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viernes, 9 de octubre de 2026

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NOS AYUDA, ¿HASTA DÓNDE?*

 

Algunos gigantes tecnológicos liderados por Anthropic consideran que el ritmo de desarrollo de la Inteligencia Artificial debe ralentizarse ante los hipotéticos riesgos de un desarrollo desbocado. A ello se han sumado OpenAI y SpaceXAI, el proyecto de Elon Musk, ¡quién lo diría! Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, ha vaticinado el peligro de “perder el control de los sistemas”, consecuencia de un uso “indebido de la IA para ciberataques y bioterrorismo”, causando “graves trastornos económicos”. Otros, como Nvidia, están en desacuerdo y no consideran que haya que frenar el ritmo.

Que sean estos líderes tecnológicos los que hablan de ralentizar el desarrollo de la IA y poner controles es un síntoma de lo que ellos vislumbran como incontrolable, que contrasta con los dirigentes políticos de EE UU o China que no están por la labor. Es evidente que en ello los intereses existentes son a la vez inescrutables y sospechosos.

No hace tanto suscitamos un breve debate sobre ponerle freno a la Inteligencia Artificial en una conversación apresurada e informal que mantuve con Francisco Herrera entre recitales poético-musicales, al hilo de su artículo publicado en IDEAL —30/08/2026—: “La IA nos ayuda. ¿A qué nos habitúa?”. Ambos compartimos la pasión por la educación y el aprendizaje de las generaciones jóvenes: él en el ámbito universitario, yo en el resto de la etapas del sistema educativo. Mezclamos tantas cosas que finalmente me lanzó un reto: “Escribe un artículo que hable del tema en educación”. Recojo el guante.

Unas fechas más tarde —IDEAL, 20/09/2026—, Herrera volvió sobre el tema: “La inteligencia artificial y el trabajo: el valor de seguir pensando”. En este escribía: “Hasta ahora, pensar y producir un buen trabajo estaban estrechamente unidos: para obtener un resultado valioso había que comprender el problema, adquirir experiencia, ensayar soluciones, equivocarse y aprender. La inteligencia artificial empieza a debilitar esa conexión. Podemos obtener resultados cada vez mejores sin haber realizado necesariamente el proceso cognitivo que antes los hacía posibles”.

Al mundo de la educación han llegado todos los adelantos tecnológicos generados en los últimos decenios: calculadoras, informática, internet, herramientas digitales de gamificación, evaluación, gestión o creación de contenidos, y siempre se ha suscitado el mismo revuelo entre quienes sostienen la conveniencia de una irrupción global en estructuras organizativas y procesos de enseñanza-aprendizaje —lo que se entiende como deslumbramiento pedagógico a primera vista—, y quienes mantienen un cauto reparo para asimilarlos de modo integrador, sin que se alteren los ritmos educativos ya consolidados.

En educación estos temas no se pueden tomar a la ligera, sin menoscabo de que obviamente sean contemplados, y así ocurre con cambios tecnológicos y sociales introduciéndolos en el currículo cambiante. Distinto es el tratamiento educativo que de ellos habremos de hacer en procesos donde el horizonte formativo de las generaciones jóvenes se la juega. La reflexión debe imperar siempre como anticipo a cualquier aplicación de lo novedoso.

Las teorías cognitivas han tratado de dar una explicación a los procesos de aprendizaje de niños y jóvenes. Jean Piaget hablaba de etapas del desarrollo intelectual y sus características definitorias; Jerome Bruner postulaba por el aprendizaje por descubrimiento y David Ausubel por el aprendizaje significativo. Vygotsky, en su caso, decía, desde la perspectiva cognitiva, que los procesos mentales superiores, desarrollados desde los básicos —atención, percepción, memoria...—, se desarrollaban fundamentalmente por dos premisas: interacción social y desarrollo cerebral. En la necesidad de trabajar estos procesos mentales superiores cabe la activación de funciones cerebrales que ayuden a procesar la información: lenguaje, percepción, memoria, resolución de problemas o razonamiento.

Conocer la IA es importante en educación, los jóvenes deben aproximarse a ella como un activo que llega a sus vidas irremediablemente, pero pretender sustituir los procesos cognitivos que han de activarse en esas edades formativas por la IA es un dislate.

El desarrollo evolutivo y cognitivo de niños y jóvenes tiene que realizarse activando todas las facultades mentales que serán parte de la maduración de sus neuronas y la interconexión de las mismas. Recurrir a la IA para obtener un producto elaborado, con más o menos acierto, es coadyuvar a que la comodidad se instale en sus procedimientos y hábitos intelectuales, y que los mecanismos cognitivos no encuentren el campo abonado donde desarrollarse. El estudio es una actividad intelectual, a la que se le puede prestar ayuda mediante la resolución de ciertos problemas complejos, pero no podemos dejar que las estructuras cerebrales dejen de verse favorecidas por un entrenamiento adecuado, sobre todo a unas edades en que el mecanismo cognitivo está en fase de maduración.

En educación debemos convivir con la IA, pero no quedar sometidos a ella. El alumnado para sus tareas no necesita un producto final proporcionado, necesita ser el sujeto protagonista del proceso que le lleve a esa meta final mediante la ejecución de facultades cognitivas consecuencia de una actividad intelectual propia que las desarrolle. Comparto con Paco Herrera sus palabras sobre el peligro de habituarse a delegar en la búsqueda de información y conocimiento, y acomodarse a la “dependencia pasiva en la colaboración entre humanos y sistemas de IA”.

El currículo escolar está plagado de propuestas avivadoras de funciones cognitivas como medio para activar procesos de reflexión, razonamiento, discernimiento y discriminación: buscar, seleccionar, tratar y organizar información; conocer y valorar; describir y apreciar; tomar conciencia; comprender e interpretar; indagar, argumentar y elaborar; identificar y analizar críticamente...

¿Realmente esos magnates tecnológicos piensan en todo esto por lo que postulan los docentes a diario cuando trabajan en la formación de las jóvenes generaciones?

*Artículo publicado en Ideal, 08/10/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 20 de julio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (y III)*

 


La atmósfera putrefacta que nos obligan a respirar a diario los generadores de lodazales es la muestra por la que sostenemos la tesis de que la sociedad es una escuela para el fomento del ‘acoso escolar’. Este es el gran lío donde está metida la escuela y sin disponer de otras armas que no sean educar en valores, convivencia, respeto mutuo y relacionarse amablemente, algo tan poco atractivo para jóvenes con mochilas sociales tan diversas, teniendo a su alcance una seductora sociedad individualista y hedonista. La escuela, con sus valores, ¡qué fácil le resulta estrellarse contra un dique infranqueable!

No solo se trata de echar miradas a redes sociales, ese basurero plagado de sutilizas o zafiedades, de violencias a imitar, como esos chicos que se acercan a un viandante con alguna excusa y cubren su cabeza con una sarta de guantadas, es también la desvergonzada política quien propaga desprecio al otro, al diferente, al de piel oscura carente de dinero…

Demasiadas veces vemos noticias de jóvenes que atacan o prenden fuego a indigentes y sus pertenencias. El desprecio cebado en seres humanos indefensos. Hace unas fechas la Concejalía de Asuntos Sociales de Madrid ordenaba retirar las pertenencias, sin avisar, de las personas sin hogar: “Limpieza a fondo de la ciudad”. Adiós a medicamentos, fotografías, medallas de una madre… de desheredados que, a juicio del Ayuntamiento madrileño, no deberían ser importantes.

Un partido de fútbol de ascenso a Primera, Almería-Málaga, retrasó su comienzo, el autobús malagueño fue apedreado. Lunas agrietadas, épica de descerebrados. No es la primera vez que ocurren cosas así: furibundas agresiones que no enseña la escuela.

Duele decirlo: la aportación educadora de la sociedad es demasiado negativa. Destruye todo lo que la escuela construye —o intenta— en la loable misión socializadora, educadora y formativa, bajo principios de diálogo, respeto y tolerancia. Nunca he escuchado a un docente decirle a sus alumnos que solucionen los conflictos a base de mamporros; tampoco que desprecien a quien les cae mal y odien a los inmigrantes; sí he escuchado a madres y padres, en entrevistas, tildar a niños de 3 años de acosadores —totalmente oído así— o alentar a defenderse, pegando a quienes nos pegan.

Se habla del aumento de la conflictividad escolar: siete de cada diez docentes dicen haber sido víctimas de agresiones, físicas o verbales. Y es cierto. Pero criminalizar las conductas escolares de niños y jóvenes es una osadía irreflexiva, nuestra mirada como docentes debe dirigirse a un horizonte más amplio y certero: crítica a familias despreocupadas de los hijos o a modelos sociales generadores de violencia y odio.

Me abochornaron las imágenes del tal Vito Quiles, vinculado a multinacionales del bulo y odio, persiguiendo a Begoña Gómez dentro y fuera de un restaurante, como si de una cacería se tratara: hostigándola, sin respeto, mostrándose desafiante con cara de ‘angelito’. Y sus espurios gritos: “¡No me pegues!”, a las personas que sujetándolo pretendían impedir tal acoso. La denuncia judicial contra este alborotador fue archivada por un juez de Majadahonda: “No se han podido acreditar hechos que posean relevancia penal”. Habría que preguntar al juez: “Señoría, ¿cree usted que en la escuela podríamos enseñar a nuestros alumnos tales conductas, normalizarlas, y que pudieran reproducirlas cuando pretendan un deseo, incordiando a compañeros, o que una pandilla persiga a una chica o a un profesor que les cae mal?

El vídeo han podido visionarlo centenares de miles de jóvenes. En la escuela, de haberlo proyectado, se habría analizado desde un enfoque educativo y formativo, sacando enseñanzas; en los platós de televisión hubo quien defendió a este agitador de medio pelo, esto también ‘educa’ a los jóvenes. Ningún profesor ensalzaría en su clase esta detestable conducta, pero hubo políticos que justificaron y aplaudieron el ‘trabajo del medioperiodista’, incluso calificándolo de víctima.

Señoría, desde todas las esferas de la sociedad educamos, sean de poder político, judicial o civil. El ejemplo ético frente a comportamientos deleznables es un valor a considerar. No solo es la escuela quien debe hacerlo. La educación de las generaciones jóvenes es una cuestión muy seria y debe de estar presente en nuestra conciencia ciudadana cada vez que nos mostramos públicamente.

La atmósfera putrefacta que hemos creado también es respirada por niños y jóvenes, trasladada a la escuela, como trasunto de la sociedad donde se inserta. Que se hable de ‘violencia escolar’ es una desfachatez. Cuando surge un episodio dramático de acoso en el ámbito escolar los focos mediáticos se posan sobre él.

Escribíamos sobre esto en La sociedad que (des)educa: “El sensacionalismo se apropia de la noticia incitando una mezquindad que no repara en daños a personas o instituciones. Lo anecdótico alimenta demasiados titulares, cuando los casos que se producen tienen a veces un carácter de excepcionalidad o están sujetos a numerosas variables… Cuando ha pasado lo noticiable y han explotado el tema informativamente, se olvidan de él ”.

El llamado ‘acoso escolar’ no se arregla metiendo policías en la escuela —propuesta de la Generalitat de Cataluña—, como si fueran campos de concentración, las conductas acosadoras se combaten cuando una sociedad no las permite en ninguna esfera social. Que ocurra en la escuela es parte de todo lo que hacemos mal fuera de ella.

Preferiría quedarme con aquellos autodenominados ‘putrefactos’ —Lorca, Dalí y Buñuel— que mediante la ironía y la irreverencia, en aquel 1925 llamaron a las puertas de la creatividad cultural para una vida nueva. Ejemplo que quisiera nos ayudara a demoler el obsesivo encasillamiento tan repetido de ese viejo constructo llamado ‘acoso escolar’.

*Artículo publicado en Ideal, 19/07/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 


domingo, 5 de julio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (II)*

 


El mito roussoniano del ‘buen salvaje’ concibe al ser humano como bueno por naturaleza, mientras que es la sociedad donde se inserta la que modula su visión de las cosas y lo conduce tanto hacía lo bueno como malo. La literatura ha querido presentar su versión de modo descriptivo para valorar cómo evolucionamos cuando estamos fuera de la influencia de la civilización. La bondad y la inocencia que se le reconocen al ser humano podrían ‘salvarse’ de las malignidades que no dejan de reproducirse en la interacción de los seres humanos.

Las historias literarias más socorridas han tenido que ver con naufragios de individuos o grupo de niños en islas desiertas. El Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe cabría considerarla en esta línea, pero siendo un adulto es obvio que la influencia civilizante vivida anteriormente ya lo habría modelado incluso en cómo relacionarse con la naturaleza de la isla Más a tierra donde recaló. Pero las obras que más se aproximan al discurrir vivencial de una pequeña sociedad, aún no contaminada suficientemente, podrían ser Dos años de vacaciones (1888) de Julio Verne y El señor de las moscas (1954) de William Golding. Historias paralelas iniciadas con un naufragio o un accidente aéreo que dejan a su suerte a un numeroso grupo de niños en una isla desierta, donde habrán de organizarse para sobrevivir. No tardarán en aparecer las diferencias individuales que muestran divergencias en la relación de poder para gobernar el grupo. Un microcosmos que va configurándose paulatinamente como la representación del macrocosmos de donde proceden.

Memorable es la película El pequeño salvaje (1970) de François Truffaut, adolescente al que llamarán Víctor de Aveyron, basada en la obra científica de Jean Itard, tutor del pequeño: Sobre la educación de un hombre salvaje (1801), encontrado en 1790 en un bosque cercano a Toulouse. La virginidad social de quien no ha tenido contacto con cultura alguna y ha de ser reeducado con todas las contradicciones que ello conlleva.

Los niños y jóvenes con los que nos topamos a diario en la escuela acaso sean náufragos en otro sentido metafórico: individuos de una sociedad individualista, aislados en una soledad impuesta, manipulados desde muy pequeños o sobrecargados de obligaciones que sobrepasan sus posibilidades físicas y mentales —horas de colegio, tareas extraescolares, captados por otros entes ‘educadores’ (redes sociales)...—. Lo decíamos en La sociedad que (des)educa y el artículo: “Jóvenes que no desean vivir el ‘paraíso’” (IDEAL, 05/03/2023), al hablar del incremento de casos de ideación suicida o autolesiones: “Acaso en nuestro ‘plácido’ mundo no le demos un arma..., pero sí los ‘armamos’ para que respondan de manera egoísta, machista y ofensiva, porque la letra de una canción o el videoclip de moda así les inducen. Imbuidos por la propaganda, conforman una ilusoria sensación de inmortalidad, con innumerables estímulos que los ‘obligan’ a sobrepasar límites, probar nuevas sensaciones, experimentar otros mundos, virtuales o no”. La publicidad los desafía: “Sé libre para hacerlo” o “Eres tú quien decide”, entretanto llegan altas dosis de frustración, desilusiones o futuros inciertos.

En ocasiones me pregunto qué pasaría si a nuestros niños y jóvenes los educáramos exclusivamente bajo el paraguas de los principios que informan el sistema educativo, sin influencias de la sociedad que finalmente moldean su personalidad y mente. Hacer este ejercicio de imaginación, ante la desolación social que vivimos, responde a la necesidad de crear otros mundos posibles, al idealismo que nos impulsa a reprochar todo lo que pervierte tanta inocencia. Sabemos que la sociedad condiciona los patrones de conducta de sus miembros, nadie está libre de configurar su personalidad al margen de los códigos sociales, normativos o consuetudinarios.

Si pensáramos en la posibilidad de que los niños pudieran quedar aislados en un mundo ajeno a la influencia adulta y su ‘viciada sociedad’, fuera de la contaminación externa y solo bajo la influencia de valores de respeto, convivencia y hermandad, viviríamos en una distopía quizás imposible. Un experimento que pudiera parecerse a la agogé de la vieja Esparta, cuando los niños hasta los 7 años estaban al cuidado de la madre, pero tras ella eran educados por el Estado para producir ciudadanos física y mentalmente invencibles. O acaso aquel experimento extremo de los años cincuenta, obra del psicoanalista René Spitz, que sostenía la tesis de que los bebés que crecen sin amor pueden llegar a morir antes o verse afectados por enfermedades físicas y/o mentales que los que están bajo el cuidado de sus madres. Una manera de mostrar la importancia del afecto en la salud de los individuos. El experimento consistió en estudiar dos grupos de niños: unos criados en cunas de hospital aisladas y otro atendido por sus madres en prisión.

La educación, ¿salvadora del mundo? Pudiera ser, porque frente a las distopías es crucial que aquella mantenga un diálogo constante con la realidad. Como decíamos: “Si cabe, tiene que desmantelar la realidad que la circunda, no puede tragarse cualquier idea o proclama que le llegue, ni siquiera cualquier elucubración teórica por muy bien que suene su música. El alumnado debe formarse en una educación así: analítica con la realidad que tiene a su lado, poniendo la razón en su intelecto para que lo dote del poder de discernimiento”.

La realidad es casi siempre la dimensión de la ‘no realidad’, presentada y enmascarada mediante la imagen o relato que a otros interesa. Si la educación consigue que la capacidad de diferenciar penetre en la conciencia humana habremos conseguido el ‘éxito’ de una educación como ejercicio de libertad.

*Artículo publicado en Ideal, 04/07/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 22 de junio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (I)*

 


Terminada la fiesta electoral verborreica —no me confundan con ese que dice ‘se acabó la fiesta’, que solo busca que empiece la suya—, prometidos no sé cuántos mundos ideales, me voy a detener en una promesa que me llamó la atención por lo inusual. Como no he hecho otra cosa en mi vida que no sea estar vinculado a la educación y a la escuela para ‘ganarme el pan con el sudor de mi frente’, además de escribir —aunque de esto no pueda comer, pero sí satisfacer mi otra necesidad: sacar fuera todo lo que me bulle por dentro y así mejorar mi salud mental—, leí en este periódico (IDEAL, 02/05/26) un titular: “Moreno sitúa como una prioridad la lucha contra el acoso escolar”. Lo prometió Juanma Moreno con motivo del Día Internacional de esta lacra social: “Es una de las plagas que triste y desgraciadamente tenemos en occidente, y de manera especial también en Andalucía y en España”.

El entonces candidato —muy pronto presidente de la Junta de Andalucía, cuando salga del ‘lío’ o se meta en él— mostró sus mejores intenciones llamando a concienciarnos del daño que el bullying provoca a los menores. Pronosticó recurrir a personalidades y “caras populares” de distintos ámbitos para lanzar mensajes de alerta referidos al dolor que causa el acoso, capaz incluso de “matar”. Contará con padres, profesores y otros actores de la comunidad educativa —y añadía— “para evitar el sufrimiento de muchos niños”, del que ni siquiera son conscientes los acosadores. Se me antojó entonces que el presidente se metería en un lío más gordo que tener el aliento en la nuca de Vox y su iluminada ‘prioridad nacional’.

La narrativa del acoso escolar que percibimos en medios de comunicación, ‘opinadores’ e, incluso, algunos docentes se presenta desde una sola derivada: “La escuela, factoría generadora de violencia”, olvidando los muchos factores exógenos existentes. Hablar de “violencia escolar” con tanta ligereza es para que se nos cayera la cara de vergüenza. La escuela es un reflejo de la sociedad donde se inserta y a esta la estamos alimentando con la peor calaña de nuestras miserias humanas. Vivimos en la sociedad de la “violencia estructural”, como definiera el sociólogo Johan Galtung a las desigualdades inmersas en las estructuras sociales, económicas y políticas configuradas en las sociedades modernas, en detrimento de la satisfacción de las necesidades básicas y la dignidad, incluidos valores éticos y morales.

Es obvio que la escuela debe mirar hacia la víctima. Nuestro ejercicio profesional no puede dejarla en una nebulosa de indeterminación, ni que la ‘violencia’ deje de abordarse en el entorno escolar. La protección de la víctima es primordial, pero la mirada rebelde debe proyectarse más allá. Si en otro tiempo muchas conductas vejatorias insertas en las relaciones entre iguales parecían ‘normales’, lejos de los significados que hoy sostenemos, habría que recordar, afortunadamente, que hemos cambiado de paradigma y definimos tales conductas turbadoras como agresiones.

Nuestra mirada tiene que ser más vasta y profunda al analizar el fenómeno del acoso escolar. Con solo mirar fuera de la escuela contemplamos un panorama desolador: películas juveniles donde se retratan estereotipos que normalizan conductas vejatorias, asentándose en las neuronas de niños y jóvenes como modelos conductuales aceptados; imágenes, vídeos o lenguajes en redes sociales, donde la respuesta a un ataque es redoblar el contraataque más despiadado o promover actitudes hostiles y de odio como elemento de defensa ante lo desconocido. Sin duda, la peor escuela para fomentar el acoso escolar. A lo que se suman comportamientos burdos de adultos, lenguaje gestual, comentarios soeces hacia el otro…; repertorio de ‘enseñanzas’ susceptible de imitación. Siendo finalmente reproducido en la escuela por el alumnado en sus relaciones interpersonales.

Violencia potenciada en una sociedad que olvida que existen valores de convivencia y respeto. Sea en la vida pública: políticos deslenguados, escraches a personas o familiares de quien está marcado por una diana —lo que hacía ETA en tiempos de terrorismo—; sean pseudoperiodistas que persiguen y acosan a personas públicas, esperando que suelten alguna palabra de rabia o un mal gesto para luego manipular y tacharlas con las más bajas descalificaciones.

No hay película o serie juvenil donde no aparezcan jóvenes en pandilla mostrando un repertorio de estereotipos negativos: líderes autocráticos y abusones seguidos por una cohorte de ‘pelotas’ que dan pábulo a supuestas ‘actuaciones ingeniosas’ del mandamás —chico o chica—, ejemplificando conductas agresivas, vejatorias, de sometimiento al diferente, al extranjero, al recién llegado al barrio o al instituto, o al que presenta conductas ‘raras’ entendidas como ‘anormales’. Otro sociólogo, Pierre Bourdieu, desarrolló el concepto de ‘violencia simbólica’ en un mundo que funciona mediante lenguajes y códigos determinados, que vemos reproducirse repetitivamente en espacios visuales donde acceden nuestros niños y jóvenes. Se trataría de prácticas y conceptos culturales simbólicos impuestos como jerarquización social mediante la publicidad, el lenguaje o la iconografía visual.

Hablamos con ligereza de ‘violencia escolar’, como si desde la escuela se fomentara, y nos olvidamos con hipocresía de la que se alienta en tantas esferas de una sociedad generadora de individualismo, odio y sumisión como medio y estrategia de dominio. Violencias y hostilidades circulando cerca de nosotros, leídas en un periódico, incubadas en vecinos, políticos, rivales culturales o familias que vuelcan en la escuela traumas, frustraciones o vidas desestabilizadas.

¿De qué sirve que la escuela eduque en valores, en resolución de conflictos mediante diálogo, si luego en entornos familiares, digitales, sociales o políticos cunde el mal ejemplo, la violencia y la grosería?

*Artículo publicado en Ideal, 21/06/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 23 de marzo de 2026

LA INFANCIA COMO MERCANCÍA DE GUERRA*


Seguramente a los gobernantes de los países que promueven las guerras las vidas de la población les importan un bledo, pero a los ciudadanos de esos países no debería ocurrirles lo mismo. Es fácil manipular las razones por las que se invade un país o se lanzan cientos de bombas —armas de destrucción masiva, búsqueda de seguridad, acusaciones falaces de terrorismo o posesión de uranio enriquecido—, se juega con la bondad o la ignorancia de la gente. Lo que nunca se les dirá es que lo hacen por intereses geoestratégicos, económicos o intereses particulares de esos gobernantes.

Unicef señala que los niños y niñas son las primeras víctimas de la guerra y que 460 millones viven en países afectados por conflictos violentos con consecuencias desgarradoras: desplazamientos forzosos, estados de orfandad, abusos de todo orden, explotación sexual o trata.

En la Segunda Guerra Mundial los nazis, que ya tenían sus juventudes hitlerianas bien adoctrinadas y adiestradas para reprimir o delatar a enemigos, finalizando la contienda reclutaron ante la escasez de tropas a menores de 16 años como mensajeros, vigilantes o combatientes armados con rifles o lanzacohetes. Los efectos para la infancia fueron devastadores —daños colaterales, se llamarían groseramente ahora— llevando a niños a responsabilidades prematuras “como ayudar u ocupar las obligaciones de sus padres, dejar la escuela, trabajar...mendigar y traficar en el mercado negro” o acompañar a sus madres en colas del hambre, o sufrir el racionamiento posterior, como se describe en Infancias en guerra Memoria y género en los conflictos bélicos del siglo XX.

Nos solivianta ver a niños empuñando un fusil, niños soldado, en una África dominada por grupos armados o aquellos que luchaban en la eufemística revolución de la FARC en Colombia. Pero no nos ocurre igual si vemos en EE UU a un padre entrenando a su hijo en el uso de armas, activando un espíritu guerrero que raya en el uso de la violencia.

En El pan de la guerra (2002) de Deborah Ellis se relata la historia de Parvana, una niña afgana que se hace pasar por varón para aportar recursos a su familia. O ese viaje que emprende Enaiat para sobrevivir en En el mar hay cocodrilos (2018) de Fabio Geda, cuando su madre le insta a abandonar su pueblo al llegar los talibanes, en un viaje de cinco años cruzando Europa. Y no necesitamos citar solo a los malvados talibanes o a Boko Haram para glosar que la infancia es una mercancía de guerra, tenemos sobrados ejemplos en nuestro mundo occidental de ‘líderes’ que pasarán a la cochambre de la Historia engrosando la numerosa lista de gobernantes depravados y crueles.

La utilización indigna de la infancia como mercancía, al igual que la violación de las mujeres, es utilizada como arma de guerra. El abuso de la infancia es parte de las estrategias militares utilizadas sin remordimiento en este siglo XXI en que la barbarie ha apartado el espíritu pacifista y multilateral en el que millones de personas creíamos y seguimos creyendo.

Cifras escalofriantes hablan hoy de prácticas infames en las guerras auspiciadas por el mundo occidental. En la invasión de Ucrania se estima que Rusia se apoderó de decenas de miles de niños ucranios en un proceso de ´desucranización’. Una investigación de la Yale School of Public Health —Universidad de Yale— cifraba en 210 instalaciones la red dedicada a ello (El País, 16/9/2025), donde habrían recalado unos 35.000 niños forzosamente, reeducándolos en el patriotismo ruso, recibiendo instrucción militar o montando drones para luego masacrar a la población ucraniana.

En Gaza el daño a la población infantil es difícil calibrarlo en vidas y generaciones perdidas tras el genocidio perpetrado por Israel: pérdida de vidas, mutilaciones físicas, hambre, déficit alimentario para su desarrollo, falta de educación, dramas emocionales, trastornos psíquicos; todo ello minando a indefensos inocentes y cometido sin compasión ni escrúpulos. Acabar con niños y jóvenes, como a rebaño, era parte de una amplia estrategia ignominiosa de exterminio.

Una escuela en Minab fue destruida en los primeros bombardeos perpetrados por EE UU sobre Irán: 175 personas, mayoría niñas, asesinadas. Trump, un mentiroso convulsivo, culpó al régimen iraní del ataque, como Netanyahu hablaba de terroristas para justificar matanzas de gazatíes. No obstante, la prensa libre estadounidense —CNN o The New York Times— culpa a su Ejército. Estas niñas no tendrán la oportunidad de leer un libro ni siquiera a escondidas, como la niña afgana que comentara Malala reconociendo su lectura como un acto de resistencia.

Hace unos días Jaled Bani Odeh, 11 años, y Mustafa, ocho, sintieron la muerte a tiros a sus padres y dos hermanos —5 y 6 años— a manos de soldados israelíes que abrieron fuego contra el vehículo en el que viajaban. Habían salido de compras antes de terminar el ayuno de Ramadán. La familia palestina regresaba a Tammun, territorio invadido por Israel en Cisjordania. La versión israelí: el vehículo aceleró amenzazando a los soldados.

La Historia nos enseña que la infancia nunca fue protegida. Ahora tampoco. La infancia debería convertirse en sujeto histórico en las investigaciones. El abuso de menores es una práctica habitual como la violencia vicaria, la explotación sexual, la explotación laboral, negación de la educación, dejarlos morir de hambre o corromperlos para satisfacción de instintos depravados de aquellos famosos —visitantes de la isla del pederasta Jeffrey Epstein— que ahora se erigen en justicieros del mundo.

Y todavía hay quien piensa que esta proliferación de guerras y masacres, fuera del derecho internacional, traerá un mundo mejor.

*Artículo publicado en Ideal, 22/03/2026.

** Ilustración del artículo en Ideal.

sábado, 7 de marzo de 2026

LAS REDES SOCIALES: LA NUEVA CALLE PARA LOS JÓVENES*

 


La calle siempre ha representado un espacio donde socializar, crear amistades, compartir. En ella conformábamos parte de nuestra personalidad, jugábamos al fútbol, compartíamos juegos, conversábamos sobre proyectos, películas o acerca de chicas que nos gustaban, mientras desgranábamos un paquete de pipas o nos relamíamos con un cucurucho de helado. Hasta que llegó una modernidad que expulsó a los jóvenes de ella, convirtiéndose en un espacio social peligroso, donde los padres no dejaban solos a sus hijos y los acompañaban al parque cercano o a unos columpios debidamente dotados de protecciones de seguridad.

La calle ha sido escenario de novelas, películas y documentales. En Los hijos de la calle (1996), película basada en la novela de Lorenzo Carcaterra, cuatro niños cometen un crimen imprudente, ingresando en una prisión de menores, donde serán sometidos a palizas y abusos sexuales por guardias. Son las calles del barrio neoyorquino Hell's Kitchen —Cocina del Infierno—, habitado por inmigrantes, familias desestructuradas y tráfico de drogas. La novela Niños de la calle (2024) —de la vietnamita Nguyen Phan Que Mai— recoge la historia de las hermanas Trang y Quynh que por necesidades económicas deciden trasladarse al Saigón en guerra para trabajar como camareras en un bar de soldados estadounidenses. En esta novela aparecen crudas realidades de niños que han de afrontar retos que superan sus edades.

De la ficción a la realidad en documentales que reflejan abominables situaciones: Niños de la calle en Ciudad de México de Eva Aridjis o La calle de los niños’ de Victoria Novelo. Testimonios sobrecogedores que nos ponen frente al espejo social de niños desamparados que hacen de la calle su espacio vital y que terminan siendo el ‘producto’ de una sociedad tan imperfecta como insolidaria. Niños abocados a experimentar vidas desarraigadas, tan diferentes a las de nuestros hijos, a los que proveemos de comodidades, a veces tantas que los convertimos en seres que no valoran otra cosa que no sea exigir y tener.

Hoy la calle la configuran autopistas invisibles donde circulan infinitas excentricidades, sucedáneos o patrañas. Nuestros niños y jóvenes, también desamparados en esta nueva calle, no tienen por qué venir de familias desestructuradas, sumidas en la pobreza o la esquizofrenia, vienen de familias acomodadas, con una orfandad sumida en la intemperie de un medio nocivo, de aparente inocencia y entretenimiento, pero tremendamente agresivo y configurado, mensaje a mensaje, para manipular personalidades y reproducir modelos sociales que se alejan de pautas que quisiéramos proyectar en nuestros hijos. Influjos externos que desconocemos o no les prestamos atención, por descuido o falta de tiempo, pero que los deseducan.

Las redes sociales son entornos donde los padres no conocen a los amigos de sus hijos, ni a los vecinos, ni a las malas compañías. Las redes sociales, esa nueva calle que desborda a padres y educadores, es una de las mayores preocupaciones focalizada en la dependencia de las pantallas.

La reciente propuesta del Gobierno de España de limitar la edad al acceso a redes sociales a menores de 16 años —como Australia o Francia— es un intento de solucionar una difícil situación social.

Las grandes plataformas, levantadas en armas, no quieren cortapisas a su negocio. El magnate y dueño de X, Elon Musk —del saludo fascista y motosierra reluciente— dijo de Pedro Sánchez, aludiendo a prácticas ‘cropófagas’: “Dirty Sánchez es un tirano y un traidor al pueblo español”, un “fascista totalitario”. No se aplicó el refrán: “Siempre habla quien más tiene que callar”. Al tiempo, Pável Dúrov —Telegram, red que permite vulnerar derechos de autor y admite mensajes de ideologías de odio, xenófobas, antidemocráticas…— mandaba un aviso masivo a sus usuarios, diciéndoles que convertiría “España en un Estado vigilado” con “normativas peligrosas que amenazan las libertades digitales”.

En España hay quien se pone del lado de estos plutócratas, esgrimiendo una vulneración de la ‘libertad de expresión’, mientras estos, como a imbéciles y borregos, nos llevan a su redil, interesados solo en su negocio, importándoles lo mismo que ellos permiten para sus redes: enshittification —enmierdamiento—. Término utilizado por Cory Doctorow, escritor canadiense —noviembre/2022, blog Pluralistic—, para referirse al deterioro de internet como sinónimo de vertedero de basura y mierda.

Al navegar por las redes —salvo contenidos aceptables que hay— es necesario taparse nariz y oídos, y poseer un intelecto fortalecido para no dejarse embaucar por la manipulación, la cochambre, la desinformación y el odio vertido.

La Comisión Europea, tras dos años de investigación, reclama a TikTok que cambie su diseño por generar adicción. Los vídeos cortos la fomentan por formato y algoritmos. La vicepresidenta Henna Virkkunen lo expresaba con nitidez: “TikTok tiene que cambiar el diseño de sus servicios para proteger a nuestros menores y su bienestar”. Hoy la infancia y los jóvenes son los grandes objetivos del mercado, de la publicidad y hasta de la política. Estamos ante un tema que nos está desbordando, nuestra obligación como sociedad es poner remedio a ello.

Nosotros fuimos niños a quienes cuidaron y alentaron para mirar la vida como un valor donde primaba el esfuerzo y la responsabilidad, debíamos discriminar que no todo valía, ni todo lo teníamos que obtener a cualquier precio. La calle donde jugábamos, socializábamos y aprendíamos, ahora ha pasado al entorno digital incontrolado sin reglas morales y éticas.

Los espacios virtuales se han convertido en ‘escuelas deseducadoras’, donde se citan, ‘socializan’ y aprenden nuestros jóvenes. Si esto no queremos verlo, no es por estar ciegos, será por los prejuicios, creencias o ignorancia que nos mueven.

*Artículo publicado en Ideal, 06/03/2026.

**Ilustración del artículo en Ideal.


domingo, 22 de febrero de 2026

EDUCACIÓN E INTELIGENCIA ARTIFICIAL*

 


La educación no es ajena a las innovaciones de una sociedad en continuo cambio. Quizás sea la actividad humana donde lleguen con más prontitud estos avances de la humanidad. El conocimiento es la base de los procesos educativos, prestos a incorporar los saberes que abren nuevos horizontes. La formación de las generaciones más jóvenes debe actualizarse al mismo ritmo que calan las novedades tecnológicas en ellos, como personas de su tiempo que no llevan tras de sí una mochila generacional con otras experiencias.

El fenómeno de la Inteligencia Artificial (IA) ha irrumpido en nuestras vidas. Lo que hace unas décadas podría parecernos ciencia ficción, ahora es una realidad de límites indescifrables. Con ella los cambios están siendo tan acelerados que la ciencia está modificando e incrementando sus posibilidades en los procesos de investigación. En 2024 la IA se llevó dos premios Nobel: uno de Física para quienes pusieron sus bases —John Hopfield y Geoffrey Hinton—, el otro de Química para los que aplicaron la IA en los secretos de las proteínas —David Baker, Demis Hassabis y John Jumper—.

Las potencialidades de la IA nos las descubrirá el futuro, las que observamos en este momento nos llevan de sorpresa en sorpresa. Pero no debemos dejarnos embaucar por el entusiasmo ni la grandilocuencia, estos primeros pasos del camino están plagados de riesgos que no debemos obviar. El subdirector general de la UNESCO, Giannini, Stefania, afirmaba en La IA generativa y el futuro de la educación (2023) que “la tecnología nunca es ideológicamente neutra. Exhibe y privilegia determinadas visiones del mundo y refleja formas particulares de pensar y conocer. Los nuevos modelos y servicios de IA generativa no constituyen una excepción”. Esta afirmación, pensando en el mundo de la educación, nos obliga a movernos con tiento en un espacio donde “estemos seguros de qué herramientas estamos recomendando y utilizando con los jóvenes”.

La llegada de la IA a la educación, aunque sea tangencialmente, no ha estado exenta de riesgos. En la propuesta al alumnado de un trabajo de investigación, este puede caer fácilmente en la tentación de pedirle a ChatGPT que lo elabore con los parámetros proporcionados, incluso respondiendo al chatbot por otras aportaciones en las que el estudiante ni siquiera haya reparado. Elaboración y reflexiones personales brillan por su ausencia. En el ámbito universitario se utilizan herramientas antiplagio para detectarlo. Estos programas —Turnitin, Plagium o Dupli Checker— no son más que la contrarréplica a la IA frente a su propia esencia: la de ‘crear’ contenidos plagiando la información que circula por el universo digital.

Pero existen otros peligros que exceden de la actividad escolar, los que dañan la convivencia y las relaciones interpersonales, y denigran la imagen de otras personas. Desde la generalización del uso de aplicaciones de IA hemos conocido casos alarmantes de transgresión entre adolescentes: los deepfakes o contenidos audiovisuales falsos. Han sido casos de enorme repercusión mediática, casi siempre de carácter sexual. En octubre de 2023, en Almendralejo, aparecieron imágenes que desnudaban a chicas circulando por redes sociales, afectó a 26 chicos y 21 chicas, todos menores. Otros casos han saltado a los medios de comunicación: julio/2025, un menor ‘creaba’ desnudos de 16 compañeras, imágenes y vídeos, colgados en redes sociales y una web pornográfica; enero/2026, otro menor de La Rioja difundiendo imágenes de compañeras desnudas; y así otros casos más.

Es sabido que internet se ha llenado de basura. El universo digital, como cualquier otro espacio de la actividad humana, está plagado de intereses comerciales y propagandísticos, cuando no espurios, que nos obliga a ser cautelosos respecto a todo lo que en él circula. Necesitamos reforzar un pensamiento crítico y poner en entredicho la fiabilidad de las fuentes. La comercialización en los espacios es una evidencia, no hay más que iniciar la navegación por la web para observar que la publicidad nos abruma y que muchas informaciones se prodigan en mentiras, bulos y tergiversaciones de la realidad.

El filósofo Gaspard Koenig —“La lectura, un antídoto contra la IA” (EL PAÍS, 23/01/2026)— nos recomienda leer el informe de la consultora Eurasia Group sobre los mayores riesgos para 2026, entre ellos el número 8: “La IA se come a sus usuarios”. Koening expresa que “no estamos hablando de una superinteligencia fuera de control, ni… destrucción masiva de puestos de trabajo”. El peligro del despliegue comercial a gran escala es más ‘insidioso’ y, sin discutir los beneficios de la IA para las ciencias y la tecnología, apunta a un gran riesgo: la mierdificación, entendida como el deterioro de la experiencia del usuario en las plataformas de internet. Y señala que “contamos con un antídoto personal de lo más eficaz y al alcance de todos: la lectura” de libros, no “lectura de frases inconexas en una pantalla”. “Nuestro cerebro… no puede delegar en la máquina la búsqueda de información..., necesita asimilar contenidos escritos para que seamos capaces de razonar y pensar por nuestra cuenta”. “La IA forma unos ciudadanos políticamente dóciles, fáciles de manipular y encerrados en sí mismos”.

¿Qué impacto tiene la IA en la educación? Todavía, quizás, sea muy pronto para contestar a esta pregunta. Antes hemos señalado el mal uso de la IA entre adolescentes. Hay profesorado que está iniciando sus primeras experiencias con la IA como recurso didáctico en las actividades del aula y para sus propias planificaciones de materiales.

Entre los materiales del Observatorio de la Infancia y Adolescencia de Andalucía se incluye el estudio: El impacto de la IA en la educación en España. Familias y escuelas ante la Inteligencia Artificial (2023) de la plataforma Empantallados —Fundación Fomento de Centros de Enseñanza—, que ofrece estas cifras: 82% de alumnado utiliza alguna herramienta de IA, 73% del profesorado y 69% de padres y madres. Datos que, según este estudio, “revelan que la IA ha generado interés en la sociedad de forma rápida”. De igual modo, concluye en la necesidad de establecer un marco legal sobre privacidad y uso de datos, demandado por familias (83%) y profesorado (90%).

Los talentos que están detrás de la IA suelen ser jóvenes, como ocurre con François Chollet —ingeniero de software, investigador de IA, exingeniero de Google—, quien ante las expectativas y desbordamiento intelectual que nos produce la IA, muestra cierta cautela y, antes de equipararla a la inteligencia humana, prefiere llamarla “automatización cognitiva”, y concibe la humana como capacidad para afrontar un reto desconocido y transformarlo en algo sobre lo que podamos actuar mediante procesos cognitivos superiores.

Si confiamos en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, cabe pensar que la IA lo tiene complicado para estar a la altura de la red de inteligencias autónomas interrelacionadas que configura la inteligencia humana. No poseemos una sola inteligencia con diferentes capacidades, sino algo más complejo: estructuras imbricadas que se despliegan con tanta flexibilidad como requieren las necesidades del reto que afrontan.

En educación todavía nos queda mucho para definir cómo podemos aprovechar la IA en los procesos de aprendizaje del alumnado, pues requieren la maduración y formación de estructuras mentales en niños y jóvenes. Sus capacidades cognitivas no pueden entrar en retroceso frente a la comodidad que supone obtener información, sin filtros ni posicionamiento crítico, por parte de quienes debe ser los auténticos protagonistas de la configuración de una propuesta teórica o investigadora reflejada en un texto de elaboración propia.

* Artículo publicado en Ideal, suplemento comercial, 20/02/2026

**Ilustración tomada de Appcinking

jueves, 25 de septiembre de 2025

QUIÉN CONTROLA EL ÉXITO*

 


Alcanzar el éxito es una de la premisas que condiciona la vida de las personas en nuestro tiempo, erigido en una imposición dogmática ineludible. El concepto de éxito está íntimamente ligado a la fama, una obsesión que envuelve a millones de jóvenes de un modo tan fútil como pernicioso. Los medios utilizados para su consecución, alejados de la racionalidad, el saber o la valía, se canalizan a través de instrumentos o redes sociales con mensajes simplistas, efímeros y vulgares, acudiendo a bulos o tergiversaciones de una realidad desvirtuada o tendenciosa.

Vivimos en la sociedad del malestar, atenazada por incertidumbres y turbulencias, que no hacen más que avivar ese sentimiento de frustración que nos debilita y conduce a problemas emocionales. En educación la proliferación de estrategias de equilibrio emocional responde a la necesidad de llevar a nuestros alumnos a estados mentales que faciliten las condiciones óptimas para sus aprendizajes. El paradigma del éxito social, introducido también en la esfera educativa, llena discursos —leyes incluidas— que conciben este éxito escolar del alumnado en eslogan poco cuestionado por los receptores: alumnado, familias y docentes, en una proposición que simplifica la visión de la educación.

Guardar las apariencias como conquista de lo transitorio e insustancial se convierte en una condición social de muchos jóvenes, y no tan jóvenes. Esta transmutación banal de mostrarse suele ser un ‘valor’ unido al concepto de éxito, pero alejado del ‘modo de ser’ —imbricado en la libertad, independencia o capacidad crítica—, al que se refería Erich Fromm en su clásico ensayo ¿Tener o ser?, frente al ‘modo de estar o tener’, asociado a la propiedad y la codicia.

Ante la opción inabarcable del éxito, quizás deberíamos asumir una realidad distinta, apoyada en pensamientos de contrapeso que mitiguen tantas frustraciones y sentimientos de naufragio que conducen a dramas y problemas emocionales y de salud mental. En la Antigüedad nos dio la repuesta el pensamiento estoico con obras filosóficas, hoy de gran actualidad, como las Meditaciones de Marco Aurelio o el Manuel de vida de Epicteto. Su lectura está sirviendo de reflexión para afrontar tantos desasosiegos que nos acechan en este mundo saturado de memes, ‘me gusta’ o estrambóticas recetas que nos asedian proponiendo ser ‘felices’, con la fama y el dinero como horizonte, hasta hacernos esclavos de deseos o promesas inalcanzables. El estoicismo de Epicteto distinguía entre lo controlable —juicios, deseos e impulsos— y lo que está fuera de nuestro alcance: la riqueza o la fama. La clave de la felicidad y la libertad, vendidas como recetas propagandísticas, ausentes de responsabilidad personal, estimaba Epìcteto que residía en un aprendizaje personal asentado en la virtud y serenidad, dirigiendo pensamientos y actos más allá de lo próximo, sin caer en la confusión y la esclavitud de aspiraciones fuera de nuestro alcance.

Quienes pretenden controlarnos nos prometen la gloria, aun cuando nuestras posibilidades sean limitadas o nos aboquen al fracaso. Una constante, como señala Marina Garcés en El tiempo de la promesa: “Las promesas que no hacemos están en los objetos que consumimos, en la tecnología que utilizamos, en las marcas de ropa y los cosméticos con los que nos ocultamos…, en las terapias y los medicamentos, en los manuales que leemos para educar más bien a los hijos”. Vivimos entre promesas hechas por otros, no por nosotros, a través de una publicidad informada o desinformada, con el sentimiento de frustración garantizado. Nos trazan caminos hacia la notoriedad, el ‘exitismo’, como calificaba Eduardo Galeano a la obsesión de un mundo “preso de un sistema de valores que coloca el éxito por encima de todas las virtudes”. “Perder es el único pecado que en el mundo de hoy no tiene redención”, añadía. No triunfar en la vida es quedar abocado a la temida derrota. Pero, ¿qué es eso de tener éxito?

Nadie garantiza el éxito. Los libros de autoayuda o la cultura Mr.Wonderful —comercializadora de mensajes ‘positivos’, divertidos, guay, teñidos de optimismo de botica— sí que tienen ‘éxito’ comercial en la sociedad de la inconsistencia y el infantilismo. En tiempos de descreimiento, contradictoriamente somos seres fácilmente crédulos. Estas propuestas de triunfo nada tienen que ver con la consistencia de un pensamiento que aspire a concebirlo como algo noble. Ahí está la publicidad que vende ilusiones absurdas e inalcanzables predicciones de futuro, o bulos que nos tragamos sin el más mínimo ejercicio racional. Acaso sea nuestra respuesta imberbe y de supervivencia ante el mundo de confusión e incertidumbre que nos rodea.

Hay artistas que durante su vida no alcanzaron la notoriedad. Van Gogh solo vendió un cuadro, pero tras su muerte le llegaría el reconocimiento que ahora se le profesa. Igual le ocurrió a Franz Kafka, pensó que su obra no interesaría a nadie y, tras su muerte, su amigo Max Brod, desobedeciendo la voluntad del escritor, iría publicando su obra. No obstante, nada impidió que en vida ambos continuaran en su creación artística y literaria.

Controlar el éxito de los demás es otro modo de manipulación, de imposición de gustos, preferencias o dirigismo del dinero para el consumo. Cuando impulsamos a nuestros jóvenes a buscar el éxito no se hace valorando el esfuerzo, la formación ética o la noble predisposición para alcanzar una meta, un conocimiento, el uso adecuado de herramientas que les hagan mejores ciudadanos capacitados para desempeñar un proyecto, casi siempre se hace desde la óptica de convertirlos en cualificados peones del rendimiento productivo, a cuenta de prometerles un futuro de éxito y reconocimiento social.

*Artículo publicado en Ideal, 24/09/2025.

** Ilustración: El Tren: El éxito empresarial en movimiento, Irfan Ajvazi, 2023


martes, 8 de julio de 2025

EDUCAR PARA LA IGUALDAD EN LA ESCUELA*

 


Aquel 20 de mayo de 2014 Araceli Morales había terminado sus clases. Como siempre, despedía a sus alumnos con una sonrisa, el mejor recuerdo que podrían llevarse. A buen seguro, al día siguiente vendrían con más ilusión, pensaba. Era martes, la semana no había hecho más que empezar y se debatía con su ánimo, atravesado por la desazón y el miedo, ese que te impide denunciar. Sus alumnos, aliados del buen hacer de su ‘seño’, no advertían aquella angustia que la carcomía. A esta maestra, una vida entregada a la educación, estos pequeñajos le habían enseñado el valor de una sonrisa.

Llegó a casa en torno a las 14.30 horas. A medida que se aproximaba a aquel potro de tortura, en que se había convertido su hogar, languidecía el tesoro de sonrisas infantiles acumuladas y una invisible pesadilla ralentizaba sus pasos. Un siniestro presagio la atenazada. El silencio se había convertido en una mordaza que impedía compartir los malos augurios. Nada más entrar, la barbarie humana le cayó encima. La cobardía amasada por su marido en el mango de un martillo se precipitaba sobre ella, desatando la ira del miserable a base de martillazos. Araceli era víctima de una brutal agresión. Moría el 7 de junio en el Hospital de Traumatología de Granada. Araceli era maestra en el colegio Reina Fabiola de Motril.

Llevo muchos años teniendo la sensación de que es más difícil socializar en el seno de la sociedad que en la escuela. Fuera de esta, las modernas sociedades navegan por los designios que marca un orden productivo e impersonalizado, que facilita el encaje de roles bien establecidos en un magma de intereses espurios, proclives a consolidar relaciones de desigualdad y de poder. La escuela, por su lado, es una isla anclada en un mar proceloso con la misión de fomentar la igualdad, el sentimiento comunitario y la socialización, gestionando un discurso al margen de lo socialmente establecido, insuficiente e inoperante frente a perniciosas influencias que niños y jóvenes reciben de entornos familiares dañinos o ambientes sociales con comportamientos poco edificantes.

En la escuela de hoy es fácil observar entre el alumnado comportamientos y actitudes degradantes hacia los compañeros y compañeras, en ocasiones con tintes violentos, así como opiniones sexistas vertidas tanto por unos como por otras. La violencia de género es una lucha tan inconmensurable que le queda demasiado grande a la escuela, aunque no la rehuye. Pero solo con el trabajo de ella no es suficiente para educar a las jóvenes generaciones en igualdad. Sus esfuerzos por interiorizar y combatir la violencia de género, o apostar por una necesaria educación afectivo-sexual, es parte de la idiosincrasia que envuelve a la institución; fuera de ella, ambas propuestas educativas conectan menos con la realidad social que observamos: lenguaje despectivo y sexista, modelos publicitarios que banalizan a la mujer y la muestran como objeto sexual, hipersexualización de niñas y jóvenes, redes sociales inundadas de mensajes e imágenes de estereotipos que deseducan y orientan hacia determinados sesgos de trato desigual entres sexos, o ese escarnio de supuesta ‘educación afectivo-sexual’ a través de visualizaciones pornográficas a edades cada vez más tempranas.

Algo no debemos estar haciendo bien o, acaso, la candidez de pensar que la escuela lo puede resolver todo sin el respaldo de la sociedad, nos haga pecar de ingenuidad o de hipócrito expurgo para tranquilizar nuestras conciencias.

Los entornos familiares machistas persisten en el siglo XXI, no se acabarán con la extinción de quienes ostentan la mentalidad y prácticas machistas, son demasiadas semillas plantadas en niños, adolescentes y otros adultos. Una parte de la sociedad no combate el machismo, lo protege, incluso lo alienta. Jóvenes educados en la escuela salen con un repertorio de consignas, ideas y convencimientos para asumir actitudes de respeto e igualdad, pero cuando vuelven a sus entornos próximos o remotos −hogar familiar, barrio, grupos de iguales, redes sociales...− empiezan a olvidarse de ello porque la potente ‘cultura’ dominante de su hábitat les ‘obliga’, no quieren sentirse bichos raros. Demasiadas estímulos externos, fáciles de asimilar, contrarios al discurso escolar. Adiós a lo escuchado en la escuela, el machismo está fuertemente imbricado en el ADN de la sociedad.

Desde aquel trágico asesinato de Araceli Morales sus compañeros, alumnado y comunidad educativa del CEIP Reina Fabiola la recuerdan cada año rindiéndole un cariñoso homenaje. El colegio convoca anualmente el ‘Concurso provincial literario y de dibujo Araceli Morales’ con el lema: “Por la igualdad y contra la violencia de género”. Hoy, con el esfuerzo y empeño de sus compañeros, sigue vivo y con gran eco en los centros educativos de la provincia de Granada. El pasado 8 de marzo de 2024, Día Internacional de la Mujer, recibió el Premio Meridiana por promover los valores de la igualdad y la prevención de la violencia de género, otorgado por el Instituto Andaluz de la Mujer.

El fracaso educativo también está fuera de la escuela, en la sociedad en general y en las familias en particular. La igualdad no se consigue con cuatro eslóganes o discursos bien intencionados, hace falta mucho más y mayor implicación de tantos agentes sociales del conjunto de la sociedad. También de los que están detrás de la publicidad, de las redes sociales, ‘influencers’ o ‘tiktokers’... Que nadie escape a este compromiso.

“Aunque quedaba mucho camino por recorrer, todos juntos empezaron a luchar por la igualdad de género” (Julia Santiago, 2º Primaria, CEIP San Sebastián, Padul, ‘Una mujer diferente’, primer premio, Concurso Araceli Morales, 2025).

*Artículo publicado en Ideal, 07/07/2025

viernes, 13 de junio de 2025

TANTAS HISTORIAS PERDIDAS*

 


Cuando los “ladrillos del pasado”, como llamaba Benedetti a los recuerdos, se bañan en melancolía, lo normal es que los episodios del pasado revitalicen la añoranza de un tiempo perdido. El pasado, cada vez más lejano y desdibujado por la tiranía del olvido selectivo, trata de ordenar viejas amistades y vivencias probablemente siguiendo un orden aleatorio e incontrolable, sumidas en el limbo ajeno a la conciencia.

Así fue cómo se avivaron los recuerdos para ensamblar el retrato de una niñez que se despertó como una estampa machadiana de un patio de Granada o un huerto donde madura un limonero, o de jardines floridos, tréboles emergiendo entre el césped o agua brotando en fuentes en los jardines del Triunfo. Y luego una juventud ignota de décadas en tierra desconocida, y muchas historias personales y familiares perdidas en “algunos casos que recordar no quiero”.

Una fotografía en blanco y negro desencadenó esta marejada de sentimientos y melancolía de episodios olvidados. Cincuenta años ocultados bajo la penumbra brumosa del tiempo, eclipsando tantos resplandores compartidos en la infancia y adolescencia. El tiempo es capaz de mantener un cordón umbilical plagado de recordatorios que a poco que se agiten nos retrotraen al niño que fuimos, el que marca el adulto que somos, a “la verdadera patria del hombre, la infancia” que decía el poeta Rainer Maria Rilke.

La escolaridad marca una etapa fundamental en nuestras vidas. Concluye casi siempre inesperadamente, seguida del distanciamiento de quienes un día compartieron proyectos comunes, mientras se abren nuevos horizontes vitales. La distancia es el olvido, decía un bolero. Vidas que siguieron caminos diversos para acaso no cruzarse jamás, salvo si el azar del destino consigue unirlas, no se sabe con qué pretensión, pero sí haciendo de mediador. Como un apagón que extendiera la oscuridad, así quedaron decenas de vidas hace cincuenta años cuando aquellos adolescentes de COU del 74 abandonaron el colegio Salesianos del Triunfo. Como es posible que les ocurra a los escolares de ahora en este final de curso: cerrarán una etapa, se trasladarán de colegio o accederán a la Universidad.

Medio siglo que daría para muchas historias perdidas, tantas como la vida es capaz de componer. Una fotografía en blanco y negro de jóvenes con pelo largo, pantalones acampanados y camisas floreadas volvió a unirlos hace pocos días, con pelo ralo, canoso, achaques y cuerpo desgarbado, para alentar conjeturas y certezas sobre cómo habría sido la vida de cada uno. Algunos estudiaron medicina, otros han sido arquitectos, profesores, empresarios, militares… Pero una vida da para mucho más: quedaron por descubrir los amores vividos, el nacimiento de hijos, nietos, alegrías, penas, el dolor por la muerte de algunos, un sinfín de avatares vitales que nunca hubiéramos conocido.

El final de aquel verano del 74 separó vidas, y aquel septiembre no sería el del reencuentro. La vida continuó sin que supiéramos cómo aquellos compañeros, algunos amigos, acogieron los cambios que la historia de España deparó: la muerte del dictador, los primeros pasos en libertad, solo quedaba memoria de incipientes y adolescentes inquietudes políticas, y de la infancia, de profesores enigmáticos, de trabajos compartidos, de nuestra excepcionalidad para no examinarnos de Selectividad… y acaso los primeros amores adolescentes. Y de los versos de Machado: “Estos días azules / y este sol de la infancia / son el vago recuerdo de una vida temprana”.

España zozobraba, el dictador pretendía la continuidad de su régimen, pero Carrero Blanco saltaba por los aires y cincuenta años después nos enterábamos que algunos de nosotros vivieron la experiencia muy de cerca, mientras pasaban unos días en Madrid. Y así tantas historias que acaso nunca conoceremos. Paralizadas quedaron nuestras disputas entre ser de Beatles o Rolligs, mientras los ecos de Roberta Flack y su Killing me softly alentaban las ultimas emociones compartidas, como la música que marcaría después nuestras vidas o los libros leídos, o los viajes realizados.

No ha habido tiempo para más, quizás nunca lo tengamos, tampoco conoceremos cómo evolucionamos de aquella masculinidad impostora en la que se nos educó. Todos chicos, todos varones, todos machos. Solo tuvimos una raya en el agua cuando en aquel COU del 74 vinieron cinco chicas de la Sagrada Familia para estudiar Latín, más por necesidad que por aperturismo a la escuela mixta. Fuimos victimas de la separación por sexo de la escuela franquista, preservadora del miedo a mezclarnos, no se soliviantara una ‘indecencia’ que la naturaleza ya había despertado. Educados en la áspera masculinidad, la democracia luego nos civilizó.

No fuimos niños ni jóvenes machacados por las tecnologías que ahora urden el quebranto de mentes tiernas e influenciables de hijos y nietos. Nosotros escudriñábamos en revistas de incipiente pornografía para saber a las claras cómo era aquello del sexo, no como ahora, abierto en mil pantallas, soltando bofetadas de imágenes que distorsionan la percepción de la sexualidad.

Tantas historias perdidas, capaces de componer cincuenta años de la historia de España vividos en democracia. El agradable reencuentro añoró aquellos años. No se nos ocurrió preguntar ni por militancia política ni ideología, malos tiempos corren para ello. Interesaba recuperar recuerdos personales olvidados, volver a las ilusiones que nos unían, las que hacían de nosotros niños y adolescentes felices, aquel tesoro que añoramos de adultos. La infancia con la que Federico tanto se identificaba: “Estos mis años todavía me parecen niños. Las emociones de la infancia están en mí. Yo no he salido de ellas”.

A mis amigos y compañeros de aquel COU del 74 de Salesianos.

*Artículo publicado en Ideal, 12/06/2025.