viernes, 6 de abril de 2012

SABER IDIOMAS


La tradición bíblica cuenta que cuando la soberbia de los hombres les llevó a pretender alcanzar el cielo Dios, ofendido, los castigó confundiéndoles las lenguas que hablaban, y así impedir que se entendieran paralizando la pretenciosa torre de Babel. Con esto parece ser que Dios no hizo ningún favor a los hombres, porque esa confusión ha acarreado múltiples disputas, algunas cruentas, por mor de la defensa de la lengua propia, y no menos quebraderos de cabeza para aprender la del vecino. Y hasta podemos asegurar que con tal confusión de lenguas se dio pie a fomentar la discriminación del que habla diferente a nosotros. Alguna vez he escuchado decir, cuando alguien se expresa en una lengua que no conocemos, no sin cierta prepotencia y desprecio, que hable en cristiano. Y me he preguntado, ¿en cristiano de qué país?
Uno de los mensajes que proliferan en nuestro tiempo, quizá más que en ningún otro,  es el que resalta la importancia de saber idiomas. Este deseo no creo que lo rebata nadie. Sin embargo, ahora tenemos noticias de que el Ministerio de Educación ha decidido, no sólo recortar el presupuesto de las becas de estancia en el extranjero para el aprendizaje de idiomas, sino exigir una nota media de siete para acceder a la ayuda.
Se lo están poniendo difícil a los españoles que quieren aprender un idioma, sobre todo en un país donde sabemos que es uno de los lastres que padecemos en nuestra formación personal. Nuestra torpeza para hablar al menos otro idioma (inglés, francés, alemán o chino) con garantías de que nos entiendan y entendamos es vergonzosa.  Si ya somos un país analfabeto en conocimiento de otras lenguas, con esta ‘iluminada medida’ lo vamos a ser más. Pero no sólo nosotros, sino también nuestros representantes políticos (desde presidentes de Gobierno hasta consejeros de Comunidades) que cuando salgan a reuniones internacionales o haya contactos con gobernantes extranjeros (pensando sólo en el más universal de los idiomas: el inglés), tendrán que ir con las orejas de burro puestas y tirando de traductores. Lo mismo que ha pasado de aquí para atrás.
El déficit en aprendizaje de idiomas que tenemos en España es el fracaso más clamoroso de nuestro sistema educativo en los últimos veinte años. Un sistema educativo incapaz en todo ese tiempo de formar a una generación de españoles en el aprendizaje de, al menos, una lengua extranjera con garantías de poder comunicarse con alguien nativo de ella. El modelo de enseñanza de las lenguas en España ha fracasado, pero no cuando estudiábamos en la escuela de los sesenta y setenta, que así era, sino también ahora cuando nuestro sistema educativo se ha convertido en un sistema moderno y adaptado a los nuevos tiempos. No quiero menospreciar los esfuerzos que se han hecho con la implantación de las escuelas oficiales de idiomas, con el Portfolio, con los auxiliares de conversación, etcétera, etcétera. ¡Que bien lo conozco todo! Pero la realidad es la que es: el déficit formativo en una lengua extranjera hablada es apabullante en nuestro país.
Cuando yo estudiaba bachillerato, traducíamos textos en francés (fue el idioma de mi escolaridad) y permítanme que lo diga: por un tubo (recuerdo haberlo hecho con profusión del Nuevo Testamento). En mi vida adulta he sido capaz de leer, traducir o comprender un texto escrito en francés, pero al hablarlo me he sentido un analfabeto funcional. Confieso haberme sentido ridículamente torpe cuando he estado en París o en Londres, y me he visto impotente para hablar en la lengua del país visitado. ¡Menudo bochorno interior he sentido! Ahora, alguna vez me pongo películas en versión original. No entiendo casi nada, por no decir nada, pero comprendo que es una de las alternativas reales para aprender otro código lingüístico.
Me apena ver que por esa política monolítica y torpe del control del déficit presupuestario, marcada por el poder económico mundial para Europa, y ejecutada por gobernantes pusilánimes, sumisos y cobardes, se vea afectada una pequeña vía de escape en el aprendizaje de idiomas como es la estancia en los países nativos. Sabemos que esto no es la panacea a nuestros males idiomáticos, pero es algo fundamental para aprender un idioma que este se practique en el entorno natural donde se habla.