domingo, 12 de febrero de 2012

ME AVERGÜENZO


En la vida uno alberga siempre la esperanza de que las cosas que han salido torcidas se enderecen. El Diccionario Biográfico Español magna obra de la Real Academia de la Historia salió torcida, pero no se ha rectificado.
Todavía recuerdo las tardes de invierno que pasaba en el archivo Diocesano de Guadix cuando investigaba para mi tesis doctoral. Eran los primeros años de los noventa… y fueron muchos los días y las horas. Cada tarde (trabajaba por la mañana en mi escuela) me acompañaba la soledad, y algún que otro ruido como si se rasgara, mordisqueara, el papel de siglos. La inmensidad conformada por una enorme biblioteca, las numerosas estanterías que rivalizaban en altura con los altos techos, las paredes tapizadas por cajas y cajas donde se contenían papeles, legajos y libros, y el tiempo allí parado eran mis acompañantes. Estaba solo, rara vez había por allí otro investigador.
Os parecerá un desvarío, pero me sentía a gusto, un hábitat natural para mí en aquel tiempo. Hacía lo que me más me gustaba y no reparaba en el frío húmedo de un edificio del siglo XVIII, ni en el picor de las manos provocado por los ácaros y el polvo almacenado en siglos. Disfrutaba. De todo el acervo documental e histórico de ese archivo (también de otros, obviamente) salió mi tesis doctoral, un trabajo que me llenó de satisfacción y orgullo. El tema ‘Iglesia y poder’, y creo que en ninguna línea, en ninguna palabra de los dos tomos de la tesis, se puede apreciar mi afecto o desafecto religioso. Los datos, los textos, los documentos, fueron lo único que guió mi análisis, más o menos acertado, más o menos profundo.
Aprendí bien, tuve buenos maestros, y todos me enseñaron que el rigor, la pretendida objetividad y las fuentes documentales y archivísticas en un historiador son su mejor aval, su mejor garantía del trabajo bien hecho.
Hoy sabemos que la edición del Diccionario Biográfico Español, como si rivalizáramos con los grupos de presión y con la ideología que los alimenta, y no rivalizáramos con el rigor científico que debe caracterizar a un historiador, contiene apreciaciones sesgadas que en algún caso falsean la realidad histórica.
Hay entradas biográficas con un sesgo ideológico vergonzoso. En las que el historiador se deja llevar por la opinión o la conjetura, y no por el rigor y el respaldo documental e histórico. Están contenidas demasiadas apreciaciones personales, pero me quedo con esta sobre Francisco Franco: “Pronto se hizo famoso por el frío valor que sobre el campo desplegaba”. “Una guerra larga de tres años le permitió derrotar a un enemigo que en principio contaba con fuerzas superiores. Para ello, faltando posibles mercados, y contando con la hostilidad de Francia y de Rusia, hubo de establecer estrechos compromisos con Italia y Alemania”. “Montó un régimen autoritario pero no totalitario”.
Me avergüenzo de algunos historiadores (afamados, reconocidos y encumbrados) que han sido capaces de primar las ideas propias, de claudicar a las de los grupos que justifican versiones interesadas y manipuladoras de la historia reciente.
Otros historiadores, muy dignos y de gran reconocimiento, como Miguel Artola (sus libros han sido para mí ejemplo de trabajo bien hecho y de consulta obligada) se retiraron a tiempo. Es posible que vieran lo que se barruntaba.
¿Dónde ha quedado el prestigio del director de Academia, Gonzalo Anes? ¿Y dónde queda el de la Academia’
Me avergüenzo por lo que me toca como historiador.