sábado, 9 de mayo de 2026

¿SE HUNDE EUROPA?*


Con la muerte de Jürgen Habermas hace unas semanas probablemente haya desaparecido el gran intelectual de la Europa democrática, que tan necesitada está de voces que arrojen luz en el atasco político en el que se encuentra. Aquellos intelectuales que se movían en torno a la teoría crítica y la Escuela de Frankfurt, donde destacaban figuras como Adorno, Habermas o Marcuse, fueron víctimas del nazismo que les había marcado lo suficiente para valorar desde la propia experiencia lo fundamental de mantener una convivencia democrática bajo los valores de la libertad.

El mundo de hoy pide estar alerta y no descuidar ese anhelo al que llamamos futuro, un símbolo del juego de la vida que concita tantas miradas y pensamientos, y que nunca deberíamos dejar en manos de tanto tirano, porque en sus fechorías solo anidan sus intereses.

Habermas hablaba en una de sus últimas intervenciones sobre la crisis de las democracias occidentales y la Unión Europea, en una conferencia dictada en la Fundación Siemens de Múnich. Venía a decir que el panorama mundial es ciertamente difícil con una China que pretende “sustituir el régimen liberal de comercio mundial por un orden político mundial chinocéntrico”, mientras Estados Unidos se empecina en liquidar su democracia y proliferan regímenes autoritarios, entretanto la sociedad civil no parece oponer mucha resistencia. Y concluía que, ante este desolador panorama, en Europa se debería alcanzar “una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea”, lo que “nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable”. Hay quien consideraba a Habermas como la conciencia de una Europa que necesitaba sostenerse en el pensamiento y las ideas frente a los múltiples avatares y ataques que recibidos.

Aquella idea de Europa nacida tras la Segunda Guerra Mundial, que llegó a subyugar a varias generaciones, da síntomas de evaporarse o, peor, irse por el desagüe de la historia. Entonces sumida en una polarización de dos mundos surgidos tras la última gran guerra, manteniendo los equilibrios que le exigía la Guerra Fría, tras la caída del muro de Berlín debió posicionarse como un espacio donde la democracia se preservara frente a la ola de creciente autoritarismo que, contrariamente, buscaba acabar con la idea de unidad y defensa de los valores democráticos.

En estos días, mientras explicaba a mi nieta Inés el tema de la Segunda Guerra Mundial, he recordado —más allá de causas económicas, Gran Depresión, persistencia de agravios sufridos por Alemania tras la anterior gran guerra o el auge de doctrinas y regímenes totalitarios— dos acontecimientos, antesala del desencadenamiento de la devastadora segunda gran guerra, que ayudaron a activar el conflicto bélico: el expansionismo alemán y la inacción de las democracias occidentales. Visión muy cercana al mundo que vivimos en estos convulsos meses.

La mentalidad imperialista de los regímenes totalitarios —nazismo y fascismo—, en sus deseos de expansión territorial, expresados anteriormente en el Mein Kampf de Hitler, desafiaron el orden internacional mediante el uso de la fuerza en política exterior: Japón atacaba China en 1931, Alemania abandonaba la Sociedad de Naciones (1933) o Italia invadía Abisinia y salía también de este organismo internacional. Seguidamente, Alemania se expandía, en su obsesión por forjar el Gran Reich y la conquista del espacio vital —Lebensraum— surgido de los postulados teóricos del geógrafo Friedrich Ratzel, y se anexionaba (1935) la región del Sarre, gestionada por Francia como compensación de las reparaciones por la I Guerra Mundial tras el Tratado de Versalles.

La pusilanimidad de las democracias occidentales ante la amenaza nazi fue patente: mermó la respuesta diplomática y económica frente a tales transgresiones y se sumó la inoperancia y escasa autoridad de la Sociedad de Naciones. La política de apaciguamiento y no intervención de Gran Bretaña, encabezada por el primer ministro Chamberlain, seguida por Francia, ‘obedeció’ a la esperanza del cese del expansionismo, supuestamente satisfechas las aspiraciones nazis. Pero la voracidad nazi —anexiones de Austria, Sudetes, Polonia, Dinamarca, Noruega…, de 1940— trajo la dimisión de Chamberlain y la creación del Gobierno de unidad nacional de Wiston Churchill. Quien reprochó a su antecesor la cobardía de su política de apaciguamiento hacia Hitler, pronunciando tras los Acuerdos de Múnich de 1938 estas palabras: “Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”. No hacer frente a la ocupación de territorios por el nazismo fue un error.

Esta descripción del panorama político mundial acontecido hace noventa años no es muy distinto al que estamos experimentando en este primer tercio del siglo XXI. El expansionismo de Rusia —ocupación de Crimea y Ucrania—; de Israel —Gaza, Cisjordania o Líbano—; o Estados Unidos —Venezuela, Irán, pretensiones sobre Canadá y Groenlandia— provoca que la actitud medrosa de Europa sea alarmante. Un dejar hacer sin una respuesta contundente. El Gobierno de España ha pedido a la UE la ruptura del pacto con el Gobierno genocida de Israel, y otras voces piden la expulsión de los equipos israelíes de competiciones europeas y mundiales.

Si a ello sumamos los enemigos internos, sicarios de Putin y Trump que boicotean decisiones de la UE, el panorama se ensombrece y convierte a Europa en un espacio político de irrelevante influencia en el mundo. ¿Dónde queda su dignidad?, ¿dónde sus valores que ennoblecen al ser humano?, ¿vendidos como mercancía a cambio de unas míseras monedas?

El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”, decía León XIV hace unas fechas en su viaje a Camerún León XIV.

*Artículo publicado en Ideal, 08/05/2026.

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 20 de abril de 2026

ABRIL DIVINO, QUE VIENES CARGADO DE SOL Y ESENCIAS*



Para Federico García Lorca “la poesía es algo que anda por las calles”, respondía así a la pregunta: “¿Qué es la poesía?”, que le hacía Felipe Morales Rollán para ‘La Voz’ de Madrid un 7 de abril de 1936. Del mismo modo andarán por las calles de Granada los libros de poesía, narrativa, ensayo, viajes, cómics, infantiles… en este “abril divino”, como lo calificara nuestro poeta en ‘Canción primaveral’. El primer Lorca, al que aludía José Hierro en la conferencia —17/abril/1968— pronunciada en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, publicada en Cuadernos Hispanoamericanos.

Aunque solo fuera porque en este mes se celebra el Día del Libro, abril habría de concebirse como tiempo de libros y poesía. A lo que hay que sumar este año la mayor explosión festiva del universo libro: la Feria del Libro de Granada en la última semana del mes en que “se vistió la nieve / de vagos carmines”, cuando “la tarde de abril moría, / rosamente melancólica”, como escribiera otro gran amigo de Federico, Juan Ramón Jiménez. Juan Ramón y Zenobia Camprubí visitaron Granada del 21 de junio al 3 de julio de 1924, acudiendo a la invitación del ‘Cárdeno Poeta Granadí’, como llamaba el moguereño a Federico, contando con la inestimable compañía de Emilia Llanos para agasajarlos en aquella estancia.

El “abril divino” granadino de este año estará ataviado de un libresco traje engalanado con un toque de atuendo bibliófilo, justo el año en que se cumple el centenario del Día del Libro, remontándonos a aquel 1926, cuando el escritor valenciano Vicente Clavel Andrés propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona tal celebración. Al principio se fijó la conmemoración para el 7 de octubre durante años, hasta 1930, cuando pasó al 23 de abril para hacerla coincidir con el fallecimiento 23/abril/1616 de dos grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Sumándose en 1988 la UNESCO para hacerlo más extenso: Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor.

En la Feria del Libro de este año —23 abril/3 de mayo— lectores y autores vamos a compartir unos días de entrañable simbiosis emocional alrededor del amor profesado al libro, convocados bajo la proclama teatral lorquiana: “Así que pasen cinco años”. Cinco años que miden el tiempo que nos queda para hacer realidad una de las mayores ilusiones que han aglutinado —por fin— el esfuerzo colectivo de granadinos y granadinas, de pensamientos diversos, que se recuerda: el proyecto de Capitalidad Cultural Europea Granada 2031. Un proyecto común, en cuyo favor hemos remado todos, dejando al margen las absurdas discrepancias que siempre solían dar al traste tantas veces con proyectos de futuro para Granada y provincia.

No obstante, esta fiesta en torno al libro no tiene el mismo predicamento en todo el mundo. Vivimos tiempos de fanatismo integrista, donde la represión y la prohibición de libros es una práctica común en entornos autocráticos, generándose incluso listados de libros prohibidos, incluidas algunas democracias occidentales. Acaso Estados Unidos sea el caso más paradigmático, donde se habla de más de 10.000 títulos prohibidos en bibliotecas públicas y académicas. Recientemente hemos escuchado a Isabel Allende decir: “Me honra que se prohíba La casa de los espíritus en Estados Unidos”. La ola de intolerancia y conservadurismo que invade este país ha debido considerarla una obra peligrosa y manipuladora de cerebros. El temor por los libros despertado en siglos pasados ha vuelto como síntoma de un tiempo de retroceso en valores culturales y científicos, proliferando posiciones retrógradas, terraplanistas y supremacistas que contrastan con la misión espacial a la Luna de Artemis 2.

Miedo a los libros que, sin embargo, como tesoros compartidos que enhebran redes de complicidad entre lectores anónimos, resistirán, como lo han hecho a lo largo de la historia. El poder mágico que poseen será capaz de combatir las prohibiciones de mentes atrofiadas.

El futuro de nuestros jóvenes está en ellos, como promesa de sensaciones, mundos por descubrir, conocimiento del ser humano, ciencia o saberes contrastados que minimizan opiniones sin fundamento. La poesía, ese arma cargada de futuro, como la definiera Gabriel Celaya, aupada en la palabra, les proporcionará la fuerza para afrontar los retos y combatir la intolerancia y las ideas fanáticas que proliferan en el mundo, las que desprecian a los diferentes, convertidos en enemigos por intereses espurios. La palabra, el mejor instrumento para fortalecer las mentes de niños y jóvenes, dotarlas de herramientas intelectuales que los hagan libres y de pensamiento crítico.

Las perniciosas olas retrógradas se combaten con los libros, porque quizás no exista mejor manera de mirar al mundo que la lectura. Ayudarles a descubrir el placer de leer y respetar la irreemplazable contribución de los creadores al progreso social y cultural es el gran legado que una sociedad educadora puede trasladar a las generaciones que se abren a un mundo cargado de trampas y subterfugios banales, plagado de engañifas de vanidades hipertrofiadas por las redes sociales.

Abril divino, que vienes cargado de sol y esencias...” y de libros. No serán pocas las citas que con ellos nos deparará este mes.

Dejémonos arropar con sus palabras que nos invitan a imitarlos cubriéndonos de excelsas y buenas ideas, y pensamientos que hablan de amor, vida, solidaridad…; que derroten a la ignorancia, los bufidos, las excrecencias de lo burdo, que solo traen desgracia y desvalimiento…; y que en esta fiesta de libertad aviven siempre los sentimientos y emociones sobre las que cabalga la esperanza.

*Artículo publicado en Ideal19/04/2026.

**Álvaro Reja, Al oido de una muchacha.

martes, 7 de abril de 2026

GOBERNANTES PARANOICOS PARA UN NUEVO ORDEN MUNDIAL*

 


Que el panorama mundial que nos están brindando en los últimos años los gobernantes que lideran potentes países es de una inestabilidad continua, que no da tregua para recuperarse de una trastada a otra, es a todas luces lo peor que hubiéramos imaginado quienes soñamos con un mundo mejor.

Giuliano da Empoli La hora de los depredadores (2025) viene a decir que la aparente estabilidad política de las últimas décadas ha quedado atrás en un mundo donde la IA ya está fuera de control, el respeto a las instituciones y los derechos se ha convertido en algo irrelevante para autócratas y magnates de la tecnología que moldean la realidad a su antojo “mediante la fuerza bruta, el engaño y las disrupción caótica”.

Estos depredadores también juegan a realizar promesas envueltas en benevolencia, como los dirigentes que tienen buenas intenciones, pero pronto descubren su lado perverso porque tienen menos paciencia, disimulan peor o carecen de sentido del ridículo. Su máxima es provocar el caos, donde se encuentran cómodos, lejos del imperio de la ley. “El caos ya no es el arma de los insurgentes, es el sello del poder” —reza la portada del libro de Empoli—. Y en su interior: “Tres meses antes de la invasión de Ucrania, Surkov, destituido por Putin..., publicaba un artículo en el que todo estaba ya decidido. Toda sociedad, escribió él entonces, está sometida a la ley física de la entropía... ante la ausencia de una intervención exterior, acaba por producir el caos en su interior. Es posible gestionarlo hasta cierto punto, pero la única manera de resolver definitivamente el problema es exportarlo”. Esta ha sido la tónica de los grandes imperios de la historia: exportar el caos allende sus fronteras, llevar guerras a otros territorios —no al suyo— y controlar el propio bajo una premisa: necesidad de atacar al fingido enemigo para seguridad autóctona.

Convertido el mundo en un caos mayor que en décadas pasadas, este primer cuarto del siglo XXI se parangona con el del siglo pasado. La duda que nos queda es si seguirá la misma deriva de una centuria cargada de sobresaltos políticos, crisis económicas y guerras mundiales, alternando livianos periodos de paz y convivencia tras la Segunda Guerra Mundial. Respiros reponedores que bajo una visión multilateral miraban hacia un horizonte que pretendía consolidar valores consensuados en distintas declaraciones universales. Ahora, sumidos en la denominaba ‘edad de la ira’, como la definía Pankaj Mishra en La edad de la ira. Una historia del presente (2017), tratamos de explicar el fin del ‘viejo orden’ frente al prometido ‘nuevo orden’ de gobernantes-depredadores. Con una aceptación, salvo destacadas resistencias, que se sustanció en el desliz de Ursula von der Leyen al intentar aclarar qué pasa en nuestros días de belicismo compulsivo y amenazas por doquier a quien no esté en la paranoia instalada el lado bueno de la historia, dicen, pisoteando el derecho internacional y convirtiendo el planeta en una selva donde impera la ley del más fuerte y la imposición de nuestro ‘silencio cómplice’.

Adiós a todo lo que habíamos construido desde una visión de justicia, respeto y solidaridad; adiós a avanzar en materia social, medioambiental o cooperación internacional. Y bienvenida la ley del matón de barrio, la esquilmación del planeta, desprecio territorial o ‘desfenestración’ del diferente y/o desfavorecido. Como señala Pankaj Mishra: “La edad de la ira da simplemente por sentado un bullicioso telón de fondo de construcción de naciones, transformación desigual de economías regionales y agrícolas en economías industriales y globales, y aparición de las políticas y los medios de comunicación de masas”.

Generalmente las guerras las desatan gobernantes ambiciosos, movidos por intereses personales y afectados por trastornos mentales y rasgos de patológicos de personalidad. Lo lamentable es que el poder, antes o después, termina siendo patrimonio de estos tipos y nosotros, bajo el paraguas de la democracia, lo permitimos. La nómina de gobernantes-depredadores es muy extensa. Los más señalados no han dudado en provocar conflictos bélicos sin reparar en daños ni consecuencias. Los paradigmáticos casos de Putin, Netanyahu y Trump han venido a subvertir el orden mundial alterando las relaciones internacionales.

Mary Trump, psicóloga, escribía Siempre demasiado y nunca suficiente: Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo (2020), refiriéndose a su tío Donald Trump. En él lo describe como un narcisista patológico, codicioso, abusón con el débil, mentiroso compulsivo y producto de una crianza familiar disfuncional y abusiva, dotado de una ausencia de empatía y con comportamiento destructivo. Y el tío, en plena guerra de Irán, aseguraba en una entrevista con NBC News: “Destruimos por completo la isla de Jarg, pero puede que la ataquemos unas cuantas veces más solo por diversión”.

Para el psicólogo John Gartner, Donald Trump “no está bien” (El País, 23/03/2026), con cierto deterioro cognitivo y trastornos mentales manifestados en un “narcisista maligno”, como le ocurría a Hitler. En su caso el narcisismo, que pudiera afectar a cualquiera de nosotros, deriva en trastorno ‘psicopático’ de personalidad antisocial, sin normas, mentiras compulsivas, engaños, sin remordimientos...; también conductas sádicas generadoras de caos, destrucción, humillación del otro…, para su disfrute; ante una amenaza, genera una paranoia con espíritu vengativo; afán de dominación para quedar por encima de los demás… No extraña escucharle decir que es el mejor presidente de la historia, sabiéndolo todo.

Putin, Netanyahu y Trump, adalides del ‘nuevo orden’, podrían estar en el mismo manicomio antes que promover guerras mostrando actitudes inmisericordes con los agredidos: incluidos niños, mujeres y ancianos, los más débiles.

*Artículo publicado en Ideal, 05/04/2026.

**Salvador Dalí, El enigma de Hitler, 1939.

sábado, 4 de abril de 2026

TODO LO QUE NO CONTABAS

 


En los años ochenta del siglo XX, cuando el despertar de la democracia en España venía acompañada de grandes deseos de libertad, hubo maneras de confundirla que terminaron sumiendo a una parte importante de la juventud española en el pozo de la droga. De ella pocos escaparían: unos muriendo en el camino, otros arrastrando una existencia lastrada por el consumo. Muchas madres hubieron de afrontar el reto de salvar a sus hijos para el que no tenían ni los conocimientos ni las herramientas, tan solo quedaron sumidas en la desesperación de verlos cómo se consumían.

Todo lo que no contabas representa la lucha coral de una familia en la búsqueda incesante por hacer frente a este enemigo tan invisible como poderoso que les había arrebatado a un ser querido. Una historia llena de esperanza, al tiempo que sumida en la frustración de anhelos inalcanzados, en una constante lucha que no cesaba.

Antonio Lara Ramos nos introduce a través de una polifonía de voces narradoras que miran en una sola dirección: esa lucha sin descanso por arrebatarle a uno de los suyos a ese poderoso enemigo al que era difícil descifrar. El tema central es el coste humano y afectivo visto no tanto desde la figura del yonqui estigmatizado, sino desde las grietas emocionales que abre en sus seres queridos que afrontan la persistente búsqueda de la responsabilidad, la culpa y la libertad de elección.

Todo lo que no contabas es una obra de tono testimonial con gran carga emocional que reconstruye la trayectoria vital de Abel, atrapado por la droga en un barrio obrero y el impacto devastador que la adicción provoca en su familia a lo largo de décadas. El libro encuentra su mayor fuerza en la combinación de crónica social y retrato íntimo de un entorno que no se resigna, logrando por momentos una intensidad conmovedora y un retrato generacional muy reconocible, con escenas de enorme viveza y concreción, que funcionan autónomamente y sostienen el interés lector.

El libro aborda otros temas estrechamente ligados: la fragilidad de los modelos de éxito social, la dignidad y límites del cuidado familiar, la soledad, la construcción de una identidad en barrios periféricos y el choque entre una vida “normativa” y otra vida “en los márgenes”.

https://esdrujula.es/libro/todo-lo-que-no-contabas/

lunes, 23 de marzo de 2026

LA INFANCIA COMO MERCANCÍA DE GUERRA*


Seguramente a los gobernantes de los países que promueven las guerras las vidas de la población les importan un bledo, pero a los ciudadanos de esos países no debería ocurrirles lo mismo. Es fácil manipular las razones por las que se invade un país o se lanzan cientos de bombas —armas de destrucción masiva, búsqueda de seguridad, acusaciones falaces de terrorismo o posesión de uranio enriquecido—, se juega con la bondad o la ignorancia de la gente. Lo que nunca se les dirá es que lo hacen por intereses geoestratégicos, económicos o intereses particulares de esos gobernantes.

Unicef señala que los niños y niñas son las primeras víctimas de la guerra y que 460 millones viven en países afectados por conflictos violentos con consecuencias desgarradoras: desplazamientos forzosos, estados de orfandad, abusos de todo orden, explotación sexual o trata.

En la Segunda Guerra Mundial los nazis, que ya tenían sus juventudes hitlerianas bien adoctrinadas y adiestradas para reprimir o delatar a enemigos, finalizando la contienda reclutaron ante la escasez de tropas a menores de 16 años como mensajeros, vigilantes o combatientes armados con rifles o lanzacohetes. Los efectos para la infancia fueron devastadores daños colaterales, se llamarían groseramente ahora llevando a niños a responsabilidades prematuras “como ayudar u ocupar las obligaciones de sus padres, dejar la escuela, trabajar...mendigar y traficar en el mercado negro” o acompañar a sus madres en colas del hambre, o sufrir el racionamiento posterior, como se describe en Infancias en guerra Memoria y género en los conflictos bélicos del siglo XX.

Nos solivianta ver a niños empuñando un fusil, niños soldado, en una África dominada por grupos armados o aquellos que luchaban en la eufemística revolución de la FARC en Colombia. Pero no nos ocurre igual si vemos en EE UU a un padre entrenando a su hijo en el uso de armas, activando un espíritu guerrero que raya en el uso de la violencia.

En El pan de la guerra (2002) de Deborah Ellis se relata la historia de Parvana, una niña afgana que se hace pasar por varón para aportar recursos a su familia. O ese viaje que emprende Enaiat para sobrevivir en En el mar hay cocodrilos (2018) de Fabio Geda, cuando su madre le insta a abandonar su pueblo al llegar los talibanes, en un viaje de cinco años cruzando Europa. Y no necesitamos citar solo a los malvados talibanes o a Boko Haram para glosar que la infancia es una mercancía de guerra, tenemos sobrados ejemplos en nuestro mundo occidental de ‘líderes’ que pasarán a la cochambre de la Historia engrosando la numerosa lista de gobernantes depravados y crueles.

La utilización indigna de la infancia como mercancía, al igual que la violación de las mujeres, es utilizada como arma de guerra. El abuso de la infancia es parte de las estrategias militares utilizadas sin remordimiento en este siglo XXI en que la barbarie ha apartado el espíritu pacifista y multilateral en el que millones de personas creíamos y seguimos creyendo.

Cifras escalofriantes hablan hoy de prácticas infames en las guerras auspiciadas por el mundo occidental. En la invasión de Ucrania se estima que Rusia se apoderó de decenas de miles de niños ucranios en un proceso de ´desucranización’. Una investigación de la Yale School of Public Health Universidad de Yale cifraba en 210 instalaciones la red dedicada a ello (El País, 16/9/2025), donde habrían recalado unos 35.000 niños forzosamente, reeducándolos en el patriotismo ruso, recibiendo instrucción militar o montando drones para luego masacrar a la población ucraniana.

En Gaza el daño a la población infantil es difícil calibrarlo en vidas y generaciones perdidas tras el genocidio perpetrado por Israel: pérdida de vidas, mutilaciones físicas, hambre, déficit alimentario para su desarrollo, falta de educación, dramas emocionales, trastornos psíquicos; todo ello minando a indefensos inocentes y cometido sin compasión ni escrúpulos. Acabar con niños y jóvenes, como a rebaño, era parte de una amplia estrategia ignominiosa de exterminio.

Una escuela en Minab fue destruida en los primeros bombardeos perpetrados por EE UU sobre Irán: 175 personas, mayoría niñas, asesinadas. Trump, un mentiroso convulsivo, culpó al régimen iraní del ataque, como Netanyahu hablaba de terroristas para justificar matanzas de gazatíes. No obstante, la prensa libre estadounidense —CNN o The New York Timesculpa a su Ejército. Estas niñas no tendrán la oportunidad de leer un libro ni siquiera a escondidas, como la niña afgana que comentara Malala reconociendo su lectura como un acto de resistencia.

Hace unos días Jaled Bani Odeh, 11 años, y Mustafa, ocho, sintieron la muerte a tiros a sus padres y dos hermanos —5 y 6 años— a manos de soldados israelíes que abrieron fuego contra el vehículo en el que viajaban. Habían salido de compras antes de terminar el ayuno de Ramadán. La familia palestina regresaba a Tammun, territorio invadido por Israel en Cisjordania. La versión israelí: el vehículo aceleró amenzazando a los soldados.

La Historia nos enseña que la infancia nunca fue protegida. Ahora tampoco. La infancia debería convertirse en sujeto histórico en las investigaciones. El abuso de menores es una práctica habitual como la violencia vicaria, la explotación sexual, la explotación laboral, negación de la educación, dejarlos morir de hambre o corromperlos para satisfacción de instintos depravados de aquellos famosos visitantes de la isla del pederasta Jeffrey Epstein que ahora se erigen en justicieros del mundo.

Y todavía hay quien piensa que esta proliferación de guerras y masacres, fuera del derecho internacional, traerá un mundo mejor.

*Artículo publicado en Ideal22/03/2026.

** Ilustración del artículo en Ideal.