Terminada la fiesta electoral verborreica —no me confundan con ese que dice ‘se acabó la fiesta’, que solo busca que empiece la suya—, prometidos no sé cuántos mundos ideales, me voy a detener en una promesa que me llamó la atención por lo inusual. Como no he hecho otra cosa en mi vida que no sea estar vinculado a la educación y a la escuela para ‘ganarme el pan con el sudor de mi frente’, además de escribir —aunque de esto no pueda comer, pero sí satisfacer mi otra necesidad: sacar fuera todo lo que me bulle por dentro y así mejorar mi salud mental—, leí en este periódico (IDEAL, 02/05/26) un titular: “Moreno sitúa como una prioridad la lucha contra el acoso escolar”. Lo prometió Juanma Moreno con motivo del Día Internacional de esta lacra social: “Es una de las plagas que triste y desgraciadamente tenemos en occidente, y de manera especial también en Andalucía y en España”.
El entonces candidato —muy pronto presidente de la Junta de Andalucía, cuando salga del ‘lío’ o se meta en él— mostró sus mejores intenciones llamando a concienciarnos del daño que el bullying provoca a los menores. Pronosticó recurrir a personalidades y “caras populares” de distintos ámbitos para lanzar mensajes de alerta referidos al dolor que causa el acoso, capaz incluso de “matar”. Contará con padres, profesores y otros actores de la comunidad educativa —y añadía— “para evitar el sufrimiento de muchos niños”, del que ni siquiera son conscientes los acosadores. Se me antojó entonces que el presidente se metería en un lío más gordo que tener el aliento en la nuca de Vox y su iluminada ‘prioridad nacional’.
La narrativa del acoso escolar que percibimos en medios de comunicación, ‘opinadores’ e, incluso, algunos docentes se presenta desde una sola derivada: “La escuela, factoría generadora de violencia”, olvidando los muchos factores exógenos existentes. Hablar de “violencia escolar” con tanta ligereza es para que se nos cayera la cara de vergüenza. La escuela es un reflejo de la sociedad donde se inserta y a esta la estamos alimentando con la peor calaña de nuestras miserias humanas. Vivimos en la sociedad de la “violencia estructural”, como definiera el sociólogo Johan Galtung a las desigualdades inmersas en las estructuras sociales, económicas y políticas configuradas en las sociedades modernas, en detrimento de la satisfacción de las necesidades básicas y la dignidad, incluidos valores éticos y morales.
Es obvio que la escuela debe mirar hacia la víctima. Nuestro ejercicio profesional no puede dejarla en una nebulosa de indeterminación, ni que la ‘violencia’ deje de abordarse en el entorno escolar. La protección de la víctima es primordial, pero la mirada rebelde debe proyectarse más allá. Si en otro tiempo muchas conductas vejatorias insertas en las relaciones entre iguales parecían ‘normales’, lejos de los significados que hoy sostenemos, habría que recordar, afortunadamente, que hemos cambiado de paradigma y definimos tales conductas turbadoras como agresiones.
Nuestra mirada tiene que ser más vasta y profunda al analizar el fenómeno del acoso escolar. Con solo mirar fuera de la escuela contemplamos un panorama desolador: películas juveniles donde se retratan estereotipos que normalizan conductas vejatorias, asentándose en las neuronas de niños y jóvenes como modelos conductuales aceptados; imágenes, vídeos o lenguajes en redes sociales, donde la respuesta a un ataque es redoblar el contraataque más despiadado o promover actitudes hostiles y de odio como elemento de defensa ante lo desconocido. Sin duda, la peor escuela para fomentar el acoso escolar. A lo que se suman comportamientos burdos de adultos, lenguaje gestual, comentarios soeces hacia el otro…; repertorio de ‘enseñanzas’ susceptible de imitación. Siendo finalmente reproducido en la escuela por el alumnado en sus relaciones interpersonales.
Violencia potenciada en una sociedad que olvida que existen valores de convivencia y respeto. Sea en la vida pública: políticos deslenguados, escraches a personas o familiares de quien está marcado por una diana —lo que hacía ETA en tiempos de terrorismo—; sean pseudoperiodistas que persiguen y acosan a personas públicas, esperando que suelten alguna palabra de rabia o un mal gesto para luego manipular y tacharlas con las más bajas descalificaciones.
No hay película o serie juvenil donde no aparezcan jóvenes en pandilla mostrando un repertorio de estereotipos negativos: líderes autocráticos y abusones seguidos por una cohorte de ‘pelotas’ que dan pábulo a supuestas ‘actuaciones ingeniosas’ del mandamás —chico o chica—, ejemplificando conductas agresivas, vejatorias, de sometimiento al diferente, al extranjero, al recién llegado al barrio o al instituto, o al que presenta conductas ‘raras’ entendidas como ‘anormales’. Otro sociólogo, Pierre Bourdieu, desarrolló el concepto de ‘violencia simbólica’ en un mundo que funciona mediante lenguajes y códigos determinados, que vemos reproducirse repetitivamente en espacios visuales donde acceden nuestros niños y jóvenes. Se trataría de prácticas y conceptos culturales simbólicos impuestos como jerarquización social mediante la publicidad, el lenguaje o la iconografía visual.
Hablamos con ligereza de ‘violencia escolar’, como si desde la escuela se fomentara, y nos olvidamos con hipocresía de la que se alienta en tantas esferas de una sociedad generadora de individualismo, odio y sumisión como medio y estrategia de dominio. Violencias y hostilidades circulando cerca de nosotros, leídas en un periódico, incubadas en vecinos, políticos, rivales culturales o familias que vuelcan en la escuela traumas, frustraciones o vidas desestabilizadas.
¿De qué sirve que la escuela eduque en valores, en resolución de conflictos mediante diálogo, si luego en entornos familiares, digitales, sociales o políticos cunde el mal ejemplo, la violencia y la grosería?
*Artículo publicado en Ideal, 21/06/2026
** Ilustración del artículo en Ideal.




