martes, 3 de noviembre de 2026

CONOCER LA HISTORIA*

 


En nuestro país hemos vivido un tiempo de democracia contenida, sujeta a ciertos equilibrios con un hilo de consenso que permitía sobrellevar la convivencia de un modo civilizado y mantener la suficiente armonía para seguir adelante. Sin olvidar que una banda terrorista anegó de angustia, muerte y desazón muchos días oscuros. Afortunadamente este terror cesó hace quince años.

Sobre nosotros sobrevuela el fantasma de nuestro pasado nunca atrapado por las cazafantasmas, ni siquiera con la fórmula del flujo de protones debilitante de los enlaces psicocinéticos, y es que la guerra civil y la dictadura franquista han resistido a cualquier trampa que utilizara un campo magnético-eléctrico para succionar y retener la energía ectoplásmica. Acaso porque otros fantasmas permanecen en cunetas y en dramas familiares, algo difícil de superar cuando hay un sector de población recalcitrante para expresar compasión y reparación.

Conmoverse de los horrores sufridos por quienes quedan lejos en el tiempo a través de un ejercicio de memoria contra el olvido parece que tampoco sirve, quizás porque no hayamos leído la memoria de los sufridores o porque nos hayan contado una historia tan tergiversada que no se parece en nada a la realidad pretérita. Como que la muerte del poeta de Fuente Vaqueros se debiera a rencillas familiares o avatares del destino, obviando su asesinato. Que la memoria de Manuel Fernández Montesinos —Lo que en nosotros vive— se antoje desmemoria de aquel niño exiliado con la familia Lorca en Nueva York, contando recuerdos ‘difusos’ de su tío Federico o de su padre, el alcalde socialista de Granada asesinado el 16 de agosto del 36 por la Granada que alivió tanta frustración reprimida abrazando con celeridad el golpe militar. O que Stefan Zweig narrara —El mundo de ayer— bajo los efectos del miedo el triunfo de la brutalidad salvaje del nazismo frente a la razón. O que aquella niña judía escribiera un diario —El diario de Ana Frank— contando los horrores de la ocupación nazi de Ámsterdam como efecto de la imaginación.

Quizás estas lecturas de tono testimonial, donde afloran sentimientos y emociones que debieran provocarnos empática ante el sufrimiento, tendrían que ser suficientes para detestar esos regímenes totalitarios que tanto dolor trajeron al siglo XX y rechazarlos frontalmente para que nunca más renazcan. Pero no es así, no parece ser suficiente, ni basta para que últimamente crezca tanto apoyo a la ultraderecha, ‘okupa’ de la democracia que detesta. O que en nuestro país muchos jóvenes porten banderas preconstitucionales, símbolos fascistas o realicen saludos con brazo extendido “Cara al sol”.

Jóvenes que no habrán leído estos libros, ni otros, y que la manipulación de episodios del pasado les haya alcanzado en modo de épica, creyendo que vivimos el ‘paraíso’ fascista de libertad. Y que la democracia arribada tras la Segunda Guerra Mundial o al morir el dictador, como en España, destruyó el ansiado ‘paraíso’, convirtiéndonos en unos agraviados, menos libres y ciudadanos serviles. Y es evidente que entre los libros no leídos deben encontrarse también los de Historia con rigor científico y documental, acaso sesudos y difíciles de digerir, siendo mejor la propaganda ocultada en mensajes cortos, prestos para la nula reflexión. Como imaginamos que en sus estudios de ESO y Bachillerato tampoco han profundizado en los hechos históricos con suficiente visión analítica y conocimiento crítico del pasado.

Vizcaíno Casas, con la dictadura franquista agonizante y en plena democracia, sembró bastantes semillas para blanquear el régimen extinto y cuestionar la venidera democracia: Y al tercer año, resucitó, De camisa vieja a chaqueta nueva, Las autonosuyas o Los rojos ganaron la guerra. Con el siglo XXI el revisionismo se activó: Los mitos de la Guerra Civil de Pío Moa y sus teorías que ofrecían una ‘visión nueva’: la izquierda responsable del ‘desastre republicano’ y Franco, su salvador. O recientes episodios que pretenden debatir sobre la guerra civil —“la guerra que todos perdimos”, acaso unos más que otros— tendentes a adoptar un tono ¿reconciliador?

Reconciliación que no existió durante cuarenta años de persecución de españoles por un régimen que se esforzó en asesinar, encarcelar y exiliar a los vencidos. Entonces debió venir esa reconciliación y no generar una maquinaria represiva y aniquiladora. Ahora toca hacer justicia y, como personas civilizadas, asumir que la convivencia democrática es la única vía para que nos respetemos, abandonando cualquier equidistancia en la mirada hacia aquellos episodios históricos para mostrar empatía con quienes sufrieron persecución y muerte. Como no cabe blanquear pasadas dictaduras latinoamericanas en países donde mandatarios ultraderechistas han accedido vía democrática al poder.

La ilegitimidad del régimen franquista nunca fue asumida por todos durante la Transición y al irrumpir corrientes revisionistas, que ponen el origen de la guerra civil en la revolución del 34 o la inestabilidad de la Segunda República, han activado el relato que justifica el golpe de Estado del 36 como única solución para poner ‘orden’ en aquella España ‘tan revuelta’. Justificar que el ‘alzamiento’ era irremisible para solventar la inestabilidad social y política de la República es como pensar que en estos años nuestros de crispación política se debería volver a las armas. Y que conste que no faltan mentes descerebradas que lo piensan. Esas visiones de la Historia de España pecan de ejercicio historicista y poco rigor e investigación histórica.

La ciudadanía española está necesitada de conocer la Historia. Los jóvenes que la tienen como parte de su formación académica tienen la oportunidad de hacerlo de modo menos sectario de la mano de docentes honestos con su trabajo.

*Artículo publicado en Ideal, 02/11/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

viernes, 9 de octubre de 2026

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NOS AYUDA, ¿HASTA DÓNDE?*

 

Algunos gigantes tecnológicos liderados por Anthropic consideran que el ritmo de desarrollo de la Inteligencia Artificial debe ralentizarse ante los hipotéticos riesgos de un desarrollo desbocado. A ello se han sumado OpenAI y SpaceXAI, el proyecto de Elon Musk, ¡quién lo diría! Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, ha vaticinado el peligro de “perder el control de los sistemas”, consecuencia de un uso “indebido de la IA para ciberataques y bioterrorismo”, causando “graves trastornos económicos”. Otros, como Nvidia, están en desacuerdo y no consideran que haya que frenar el ritmo.

Que sean estos líderes tecnológicos los que hablan de ralentizar el desarrollo de la IA y poner controles es un síntoma de lo que ellos vislumbran como incontrolable, que contrasta con los dirigentes políticos de EE UU o China que no están por la labor. Es evidente que en ello los intereses existentes son a la vez inescrutables y sospechosos.

No hace tanto suscitamos un breve debate sobre ponerle freno a la Inteligencia Artificial en una conversación apresurada e informal que mantuve con Francisco Herrera entre recitales poético-musicales, al hilo de su artículo publicado en IDEAL —30/08/2026—: “La IA nos ayuda. ¿A qué nos habitúa?”. Ambos compartimos la pasión por la educación y el aprendizaje de las generaciones jóvenes: él en el ámbito universitario, yo en el resto de la etapas del sistema educativo. Mezclamos tantas cosas que finalmente me lanzó un reto: “Escribe un artículo que hable del tema en educación”. Recojo el guante.

Unas fechas más tarde —IDEAL, 20/09/2026—, Herrera volvió sobre el tema: “La inteligencia artificial y el trabajo: el valor de seguir pensando”. En este escribía: “Hasta ahora, pensar y producir un buen trabajo estaban estrechamente unidos: para obtener un resultado valioso había que comprender el problema, adquirir experiencia, ensayar soluciones, equivocarse y aprender. La inteligencia artificial empieza a debilitar esa conexión. Podemos obtener resultados cada vez mejores sin haber realizado necesariamente el proceso cognitivo que antes los hacía posibles”.

Al mundo de la educación han llegado todos los adelantos tecnológicos generados en los últimos decenios: calculadoras, informática, internet, herramientas digitales de gamificación, evaluación, gestión o creación de contenidos, y siempre se ha suscitado el mismo revuelo entre quienes sostienen la conveniencia de una irrupción global en estructuras organizativas y procesos de enseñanza-aprendizaje —lo que se entiende como deslumbramiento pedagógico a primera vista—, y quienes mantienen un cauto reparo para asimilarlos de modo integrador, sin que se alteren los ritmos educativos ya consolidados.

En educación estos temas no se pueden tomar a la ligera, sin menoscabo de que obviamente sean contemplados, y así ocurre con cambios tecnológicos y sociales introduciéndolos en el currículo cambiante. Distinto es el tratamiento educativo que de ellos habremos de hacer en procesos donde el horizonte formativo de las generaciones jóvenes se la juega. La reflexión debe imperar siempre como anticipo a cualquier aplicación de lo novedoso.

Las teorías cognitivas han tratado de dar una explicación a los procesos de aprendizaje de niños y jóvenes. Jean Piaget hablaba de etapas del desarrollo intelectual y sus características definitorias; Jerome Bruner postulaba por el aprendizaje por descubrimiento y David Ausubel por el aprendizaje significativo. Vygotsky, en su caso, decía, desde la perspectiva cognitiva, que los procesos mentales superiores, desarrollados desde los básicos —atención, percepción, memoria...—, se desarrollaban fundamentalmente por dos premisas: interacción social y desarrollo cerebral. En la necesidad de trabajar estos procesos mentales superiores cabe la activación de funciones cerebrales que ayuden a procesar la información: lenguaje, percepción, memoria, resolución de problemas o razonamiento.

Conocer la IA es importante en educación, los jóvenes deben aproximarse a ella como un activo que llega a sus vidas irremediablemente, pero pretender sustituir los procesos cognitivos que han de activarse en esas edades formativas por la IA es un dislate.

El desarrollo evolutivo y cognitivo de niños y jóvenes tiene que realizarse activando todas las facultades mentales que serán parte de la maduración de sus neuronas y la interconexión de las mismas. Recurrir a la IA para obtener un producto elaborado, con más o menos acierto, es coadyuvar a que la comodidad se instale en sus procedimientos y hábitos intelectuales, y que los mecanismos cognitivos no encuentren el campo abonado donde desarrollarse. El estudio es una actividad intelectual, a la que se le puede prestar ayuda mediante la resolución de ciertos problemas complejos, pero no podemos dejar que las estructuras cerebrales dejen de verse favorecidas por un entrenamiento adecuado, sobre todo a unas edades en que el mecanismo cognitivo está en fase de maduración.

En educación debemos convivir con la IA, pero no quedar sometidos a ella. El alumnado para sus tareas no necesita un producto final proporcionado, necesita ser el sujeto protagonista del proceso que le lleve a esa meta final mediante la ejecución de facultades cognitivas consecuencia de una actividad intelectual propia que las desarrolle. Comparto con Paco Herrera sus palabras sobre el peligro de habituarse a delegar en la búsqueda de información y conocimiento, y acomodarse a la “dependencia pasiva en la colaboración entre humanos y sistemas de IA”.

El currículo escolar está plagado de propuestas avivadoras de funciones cognitivas como medio para activar procesos de reflexión, razonamiento, discernimiento y discriminación: buscar, seleccionar, tratar y organizar información; conocer y valorar; describir y apreciar; tomar conciencia; comprender e interpretar; indagar, argumentar y elaborar; identificar y analizar críticamente...

¿Realmente esos magnates tecnológicos piensan en todo esto por lo que postulan los docentes a diario cuando trabajan en la formación de las jóvenes generaciones?

*Artículo publicado en Ideal, 08/10/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA FRAGILIDAD DE LAS SOCIEDADES MODERNAS*

 


Las sociedades modernas parecen sumidas en una distopía sin solución de continuidad, convertidas en espacios cada vez más confusos e ingratos para la convivencia, como si hubieran caído en un mundo de sombras: oscurecidos los referentes éticos y morales nada parece ser lo que aparenta. Beneficiada, la posverdad, mientras se debilitan democracia y sistema de valores. Me abochornan políticos, jueces y medios de comunicación, todos partícipes en generar un clima social irrespirable, donde la ciudadanía solo importa como objetivo para inocular relatos enlatados de consumo rápido. Cautiva de ficciones que debilitan aún más la fragilidad de una sociedad que recuerda al Papá Goriot de Balzac en su lecho de muerte: “¡Dios mío, qué mal organizado está tu mundo!”.

A García Lorca lo asesinó el odio y la intransigencia, como noventa años después ambos llevan a la muerte a tantos desheredados. La política está dejando de ser ese constructo social diseñado para convivir y transaccionar en el juego de nuestras miserias, y se erige en lastre destructor de la convivencia, inundándonos de vana palabrería controladora de conciencias. Resulta abrumador cómo nuestro raciocinio se torna vulnerable a las trampas fraguadas para polemizar en discusiones volátiles de argumentos falaces y tergiversadores.

Nos hacen creer que vivimos en sociedades fuertes, cohesionadas, capaces de afrontar las dificultades sobrevenidas, pero observamos que se resquebrajan con igual facilidad que la frágil y asediada salud mental del ciudadano, sometida a no pocas agresiones de ese medio social vendido como sólido. Las conductas autolíticas y suicidas aumentan exponencialmente, también entre los jóvenes, consecuencia del frustrado deseo individual ante falsas promesas, y anhelos y estados de felicidad nunca satisfechos.

Me avergüenza la manipulación con que la política aborda la crisis humanitaria de Ceuta, tras la entrada masiva de inmigrantes —30 de julio—. Me abochorna que el Gobierno no reaccionara rápido y a tiempo para afrontarla. Me sonroja que los partidos políticos de la oposición se olviden de los inmigrantes y ‘prefieran’ que la situación se prolongue o que difundan mensajes que activen protestas ciudadanas menospreciando a los migrantes, incluidos cientos de menores. Me avergüenza el victimismo y pasividad del Gobierno de Ceuta sin apoyar soluciones. La política vive su propia guerra con la ciudadanía como rehén. El término ‘invasión’ de desheredados suena a rescoldo nostálgico de una mentalidad africanista trasnochada de tiempos coloniales del Protectorado. Las influencias foráneas que pretendían crear el caos en Ceuta lo han conseguido, poniendo a España en una situación difícil, mientras la política española vagando con las mismas torpezas que desembocaron en el desastre de Annual (1921).

El sentimiento hacia Ceuta, tan manipulado, no está exento de fariseísmo. Para solidarizarnos con este pueblo no hay que montar espectáculos ‘rasgándose las vestiduras’, ni proclamar que la turba de inocentes migrantes ha venido a reconquistar nuestro territorio. Solidarizarnos con Ceuta es buscar soluciones a la crisis humanitaria cuanto antes, aunar el apoyo político solidario de todos, sin pretender dinamitar los intentos de solución basados en la legalidad y derechos humanos.

Las camisetas enrolladas de Mbappé, Konaté y Vinicius constituyen un símbolo crítico con las medias verdades, los bulos o la desinformación que alienta violencia y ese odio seductor, “avispado, listo, trabajador”, como lo tildaba Wisława Szymborska en su poema El odio. No cabe invisibilizar a nadie en esta crisis humanitaria. La camiseta enrollada proyecta un mensaje conciliador: solidaridad con quien padece y necesita ayuda: ceutíes e inmigrantes.

En esta crisis humanitaria el discurso xenófobo que impregna el mundo actual se ha cebado con Ceuta, como en EE UU y las acciones del ICE, o Italia, Dinamarca, Francia... cuyos partidos neofascistas escalan en elecciones, o Vox que ya gobierna en varias Comunidades, en una Europa en crisis: debilitada y sin iniciativa. Los que rodearon el espigón del Tarajal son también víctimas —migrantes ahogados, perseguidos, sufridores de condiciones inhumanas, supervivientes...—. No podemos mirar únicamente a los nuestros, los otros han sido engañados, empujados, soltados como ganado para llegar a territorio español y provocar la situación lacerante que padecemos.

Entretanto, la política española polarizada convirtiendo Ceuta en terreno abonado para la confrontación y pasto de oportunistas mediáticos que alientan el caos y la violencia. Las redes sociales vomitan la pus de la enfermedad xenófoba del siglo XXI: individualismo y rechazo al diferente. Nosotros, tan modernos, rodeados de comodidades, alentados por la mugre política, cómplices de la ruptura de la convivencia, participamos del rechazo al marginado.

La demencial falta de escrúpulos de Marruecos para con su pueblo se alinea con EE UU e Israel, no es extraño sospechar que ambos estén detrás de esta entrada masiva: la mano que mece las mafias que montaron la logística. Piratas de la gran tumba del Mediterráneo, países que le tenían ganas a la España defensora de los derechos humanos.

Siendo legítimas las protestas de los ceutíes, en ellas no cabe la destrucción e incendio de improvisadas tiendas de campaña —al grito: “¡a por ellos, oé…!”—, ni la persecución como piezas de caza o la retención de camiones de Cruz Roja que trasladaban alimentos. Parecen tácticas propias del gobierno genocida israelí: matar de hambre a la población gazatí. No cabe la violencia contra indefensos y desesperados ‘acampados’ en playas, o contra niños errantes abandonados por su país y familias.

Deshumanizar a los migrantes, asociarlos con transmisión de enfermedades, delincuencia o escoria es proyectar odio sobre ellos, el mismo que transita los versos de Szymborska: “Miren cuán activo está, / qué bien se conserva / en nuestro siglo el odio”.

Iba a titular este artículo: ¡Políticos, dejad de verter vuestra bazofia sobre Ceuta!

*Artículo publicado en Ideal, 29/09/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

sábado, 12 de septiembre de 2026

AQUELLA FECHA QUE SOLIVIANTÓ EL INICIO DEL SIGLO XXI*

 



Imposible adivinar, mientras caminaba por la gran avenida, las caras de los jóvenes aparecidos hace unos días en reportajes de televisión mostrando a soldados de aquella guerra del “No a la guerra”. ¿Dónde estarán? Menuda osadía la mía, como si solo fueran jóvenes de Nueva York quienes marcharon a la contienda iniciada un jueves 20 de marzo de 2003 en Irak. Sentía la estúpida necesidad de descubrir los rostros de esa batalla originada dos años antes tras el 11 de septiembre de 2001, cuando dos torres gemelas fueron torpedeadas por aviones suicidas.

Veinticinco años del derrumbe de las Torres Gemelas de Manhattan —hoy Zona Cero del World Trade Center—. Un cuarto de siglo desde que el atentado terrorista del 11S diera un nuevo rumbo a la historia de la humanidad. Cinco lustros… y nuestro mundo tornado en erial de dolor, odio y conflictos bélicos. Lo primero, ponernos una y mil restricciones para viajar, convertirnos en sospechosos de una peligrosidad que ninguno llevábamos dentro; después, la invasión de Irak de la mano del siniestro Trío de las Azores —Bush, Blair y Aznar—, para eliminar inexistentes armas de destrucción masiva. Finalmente, terrorismo en cada rincón del planeta.

Estados Unidos, país extenso y con millones de habitantes, y yo pretendiendo encontrar los rostros de los excombatientes en tierras abrasadas por el sol iraquí. ¡Qué ingenuidad! Me estaba confundiendo. Los soldados de las películas son actores —Tres reyes, Black Hawk derribado, El francotirador, En tierra hostil—, imposible que anduvieran por las avenidas neoyorquinas. ¿Y los vistos en documentales?, aquellos rostros juveniles, otrora maquillados por sudor y polvo del desierto, atravesados por la tensión de la muerte en edades que solo aspiran a vivir, ajenas a cualquier conciencia de la finitud.

A muchos ciudadanos de este país, educados así, les gustan las guerras. Hay quien encuentra un morbo especial en la sangre o, más bien, en las ganancias económicas de la sangre. Muy pocos de los que alguna vez se fueron a pegar tiros se hicieron ricos. Los que se quedan sin ir, pero alientan la guerra, sí suelen hacerse ricos: el negocio de la muerte. El diablo siempre anda suelto.

Y luego más países sumados a las guerras, como las de hoy contra Irán, Ucrania o la genocida de Gaza, exhalando misiles almacenados en sofisticados aviones y naves lanzaderas, cayendo sobre tierras resecas y yermas, donde el agua es un tesoro y no anida la esperanza para millones de personas. Entonces, como ahora, el paisaje sembrado de edificios en ruinas y solares repletos de cascajo y cadáveres de casas habitadas por mujeres, ancianos y niños iraquíes, gazatíes o iraníes. Y mientras, en el Nueva York de espléndidos edificios, altos como jirafas, despertando admiración, compitiendo por ser los más altos de la vecindad, las guerras quedando lejos. Edificios que no se caen, salvo aquellos dos gemelos del bajo Manhattan que adquirieron el aspecto de otros cientos de miles diseminados por el planeta. Ambos dos reducidos a escombros por aviones disfrazados de bombas, tan caros, que con el coste de uno podrían vivir cómodamente durante años ciudades arrasadas por las guerras accionadas por este país que visito.

Aquí no hay guerras, mejor se llevan por el mundo, donde quedan tan alejadas que nadie se preocupa de ellas, ni de los misiles lanzados, ni las personas que mueren, pocas o muchas, da igual. La lejanía nubla el entendimiento. Entretanto, jóvenes estadounidenses bombardean, descargan subfusiles de asalto obscenamente repletos de balas, allá, muy lejos, en el confín del mundo. Aquí no se percibía, ni se percibe, el olor a goma quemada, a polvo cargado de gases metálicos pestilentes, a carne humana abrasada por el fuego al estallido de un misil. ¿A qué olerá todo eso?

Veinticinco años del atentado de las Torres Gemelas, el curso de la historia cambiado y el primer tercio del siglo XXI un páramo borrascoso, vomitando odio y xenofobia, haciendo más pobre a los pobres y más rico a los ricos, con gobernantes crueles que perpetran genocidios con el apoyo de ideologías extremadamente ultraconservadoras y egoístas, discriminatorias e insolidarias con la indigencia económica, sin importarles la destrucción del planeta.

Somos ciudadanos de un tiempo impúdicamente alterado desde aquel atentado terrorista. El mundo de la instantaneidad, de la inminencia, de los cambios más acelerados de la historia, de sentirnos aislados como individualidades sobrevenidas, impuestas, aturdidos por tantas desconexiones interpersonales en la era de la conectividad abrumadora, mientras las catástrofes vienen acechantes: guerras, crisis económicas, pandemias, crisis de valores… casi si habernos enterado, dejándonos arrastrar por una sarta de cobardes paranoicos, dementes autocráticos, ególatras… Como si la historia volviera a repetirse. “Un nuevo orden mundial se avecina. No estamos preparados”, escribe la historiadora Margaret MacMillan en un artículo en The New York Times (03/09/2026).

Nunca el planeta, disponiendo de tantos recursos, ha estado plagado de tantas desigualdades y calamidades humanitarias. El mundo no ha mejorado, ni se ha hecho más justo; al contrario, inmunizados ante la catástrofe y el horror, las masacres de seres humanos se antojan relatos de videoclip, ficciones, hasta normalizarlas. Se endurecen los sentimientos, se destierran del corazón, se trivializa el espanto. Todo se ve como una escena de película, con el inocuo convencimiento de que nada de eso es real.

MacMillan, recordando a Camus, dice: “Hoy hay ratas muertas por todas partes… Una guerra mundial no es inevitable, pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre potencias grandes y bien armadas está más cerca de lo que ha estado en décadas”.

*Artículo publicado en Ideal, 11/09/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

miércoles, 19 de agosto de 2026

EL ATENEO DE GRANADA Y LA LARGA TRAVESÍA EN UN TIEMPO OSCURO*


    Sirva este artículo como homenaje a todos los miembros del Ateneo de Granada de 1925 y, en especial, a Hermenegildo Lanz por ´prestarme' este boceto de decorado. El Ateneo fue duramente represaliado y se buscó su dest
rucción total, constituyendo otra de las acciones criminales llevadas a cabo tras el golpe de Estado del 36, cuyo objetivo no era otro que su desaparición y acabar con la renovación cultural que había impulsado. En 2009 el Ateneo resurge para continuar la obra de aquellos pioneros.


Madrugada del 18 de agosto del 36, el sol aún escondido, mientras manos asesinas escribían sentencias de muerte, lo arrastraron hasta un barranco entre Víznar y Alfacar, y apretaron el gatillo. Y así lo mataron, allí donde no brilla “el fresco y alto ornato de la vida”, “entre un pueblo hosco y duro”; como escribiera Luis Cernuda —A un poeta muerto—: “Por esto te mataron, porque eras / verdor en nuestra tierra árida / y azul en nuestro oscuro aire”. Como lo hicieron con tantos otros, pensando que exterminarían sus cantos, sus risas, sus ideas, queriendo ser la cal biocida que hace desaparecer todo rastro. Eso creían. Nunca un exterminio ha extinguido la memoria y la esperanza.

Se cumplen noventa años del inicio de una guerra incivil, grosera y canalla, promovida por una cuadrilla de miserables que poco les importó acabar con los sueños de la gente, embriagados cual asesinos por sueños perversos y pervertidos, los únicos que cabían en la estrechura de sus mentes y la angostura del mundo con el que soñaban imponer. Y al poeta lo sepultaron en la faz de la tierra, creyendo que con eso aniquilaban versos y alegría, luz y amor. Mentes ahogadas en la podredumbre de la miseria humana, sin reparar que le insuflaban bocanadas de vida hasta convertirlo en un poeta eterno.

Granada fue testigo, y todos lo vieron, muchos callaron, acaso atemorizados por el vendaval bufado desde los cuarteles militares, donde se había colado la negra niebla del alzamiento. Ni el primigenio intento del general Miguel Campins —gobernador militar— de frenar la locura desatada por los desalmados sublevados en África, ni la ‘resistencia’ del gobernador civil, César Torres, y miembros del Frente Popular que lo acompañaban el 20 de julio del 36 en el Gobierno Civil, aguantaron, impotentes ante la caterva de compinches en Granada.

Una ola de vesania vino a generar muerte y destrucción del orden constitucional, y esta ciudad, cual boca del infierno, padeció la brutal represión de una legión de sospechosos adeptos a la República y a ideas llamadas subversivas. Y se desató la persecución de la vida, del talento y la libertad. Y muchos no supieron qué hacer y adónde ir. Y Federico vino a cobijarse en la Huerta de San Vicente, y no hubo cobijo, y buscó la protección de amigos, los Rosales, pero el ángel de la muerte lo atrapó. Y todos tenían miedo porque la horda de barbarie no tenía freno. Y como escribiera Pablo Neruda —Oda a Federico García Lorca—: “Hay tantas gentes haciendo preguntas / por todas partes”.

Y al tiempo quisieron finiquitar la luz de la cultura, ese destello que iluminaba los ojos de gentes congregadas en el Ateneo de Granada, queriendo hacer esta ciudad más luminosa y viva, lejos de lo putrefacto que encorsetaba la cultura, que ya no quería mirar solo a las manidas tradiciones, que pretendía abrirse al resplandor vanguardista, al conocimiento y al progreso que bullía en Europa, tras cuatro años de muerte y dolor de una guerra mundial que había asolado la población. Aquel Ateneo que había escuchado las palabras del joven Federico sobre Luis de Góngora o Soto de Rojas en sendas conferencias que marcaron un hito en la ciudad y el país.

Pero al fanatismo triunfante le daba igual. Si tenía que morir Federico, moriría; si había que fusilar la cultura y el progreso, se pasarían por las armas; si alguien huía de la muerte, se perseguiría. La devastación y la muerte como única estrategia.

Se abrieron procesos sumarios que concluían en pena capital, para eso estaban la plaza de toros o las tapias del cementerio. Limpieza ideológica, al igual que una limpieza étnica. Pero las limpiezas étnicas nunca han funcionado, son triunfos transitorios, espejismos que duran un soplo en el devenir histórico. Los pueblos resisten, las ideas y la vida también. Muchos hombres y mujeres que amaban Granada y España fueron juzgados y asesinados: Virgilio Castilla —presidente de la Diputación—, Agustina González —la Zapatera— o Manuel Fernández Montesinos— alcalde de Granada—. Muchos emprendiendo el último viaje de la vida con Federico.

Y no pocos miembros del Ateneo de Granada. Algunos cayendo pronto en manos fascistas bajo fútiles acusaciones erigidas en inapelables sentencias ‘probatorias’. Fue el lacerante caso de Juan José Santa Cruz, insigne ingeniero; Constantino Ruiz Carnero, director de El Defensor de Granada; José Palanco Romero, historiador y presidente del Ateneo; Enrique Marín Forero, vicepresidente, que se negó a firmar el acta del Consejo de Guerra que lo condenaba; o Francisco Menoyo Baños, contador, primer alcalde socialista de Granada —septiembre/1931-abril/32—. Los certificados de defunción dirían: muertos por “disparos” o “herida por arma de fuego”. ¡Menudas heridas!

Otros salieron exiliados: Fernando de los Ríos, Fernando Sainz, Francisco García Lorca —y resto de familia de Federico— o Gabriel Bonilla. Y algunos sufrieron vejatorias represalias, como Hermenegildo Lanz, desterrado de Granada y, tras volver, marginado en una ciudad que le dio la espalda. Otros ateneístas se adhirieron al régimen: Antonio Gallego Burín.

El Ateneo de Granada nunca podría haber continuado su labor en el nuevo régimen, quedó sumido al ostracismo en la larga y oscura travesía del franquismo. Y se apagó, como lo hizo Federico, pero no se extinguió su luz, como tampoco la obra lorquiana. “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, / lo haría por tu voz de naranjo enlutado / y por tu poesía que sale dando gritos” (Pablo Neruda).

*Artículo publicado en Ideal, 18/08/2026.

** Ilustración: La torre de Melisendra, boceto 59, Hermenegildo Lanz. Elemento del decorado para la representación de la obra de Manuel de Falla El retablo de maese Pedro, petición que este le hace a Lanz para que diseñe títeres y decorados. (Compañía Etcétera).