jueves, 12 de abril de 2012

CUANDO HABÍA DINERO PARA TODO


Ahora que vivimos esta época de precariedad y recorte presupuestario, me acuerdo de cuando había dinero para todo. Hablamos de hace poco más de cinco años, creo que todos nos acordamos bien. Entonces éramos tan inocentes que creíamos ser ricos, o al menos eso es lo que nos hacían creer, y pensábamos que el dinero era ilimitado. No caíamos en la cuenta de que los que daban rienda suelta a nuestras ‘alegrías monetarias’ podrían un día alarmarse y decir que gastábamos demasiado. Pues eso es lo que ahora está ocurriendo: aquellos que abrían la mano para que nos sintiéramos potentados hoy la cierran para que nos sintamos menesterosos.
Era un tiempo en que abundaba poco el sentido común, y sí mucho el desatino. Con escaso criterio y mucha temeridad los ayuntamientos gastaban a manos llenas (y no es que un ayuntamiento no deba gastar el dinero en las necesidades de su municipio), y lo hacían tanto alcaldes de derechas como de izquierdas. La estulticia no es patrimonio de ninguna ideología. Cada pueblo quería tener su piscina cubierta climatizada, sus pistas de pádel y, ya puestos, su campo de golf, aunque los separase una calle y los habitantes de uno y otro pueblo pudieran compartir equipamientos. Hoy, sin embargo, no hay dinero para mantener las piscinas climatizadas, los campos de golf y, lo peor, muchos de los servicios básicos de la comunidad, que se mantienen a duras penas.
Desde que el hombre inventó que la mejor manera de dominar y someter al vecino era controlar y limitar sus posibilidades de supervivencia, este mundo funciona así. El mejor ejemplo: los bancos, la sede el poder financiero. Hubo una vez en que a todos nos convirtieron en clientes preferenciales y nos daban dinero sin muchas exigencias. Hoy hemos perdido ese estatus arrastrados por el mismo viento que ha hecho desaparecer el dinero que antes tanto abundaba.
Por el momento, y dada la pusilanimidad del poder político, seguimos en manos de los que aprietan y aflojan a su voluntad la garganta de nuestra supervivencia. La esperanza de supervivencia del farmacéutico griego jubilado que se pegó un tiro frente al Parlamento de su país fue aniquilada por estos mismos. Al menos que nos quede lo que se dijo en su funeral: ¡Pueblo, adelante, no bajes la cabeza, la única respuesta es la resistencia!