lunes, 22 de junio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (I)*

 


Terminada la fiesta electoral verborreica —no me confundan con ese que dice ‘se acabó la fiesta’, que solo busca que empiece la suya—, prometidos no sé cuántos mundos ideales, me voy a detener en una promesa que me llamó la atención por lo inusual. Como no he hecho otra cosa en mi vida que no sea estar vinculado a la educación y a la escuela para ‘ganarme el pan con el sudor de mi frente’, además de escribir —aunque de esto no pueda comer, pero sí satisfacer mi otra necesidad: sacar fuera todo lo que me bulle por dentro y así mejorar mi salud mental—, leí en este periódico (IDEAL, 02/05/26) un titular: “Moreno sitúa como una prioridad la lucha contra el acoso escolar”. Lo prometió Juanma Moreno con motivo del Día Internacional de esta lacra social: “Es una de las plagas que triste y desgraciadamente tenemos en occidente, y de manera especial también en Andalucía y en España”.

El entonces candidato muy pronto presidente de la Junta de Andalucía, cuando salga del ‘lío’ o se meta en él mostró sus mejores intenciones llamando a concienciarnos del daño que el bullying provoca a los menores. Pronosticó recurrir a personalidades y “caras populares” de distintos ámbitos para lanzar mensajes de alerta referidos al dolor que causa el acoso, capaz incluso de “matar”. Contará con padres, profesores y otros actores de la comunidad educativa —y añadía— “para evitar el sufrimiento de muchos niños”, del que ni siquiera son conscientes los acosadores. Se me antojó entonces que el presidente se metería en un lío más gordo que tener el aliento en la nuca de Vox y su iluminada ‘prioridad nacional’.

La narrativa del acoso escolar que percibimos en medios de comunicación, ‘opinadores’ e, incluso, algunos docentes se presenta desde una sola derivada: “La escuela, factoría generadora de violencia”, olvidando los muchos factores exógenos existentes. Hablar de “violencia escolar” con tanta ligereza es para que se nos cayera la cara de vergüenza. La escuela es un reflejo de la sociedad donde se inserta y a esta la estamos alimentando con la peor calaña de nuestras miserias humanas. Vivimos en la sociedad de la “violencia estructural”, como definiera el sociólogo Johan Galtung a las desigualdades inmersas en las estructuras sociales, económicas y políticas configuradas en las sociedades modernas, en detrimento de la satisfacción de las necesidades básicas y la dignidad, incluidos valores éticos y morales.

Es obvio que la escuela debe mirar hacia la víctima. Nuestro ejercicio profesional no puede dejarla en una nebulosa de indeterminación, ni que la ‘violencia’ deje de abordarse en el entorno escolar. La protección de la víctima es primordial, pero la mirada rebelde debe proyectarse más allá. Si en otro tiempo muchas conductas vejatorias insertas en las relaciones entre iguales parecían ‘normales’, lejos de los significados que hoy sostenemos, habría que recordar, afortunadamente, que hemos cambiado de paradigma y definimos tales conductas turbadoras como agresiones.

Nuestra mirada tiene que ser más vasta y profunda al analizar el fenómeno del acoso escolar. Con solo mirar fuera de la escuela contemplamos un panorama desolador: películas juveniles donde se retratan estereotipos que normalizan conductas vejatorias, asentándose en las neuronas de niños y jóvenes como modelos conductuales aceptados; imágenes, vídeos o lenguajes en redes sociales, donde la respuesta a un ataque es redoblar el contraataque más despiadado o promover actitudes hostiles y de odio como elemento de defensa ante lo desconocido. Sin duda, la peor escuela para fomentar el acoso escolar. A lo que se suman comportamientos burdos de adultos, lenguaje gestual, comentarios soeces hacia el otro…; repertorio de ‘enseñanzas’ susceptible de imitación. Siendo finalmente reproducido en la escuela por el alumnado en sus relaciones interpersonales.

Violencia potenciada en una sociedad que olvida que existen valores de convivencia y respeto. Sea en la vida pública: políticos deslenguados, escraches a personas o familiares de quien está marcado por una diana —lo que hacía ETA en tiempos de terrorismo—; sean pseudoperiodistas que persiguen y acosan a personas públicas, esperando que suelten alguna palabra de rabia o un mal gesto para luego manipular y tacharlas con las más bajas descalificaciones.

No hay película o serie juvenil donde no aparezcan jóvenes en pandilla mostrando un repertorio de estereotipos negativos: líderes autocráticos y abusones seguidos por una cohorte de ‘pelotas’ que dan pábulo a supuestas ‘actuaciones ingeniosas’ del mandamás —chico o chica—, ejemplificando conductas agresivas, vejatorias, de sometimiento al diferente, al extranjero, al recién llegado al barrio o al instituto, o al que presenta conductas ‘raras’ entendidas como ‘anormales’. Otro sociólogo, Pierre Bourdieu, desarrolló el concepto de ‘violencia simbólica’ en un mundo que funciona mediante lenguajes y códigos determinados, que vemos reproducirse repetitivamente en espacios visuales donde acceden nuestros niños y jóvenes. Se trataría de prácticas y conceptos culturales simbólicos impuestos como jerarquización social mediante la publicidad, el lenguaje o la iconografía visual.

Hablamos con ligereza de ‘violencia escolar’, como si desde la escuela se fomentara, y nos olvidamos con hipocresía de la que se alienta en tantas esferas de una sociedad generadora de individualismo, odio y sumisión como medio y estrategia de dominio. Violencias y hostilidades circulando cerca de nosotros, leídas en un periódico, incubadas en vecinos, políticos, rivales culturales o familias que vuelcan en la escuela traumas, frustraciones o vidas desestabilizadas.

¿De qué sirve que la escuela eduque en valores, en resolución de conflictos mediante diálogo, si luego en entornos familiares, digitales, sociales o políticos cunde el mal ejemplo, la violencia y la grosería?

*Artículo publicado en Ideal, 21/06/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 8 de junio de 2026

EL ATENEO DE GRANADA: ORIGEN DE LA GENERACIÓN DEL 27*



La creación del Ateneo de Granada en 1925 supuso para la ciudad una bocanada de aire fresco en el panorama cultural, que la conectaba con las vanguardias culturales, literarias y artísticas que se promovieron en Europa en el periodo de entreguerras.

El 7 de febrero de 1926, el recién estrenado domicilio social quedó instalado en la calle Varela, n.º 6, “un edificio de clásica arquitectura y de carácter granadino, que es sin disputa una de las pocas viviendas interesantes que quedan en Granada” y que congregaba “los más prestigiosos elementos de la vida intelectual de Granada” (El Defensor de Granada, 9/02/1926). La actividad en la nueva sede se inició con un ciclo de conferencias a cargo de la “juventud intelectual granadina”, puesto en marcha el 13 de febrero con la conferencia: “La imagen poética de don Luis de Góngora”, a cargo de Federico García Lorca.

Aquel trabajo literario sería expuesto también por nuestro poeta en la Residencia de Estudiantes en diciembre del 27, dirigido “a sus compañeros de residencia en los cursos de vulgarización por ellos organizados”, y que el propio Lorca advertiría, al ser publicado en la revista ‘Residencia’ (1932), “que se trata de una conferencia de vulgarización para un público más o menos alejado de estas cuestiones literarias”, sin responder “exactamente al criterio actual del conferenciante sobre las cuestiones gongorinas”. El texto sufriría algunas correcciones del autor en las sucesivas versiones publicadas.

¿Con esta conferencia del Ateneo, la atracción de otros poetas del panorama literario español, se pusieron las bases de la Generación del 27? Entendemos que sí. Que la pronunciara casi dos años antes en el Ateneo granadino, que elevara a Góngora a figura estelar, que congregara a lo mejor de la poesía española, nos impele a pesar que la proyección de esta disertación gongorina fue clave para la movilización y el apoyo al estudio crítico-literario de Lorca, que derivaría en aquella generación tan ilustre de la cultura española.

Las referencias a este acto en El Defensor de Granada (14/02/1926) resaltan la brillantez de la lección pronunciada por un poeta “que une a su juventud un nuevo concepto de la lírica”. Y añadía: “Espíritu inquieto, delicado, pleno de emoción, García Lorca es hoy una de las figuras más interesantes y más intensas de la poesía española. Va en la vanguardia del movimiento literario, tiene una personalidad ya definida y es una de las promesas más fecundas de la lírica moderna”.

Lorca rechazaba “la critica equivocada y sin luz que se ha hecho sobre Góngora en todos los tiempos”, siendo la principal y verdadera causa que “su revolución lírica fue la nativa necesidad de una belleza nueva, que llevó al insigne cordobés a un nuevo modelado del idioma”. Inventaba Góngora por primera vez en el castellano —según testimoniaba Federico— “un método para plasmar las metáforas”, lo que implicaba que “la eternidad de un poema depende de la calidad y trabazón de sus metáforas”. Figura literaria que ensalzaba “la belleza de su obra..., limpia de realidades que mueren; metáfora con espíritu escultórico y situada en un ambiente extra-atmosférico”. Imágenes gongorinas que subyugaban a nuestro poeta, avezado maestro en este recurso de imágenes poéticas —tan frecuentes en su obra posterior: Poeta en Nueva York y las otras que le siguen—. Federico se vería reflejado en la poética de Góngora.

Este alegato a la figura de Luis de Góngora, en un texto mecanografiado, elevó la poética gongorina a lo sublime: “...hace con los elementos de la naturaleza nuevos dioses de poder ilimitado... Al agua y al aire les da forma concreta, oído y sentimiento… Es un poeta de una pieza y su estética es inalterable, dogmática”. Exaltación que le impulsaría a agregar: “Más que a Cervantes, se puede llamar al poeta padre de nuestro idioma, y, sin embargo, hasta este año la Academia Española no lo ha declarado autoridad de la Lengua”. Y añade, hablando de sus Soledades: “Este gran poema resume todo el sentimiento lírico pastoril de los poetas españoles que le antecedieron. El sueño bucólico, que soñó Cervantes y no logró fijar plenamente, y la Arcadia que Lope de Vega no supo iluminar con luces permanentes, las dibuja de manera rotunda don Luis de Góngora”.

Federico había puesto las bases teóricas del discurso sobre Góngora* para la posterior reunión de poetas —16-17/diciembre/1927— en el Ateneo de Sevilla. Una generación estelar rendida al poeta cordobés en el tercer centenario de su muerte bajo la premisa de una conferencia dictada en el Ateneo de Granada casi dos años antes. Acudieron, junto a Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Jorge Guillén, José Bergamín, Rafael Alberti, Mauricio Bacarisse o Juan Chabás, con el patrocinio del torero Ignacio Sánchez Mejías. Estuvo también Luis Cernuda, entre el público. No asistieron Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Emilio Prados o Manuel Altolaguirre, aunque se sumaron al acontecimiento.

Lorca lideró aquel encuentro. Tenía un duende especial. Decía Salinas: “Siempre con su séquito. Le seguíamos todos, porque él era la fiesta, la alegría que se nos plantaba allí de sopetón y no había más remedio que seguirla”. Lorca, líder en lo social y paladín en la poética, arrastró a los demás en la revitalización de la figura de Góngora y al homenaje que se le procesó en 1927 en Sevilla.

Este año, cincuentenario del primer ‘5 a las 5’ de 1976 y centenario de la conferencia sobre Góngora dictada por Federico en el Ateneo de Granada, pensamos que esta institución ateneísta se erige en origen, como entonces, de la actual celebración del Centenario de la Generación del 27.

*Artículo publicado en Ideal, 07/06/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

*** Quizás siguiendo los pasos de Alfonso Reyes y sus cuestiones gongorianas.

sábado, 9 de mayo de 2026

¿SE HUNDE EUROPA?*


Con la muerte de Jürgen Habermas hace unas semanas probablemente haya desaparecido el gran intelectual de la Europa democrática, que tan necesitada está de voces que arrojen luz en el atasco político en el que se encuentra. Aquellos intelectuales que se movían en torno a la teoría crítica y la Escuela de Frankfurt, donde destacaban figuras como Adorno, Habermas o Marcuse, fueron víctimas del nazismo que les había marcado lo suficiente para valorar desde la propia experiencia lo fundamental de mantener una convivencia democrática bajo los valores de la libertad.

El mundo de hoy pide estar alerta y no descuidar ese anhelo al que llamamos futuro, un símbolo del juego de la vida que concita tantas miradas y pensamientos, y que nunca deberíamos dejar en manos de tanto tirano, porque en sus fechorías solo anidan sus intereses.

Habermas hablaba en una de sus últimas intervenciones sobre la crisis de las democracias occidentales y la Unión Europea, en una conferencia dictada en la Fundación Siemens de Múnich. Venía a decir que el panorama mundial es ciertamente difícil con una China que pretende “sustituir el régimen liberal de comercio mundial por un orden político mundial chinocéntrico”, mientras Estados Unidos se empecina en liquidar su democracia y proliferan regímenes autoritarios, entretanto la sociedad civil no parece oponer mucha resistencia. Y concluía que, ante este desolador panorama, en Europa se debería alcanzar “una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea”, lo que “nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable”. Hay quien consideraba a Habermas como la conciencia de una Europa que necesitaba sostenerse en el pensamiento y las ideas frente a los múltiples avatares y ataques que recibidos.

Aquella idea de Europa nacida tras la Segunda Guerra Mundial, que llegó a subyugar a varias generaciones, da síntomas de evaporarse o, peor, irse por el desagüe de la historia. Entonces sumida en una polarización de dos mundos surgidos tras la última gran guerra, manteniendo los equilibrios que le exigía la Guerra Fría, tras la caída del muro de Berlín debió posicionarse como un espacio donde la democracia se preservara frente a la ola de creciente autoritarismo que, contrariamente, buscaba acabar con la idea de unidad y defensa de los valores democráticos.

En estos días, mientras explicaba a mi nieta Inés el tema de la Segunda Guerra Mundial, he recordado —más allá de causas económicas, Gran Depresión, persistencia de agravios sufridos por Alemania tras la anterior gran guerra o el auge de doctrinas y regímenes totalitarios— dos acontecimientos, antesala del desencadenamiento de la devastadora segunda gran guerra, que ayudaron a activar el conflicto bélico: el expansionismo alemán y la inacción de las democracias occidentales. Visión muy cercana al mundo que vivimos en estos convulsos meses.

La mentalidad imperialista de los regímenes totalitarios —nazismo y fascismo—, en sus deseos de expansión territorial, expresados anteriormente en el Mein Kampf de Hitler, desafiaron el orden internacional mediante el uso de la fuerza en política exterior: Japón atacaba China en 1931, Alemania abandonaba la Sociedad de Naciones (1933) o Italia invadía Abisinia y salía también de este organismo internacional. Seguidamente, Alemania se expandía, en su obsesión por forjar el Gran Reich y la conquista del espacio vital —Lebensraum— surgido de los postulados teóricos del geógrafo Friedrich Ratzel, y se anexionaba (1935) la región del Sarre, gestionada por Francia como compensación de las reparaciones por la I Guerra Mundial tras el Tratado de Versalles.

La pusilanimidad de las democracias occidentales ante la amenaza nazi fue patente: mermó la respuesta diplomática y económica frente a tales transgresiones y se sumó la inoperancia y escasa autoridad de la Sociedad de Naciones. La política de apaciguamiento y no intervención de Gran Bretaña, encabezada por el primer ministro Chamberlain, seguida por Francia, ‘obedeció’ a la esperanza del cese del expansionismo, supuestamente satisfechas las aspiraciones nazis. Pero la voracidad nazi —anexiones de Austria, Sudetes, Polonia, Dinamarca, Noruega…, de 1940— trajo la dimisión de Chamberlain y la creación del Gobierno de unidad nacional de Wiston Churchill. Quien reprochó a su antecesor la cobardía de su política de apaciguamiento hacia Hitler, pronunciando tras los Acuerdos de Múnich de 1938 estas palabras: “Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”. No hacer frente a la ocupación de territorios por el nazismo fue un error.

Esta descripción del panorama político mundial acontecido hace noventa años no es muy distinto al que estamos experimentando en este primer tercio del siglo XXI. El expansionismo de Rusia —ocupación de Crimea y Ucrania—; de Israel —Gaza, Cisjordania o Líbano—; o Estados Unidos —Venezuela, Irán, pretensiones sobre Canadá y Groenlandia— provoca que la actitud medrosa de Europa sea alarmante. Un dejar hacer sin una respuesta contundente. El Gobierno de España ha pedido a la UE la ruptura del pacto con el Gobierno genocida de Israel, y otras voces piden la expulsión de los equipos israelíes de competiciones europeas y mundiales.

Si a ello sumamos los enemigos internos, sicarios de Putin y Trump que boicotean decisiones de la UE, el panorama se ensombrece y convierte a Europa en un espacio político de irrelevante influencia en el mundo. ¿Dónde queda su dignidad?, ¿dónde sus valores que ennoblecen al ser humano?, ¿vendidos como mercancía a cambio de unas míseras monedas?

El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”, decía León XIV hace unas fechas en su viaje a Camerún León XIV.

*Artículo publicado en Ideal, 08/05/2026.

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 20 de abril de 2026

ABRIL DIVINO, QUE VIENES CARGADO DE SOL Y ESENCIAS*



Para Federico García Lorca “la poesía es algo que anda por las calles”, respondía así a la pregunta: “¿Qué es la poesía?”, que le hacía Felipe Morales Rollán para ‘La Voz’ de Madrid un 7 de abril de 1936. Del mismo modo andarán por las calles de Granada los libros de poesía, narrativa, ensayo, viajes, cómics, infantiles… en este “abril divino”, como lo calificara nuestro poeta en ‘Canción primaveral’. El primer Lorca, al que aludía José Hierro en la conferencia —17/abril/1968— pronunciada en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, publicada en Cuadernos Hispanoamericanos.

Aunque solo fuera porque en este mes se celebra el Día del Libro, abril habría de concebirse como tiempo de libros y poesía. A lo que hay que sumar este año la mayor explosión festiva del universo libro: la Feria del Libro de Granada en la última semana del mes en que “se vistió la nieve / de vagos carmines”, cuando “la tarde de abril moría, / rosamente melancólica”, como escribiera otro gran amigo de Federico, Juan Ramón Jiménez. Juan Ramón y Zenobia Camprubí visitaron Granada del 21 de junio al 3 de julio de 1924, acudiendo a la invitación del ‘Cárdeno Poeta Granadí’, como llamaba el moguereño a Federico, contando con la inestimable compañía de Emilia Llanos para agasajarlos en aquella estancia.

El “abril divino” granadino de este año estará ataviado de un libresco traje engalanado con un toque de atuendo bibliófilo, justo el año en que se cumple el centenario del Día del Libro, remontándonos a aquel 1926, cuando el escritor valenciano Vicente Clavel Andrés propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona tal celebración. Al principio se fijó la conmemoración para el 7 de octubre durante años, hasta 1930, cuando pasó al 23 de abril para hacerla coincidir con el fallecimiento 23/abril/1616 de dos grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Sumándose en 1988 la UNESCO para hacerlo más extenso: Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor.

En la Feria del Libro de este año —23 abril/3 de mayo— lectores y autores vamos a compartir unos días de entrañable simbiosis emocional alrededor del amor profesado al libro, convocados bajo la proclama teatral lorquiana: “Así que pasen cinco años”. Cinco años que miden el tiempo que nos queda para hacer realidad una de las mayores ilusiones que han aglutinado —por fin— el esfuerzo colectivo de granadinos y granadinas, de pensamientos diversos, que se recuerda: el proyecto de Capitalidad Cultural Europea Granada 2031. Un proyecto común, en cuyo favor hemos remado todos, dejando al margen las absurdas discrepancias que siempre solían dar al traste tantas veces con proyectos de futuro para Granada y provincia.

No obstante, esta fiesta en torno al libro no tiene el mismo predicamento en todo el mundo. Vivimos tiempos de fanatismo integrista, donde la represión y la prohibición de libros es una práctica común en entornos autocráticos, generándose incluso listados de libros prohibidos, incluidas algunas democracias occidentales. Acaso Estados Unidos sea el caso más paradigmático, donde se habla de más de 10.000 títulos prohibidos en bibliotecas públicas y académicas. Recientemente hemos escuchado a Isabel Allende decir: “Me honra que se prohíba La casa de los espíritus en Estados Unidos”. La ola de intolerancia y conservadurismo que invade este país ha debido considerarla una obra peligrosa y manipuladora de cerebros. El temor por los libros despertado en siglos pasados ha vuelto como síntoma de un tiempo de retroceso en valores culturales y científicos, proliferando posiciones retrógradas, terraplanistas y supremacistas que contrastan con la misión espacial a la Luna de Artemis 2.

Miedo a los libros que, sin embargo, como tesoros compartidos que enhebran redes de complicidad entre lectores anónimos, resistirán, como lo han hecho a lo largo de la historia. El poder mágico que poseen será capaz de combatir las prohibiciones de mentes atrofiadas.

El futuro de nuestros jóvenes está en ellos, como promesa de sensaciones, mundos por descubrir, conocimiento del ser humano, ciencia o saberes contrastados que minimizan opiniones sin fundamento. La poesía, ese arma cargada de futuro, como la definiera Gabriel Celaya, aupada en la palabra, les proporcionará la fuerza para afrontar los retos y combatir la intolerancia y las ideas fanáticas que proliferan en el mundo, las que desprecian a los diferentes, convertidos en enemigos por intereses espurios. La palabra, el mejor instrumento para fortalecer las mentes de niños y jóvenes, dotarlas de herramientas intelectuales que los hagan libres y de pensamiento crítico.

Las perniciosas olas retrógradas se combaten con los libros, porque quizás no exista mejor manera de mirar al mundo que la lectura. Ayudarles a descubrir el placer de leer y respetar la irreemplazable contribución de los creadores al progreso social y cultural es el gran legado que una sociedad educadora puede trasladar a las generaciones que se abren a un mundo cargado de trampas y subterfugios banales, plagado de engañifas de vanidades hipertrofiadas por las redes sociales.

Abril divino, que vienes cargado de sol y esencias...” y de libros. No serán pocas las citas que con ellos nos deparará este mes.

Dejémonos arropar con sus palabras que nos invitan a imitarlos cubriéndonos de excelsas y buenas ideas, y pensamientos que hablan de amor, vida, solidaridad…; que derroten a la ignorancia, los bufidos, las excrecencias de lo burdo, que solo traen desgracia y desvalimiento…; y que en esta fiesta de libertad aviven siempre los sentimientos y emociones sobre las que cabalga la esperanza.

*Artículo publicado en Ideal19/04/2026.

**Álvaro Reja, Al oido de una muchacha.

martes, 7 de abril de 2026

GOBERNANTES PARANOICOS PARA UN NUEVO ORDEN MUNDIAL*

 


Que el panorama mundial que nos están brindando en los últimos años los gobernantes que lideran potentes países es de una inestabilidad continua, que no da tregua para recuperarse de una trastada a otra, es a todas luces lo peor que hubiéramos imaginado quienes soñamos con un mundo mejor.

Giuliano da Empoli La hora de los depredadores (2025) viene a decir que la aparente estabilidad política de las últimas décadas ha quedado atrás en un mundo donde la IA ya está fuera de control, el respeto a las instituciones y los derechos se ha convertido en algo irrelevante para autócratas y magnates de la tecnología que moldean la realidad a su antojo “mediante la fuerza bruta, el engaño y las disrupción caótica”.

Estos depredadores también juegan a realizar promesas envueltas en benevolencia, como los dirigentes que tienen buenas intenciones, pero pronto descubren su lado perverso porque tienen menos paciencia, disimulan peor o carecen de sentido del ridículo. Su máxima es provocar el caos, donde se encuentran cómodos, lejos del imperio de la ley. “El caos ya no es el arma de los insurgentes, es el sello del poder” —reza la portada del libro de Empoli—. Y en su interior: “Tres meses antes de la invasión de Ucrania, Surkov, destituido por Putin..., publicaba un artículo en el que todo estaba ya decidido. Toda sociedad, escribió él entonces, está sometida a la ley física de la entropía... ante la ausencia de una intervención exterior, acaba por producir el caos en su interior. Es posible gestionarlo hasta cierto punto, pero la única manera de resolver definitivamente el problema es exportarlo”. Esta ha sido la tónica de los grandes imperios de la historia: exportar el caos allende sus fronteras, llevar guerras a otros territorios —no al suyo— y controlar el propio bajo una premisa: necesidad de atacar al fingido enemigo para seguridad autóctona.

Convertido el mundo en un caos mayor que en décadas pasadas, este primer cuarto del siglo XXI se parangona con el del siglo pasado. La duda que nos queda es si seguirá la misma deriva de una centuria cargada de sobresaltos políticos, crisis económicas y guerras mundiales, alternando livianos periodos de paz y convivencia tras la Segunda Guerra Mundial. Respiros reponedores que bajo una visión multilateral miraban hacia un horizonte que pretendía consolidar valores consensuados en distintas declaraciones universales. Ahora, sumidos en la denominaba ‘edad de la ira’, como la definía Pankaj Mishra en La edad de la ira. Una historia del presente (2017), tratamos de explicar el fin del ‘viejo orden’ frente al prometido ‘nuevo orden’ de gobernantes-depredadores. Con una aceptación, salvo destacadas resistencias, que se sustanció en el desliz de Ursula von der Leyen al intentar aclarar qué pasa en nuestros días de belicismo compulsivo y amenazas por doquier a quien no esté en la paranoia instalada el lado bueno de la historia, dicen, pisoteando el derecho internacional y convirtiendo el planeta en una selva donde impera la ley del más fuerte y la imposición de nuestro ‘silencio cómplice’.

Adiós a todo lo que habíamos construido desde una visión de justicia, respeto y solidaridad; adiós a avanzar en materia social, medioambiental o cooperación internacional. Y bienvenida la ley del matón de barrio, la esquilmación del planeta, desprecio territorial o ‘desfenestración’ del diferente y/o desfavorecido. Como señala Pankaj Mishra: “La edad de la ira da simplemente por sentado un bullicioso telón de fondo de construcción de naciones, transformación desigual de economías regionales y agrícolas en economías industriales y globales, y aparición de las políticas y los medios de comunicación de masas”.

Generalmente las guerras las desatan gobernantes ambiciosos, movidos por intereses personales y afectados por trastornos mentales y rasgos de patológicos de personalidad. Lo lamentable es que el poder, antes o después, termina siendo patrimonio de estos tipos y nosotros, bajo el paraguas de la democracia, lo permitimos. La nómina de gobernantes-depredadores es muy extensa. Los más señalados no han dudado en provocar conflictos bélicos sin reparar en daños ni consecuencias. Los paradigmáticos casos de Putin, Netanyahu y Trump han venido a subvertir el orden mundial alterando las relaciones internacionales.

Mary Trump, psicóloga, escribía Siempre demasiado y nunca suficiente: Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo (2020), refiriéndose a su tío Donald Trump. En él lo describe como un narcisista patológico, codicioso, abusón con el débil, mentiroso compulsivo y producto de una crianza familiar disfuncional y abusiva, dotado de una ausencia de empatía y con comportamiento destructivo. Y el tío, en plena guerra de Irán, aseguraba en una entrevista con NBC News: “Destruimos por completo la isla de Jarg, pero puede que la ataquemos unas cuantas veces más solo por diversión”.

Para el psicólogo John Gartner, Donald Trump “no está bien” (El País, 23/03/2026), con cierto deterioro cognitivo y trastornos mentales manifestados en un “narcisista maligno”, como le ocurría a Hitler. En su caso el narcisismo, que pudiera afectar a cualquiera de nosotros, deriva en trastorno ‘psicopático’ de personalidad antisocial, sin normas, mentiras compulsivas, engaños, sin remordimientos...; también conductas sádicas generadoras de caos, destrucción, humillación del otro…, para su disfrute; ante una amenaza, genera una paranoia con espíritu vengativo; afán de dominación para quedar por encima de los demás… No extraña escucharle decir que es el mejor presidente de la historia, sabiéndolo todo.

Putin, Netanyahu y Trump, adalides del ‘nuevo orden’, podrían estar en el mismo manicomio antes que promover guerras mostrando actitudes inmisericordes con los agredidos: incluidos niños, mujeres y ancianos, los más débiles.

*Artículo publicado en Ideal, 05/04/2026.

**Salvador Dalí, El enigma de Hitler, 1939.