martes, 7 de abril de 2026

GOBERNANTES PARANOICOS PARA UN NUEVO ORDEN MUNDIAL*

 


Que el panorama mundial que nos están brindando en los últimos años los gobernantes que lideran potentes países es de una inestabilidad continua, que no da tregua para recuperarse de una trastada a otra, es a todas luces lo peor que hubiéramos imaginado quienes soñamos con un mundo mejor.

Giuliano da Empoli La hora de los depredadores (2025) viene a decir que la aparente estabilidad política de las últimas décadas ha quedado atrás en un mundo donde la IA ya está fuera de control, el respeto a las instituciones y los derechos se ha convertido en algo irrelevante para autócratas y magnates de la tecnología que moldean la realidad a su antojo “mediante la fuerza bruta, el engaño y las disrupción caótica”.

Estos depredadores también juegan a realizar promesas envueltas en benevolencia, como los dirigentes que tienen buenas intenciones, pero pronto descubren su lado perverso porque tienen menos paciencia, disimulan peor o carecen de sentido del ridículo. Su máxima es provocar el caos, donde se encuentran cómodos, lejos del imperio de la ley. “El caos ya no es el arma de los insurgentes, es el sello del poder” —reza la portada del libro de Empoli—. Y en su interior: “Tres meses antes de la invasión de Ucrania, Surkov, destituido por Putin..., publicaba un artículo en el que todo estaba ya decidido. Toda sociedad, escribió él entonces, está sometida a la ley física de la entropía... ante la ausencia de una intervención exterior, acaba por producir el caos en su interior. Es posible gestionarlo hasta cierto punto, pero la única manera de resolver definitivamente el problema es exportarlo”. Esta ha sido la tónica de los grandes imperios de la historia: exportar el caos allende sus fronteras, llevar guerras a otros territorios —no al suyo— y controlar el propio bajo una premisa: necesidad de atacar al fingido enemigo para seguridad autóctona.

Convertido el mundo en un caos mayor que en décadas pasadas, este primer cuarto del siglo XXI se parangona con el del siglo pasado. La duda que nos queda es si seguirá la misma deriva de una centuria cargada de sobresaltos políticos, crisis económicas y guerras mundiales, alternando livianos periodos de paz y convivencia tras la Segunda Guerra Mundial. Respiros reponedores que bajo una visión multilateral miraban hacia un horizonte que pretendía consolidar valores consensuados en distintas declaraciones universales. Ahora, sumidos en la denominaba ‘edad de la ira’, como la definía Pankaj Mishra en La edad de la ira. Una historia del presente (2017), tratamos de explicar el fin del ‘viejo orden’ frente al prometido ‘nuevo orden’ de gobernantes-depredadores. Con una aceptación, salvo destacadas resistencias, que se sustanció en el desliz de Ursula von der Leyen al intentar aclarar qué pasa en nuestros días de belicismo compulsivo y amenazas por doquier a quien no esté en la paranoia instalada el lado bueno de la historia, dicen, pisoteando el derecho internacional y convirtiendo el planeta en una selva donde impera la ley del más fuerte y la imposición de nuestro ‘silencio cómplice’.

Adiós a todo lo que habíamos construido desde una visión de justicia, respeto y solidaridad; adiós a avanzar en materia social, medioambiental o cooperación internacional. Y bienvenida la ley del matón de barrio, la esquilmación del planeta, desprecio territorial o ‘desfenestración’ del diferente y/o desfavorecido. Como señala Pankaj Mishra: “La edad de la ira da simplemente por sentado un bullicioso telón de fondo de construcción de naciones, transformación desigual de economías regionales y agrícolas en economías industriales y globales, y aparición de las políticas y los medios de comunicación de masas”.

Generalmente las guerras las desatan gobernantes ambiciosos, movidos por intereses personales y afectados por trastornos mentales y rasgos de patológicos de personalidad. Lo lamentable es que el poder, antes o después, termina siendo patrimonio de estos tipos y nosotros, bajo el paraguas de la democracia, lo permitimos. La nómina de gobernantes-depredadores es muy extensa. Los más señalados no han dudado en provocar conflictos bélicos sin reparar en daños ni consecuencias. Los paradigmáticos casos de Putin, Netanyahu y Trump han venido a subvertir el orden mundial alterando las relaciones internacionales.

Mary Trump, psicóloga, escribía Siempre demasiado y nunca suficiente: Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo (2020), refiriéndose a su tío Donald Trump. En él lo describe como un narcisista patológico, codicioso, abusón con el débil, mentiroso compulsivo y producto de una crianza familiar disfuncional y abusiva, dotado de una ausencia de empatía y con comportamiento destructivo. Y el tío, en plena guerra de Irán, aseguraba en una entrevista con NBC News: “Destruimos por completo la isla de Jarg, pero puede que la ataquemos unas cuantas veces más solo por diversión”.

Para el psicólogo John Gartner, Donald Trump “no está bien” (El País, 23/03/2026), con cierto deterioro cognitivo y trastornos mentales manifestados en un “narcisista maligno”, como le ocurría a Hitler. En su caso el narcisismo, que pudiera afectar a cualquiera de nosotros, deriva en trastorno ‘psicopático’ de personalidad antisocial, sin normas, mentiras compulsivas, engaños, sin remordimientos...; también conductas sádicas generadoras de caos, destrucción, humillación del otro…, para su disfrute; ante una amenaza, genera una paranoia con espíritu vengativo; afán de dominación para quedar por encima de los demás… No extraña escucharle decir que es el mejor presidente de la historia, sabiéndolo todo.

Putin, Netanyahu y Trump, adalides del ‘nuevo orden’, podrían estar en el mismo manicomio antes que promover guerras mostrando actitudes inmisericordes con los agredidos: incluidos niños, mujeres y ancianos, los más débiles.

*Artículo publicado en Ideal, 05/03/2026.

**Salvador Dalí, El enigma de Hitler, 1939.

sábado, 4 de abril de 2026

TODO LO QUE NO CONTABAS

 


En los años ochenta del siglo XX, cuando el despertar de la democracia en España venía acompañada de grandes deseos de libertad, hubo maneras de confundirla que terminaron sumiendo a una parte importante de la juventud española en el pozo de la droga. De ella pocos escaparían: unos muriendo en el camino, otros arrastrando una existencia lastrada por el consumo. Muchas madres hubieron de afrontar el reto de salvar a sus hijos para el que no tenían ni los conocimientos ni las herramientas, tan solo quedaron sumidas en la desesperación de verlos cómo se consumían.

Todo lo que no contabas representa la lucha coral de una familia en la búsqueda incesante por hacer frente a este enemigo tan invisible como poderoso que les había arrebatado a un ser querido. Una historia llena de esperanza, al tiempo que sumida en la frustración de anhelos inalcanzados, en una constante lucha que no cesaba.

Antonio Lara Ramos nos introduce a través de una polifonía de voces narradoras que miran en una sola dirección: esa lucha sin descanso por arrebatarle a uno de los suyos a ese poderoso enemigo al que era difícil descifrar. El tema central es el coste humano y afectivo visto no tanto desde la figura del yonqui estigmatizado, sino desde las grietas emocionales que abre en sus seres queridos que afrontan la persistente búsqueda de la responsabilidad, la culpa y la libertad de elección.

Todo lo que no contabas es una obra de tono testimonial con gran carga emocional que reconstruye la trayectoria vital de Abel, atrapado por la droga en un barrio obrero y el impacto devastador que la adicción provoca en su familia a lo largo de décadas. El libro encuentra su mayor fuerza en la combinación de crónica social y retrato íntimo de un entorno que no se resigna, logrando por momentos una intensidad conmovedora y un retrato generacional muy reconocible, con escenas de enorme viveza y concreción, que funcionan autónomamente y sostienen el interés lector.

El libro aborda otros temas estrechamente ligados: la fragilidad de los modelos de éxito social, la dignidad y límites del cuidado familiar, la soledad, la construcción de una identidad en barrios periféricos y el choque entre una vida “normativa” y otra vida “en los márgenes”.

https://esdrujula.es/libro/todo-lo-que-no-contabas/

lunes, 23 de marzo de 2026

LA INFANCIA COMO MERCANCÍA DE GUERRA*


Seguramente a los gobernantes de los países que promueven las guerras las vidas de la población les importan un bledo, pero a los ciudadanos de esos países no debería ocurrirles lo mismo. Es fácil manipular las razones por las que se invade un país o se lanzan cientos de bombas —armas de destrucción masiva, búsqueda de seguridad, acusaciones falaces de terrorismo o posesión de uranio enriquecido—, se juega con la bondad o la ignorancia de la gente. Lo que nunca se les dirá es que lo hacen por intereses geoestratégicos, económicos o intereses particulares de esos gobernantes.

Unicef señala que los niños y niñas son las primeras víctimas de la guerra y que 460 millones viven en países afectados por conflictos violentos con consecuencias desgarradoras: desplazamientos forzosos, estados de orfandad, abusos de todo orden, explotación sexual o trata.

En la Segunda Guerra Mundial los nazis, que ya tenían sus juventudes hitlerianas bien adoctrinadas y adiestradas para reprimir o delatar a enemigos, finalizando la contienda reclutaron ante la escasez de tropas a menores de 16 años como mensajeros, vigilantes o combatientes armados con rifles o lanzacohetes. Los efectos para la infancia fueron devastadores daños colaterales, se llamarían groseramente ahora llevando a niños a responsabilidades prematuras “como ayudar u ocupar las obligaciones de sus padres, dejar la escuela, trabajar...mendigar y traficar en el mercado negro” o acompañar a sus madres en colas del hambre, o sufrir el racionamiento posterior, como se describe en Infancias en guerra Memoria y género en los conflictos bélicos del siglo XX.

Nos solivianta ver a niños empuñando un fusil, niños soldado, en una África dominada por grupos armados o aquellos que luchaban en la eufemística revolución de la FARC en Colombia. Pero no nos ocurre igual si vemos en EE UU a un padre entrenando a su hijo en el uso de armas, activando un espíritu guerrero que raya en el uso de la violencia.

En El pan de la guerra (2002) de Deborah Ellis se relata la historia de Parvana, una niña afgana que se hace pasar por varón para aportar recursos a su familia. O ese viaje que emprende Enaiat para sobrevivir en En el mar hay cocodrilos (2018) de Fabio Geda, cuando su madre le insta a abandonar su pueblo al llegar los talibanes, en un viaje de cinco años cruzando Europa. Y no necesitamos citar solo a los malvados talibanes o a Boko Haram para glosar que la infancia es una mercancía de guerra, tenemos sobrados ejemplos en nuestro mundo occidental de ‘líderes’ que pasarán a la cochambre de la Historia engrosando la numerosa lista de gobernantes depravados y crueles.

La utilización indigna de la infancia como mercancía, al igual que la violación de las mujeres, es utilizada como arma de guerra. El abuso de la infancia es parte de las estrategias militares utilizadas sin remordimiento en este siglo XXI en que la barbarie ha apartado el espíritu pacifista y multilateral en el que millones de personas creíamos y seguimos creyendo.

Cifras escalofriantes hablan hoy de prácticas infames en las guerras auspiciadas por el mundo occidental. En la invasión de Ucrania se estima que Rusia se apoderó de decenas de miles de niños ucranios en un proceso de ´desucranización’. Una investigación de la Yale School of Public Health Universidad de Yale cifraba en 210 instalaciones la red dedicada a ello (El País, 16/9/2025), donde habrían recalado unos 35.000 niños forzosamente, reeducándolos en el patriotismo ruso, recibiendo instrucción militar o montando drones para luego masacrar a la población ucraniana.

En Gaza el daño a la población infantil es difícil calibrarlo en vidas y generaciones perdidas tras el genocidio perpetrado por Israel: pérdida de vidas, mutilaciones físicas, hambre, déficit alimentario para su desarrollo, falta de educación, dramas emocionales, trastornos psíquicos; todo ello minando a indefensos inocentes y cometido sin compasión ni escrúpulos. Acabar con niños y jóvenes, como a rebaño, era parte de una amplia estrategia ignominiosa de exterminio.

Una escuela en Minab fue destruida en los primeros bombardeos perpetrados por EE UU sobre Irán: 175 personas, mayoría niñas, asesinadas. Trump, un mentiroso convulsivo, culpó al régimen iraní del ataque, como Netanyahu hablaba de terroristas para justificar matanzas de gazatíes. No obstante, la prensa libre estadounidense —CNN o The New York Timesculpa a su Ejército. Estas niñas no tendrán la oportunidad de leer un libro ni siquiera a escondidas, como la niña afgana que comentara Malala reconociendo su lectura como un acto de resistencia.

Hace unos días Jaled Bani Odeh, 11 años, y Mustafa, ocho, sintieron la muerte a tiros a sus padres y dos hermanos —5 y 6 años— a manos de soldados israelíes que abrieron fuego contra el vehículo en el que viajaban. Habían salido de compras antes de terminar el ayuno de Ramadán. La familia palestina regresaba a Tammun, territorio invadido por Israel en Cisjordania. La versión israelí: el vehículo aceleró amenzazando a los soldados.

La Historia nos enseña que la infancia nunca fue protegida. Ahora tampoco. La infancia debería convertirse en sujeto histórico en las investigaciones. El abuso de menores es una práctica habitual como la violencia vicaria, la explotación sexual, la explotación laboral, negación de la educación, dejarlos morir de hambre o corromperlos para satisfacción de instintos depravados de aquellos famosos visitantes de la isla del pederasta Jeffrey Epstein que ahora se erigen en justicieros del mundo.

Y todavía hay quien piensa que esta proliferación de guerras y masacres, fuera del derecho internacional, traerá un mundo mejor.

*Artículo publicado en Ideal22/03/2026.

** Ilustración del artículo en Ideal.

sábado, 7 de marzo de 2026

LAS REDES SOCIALES: LA NUEVA CALLE PARA LOS JÓVENES*

 


La calle siempre ha representado un espacio donde socializar, crear amistades, compartir. En ella conformábamos parte de nuestra personalidad, jugábamos al fútbol, compartíamos juegos, conversábamos sobre proyectos, películas o acerca de chicas que nos gustaban, mientras desgranábamos un paquete de pipas o nos relamíamos con un cucurucho de helado. Hasta que llegó una modernidad que expulsó a los jóvenes de ella, convirtiéndose en un espacio social peligroso, donde los padres no dejaban solos a sus hijos y los acompañaban al parque cercano o a unos columpios debidamente dotados de protecciones de seguridad.

La calle ha sido escenario de novelas, películas y documentales. En Los hijos de la calle (1996), película basada en la novela de Lorenzo Carcaterra, cuatro niños cometen un crimen imprudente, ingresando en una prisión de menores, donde serán sometidos a palizas y abusos sexuales por guardias. Son las calles del barrio neoyorquino Hell's Kitchen —Cocina del Infierno—, habitado por inmigrantes, familias desestructuradas y tráfico de drogas. La novela Niños de la calle (2024) —de la vietnamita Nguyen Phan Que Mai— recoge la historia de las hermanas Trang y Quynh que por necesidades económicas deciden trasladarse al Saigón en guerra para trabajar como camareras en un bar de soldados estadounidenses. En esta novela aparecen crudas realidades de niños que han de afrontar retos que superan sus edades.

De la ficción a la realidad en documentales que reflejan abominables situaciones: Niños de la calle en Ciudad de México de Eva Aridjis o La calle de los niños’ de Victoria Novelo. Testimonios sobrecogedores que nos ponen frente al espejo social de niños desamparados que hacen de la calle su espacio vital y que terminan siendo el ‘producto’ de una sociedad tan imperfecta como insolidaria. Niños abocados a experimentar vidas desarraigadas, tan diferentes a las de nuestros hijos, a los que proveemos de comodidades, a veces tantas que los convertimos en seres que no valoran otra cosa que no sea exigir y tener.

Hoy la calle la configuran autopistas invisibles donde circulan infinitas excentricidades, sucedáneos o patrañas. Nuestros niños y jóvenes, también desamparados en esta nueva calle, no tienen por qué venir de familias desestructuradas, sumidas en la pobreza o la esquizofrenia, vienen de familias acomodadas, con una orfandad sumida en la intemperie de un medio nocivo, de aparente inocencia y entretenimiento, pero tremendamente agresivo y configurado, mensaje a mensaje, para manipular personalidades y reproducir modelos sociales que se alejan de pautas que quisiéramos proyectar en nuestros hijos. Influjos externos que desconocemos o no les prestamos atención, por descuido o falta de tiempo, pero que los deseducan.

Las redes sociales son entornos donde los padres no conocen a los amigos de sus hijos, ni a los vecinos, ni a las malas compañías. Las redes sociales, esa nueva calle que desborda a padres y educadores, es una de las mayores preocupaciones focalizada en la dependencia de las pantallas.

La reciente propuesta del Gobierno de España de limitar la edad al acceso a redes sociales a menores de 16 años —como Australia o Francia— es un intento de solucionar una difícil situación social.

Las grandes plataformas, levantadas en armas, no quieren cortapisas a su negocio. El magnate y dueño de X, Elon Musk —del saludo fascista y motosierra reluciente— dijo de Pedro Sánchez, aludiendo a prácticas ‘cropófagas’: “Dirty Sánchez es un tirano y un traidor al pueblo español”, un “fascista totalitario”. No se aplicó el refrán: “Siempre habla quien más tiene que callar”. Al tiempo, Pável Dúrov —Telegram, red que permite vulnerar derechos de autor y admite mensajes de ideologías de odio, xenófobas, antidemocráticas…— mandaba un aviso masivo a sus usuarios, diciéndoles que convertiría “España en un Estado vigilado” con “normativas peligrosas que amenazan las libertades digitales”.

En España hay quien se pone del lado de estos plutócratas, esgrimiendo una vulneración de la ‘libertad de expresión’, mientras estos, como a imbéciles y borregos, nos llevan a su redil, interesados solo en su negocio, importándoles lo mismo que ellos permiten para sus redes: enshittification —enmierdamiento—. Término utilizado por Cory Doctorow, escritor canadiense —noviembre/2022, blog Pluralistic—, para referirse al deterioro de internet como sinónimo de vertedero de basura y mierda.

Al navegar por las redes —salvo contenidos aceptables que hay— es necesario taparse nariz y oídos, y poseer un intelecto fortalecido para no dejarse embaucar por la manipulación, la cochambre, la desinformación y el odio vertido.

La Comisión Europea, tras dos años de investigación, reclama a TikTok que cambie su diseño por generar adicción. Los vídeos cortos la fomentan por formato y algoritmos. La vicepresidenta Henna Virkkunen lo expresaba con nitidez: “TikTok tiene que cambiar el diseño de sus servicios para proteger a nuestros menores y su bienestar”. Hoy la infancia y los jóvenes son los grandes objetivos del mercado, de la publicidad y hasta de la política. Estamos ante un tema que nos está desbordando, nuestra obligación como sociedad es poner remedio a ello.

Nosotros fuimos niños a quienes cuidaron y alentaron para mirar la vida como un valor donde primaba el esfuerzo y la responsabilidad, debíamos discriminar que no todo valía, ni todo lo teníamos que obtener a cualquier precio. La calle donde jugábamos, socializábamos y aprendíamos, ahora ha pasado al entorno digital incontrolado sin reglas morales y éticas.

Los espacios virtuales se han convertido en ‘escuelas deseducadoras’, donde se citan, ‘socializan’ y aprenden nuestros jóvenes. Si esto no queremos verlo, no es por estar ciegos, será por los prejuicios, creencias o ignorancia que nos mueven.

*Artículo publicado en Ideal, 06/03/2026.

**Ilustración del artículo en Ideal.


domingo, 22 de febrero de 2026

EDUCACIÓN E INTELIGENCIA ARTIFICIAL*

 


La educación no es ajena a las innovaciones de una sociedad en continuo cambio. Quizás sea la actividad humana donde lleguen con más prontitud estos avances de la humanidad. El conocimiento es la base de los procesos educativos, prestos a incorporar los saberes que abren nuevos horizontes. La formación de las generaciones más jóvenes debe actualizarse al mismo ritmo que calan las novedades tecnológicas en ellos, como personas de su tiempo que no llevan tras de sí una mochila generacional con otras experiencias.

El fenómeno de la Inteligencia Artificial (IA) ha irrumpido en nuestras vidas. Lo que hace unas décadas podría parecernos ciencia ficción, ahora es una realidad de límites indescifrables. Con ella los cambios están siendo tan acelerados que la ciencia está modificando e incrementando sus posibilidades en los procesos de investigación. En 2024 la IA se llevó dos premios Nobel: uno de Física para quienes pusieron sus bases John Hopfield y Geoffrey Hinton—, el otro de Química para los que aplicaron la IA en los secretos de las proteínas David Baker, Demis Hassabis y John Jumper.

Las potencialidades de la IA nos las descubrirá el futuro, las que observamos en este momento nos llevan de sorpresa en sorpresa. Pero no debemos dejarnos embaucar por el entusiasmo ni la grandilocuencia, estos primeros pasos del camino están plagados de riesgos que no debemos obviar. El subdirector general de la UNESCO, Giannini, Stefania, afirmaba en La IA generativa y el futuro de la educación (2023) que “la tecnología nunca es ideológicamente neutra. Exhibe y privilegia determinadas visiones del mundo y refleja formas particulares de pensar y conocer. Los nuevos modelos y servicios de IA generativa no constituyen una excepción”. Esta afirmación, pensando en el mundo de la educación, nos obliga a movernos con tiento en un espacio donde “estemos seguros de qué herramientas estamos recomendando y utilizando con los jóvenes”.

La llegada de la IA a la educación, aunque sea tangencialmente, no ha estado exenta de riesgos. En la propuesta al alumnado de un trabajo de investigación, este puede caer fácilmente en la tentación de pedirle a ChatGPT que lo elabore con los parámetros proporcionados, incluso respondiendo al chatbot por otras aportaciones en las que el estudiante ni siquiera haya reparado. Elaboración y reflexiones personales brillan por su ausencia. En el ámbito universitario se utilizan herramientas antiplagio para detectarlo. Estos programas —Turnitin, Plagium o Dupli Checker— no son más que la contrarréplica a la IA frente a su propia esencia: la de ‘crear’ contenidos plagiando la información que circula por el universo digital.

Pero existen otros peligros que exceden de la actividad escolar, los que dañan la convivencia y las relaciones interpersonales, y denigran la imagen de otras personas. Desde la generalización del uso de aplicaciones de IA hemos conocido casos alarmantes de transgresión entre adolescentes: los deepfakes o contenidos audiovisuales falsos. Han sido casos de enorme repercusión mediática, casi siempre de carácter sexual. En octubre de 2023, en Almendralejo, aparecieron imágenes que desnudaban a chicas circulando por redes sociales, afectó a 26 chicos y 21 chicas, todos menores. Otros casos han saltado a los medios de comunicación: julio/2025, un menor ‘creaba’ desnudos de 16 compañeras, imágenes y vídeos, colgados en redes sociales y una web pornográfica; enero/2026, otro menor de La Rioja difundiendo imágenes de compañeras desnudas; y así otros casos más.

Es sabido que internet se ha llenado de basura. El universo digital, como cualquier otro espacio de la actividad humana, está plagado de intereses comerciales y propagandísticos, cuando no espurios, que nos obliga a ser cautelosos respecto a todo lo que en él circula. Necesitamos reforzar un pensamiento crítico y poner en entredicho la fiabilidad de las fuentes. La comercialización en los espacios es una evidencia, no hay más que iniciar la navegación por la web para observar que la publicidad nos abruma y que muchas informaciones se prodigan en mentiras, bulos y tergiversaciones de la realidad.

El filósofo Gaspard Koenig —“La lectura, un antídoto contra la IA” (EL PAÍS, 23/01/2026)— nos recomienda leer el informe de la consultora Eurasia Group sobre los mayores riesgos para 2026, entre ellos el número 8: “La IA se come a sus usuarios”. Koening expresa que “no estamos hablando de una superinteligencia fuera de control, ni… destrucción masiva de puestos de trabajo”. El peligro del despliegue comercial a gran escala es más ‘insidioso’ y, sin discutir los beneficios de la IA para las ciencias y la tecnología, apunta a un gran riesgo: la mierdificación, entendida como el deterioro de la experiencia del usuario en las plataformas de internet. Y señala que “contamos con un antídoto personal de lo más eficaz y al alcance de todos: la lectura” de libros, no “lectura de frases inconexas en una pantalla”. “Nuestro cerebro… no puede delegar en la máquina la búsqueda de información..., necesita asimilar contenidos escritos para que seamos capaces de razonar y pensar por nuestra cuenta”. “La IA forma unos ciudadanos políticamente dóciles, fáciles de manipular y encerrados en sí mismos”.

¿Qué impacto tiene la IA en la educación? Todavía, quizás, sea muy pronto para contestar a esta pregunta. Antes hemos señalado el mal uso de la IA entre adolescentes. Hay profesorado que está iniciando sus primeras experiencias con la IA como recurso didáctico en las actividades del aula y para sus propias planificaciones de materiales.

Entre los materiales del Observatorio de la Infancia y Adolescencia de Andalucía se incluye el estudio: El impacto de la IA en la educación en España. Familias y escuelas ante la Inteligencia Artificial (2023) de la plataforma Empantallados Fundación Fomento de Centros de Enseñanza, que ofrece estas cifras: 82% de alumnado utiliza alguna herramienta de IA, 73% del profesorado y 69% de padres y madres. Datos que, según este estudio, “revelan que la IA ha generado interés en la sociedad de forma rápida”. De igual modo, concluye en la necesidad de establecer un marco legal sobre privacidad y uso de datos, demandado por familias (83%) y profesorado (90%).

Los talentos que están detrás de la IA suelen ser jóvenes, como ocurre con François Chollet ingeniero de software, investigador de IA, exingeniero de Google, quien ante las expectativas y desbordamiento intelectual que nos produce la IA, muestra cierta cautela y, antes de equipararla a la inteligencia humana, prefiere llamarla “automatización cognitiva”, y concibe la humana como capacidad para afrontar un reto desconocido y transformarlo en algo sobre lo que podamos actuar mediante procesos cognitivos superiores.

Si confiamos en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, cabe pensar que la IA lo tiene complicado para estar a la altura de la red de inteligencias autónomas interrelacionadas que configura la inteligencia humana. No poseemos una sola inteligencia con diferentes capacidades, sino algo más complejo: estructuras imbricadas que se despliegan con tanta flexibilidad como requieren las necesidades del reto que afrontan.

En educación todavía nos queda mucho para definir cómo podemos aprovechar la IA en los procesos de aprendizaje del alumnado, pues requieren la maduración y formación de estructuras mentales en niños y jóvenes. Sus capacidades cognitivas no pueden entrar en retroceso frente a la comodidad que supone obtener información, sin filtros ni posicionamiento crítico, por parte de quienes debe ser los auténticos protagonistas de la configuración de una propuesta teórica o investigadora reflejada en un texto de elaboración propia.

* Artículo publicado en Ideal, suplemento comercial, 20/02/2026

**Ilustración tomada de Appcinking