sábado, 12 de septiembre de 2026

AQUELLA FECHA QUE SOLIVIANTÓ EL INICIO DEL SIGLO XXI*

 



Imposible adivinar, mientras caminaba por la gran avenida, las caras de los jóvenes aparecidos hace unos días en reportajes de televisión mostrando a soldados de aquella guerra del “No a la guerra”. ¿Dónde estarán? Menuda osadía la mía, como si solo fueran jóvenes de Nueva York quienes marcharon a la contienda iniciada un jueves 20 de marzo de 2003 en Irak. Sentía la estúpida necesidad de descubrir los rostros de esa batalla originada dos años antes tras el 11 de septiembre de 2001, cuando dos torres gemelas fueron torpedeadas por aviones suicidas.

Veinticinco años del derrumbe de las Torres Gemelas de Manhattan —hoy Zona Cero del World Trade Center—. Un cuarto de siglo desde que el atentado terrorista del 11S diera un nuevo rumbo a la historia de la humanidad. Cinco lustros… y nuestro mundo tornado en erial de dolor, odio y conflictos bélicos. Lo primero, ponernos una y mil restricciones para viajar, convertirnos en sospechosos de una peligrosidad que ninguno llevábamos dentro; después, la invasión de Irak de la mano del siniestro Trío de las Azores —Bush, Blair y Aznar—, para eliminar inexistentes armas de destrucción masiva. Finalmente, terrorismo en cada rincón del planeta.

Estados Unidos, país extenso y con millones de habitantes, y yo pretendiendo encontrar los rostros de los excombatientes en tierras abrasadas por el sol iraquí. ¡Qué ingenuidad! Me estaba confundiendo. Los soldados de las películas son actores —Tres reyes, Black Hawk derribado, El francotirador, En tierra hostil—, imposible que anduvieran por las avenidas neoyorquinas. ¿Y los vistos en documentales?, aquellos rostros juveniles, otrora maquillados por sudor y polvo del desierto, atravesados por la tensión de la muerte en edades que solo aspiran a vivir, ajenas a cualquier conciencia de la finitud.

A muchos ciudadanos de este país, educados así, les gustan las guerras. Hay quien encuentra un morbo especial en la sangre o, más bien, en las ganancias económicas de la sangre. Muy pocos de los que alguna vez se fueron a pegar tiros se hicieron ricos. Los que se quedan sin ir, pero alientan la guerra, sí suelen hacerse ricos: el negocio de la muerte. El diablo siempre anda suelto.

Y luego más países sumados a las guerras, como las de hoy contra Irán, Ucrania o la genocida de Gaza, exhalando misiles almacenados en sofisticados aviones y naves lanzaderas, cayendo sobre tierras resecas y yermas, donde el agua es un tesoro y no anida la esperanza para millones de personas. Entonces, como ahora, el paisaje sembrado de edificios en ruinas y solares repletos de cascajo y cadáveres de casas habitadas por mujeres, ancianos y niños iraquíes, gazatíes o iraníes. Y mientras, en el Nueva York de espléndidos edificios, altos como jirafas, despertando admiración, compitiendo por ser los más altos de la vecindad, las guerras quedando lejos. Edificios que no se caen, salvo aquellos dos gemelos del bajo Manhattan que adquirieron el aspecto de otros cientos de miles diseminados por el planeta. Ambos dos reducidos a escombros por aviones disfrazados de bombas, tan caros, que con el coste de uno podrían vivir cómodamente durante años ciudades arrasadas por las guerras accionadas por este país que visito.

Aquí no hay guerras, mejor se llevan por el mundo, donde quedan tan alejadas que nadie se preocupa de ellas, ni de los misiles lanzados, ni las personas que mueren, pocas o muchas, da igual. La lejanía nubla el entendimiento. Entretanto, jóvenes estadounidenses bombardean, descargan subfusiles de asalto obscenamente repletos de balas, allá, muy lejos, en el confín del mundo. Aquí no se percibía, ni se percibe, el olor a goma quemada, a polvo cargado de gases metálicos pestilentes, a carne humana abrasada por el fuego al estallido de un misil. ¿A qué olerá todo eso?

Veinticinco años del atentado de las Torres Gemelas, el curso de la historia cambiado y el primer tercio del siglo XXI un páramo borrascoso, vomitando odio y xenofobia, haciendo más pobre a los pobres y más rico a los ricos, con gobernantes crueles que perpetran genocidios con el apoyo de ideologías extremadamente ultraconservadoras y egoístas, discriminatorias e insolidarias con la indigencia económica, sin importarles la destrucción del planeta.

Somos ciudadanos de un tiempo impúdicamente alterado desde aquel atentado terrorista. El mundo de la instantaneidad, de la inminencia, de los cambios más acelerados de la historia, de sentirnos aislados como individualidades sobrevenidas, impuestas, aturdidos por tantas desconexiones interpersonales en la era de la conectividad abrumadora, mientras las catástrofes vienen acechantes: guerras, crisis económicas, pandemias, crisis de valores… casi si habernos enterado, dejándonos arrastrar por una sarta de cobardes paranoicos, dementes autocráticos, ególatras… Como si la historia volviera a repetirse. “Un nuevo orden mundial se avecina. No estamos preparados”, escribe la historiadora Margaret MacMillan en un artículo en The New York Times (03/09/2026).

Nunca el planeta, disponiendo de tantos recursos, ha estado plagado de tantas desigualdades y calamidades humanitarias. El mundo no ha mejorado, ni se ha hecho más justo; al contrario, inmunizados ante la catástrofe y el horror, las masacres de seres humanos se antojan relatos de videoclip, ficciones, hasta normalizarlas. Se endurecen los sentimientos, se destierran del corazón, se trivializa el espanto. Todo se ve como una escena de película, con el inocuo convencimiento de que nada de eso es real.

MacMillan, recordando a Camus, dice: “Hoy hay ratas muertas por todas partes… Una guerra mundial no es inevitable, pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre potencias grandes y bien armadas está más cerca de lo que ha estado en décadas”.

*Artículo publicado en Ideal, 11/09/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

miércoles, 19 de agosto de 2026

EL ATENEO DE GRANADA Y LA LARGA TRAVESÍA EN UN TIEMPO OSCURO*


    Sirva este artículo como homenaje a todos los miembros del Ateneo de Granada de 1925 y, en especial, a Hermenegildo Lanz por ´prestarme' este boceto de decorado. El Ateneo fue duramente represaliado y se buscó su dest
rucción total, constituyendo otra de las acciones criminales llevadas a cabo tras el golpe de Estado del 36, cuyo objetivo no era otro que su desaparición y acabar con la renovación cultural que había impulsado. En 2009 el Ateneo resurge para continuar la obra de aquellos pioneros.


Madrugada del 18 de agosto del 36, el sol aún escondido, mientras manos asesinas escribían sentencias de muerte, lo arrastraron hasta un barranco entre Víznar y Alfacar, y apretaron el gatillo. Y así lo mataron, allí donde no brilla “el fresco y alto ornato de la vida”, “entre un pueblo hosco y duro”; como escribiera Luis Cernuda —A un poeta muerto—: “Por esto te mataron, porque eras / verdor en nuestra tierra árida / y azul en nuestro oscuro aire”. Como lo hicieron con tantos otros, pensando que exterminarían sus cantos, sus risas, sus ideas, queriendo ser la cal biocida que hace desaparecer todo rastro. Eso creían. Nunca un exterminio ha extinguido la memoria y la esperanza.

Se cumplen noventa años del inicio de una guerra incivil, grosera y canalla, promovida por una cuadrilla de miserables que poco les importó acabar con los sueños de la gente, embriagados cual asesinos por sueños perversos y pervertidos, los únicos que cabían en la estrechura de sus mentes y la angostura del mundo con el que soñaban imponer. Y al poeta lo sepultaron en la faz de la tierra, creyendo que con eso aniquilaban versos y alegría, luz y amor. Mentes ahogadas en la podredumbre de la miseria humana, sin reparar que le insuflaban bocanadas de vida hasta convertirlo en un poeta eterno.

Granada fue testigo, y todos lo vieron, muchos callaron, acaso atemorizados por el vendaval bufado desde los cuarteles militares, donde se había colado la negra niebla del alzamiento. Ni el primigenio intento del general Miguel Campins —gobernador militar— de frenar la locura desatada por los desalmados sublevados en África, ni la ‘resistencia’ del gobernador civil, César Torres, y miembros del Frente Popular que lo acompañaban el 20 de julio del 36 en el Gobierno Civil, aguantaron, impotentes ante la caterva de compinches en Granada.

Una ola de vesania vino a generar muerte y destrucción del orden constitucional, y esta ciudad, cual boca del infierno, padeció la brutal represión de una legión de sospechosos adeptos a la República y a ideas llamadas subversivas. Y se desató la persecución de la vida, del talento y la libertad. Y muchos no supieron qué hacer y adónde ir. Y Federico vino a cobijarse en la Huerta de San Vicente, y no hubo cobijo, y buscó la protección de amigos, los Rosales, pero el ángel de la muerte lo atrapó. Y todos tenían miedo porque la horda de barbarie no tenía freno. Y como escribiera Pablo Neruda —Oda a Federico García Lorca—: “Hay tantas gentes haciendo preguntas / por todas partes”.

Y al tiempo quisieron finiquitar la luz de la cultura, ese destello que iluminaba los ojos de gentes congregadas en el Ateneo de Granada, queriendo hacer esta ciudad más luminosa y viva, lejos de lo putrefacto que encorsetaba la cultura, que ya no quería mirar solo a las manidas tradiciones, que pretendía abrirse al resplandor vanguardista, al conocimiento y al progreso que bullía en Europa, tras cuatro años de muerte y dolor de una guerra mundial que había asolado la población. Aquel Ateneo que había escuchado las palabras del joven Federico sobre Luis de Góngora o Soto de Rojas en sendas conferencias que marcaron un hito en la ciudad y el país.

Pero al fanatismo triunfante le daba igual. Si tenía que morir Federico, moriría; si había que fusilar la cultura y el progreso, se pasarían por las armas; si alguien huía de la muerte, se perseguiría. La devastación y la muerte como única estrategia.

Se abrieron procesos sumarios que concluían en pena capital, para eso estaban la plaza de toros o las tapias del cementerio. Limpieza ideológica, al igual que una limpieza étnica. Pero las limpiezas étnicas nunca han funcionado, son triunfos transitorios, espejismos que duran un soplo en el devenir histórico. Los pueblos resisten, las ideas y la vida también. Muchos hombres y mujeres que amaban Granada y España fueron juzgados y asesinados: Virgilio Castilla —presidente de la Diputación—, Agustina González —la Zapatera— o Manuel Fernández Montesinos— alcalde de Granada—. Muchos emprendiendo el último viaje de la vida con Federico.

Y no pocos miembros del Ateneo de Granada. Algunos cayendo pronto en manos fascistas bajo fútiles acusaciones erigidas en inapelables sentencias ‘probatorias’. Fue el lacerante caso de Juan José Santa Cruz, insigne ingeniero; Constantino Ruiz Carnero, director de El Defensor de Granada; José Palanco Romero, historiador y presidente del Ateneo; Enrique Marín Forero, vicepresidente, que se negó a firmar el acta del Consejo de Guerra que lo condenaba; o Francisco Menoyo Baños, contador, primer alcalde socialista de Granada —septiembre/1931-abril/32—. Los certificados de defunción dirían: muertos por “disparos” o “herida por arma de fuego”. ¡Menudas heridas!

Otros salieron exiliados: Fernando de los Ríos, Fernando Sainz, Francisco García Lorca —y resto de familia de Federico— o Gabriel Bonilla. Y algunos sufrieron vejatorias represalias, como Hermenegildo Lanz, desterrado de Granada y, tras volver, marginado en una ciudad que le dio la espalda. Otros ateneístas se adhirieron al régimen: Antonio Gallego Burín.

El Ateneo de Granada nunca podría haber continuado su labor en el nuevo régimen, quedó sumido al ostracismo en la larga y oscura travesía del franquismo. Y se apagó, como lo hizo Federico, pero no se extinguió su luz, como tampoco la obra lorquiana. “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, / lo haría por tu voz de naranjo enlutado / y por tu poesía que sale dando gritos” (Pablo Neruda).

*Artículo publicado en Ideal, 18/08/2026.

** Ilustración: La torre de Melisendra, boceto 59, Hermenegildo Lanz. Elemento del decorado para la representación de la obra de Manuel de Falla El retablo de maese Pedro, petición que este le hace a Lanz para que diseñe títeres y decorados. (Compañía Etcétera).

martes, 11 de agosto de 2026

LATINOAMÉRICA: DE LA OPERACIÓN CÓNDOR A LA DOCTRINA DONROE*

 


¡Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada!”, cantaba Pablo Milanés recordando aquel fatídico 11 de septiembre de 1973 en Chile y el desgarro provocado por la violencia y la crueldad adueñadas de Latinoamérica en los setenta y ochenta, un territorio ya ahogado secularmente por la inestabilidad. El vecino del norte nunca ha dejado de medrar en su destino. En septiembre del 70 Richard Nixon ordenaba al director de la CIA, Richard Helms: “Salve a Chile”, impidiendo el acceso al poder de Salvador Allende, para aclararle: “Haz que la economía sufra”.

Eran los años de la Guerra Fría, América Latina vivía una oleada de golpes de Estado impulsados por la doctrina de Seguridad Nacional contra el comunismo. Estados Unidos intervenía directamente o con mediadores para cambiar gobiernos democráticos por dictaduras militares afines a sus postulados de control geoestratégico, frenando la posible instauración de regímenes próximos al bloque soviético. La Operación Cóndor tenía esta orientación ideológica, los países latinoamericanos implantaban la represión política y el terrorismo de Estado frente a los considerados enemigos: partidarios de la izquierda.

EE UU no estaba dispuesto a que la ‘cubanización’ triunfante desde la revolución cubana de 1959 se propagara. Se sucedieron golpes de Estado en Brasil (1964) con Castelo Branco, Chile (1973) con Pinochet, Uruguay (1973) con Juan María Bordaberry, Argentina (1976) con Videla o Bolivia (1980) con García Meza. Sangrientas dictaduras generaron no poco dolor y muerte. ‘Las venas abiertas’, así titulaba Eduardo Galeano el ensayo que explicaba esta realidad histórica extendida por toda Latinoamérica, con la ignominiosa realidad de canalizar los recursos nacionales hacia un sistema financiero estadounidense de rapiña.

Después vendrían, en los noventa y primeras décadas del siglo XXI, procesos electorales convertidos en espejismo de estabilidad democrática y justicia social, hasta el correlato ultraderechista que hoy invade Latinoamérica con la Doctrina Donroe. Versión 2.0 de la decimonónica Doctrina Monroe —“América para los americanos”—, adaptada para reducir, cuando no evitar, la injerencia extranjera en el continente americano e igual planteamiento: manos libres de EE UU para mangonear.

El Informe sobre Democracia y Desarrollo: Democracias bajo presión: Reimaginar los futuros de la democracia en América Latina y el Caribe, 2026 —Programa de las Naciones para el Desarrollo (PNUD)— señala que “América Latina y el Caribe es hoy la región más democrática entre las regiones en desarrollo y la tercera a nivel mundial… Sin embargo, esta fortaleza convive con una tensión creciente: democracias que perduran, pero que enfrentan presiones que amenazan su capacidad de representar, procesar el conflicto y generar resultados de desarrollo…, como la desigualdad económica y de género y la crisis de los partidos políticos, se combinan hoy con amenazas emergentes: la polarización, la desinformación, la aceleración tecnológica, la crisis climática y la expansión del crimen organizado. Juntos, estos factores erosionan la confianza institucional y debilitan el vínculo entre democracia y bienestar ciudadano”.

La influencia de Donald Trump ha supuesto un cambio ideológico y estratégico para la política latinoamericana: frente a deslegitimadores golpes de Estado, consecución del poder por procesos democráticos, con vocación de perpetuarse en el poder mediante cambios constitucionales.

La “trumpificación” de América Latina es una realidad. El trumpismo va calando: Argentina, Honduras o Chile y, finalmente, la Colombia de Gustavo Petro —con quien Trump se las tuvo para doblegarlo—. Abandono de la izquierda o derecha moderada, para ponerse en manos del populismo ultraderechista: Milei, Bukele…, y ahora Abelardo de la Espriella, ‘El Tigre’, en Colombia —Defensores de la Patria— o Keiko Fujimori en Perú —Fuerza Popular—.

La vocación intervencionista más descarada fue la ejercida en Venezuela: captura militarizada de Maduro y severo control impuesto a la presidenta Delcy Rodríguez. Un aviso a navegantes. El secretario de Estado Marco Rubio ha anunciado una transición democrática, imaginamos el sesgo ideológico que presidirá el supuesto proceso: dirigentes ‘elegidos democráticamente’ cediendo el control político y económico de las enormes reservas petrolíferas.

La osadía de la Doctrina Donroe no tiene límites. Trump insiste en presionar a México en pro de una pretendida seguridad, reclamando la intervención de tropas estadounidenses en territorio mexicano para combatir el narcotráfico. La presidenta Claudia Sheinbaum la ha negado, aludiendo a la defensa de la soberanía nacional. No obstante, ha dado algunos pasos deteniendo a capos de los cárteles de la droga, incluso entregándolos a la Justicia norteamericana.

En este tablero latinoamericano queda por ver qué ocurrirá con Cuba, sobre la que se está ejerciendo una presión asfixiante cortando el suministro de petróleo, bloqueo comercial y amenazas de intervención militar. Incluso se le acusa de ser instigadora del “terrorismo de izquierda en Estados Unidos”. En la órbita del creciente socialismo estadounidense, al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, se le acusa de ser aliado del ‘castrismo’. Mientras en la Nicaragua del dúo dictatorial, Daniel Ortega y Rosario Murillo, el comandante sandinista, artífice de otra dictadura análoga a las de los setenta y ochenta, quiere perpetuarse en el poder mediante una enmienda constitucional que impida elecciones democráticas. Otro de los imaginarios con los que sueña Trump para sí mismo.

El mundo bajo el poder de la plutocracia, dominado con la anuencia de la ‘estupidez humana’ que definiera Dietrich Bonhoeffer —Teoría de la estupidez— al referirse al triunfo de Hitler en la Alemania ‘prenazi’. La novelista Marilynne Robinson pronosticaba el mandato de Trump (EL PAÍS, 19/01/2025) como “fuente de caos y desorden en la política de su país y del globo. ¿Una aberración pasajera o un preocupante cambio de rumbo en el tablero mundial?”. Lo estamos experimentando.

*Artículo publicado en Ideal, 10/08/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 20 de julio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (y III)*

 


La atmósfera putrefacta que nos obligan a respirar a diario los generadores de lodazales es la muestra por la que sostenemos la tesis de que la sociedad es una escuela para el fomento del ‘acoso escolar’. Este es el gran lío donde está metida la escuela y sin disponer de otras armas que no sean educar en valores, convivencia, respeto mutuo y relacionarse amablemente, algo tan poco atractivo para jóvenes con mochilas sociales tan diversas, teniendo a su alcance una seductora sociedad individualista y hedonista. La escuela, con sus valores, ¡qué fácil le resulta estrellarse contra un dique infranqueable!

No solo se trata de echar miradas a redes sociales, ese basurero plagado de sutilizas o zafiedades, de violencias a imitar, como esos chicos que se acercan a un viandante con alguna excusa y cubren su cabeza con una sarta de guantadas, es también la desvergonzada política quien propaga desprecio al otro, al diferente, al de piel oscura carente de dinero…

Demasiadas veces vemos noticias de jóvenes que atacan o prenden fuego a indigentes y sus pertenencias. El desprecio cebado en seres humanos indefensos. Hace unas fechas la Concejalía de Asuntos Sociales de Madrid ordenaba retirar las pertenencias, sin avisar, de las personas sin hogar: “Limpieza a fondo de la ciudad”. Adiós a medicamentos, fotografías, medallas de una madre… de desheredados que, a juicio del Ayuntamiento madrileño, no deberían ser importantes.

Un partido de fútbol de ascenso a Primera, Almería-Málaga, retrasó su comienzo, el autobús malagueño fue apedreado. Lunas agrietadas, épica de descerebrados. No es la primera vez que ocurren cosas así: furibundas agresiones que no enseña la escuela.

Duele decirlo: la aportación educadora de la sociedad es demasiado negativa. Destruye todo lo que la escuela construye —o intenta— en la loable misión socializadora, educadora y formativa, bajo principios de diálogo, respeto y tolerancia. Nunca he escuchado a un docente decirle a sus alumnos que solucionen los conflictos a base de mamporros; tampoco que desprecien a quien les cae mal y odien a los inmigrantes; sí he escuchado a madres y padres, en entrevistas, tildar a niños de 3 años de acosadores —totalmente oído así— o alentar a defenderse, pegando a quienes nos pegan.

Se habla del aumento de la conflictividad escolar: siete de cada diez docentes dicen haber sido víctimas de agresiones, físicas o verbales. Y es cierto. Pero criminalizar las conductas escolares de niños y jóvenes es una osadía irreflexiva, nuestra mirada como docentes debe dirigirse a un horizonte más amplio y certero: crítica a familias despreocupadas de los hijos o a modelos sociales generadores de violencia y odio.

Me abochornaron las imágenes del tal Vito Quiles, vinculado a multinacionales del bulo y odio, persiguiendo a Begoña Gómez dentro y fuera de un restaurante, como si de una cacería se tratara: hostigándola, sin respeto, mostrándose desafiante con cara de ‘angelito’. Y sus espurios gritos: “¡No me pegues!”, a las personas que sujetándolo pretendían impedir tal acoso. La denuncia judicial contra este alborotador fue archivada por un juez de Majadahonda: “No se han podido acreditar hechos que posean relevancia penal”. Habría que preguntar al juez: “Señoría, ¿cree usted que en la escuela podríamos enseñar a nuestros alumnos tales conductas, normalizarlas, y que pudieran reproducirlas cuando pretendan un deseo, incordiando a compañeros, o que una pandilla persiga a una chica o a un profesor que les cae mal?

El vídeo han podido visionarlo centenares de miles de jóvenes. En la escuela, de haberlo proyectado, se habría analizado desde un enfoque educativo y formativo, sacando enseñanzas; en los platós de televisión hubo quien defendió a este agitador de medio pelo, esto también ‘educa’ a los jóvenes. Ningún profesor ensalzaría en su clase esta detestable conducta, pero hubo políticos que justificaron y aplaudieron el ‘trabajo del medioperiodista’, incluso calificándolo de víctima.

Señoría, desde todas las esferas de la sociedad educamos, sean de poder político, judicial o civil. El ejemplo ético frente a comportamientos deleznables es un valor a considerar. No solo es la escuela quien debe hacerlo. La educación de las generaciones jóvenes es una cuestión muy seria y debe de estar presente en nuestra conciencia ciudadana cada vez que nos mostramos públicamente.

La atmósfera putrefacta que hemos creado también es respirada por niños y jóvenes, trasladada a la escuela, como trasunto de la sociedad donde se inserta. Que se hable de ‘violencia escolar’ es una desfachatez. Cuando surge un episodio dramático de acoso en el ámbito escolar los focos mediáticos se posan sobre él.

Escribíamos sobre esto en La sociedad que (des)educa: “El sensacionalismo se apropia de la noticia incitando una mezquindad que no repara en daños a personas o instituciones. Lo anecdótico alimenta demasiados titulares, cuando los casos que se producen tienen a veces un carácter de excepcionalidad o están sujetos a numerosas variables… Cuando ha pasado lo noticiable y han explotado el tema informativamente, se olvidan de él ”.

El llamado ‘acoso escolar’ no se arregla metiendo policías en la escuela —propuesta de la Generalitat de Cataluña—, como si fueran campos de concentración, las conductas acosadoras se combaten cuando una sociedad no las permite en ninguna esfera social. Que ocurra en la escuela es parte de todo lo que hacemos mal fuera de ella.

Preferiría quedarme con aquellos autodenominados ‘putrefactos’ —Lorca, Dalí y Buñuel— que mediante la ironía y la irreverencia, en aquel 1925 llamaron a las puertas de la creatividad cultural para una vida nueva. Ejemplo que quisiera nos ayudara a demoler el obsesivo encasillamiento tan repetido de ese viejo constructo llamado ‘acoso escolar’.

*Artículo publicado en Ideal, 19/07/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 


domingo, 5 de julio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (II)*

 


El mito roussoniano del ‘buen salvaje’ concibe al ser humano como bueno por naturaleza, mientras que es la sociedad donde se inserta la que modula su visión de las cosas y lo conduce tanto hacía lo bueno como malo. La literatura ha querido presentar su versión de modo descriptivo para valorar cómo evolucionamos cuando estamos fuera de la influencia de la civilización. La bondad y la inocencia que se le reconocen al ser humano podrían ‘salvarse’ de las malignidades que no dejan de reproducirse en la interacción de los seres humanos.

Las historias literarias más socorridas han tenido que ver con naufragios de individuos o grupo de niños en islas desiertas. El Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe cabría considerarla en esta línea, pero siendo un adulto es obvio que la influencia civilizante vivida anteriormente ya lo habría modelado incluso en cómo relacionarse con la naturaleza de la isla Más a tierra donde recaló. Pero las obras que más se aproximan al discurrir vivencial de una pequeña sociedad, aún no contaminada suficientemente, podrían ser Dos años de vacaciones (1888) de Julio Verne y El señor de las moscas (1954) de William Golding. Historias paralelas iniciadas con un naufragio o un accidente aéreo que dejan a su suerte a un numeroso grupo de niños en una isla desierta, donde habrán de organizarse para sobrevivir. No tardarán en aparecer las diferencias individuales que muestran divergencias en la relación de poder para gobernar el grupo. Un microcosmos que va configurándose paulatinamente como la representación del macrocosmos de donde proceden.

Memorable es la película El pequeño salvaje (1970) de François Truffaut, adolescente al que llamarán Víctor de Aveyron, basada en la obra científica de Jean Itard, tutor del pequeño: Sobre la educación de un hombre salvaje (1801), encontrado en 1790 en un bosque cercano a Toulouse. La virginidad social de quien no ha tenido contacto con cultura alguna y ha de ser reeducado con todas las contradicciones que ello conlleva.

Los niños y jóvenes con los que nos topamos a diario en la escuela acaso sean náufragos en otro sentido metafórico: individuos de una sociedad individualista, aislados en una soledad impuesta, manipulados desde muy pequeños o sobrecargados de obligaciones que sobrepasan sus posibilidades físicas y mentales —horas de colegio, tareas extraescolares, captados por otros entes ‘educadores’ (redes sociales)...—. Lo decíamos en La sociedad que (des)educa y el artículo: “Jóvenes que no desean vivir el ‘paraíso’” (IDEAL, 05/03/2023), al hablar del incremento de casos de ideación suicida o autolesiones: “Acaso en nuestro ‘plácido’ mundo no le demos un arma..., pero sí los ‘armamos’ para que respondan de manera egoísta, machista y ofensiva, porque la letra de una canción o el videoclip de moda así les inducen. Imbuidos por la propaganda, conforman una ilusoria sensación de inmortalidad, con innumerables estímulos que los ‘obligan’ a sobrepasar límites, probar nuevas sensaciones, experimentar otros mundos, virtuales o no”. La publicidad los desafía: “Sé libre para hacerlo” o “Eres tú quien decide”, entretanto llegan altas dosis de frustración, desilusiones o futuros inciertos.

En ocasiones me pregunto qué pasaría si a nuestros niños y jóvenes los educáramos exclusivamente bajo el paraguas de los principios que informan el sistema educativo, sin influencias de la sociedad que finalmente moldean su personalidad y mente. Hacer este ejercicio de imaginación, ante la desolación social que vivimos, responde a la necesidad de crear otros mundos posibles, al idealismo que nos impulsa a reprochar todo lo que pervierte tanta inocencia. Sabemos que la sociedad condiciona los patrones de conducta de sus miembros, nadie está libre de configurar su personalidad al margen de los códigos sociales, normativos o consuetudinarios.

Si pensáramos en la posibilidad de que los niños pudieran quedar aislados en un mundo ajeno a la influencia adulta y su ‘viciada sociedad’, fuera de la contaminación externa y solo bajo la influencia de valores de respeto, convivencia y hermandad, viviríamos en una distopía quizás imposible. Un experimento que pudiera parecerse a la agogé de la vieja Esparta, cuando los niños hasta los 7 años estaban al cuidado de la madre, pero tras ella eran educados por el Estado para producir ciudadanos física y mentalmente invencibles. O acaso aquel experimento extremo de los años cincuenta, obra del psicoanalista René Spitz, que sostenía la tesis de que los bebés que crecen sin amor pueden llegar a morir antes o verse afectados por enfermedades físicas y/o mentales que los que están bajo el cuidado de sus madres. Una manera de mostrar la importancia del afecto en la salud de los individuos. El experimento consistió en estudiar dos grupos de niños: unos criados en cunas de hospital aisladas y otro atendido por sus madres en prisión.

La educación, ¿salvadora del mundo? Pudiera ser, porque frente a las distopías es crucial que aquella mantenga un diálogo constante con la realidad. Como decíamos: “Si cabe, tiene que desmantelar la realidad que la circunda, no puede tragarse cualquier idea o proclama que le llegue, ni siquiera cualquier elucubración teórica por muy bien que suene su música. El alumnado debe formarse en una educación así: analítica con la realidad que tiene a su lado, poniendo la razón en su intelecto para que lo dote del poder de discernimiento”.

La realidad es casi siempre la dimensión de la ‘no realidad’, presentada y enmascarada mediante la imagen o relato que a otros interesa. Si la educación consigue que la capacidad de diferenciar penetre en la conciencia humana habremos conseguido el ‘éxito’ de una educación como ejercicio de libertad.

*Artículo publicado en Ideal, 04/07/2026

** Ilustración del artículo en Ideal.