos firmes que no enojen al clima de este planeta que nos cobija. Por eso no es posible frenar el deshielo del Ártico, los efectos perniciosos de huracanes que asolan islas y costas orientales del Caribe o América del Norte, el ensañamiento de gotas frías en regiones mediterráneas, ni veranos e inviernos cada vez más calurosos, y permitimos que el calentamiento global deje a los osos polares sin su hábitat o que muchas especies animales desaparezcan. Nuestra civilización está sostenida en el consumo de combustibles fósiles, el vertido de residuos industriales a ríos y océanos, la generación de enormes cantidades de residuos urbanos o el deterioro del medioambiente.

La sexta extinción. Una historia nada natural de Elisabeth Kolbert, el libro que alertó de la venidera sexta extinción de vida terrestre —tras las cinco grandes extinciones anteriores—, señala que en esta hay un factor nuevo: la intervención y responsabilidad de los humanos. En las anteriores, ni existíamos. Nosotros, los humanos, recién aterrizados en este planeta, le hemos causado más daño que cualquier otra especie en sus casi cinco mil millones de años de existencia.

En noviembre se celebró la 29ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en Bakú (Azerbaiyán). El lema: “Solidaridad por un Mundo Verde”, todo un dechado de intenciones, como todos los lemas que congregan las mejores intenciones y porfían por esa palabra clave: sostenibilidad. Todo ha de ser sostenible en nuestro tiempo. Es obvio. Ahora bien, despilfarrar, no cuidar nuestro entorno, abusar del consumo de recursos o creer en un modelo económico y social basado en el crecimiento acelerado y continuo, no puede sostenerse sin hacer daño. A su manera lo decían también nuestros padres, cuando nos educaban en que había que mirar por lo que teníamos y gestionar bien y no gastar más de lo necesario, en aquella época de precariedad y limitación de recursos. Lo mismo que transmitimos a nuestros hijos en esta época de abundancia, pero con múltiples enemigos de estas convicciones. Otro mundo anegado de mensajes que hablan de que como somos libre podemos consumir sin límites, que todo es inagotable y que obvian que los recursos naturales son limitados y, muchos, irreemplazables.

Hacer creer que nuestra libertad consiste en tener todo lo que deseemos, a través de una publicidad y propaganda tóxicas, o que es posible un crecimiento económico ilimitado, es hacernos trampas al solitario.

En Bakú se habló de un mundo verde, de la urgente necesidad de caminar hacia la transición energética y el multilateralismo entre países para alcanzarla.  Se acordó una financiación climática, donde los países desarrollados aportaran 300.000 mil millones de dólares hasta 2035. Pero a los grandes contaminadores del planeta: China, EE UU, India y Rusia, esto no les interesa y caminan por senderos opuestos.

Las energías renovables quisieran sustituir a los contaminantes combustibles fósiles, pero quizás estemos aún ante la gran mentira del trilero. No sabemos si la civilización de los combustibles fósiles colapsará en 2028, como vislumbra Jeremy Rifkin en El Green New Deal global, y si la vida en la Tierra se salvará, pero mientras las grandes corporaciones petroleras y gasísticas sigan dominando las políticas de los países, influyendo en gobiernos, aupando a negacionistas del cambio climático al poder, el planeta estará en peligro.

*Publicado en Ideal, 19/12/2024

**Tierra, naturaleza, medioambiente_Tomado de México social. La cuestión social en México

martes, 3 de diciembre de 2024

TAMBIÉN EL CONSUMISMO*

 


Dicen que Nueva York adelanta el futuro que nos llegará una o dos décadas después. En un mundo globalizado, el plazo quizás se acorte hasta la simultaneidad. Los cambios de vida, las tendencias y las nuevas prácticas capitalistas las vemos reproducidas en nuestra vida diaria cuando allí triunfaron hace tiempo.

Estamos en la época del año donde el consumo se dispara de manera desorbitada y hasta obscena. EE UU es la cuna del consumismo, eso comentan. En nuestro calendario se han aposentado fiestas invasoras: Hallowenn, Black Friday o la de Santa Claus, el gordito de cara beoda. Consumismo voraz, bucle de la economía capitalista: producir para consumir, consumir para producir.

Visité Nueva York un mes de noviembre. Pasadas dos semanas de Hallowenn, las huellas de su celebración permanecían: infinidad de calabazas aposentadas en escaleras de las brownstones, derroche de frutos cucurbitáceos. En el horizonte, el Black Friday; entre ambos: día de Acción de Gracias; a la vista: la explosiva Navidad neoyorquina. Mucho para festejar; también el consumismo.

El Black Friday también se ha instalado en España, lo hemos adoptado. No es una fiesta religiosa ni familiar, ni nada por el estilo. El Viernes Negro es una fiesta montada para consumir, sin tapujos, sin eufemismos, ahora dirigida a toda clase de bienes y servicios, proyectada con la fuerza incuestionable de las estrategias comerciales y el marketing, capaz de influir poderosamente incitando y torciendo la voluntad del individuo, debilitándola, trasteando en el rincón de las emociones.

No se hubiera entendido mi visita a Nueva York en esas fechas y perderme el Black Friday, si quería escudriñar como viajero curioso en el conocimiento de la metrópoli. Para ello, una visita de campo a almacenes como Saks o Macy’s, o a un shopping malls. Entre Nueva York y Nueva Yersey, como en otras rutas, proliferan como setas. Da igual al que vayas, son todos iguales. El elegido se llamaba Mall Jersey Garden’, donde se reunían grandes marcas, franquicias, juguetería, restauración, joyería, náutica, decoración, electrónica, perfumería… en un espectáculo comercial en estado puro. El acceso: miles de coches dibujando colas serpenteantes, kilométricas, ocupando dos y tres carriles, de todas clases, modelos y tamaños. Era el Black Friday, el gran día, nadie podía perderse la gran fiesta en aquel enorme complejo construido expresamente para consumir lo necesario, y lo que no.

Limpio, amplio, ampuloso, de grandes espacios: largos, anchos y altos. Los nuevos bazares del siglo XXI, que nada tienen que ver con los de una calle de Bagdad, El Cairo o Marraquech, salvo que tienen la misma finalidad: vender y comprar. Estos, en la calle, en una relación directa comprador-vendedor; los otros, impersonales, diseñados para atrapar, no por la persuasión que ofrecen las excelencias del producto, sino mediante el impacto neurológico de una estrategia diseñada para manipular los sentidos y las emociones. La vista, el oído, el tacto, el olfato y hasta el gusto atacados para generar una necesidad que acaso nunca tuvimos.

En el Mall Jersey Garden, compuesto de grandes espacios interiores, mastodónticas escaleras y una descomunal plaza central, desde el mirador corrido de la planta superior, las personas se apreciaban como hormigas que supieran a qué agujero-tienda entrar o a qué cola interminable agregarse. La paciencia no tenida para otras cosas, aquí afloraba como un valor que esperaba recompensa. Pantalones, camisas, camisetas, cinturones, sudaderas, chaquetas, jersey, zapatillas, faldas, blusas…, objetivos deseados. Solo había que esperar, tener aguante, para tocar decenas de prendas, acercarlas al cuerpo, comprobar la talla o el color más favorecedor. Centenares de piezas de ropa amontonada, acumulada en estanterías, caída al suelo, u ordenada sobre anaqueles. Infinidad en perchas, aguardando la mano generosa para tocarla, desplegarla, desearla. El espectáculo: una escena sembrada de caos.

En la puerta de una tienda de ropa vaquera, gentes de edades variadas aguardaban media hora, una hora, para acceder al interior. En ella las ofertas llegaban al sesenta por ciento. Merecía la pena el sacrificio, a decir de la sonrisa exhibida al palparla. Fuera, en un gran cartel, rezaba: 60 % off everything. Al lado, varios chicos haciendo un receso en la aventura del día, agolpados junto a grandes maletas y bolsas, extraían de sus mochilas refrescos y sándwich. Había que reponer fuerzas. Sus rostros denotaban alegría, intercambiaban comentarios e ilusión por lo depositado en las maletas y por lo que aún les esperaba.

Era mi rostro el que reflejaba cansancio y hastío. Más de cuatro horas, acaso cinco, dentro de aquel enorme templo del mercadeo más soez y descarado, con humanos convertidos en piezas de un gran juego. Tomaba notas como observador participante. Me veía ridículo, sin interés alguno en comprar, pero atrapado en un aquelarre dominado por muchos machos cabríos de la magia tecnologizada, aferrada igualmente a la superstición y al delirio.

Jóvenes y mayores con el deseo intacto de atrapar lo que les hiciera sentirse bien: esa ropa que modelará su imagen, la estética para presentarse ante los demás, producto no de un ejercicio de libertad sino de mimetismo con los modelos o estereotipos sugeridos, cuando no impuestos. Entendido todo desde mi óptica: un insulto a mis convicciones, contrarias a dejarse atrapar por lo insustancial y lo superfluo. Debo estar viejo.

Abajo, en la plaza central, el rumor no cesaba. La gente caminaba en todas direcciones, como si practicaran un juego para reconocerse. Mis fuerzas se agotaban. La mirada, agostada. Era noche cuando salimos del Mall Jersey Garden. Como podríamos estar saliendo del Nevada Shopping.

*Publicado en Ideal, 02/12/2024

**La realidad te ciega, Carlos Saura Riaza