En
aquellos años setenta nos
invadía el deseo de libertad como nunca en el siglo XX, ni siquiera
en la II República. Acabar con la dictadura era un sentimiento
generalizado, incluso para muchos que contemporizaban con el régimen.
Lejos, los peligrosos rescoldos franquistas dispuestos a empuñar la
violencia, como lo hicieron. Las manifestaciones a favor de la
libertad conjugaron sentimientos, emociones y mucha cultura: poesía,
música, canción protesta. Formas expresivas que inundaron la
democracia, hasta que el tiempo las fue desgastando por otras más
burdas.
Entonces
creíamos en una educación transformadora de la sociedad
democrática, una ilusión que después fue debilitada por poderosas
y nocivas influencias, penetrantes cual aguijón, inoculando mentes
juveniles mediante otras músicas: ‘bacalao’, drogas y ritmos
latinos, con letras vulgares, escasamente elaboradas, propagando
machismo y zafiedad, trivializando el sexo —“Voy a follarte hasta
matar mi pena / Voy hacerte en serio mi condena” o “Tienes que
vender mucha más droga, para ganar lo que yo... / Mucha más droga,
para follar como yo” (Tangana)—, potenciadas a golpe de sones
retumbantes, como martillos pilones —“La noche se puso kinki, /
tres dedos en el toto, / en el culo el pinky… / le doy por donde
hace pipí, por donde hace popó” (Bad Bunny)—. Negocio sin
límites.
Vivimos
un tiempo en que las formas de comunicarse se han devaluado. La
política las ha incorporado en la
construcción de discursos forjados con mensajes encriptados para
inseminarlos en cerebros poco formados y gregarios, modelados por una
sociedad consumista hasta convertirlos en manipulables y dispuestos
para recibir mensajes cortos, simples y que no entrañen un ejercicio
de reflexión o crítica. Los equipos de propaganda diseñan
contenidos en flashes que irrumpen en la mente, alojándose en el
almacén de ideas, sin cuestionarlos, para reproducirlos sin ningún
tamiz reflexivo. Lanzar mensajes negativos, perversos o hirientes
contra otros es parte del trabajo. Los discursos suelen redactarse,
asimismo, para políticos con escasas capacidades para manejar ideas
y estructuras gramaticales complejas, pero no porque sean idiotas
—que los hay—, sino por poseer intelectos malévolos, capciosos y
sin escrúpulos.
Nos
movemos en una posmodernidad deconstructiva que cuestiona la verdad,
que apuesta por verdades alternativas que, si es necesario, se
canalizan mediante la mentira y la adulteración de la palabra,
proponiendo realidades diferentes a las habituales, generando
atmósferas
de incertidumbre, sospechas o relatos que desacreditan la honestidad
del ‘otro’, en una estrategia que funciona cuando la impunidad
queda a salvo por el respaldo judicial o el filtro de una ciudadanía
mediocre sin capacidad crítica, ‘educada’ para consumir mensajes
enlatados y adiestrada para buscar la felicidad en la tienda de la
esquina, como ilustraba Zygmunt Bauman.
Adiós
a los grandes ideales emancipadores con visión universal, reducidos
ahora al individualismo, al apáñate para sobrevivir en esta jungla,
y al relativismo carente de principios éticos y morales, y
sentimientos de comunidad y bien común. A los mayores nos educaron
para ser ciudadanos responsables, cuidadosos tanto de lo cercano como
remoto, por eso entristece saber, ante un mundo depredador y
negacionista, que lo que hacemos en la cotidianidad termina siendo un
acto de futilidad que a la postre no va a ninguna parte.
La
ultraderecha de nuestro país —próxima
al
discurso liderado por el ‘gran hermano’ estadounidense,
abanderado de la paranoia y la codicia—
recurre a retóricas sofistas y falaces para sostener un pensamiento
político mediocre y avieso que, de otra manera, no aguantaría un
asalto en una discusión seria sobre ideas. Solo le valen eslóganes
de despacho construidos por asesores maquiavélicos, conocedores de
las debilidades de la naturaleza humana de los habitantes del siglo
XXI.
Los
discursos dejaron de pergeñarse desde la lógica del pensamiento
humanista y postulados filosóficos o epistemológicos. Ahora son
graznidos de urracas para confundir los debates públicos
vehiculizados por redes sociales plagadas de mensajes ‘cortitos’
y directos para mentes torpes que solo necesitan dosis reducidas de
‘seudopensamiento’. Facebook, TikTok o X,
controladas por plutócratas, el mejor medio para difundir misivas
amañadas y dopadas.
Hace
unos días —31
aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez, concejal del PP, a
manos de ETA—,
la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, escribió
en X: “Si nace un nuevo Gregorio Ordóñez en el País Vasco que
pueda ganar ampliamente en las urnas, ¿volvería a tener que vivir
escoltado?”. Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio y presidenta
de la asociación de víctimas Covite, acusó a Ayuso de utilizar
políticamente el nombre de su hermano para cargar contra Pedro
Sánchez, y precisó: “Sufrí el odio de la izquierda abertzale,
ahora además y con mucha más crueldad el vuestro, el de la derecha
abertzale” (IDEAL, 23/01/2026). La desvergüenza manipuladora de
utilizar a ETA, sabiendo que la banda terrorista dejó la actividad
armada aquel 11/octubre/2011, solo viene a remover un fango que la
sociedad española no merece.
Hemos
vivido siete años de continuas broncas políticas. Hastiados,
recelábamos ante un incendio forestal, el estornudo de un volcán
dormido, un virus desatado, un temporal desbocado o un accidente de
tren, detrás se generaba una trifulca pandillera, sin importar la
ciudadanía, sus problemas, solo provocando crispación. Gritos y
graznidos azuzando a la ciudadanía para enzarzarse en discusiones
familiares de cenas de Nochebuena o utilizándola como transmisora de
patrañas en redes sociales.
Las
urracas han copado senderos y aceras en busca de basura y restos de
comida en una sociedad consumista que acumula montañas de
desperdicios. Menos mal que entre tanto bufido político quedan
historias humanas, como la de Boro, ese perro que ‘es familia’.
*Artículo publicado en Ideal,
09/02/2026.
** Ilustración artículo Ideal.