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viernes, 9 de octubre de 2026

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NOS AYUDA, ¿HASTA DÓNDE?*

 

Algunos gigantes tecnológicos liderados por Anthropic consideran que el ritmo de desarrollo de la Inteligencia Artificial debe ralentizarse ante los hipotéticos riesgos de un desarrollo desbocado. A ello se han sumado OpenAI y SpaceXAI, el proyecto de Elon Musk, ¡quién lo diría! Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, ha vaticinado el peligro de “perder el control de los sistemas”, consecuencia de un uso “indebido de la IA para ciberataques y bioterrorismo”, causando “graves trastornos económicos”. Otros, como Nvidia, están en desacuerdo y no consideran que haya que frenar el ritmo.

Que sean estos líderes tecnológicos los que hablan de ralentizar el desarrollo de la IA y poner controles es un síntoma de lo que ellos vislumbran como incontrolable, que contrasta con los dirigentes políticos de EE UU o China que no están por la labor. Es evidente que en ello los intereses existentes son a la vez inescrutables y sospechosos.

No hace tanto suscitamos un breve debate sobre ponerle freno a la Inteligencia Artificial en una conversación apresurada e informal que mantuve con Francisco Herrera entre recitales poético-musicales, al hilo de su artículo publicado en IDEAL —30/08/2026—: “La IA nos ayuda. ¿A qué nos habitúa?”. Ambos compartimos la pasión por la educación y el aprendizaje de las generaciones jóvenes: él en el ámbito universitario, yo en el resto de la etapas del sistema educativo. Mezclamos tantas cosas que finalmente me lanzó un reto: “Escribe un artículo que hable del tema en educación”. Recojo el guante.

Unas fechas más tarde —IDEAL, 20/09/2026—, Herrera volvió sobre el tema: “La inteligencia artificial y el trabajo: el valor de seguir pensando”. En este escribía: “Hasta ahora, pensar y producir un buen trabajo estaban estrechamente unidos: para obtener un resultado valioso había que comprender el problema, adquirir experiencia, ensayar soluciones, equivocarse y aprender. La inteligencia artificial empieza a debilitar esa conexión. Podemos obtener resultados cada vez mejores sin haber realizado necesariamente el proceso cognitivo que antes los hacía posibles”.

Al mundo de la educación han llegado todos los adelantos tecnológicos generados en los últimos decenios: calculadoras, informática, internet, herramientas digitales de gamificación, evaluación, gestión o creación de contenidos, y siempre se ha suscitado el mismo revuelo entre quienes sostienen la conveniencia de una irrupción global en estructuras organizativas y procesos de enseñanza-aprendizaje —lo que se entiende como deslumbramiento pedagógico a primera vista—, y quienes mantienen un cauto reparo para asimilarlos de modo integrador, sin que se alteren los ritmos educativos ya consolidados.

En educación estos temas no se pueden tomar a la ligera, sin menoscabo de que obviamente sean contemplados, y así ocurre con cambios tecnológicos y sociales introduciéndolos en el currículo cambiante. Distinto es el tratamiento educativo que de ellos habremos de hacer en procesos donde el horizonte formativo de las generaciones jóvenes se la juega. La reflexión debe imperar siempre como anticipo a cualquier aplicación de lo novedoso.

Las teorías cognitivas han tratado de dar una explicación a los procesos de aprendizaje de niños y jóvenes. Jean Piaget hablaba de etapas del desarrollo intelectual y sus características definitorias; Jerome Bruner postulaba por el aprendizaje por descubrimiento y David Ausubel por el aprendizaje significativo. Vygotsky, en su caso, decía, desde la perspectiva cognitiva, que los procesos mentales superiores, desarrollados desde los básicos —atención, percepción, memoria...—, se desarrollaban fundamentalmente por dos premisas: interacción social y desarrollo cerebral. En la necesidad de trabajar estos procesos mentales superiores cabe la activación de funciones cerebrales que ayuden a procesar la información: lenguaje, percepción, memoria, resolución de problemas o razonamiento.

Conocer la IA es importante en educación, los jóvenes deben aproximarse a ella como un activo que llega a sus vidas irremediablemente, pero pretender sustituir los procesos cognitivos que han de activarse en esas edades formativas por la IA es un dislate.

El desarrollo evolutivo y cognitivo de niños y jóvenes tiene que realizarse activando todas las facultades mentales que serán parte de la maduración de sus neuronas y la interconexión de las mismas. Recurrir a la IA para obtener un producto elaborado, con más o menos acierto, es coadyuvar a que la comodidad se instale en sus procedimientos y hábitos intelectuales, y que los mecanismos cognitivos no encuentren el campo abonado donde desarrollarse. El estudio es una actividad intelectual, a la que se le puede prestar ayuda mediante la resolución de ciertos problemas complejos, pero no podemos dejar que las estructuras cerebrales dejen de verse favorecidas por un entrenamiento adecuado, sobre todo a unas edades en que el mecanismo cognitivo está en fase de maduración.

En educación debemos convivir con la IA, pero no quedar sometidos a ella. El alumnado para sus tareas no necesita un producto final proporcionado, necesita ser el sujeto protagonista del proceso que le lleve a esa meta final mediante la ejecución de facultades cognitivas consecuencia de una actividad intelectual propia que las desarrolle. Comparto con Paco Herrera sus palabras sobre el peligro de habituarse a delegar en la búsqueda de información y conocimiento, y acomodarse a la “dependencia pasiva en la colaboración entre humanos y sistemas de IA”.

El currículo escolar está plagado de propuestas avivadoras de funciones cognitivas como medio para activar procesos de reflexión, razonamiento, discernimiento y discriminación: buscar, seleccionar, tratar y organizar información; conocer y valorar; describir y apreciar; tomar conciencia; comprender e interpretar; indagar, argumentar y elaborar; identificar y analizar críticamente...

¿Realmente esos magnates tecnológicos piensan en todo esto por lo que postulan los docentes a diario cuando trabajan en la formación de las jóvenes generaciones?

*Artículo publicado en Ideal, 08/10/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA FRAGILIDAD DE LAS SOCIEDADES MODERNAS*

 


Las sociedades modernas parecen sumidas en una distopía sin solución de continuidad, convertidas en espacios cada vez más confusos e ingratos para la convivencia, como si hubieran caído en un mundo de sombras: oscurecidos los referentes éticos y morales nada parece ser lo que aparenta. Beneficiada, la posverdad, mientras se debilitan democracia y sistema de valores. Me abochornan políticos, jueces y medios de comunicación, todos partícipes en generar un clima social irrespirable, donde la ciudadanía solo importa como objetivo para inocular relatos enlatados de consumo rápido. Cautiva de ficciones que debilitan aún más la fragilidad de una sociedad que recuerda al Papá Goriot de Balzac en su lecho de muerte: “¡Dios mío, qué mal organizado está tu mundo!”.

A García Lorca lo asesinó el odio y la intransigencia, como noventa años después ambos llevan a la muerte a tantos desheredados. La política está dejando de ser ese constructo social diseñado para convivir y transaccionar en el juego de nuestras miserias, y se erige en lastre destructor de la convivencia, inundándonos de vana palabrería controladora de conciencias. Resulta abrumador cómo nuestro raciocinio se torna vulnerable a las trampas fraguadas para polemizar en discusiones volátiles de argumentos falaces y tergiversadores.

Nos hacen creer que vivimos en sociedades fuertes, cohesionadas, capaces de afrontar las dificultades sobrevenidas, pero observamos que se resquebrajan con igual facilidad que la frágil y asediada salud mental del ciudadano, sometida a no pocas agresiones de ese medio social vendido como sólido. Las conductas autolíticas y suicidas aumentan exponencialmente, también entre los jóvenes, consecuencia del frustrado deseo individual ante falsas promesas, y anhelos y estados de felicidad nunca satisfechos.

Me avergüenza la manipulación con que la política aborda la crisis humanitaria de Ceuta, tras la entrada masiva de inmigrantes —30 de julio—. Me abochorna que el Gobierno no reaccionara rápido y a tiempo para afrontarla. Me sonroja que los partidos políticos de la oposición se olviden de los inmigrantes y ‘prefieran’ que la situación se prolongue o que difundan mensajes que activen protestas ciudadanas menospreciando a los migrantes, incluidos cientos de menores. Me avergüenza el victimismo y pasividad del Gobierno de Ceuta sin apoyar soluciones. La política vive su propia guerra con la ciudadanía como rehén. El término ‘invasión’ de desheredados suena a rescoldo nostálgico de una mentalidad africanista trasnochada de tiempos coloniales del Protectorado. Las influencias foráneas que pretendían crear el caos en Ceuta lo han conseguido, poniendo a España en una situación difícil, mientras la política española vagando con las mismas torpezas que desembocaron en el desastre de Annual (1921).

El sentimiento hacia Ceuta, tan manipulado, no está exento de fariseísmo. Para solidarizarnos con este pueblo no hay que montar espectáculos ‘rasgándose las vestiduras’, ni proclamar que la turba de inocentes migrantes ha venido a reconquistar nuestro territorio. Solidarizarnos con Ceuta es buscar soluciones a la crisis humanitaria cuanto antes, aunar el apoyo político solidario de todos, sin pretender dinamitar los intentos de solución basados en la legalidad y derechos humanos.

Las camisetas enrolladas de Mbappé, Konaté y Vinicius constituyen un símbolo crítico con las medias verdades, los bulos o la desinformación que alienta violencia y ese odio seductor, “avispado, listo, trabajador”, como lo tildaba Wisława Szymborska en su poema El odio. No cabe invisibilizar a nadie en esta crisis humanitaria. La camiseta enrollada proyecta un mensaje conciliador: solidaridad con quien padece y necesita ayuda: ceutíes e inmigrantes.

En esta crisis humanitaria el discurso xenófobo que impregna el mundo actual se ha cebado con Ceuta, como en EE UU y las acciones del ICE, o Italia, Dinamarca, Francia... cuyos partidos neofascistas escalan en elecciones, o Vox que ya gobierna en varias Comunidades, en una Europa en crisis: debilitada y sin iniciativa. Los que rodearon el espigón del Tarajal son también víctimas —migrantes ahogados, perseguidos, sufridores de condiciones inhumanas, supervivientes...—. No podemos mirar únicamente a los nuestros, los otros han sido engañados, empujados, soltados como ganado para llegar a territorio español y provocar la situación lacerante que padecemos.

Entretanto, la política española polarizada convirtiendo Ceuta en terreno abonado para la confrontación y pasto de oportunistas mediáticos que alientan el caos y la violencia. Las redes sociales vomitan la pus de la enfermedad xenófoba del siglo XXI: individualismo y rechazo al diferente. Nosotros, tan modernos, rodeados de comodidades, alentados por la mugre política, cómplices de la ruptura de la convivencia, participamos del rechazo al marginado.

La demencial falta de escrúpulos de Marruecos para con su pueblo se alinea con EE UU e Israel, no es extraño sospechar que ambos estén detrás de esta entrada masiva: la mano que mece las mafias que montaron la logística. Piratas de la gran tumba del Mediterráneo, países que le tenían ganas a la España defensora de los derechos humanos.

Siendo legítimas las protestas de los ceutíes, en ellas no cabe la destrucción e incendio de improvisadas tiendas de campaña —al grito: “¡a por ellos, oé…!”—, ni la persecución como piezas de caza o la retención de camiones de Cruz Roja que trasladaban alimentos. Parecen tácticas propias del gobierno genocida israelí: matar de hambre a la población gazatí. No cabe la violencia contra indefensos y desesperados ‘acampados’ en playas, o contra niños errantes abandonados por su país y familias.

Deshumanizar a los migrantes, asociarlos con transmisión de enfermedades, delincuencia o escoria es proyectar odio sobre ellos, el mismo que transita los versos de Szymborska: “Miren cuán activo está, / qué bien se conserva / en nuestro siglo el odio”.

Iba a titular este artículo: ¡Políticos, dejad de verter vuestra bazofia sobre Ceuta!

*Artículo publicado en Ideal, 29/09/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

sábado, 12 de septiembre de 2026

AQUELLA FECHA QUE SOLIVIANTÓ EL INICIO DEL SIGLO XXI*

 



Imposible adivinar, mientras caminaba por la gran avenida, las caras de los jóvenes aparecidos hace unos días en reportajes de televisión mostrando a soldados de aquella guerra del “No a la guerra”. ¿Dónde estarán? Menuda osadía la mía, como si solo fueran jóvenes de Nueva York quienes marcharon a la contienda iniciada un jueves 20 de marzo de 2003 en Irak. Sentía la estúpida necesidad de descubrir los rostros de esa batalla originada dos años antes tras el 11 de septiembre de 2001, cuando dos torres gemelas fueron torpedeadas por aviones suicidas.

Veinticinco años del derrumbe de las Torres Gemelas de Manhattan —hoy Zona Cero del World Trade Center—. Un cuarto de siglo desde que el atentado terrorista del 11S diera un nuevo rumbo a la historia de la humanidad. Cinco lustros… y nuestro mundo tornado en erial de dolor, odio y conflictos bélicos. Lo primero, ponernos una y mil restricciones para viajar, convertirnos en sospechosos de una peligrosidad que ninguno llevábamos dentro; después, la invasión de Irak de la mano del siniestro Trío de las Azores —Bush, Blair y Aznar—, para eliminar inexistentes armas de destrucción masiva. Finalmente, terrorismo en cada rincón del planeta.

Estados Unidos, país extenso y con millones de habitantes, y yo pretendiendo encontrar los rostros de los excombatientes en tierras abrasadas por el sol iraquí. ¡Qué ingenuidad! Me estaba confundiendo. Los soldados de las películas son actores —Tres reyes, Black Hawk derribado, El francotirador, En tierra hostil—, imposible que anduvieran por las avenidas neoyorquinas. ¿Y los vistos en documentales?, aquellos rostros juveniles, otrora maquillados por sudor y polvo del desierto, atravesados por la tensión de la muerte en edades que solo aspiran a vivir, ajenas a cualquier conciencia de la finitud.

A muchos ciudadanos de este país, educados así, les gustan las guerras. Hay quien encuentra un morbo especial en la sangre o, más bien, en las ganancias económicas de la sangre. Muy pocos de los que alguna vez se fueron a pegar tiros se hicieron ricos. Los que se quedan sin ir, pero alientan la guerra, sí suelen hacerse ricos: el negocio de la muerte. El diablo siempre anda suelto.

Y luego más países sumados a las guerras, como las de hoy contra Irán, Ucrania o la genocida de Gaza, exhalando misiles almacenados en sofisticados aviones y naves lanzaderas, cayendo sobre tierras resecas y yermas, donde el agua es un tesoro y no anida la esperanza para millones de personas. Entonces, como ahora, el paisaje sembrado de edificios en ruinas y solares repletos de cascajo y cadáveres de casas habitadas por mujeres, ancianos y niños iraquíes, gazatíes o iraníes. Y mientras, en el Nueva York de espléndidos edificios, altos como jirafas, despertando admiración, compitiendo por ser los más altos de la vecindad, las guerras quedando lejos. Edificios que no se caen, salvo aquellos dos gemelos del bajo Manhattan que adquirieron el aspecto de otros cientos de miles diseminados por el planeta. Ambos dos reducidos a escombros por aviones disfrazados de bombas, tan caros, que con el coste de uno podrían vivir cómodamente durante años ciudades arrasadas por las guerras accionadas por este país que visito.

Aquí no hay guerras, mejor se llevan por el mundo, donde quedan tan alejadas que nadie se preocupa de ellas, ni de los misiles lanzados, ni las personas que mueren, pocas o muchas, da igual. La lejanía nubla el entendimiento. Entretanto, jóvenes estadounidenses bombardean, descargan subfusiles de asalto obscenamente repletos de balas, allá, muy lejos, en el confín del mundo. Aquí no se percibía, ni se percibe, el olor a goma quemada, a polvo cargado de gases metálicos pestilentes, a carne humana abrasada por el fuego al estallido de un misil. ¿A qué olerá todo eso?

Veinticinco años del atentado de las Torres Gemelas, el curso de la historia cambiado y el primer tercio del siglo XXI un páramo borrascoso, vomitando odio y xenofobia, haciendo más pobre a los pobres y más rico a los ricos, con gobernantes crueles que perpetran genocidios con el apoyo de ideologías extremadamente ultraconservadoras y egoístas, discriminatorias e insolidarias con la indigencia económica, sin importarles la destrucción del planeta.

Somos ciudadanos de un tiempo impúdicamente alterado desde aquel atentado terrorista. El mundo de la instantaneidad, de la inminencia, de los cambios más acelerados de la historia, de sentirnos aislados como individualidades sobrevenidas, impuestas, aturdidos por tantas desconexiones interpersonales en la era de la conectividad abrumadora, mientras las catástrofes vienen acechantes: guerras, crisis económicas, pandemias, crisis de valores… casi si habernos enterado, dejándonos arrastrar por una sarta de cobardes paranoicos, dementes autocráticos, ególatras… Como si la historia volviera a repetirse. “Un nuevo orden mundial se avecina. No estamos preparados”, escribe la historiadora Margaret MacMillan en un artículo en The New York Times (03/09/2026).

Nunca el planeta, disponiendo de tantos recursos, ha estado plagado de tantas desigualdades y calamidades humanitarias. El mundo no ha mejorado, ni se ha hecho más justo; al contrario, inmunizados ante la catástrofe y el horror, las masacres de seres humanos se antojan relatos de videoclip, ficciones, hasta normalizarlas. Se endurecen los sentimientos, se destierran del corazón, se trivializa el espanto. Todo se ve como una escena de película, con el inocuo convencimiento de que nada de eso es real.

MacMillan, recordando a Camus, dice: “Hoy hay ratas muertas por todas partes… Una guerra mundial no es inevitable, pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre potencias grandes y bien armadas está más cerca de lo que ha estado en décadas”.

*Artículo publicado en Ideal, 11/09/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

miércoles, 19 de agosto de 2026

EL ATENEO DE GRANADA Y LA LARGA TRAVESÍA EN UN TIEMPO OSCURO*


    Sirva este artículo como homenaje a todos los miembros del Ateneo de Granada de 1925 y, en especial, a Hermenegildo Lanz por ´prestarme' este boceto de decorado. El Ateneo fue duramente represaliado y se buscó su dest
rucción total, constituyendo otra de las acciones criminales llevadas a cabo tras el golpe de Estado del 36, cuyo objetivo no era otro que su desaparición y acabar con la renovación cultural que había impulsado. En 2009 el Ateneo resurge para continuar la obra de aquellos pioneros.


Madrugada del 18 de agosto del 36, el sol aún escondido, mientras manos asesinas escribían sentencias de muerte, lo arrastraron hasta un barranco entre Víznar y Alfacar, y apretaron el gatillo. Y así lo mataron, allí donde no brilla “el fresco y alto ornato de la vida”, “entre un pueblo hosco y duro”; como escribiera Luis Cernuda —A un poeta muerto—: “Por esto te mataron, porque eras / verdor en nuestra tierra árida / y azul en nuestro oscuro aire”. Como lo hicieron con tantos otros, pensando que exterminarían sus cantos, sus risas, sus ideas, queriendo ser la cal biocida que hace desaparecer todo rastro. Eso creían. Nunca un exterminio ha extinguido la memoria y la esperanza.

Se cumplen noventa años del inicio de una guerra incivil, grosera y canalla, promovida por una cuadrilla de miserables que poco les importó acabar con los sueños de la gente, embriagados cual asesinos por sueños perversos y pervertidos, los únicos que cabían en la estrechura de sus mentes y la angostura del mundo con el que soñaban imponer. Y al poeta lo sepultaron en la faz de la tierra, creyendo que con eso aniquilaban versos y alegría, luz y amor. Mentes ahogadas en la podredumbre de la miseria humana, sin reparar que le insuflaban bocanadas de vida hasta convertirlo en un poeta eterno.

Granada fue testigo, y todos lo vieron, muchos callaron, acaso atemorizados por el vendaval bufado desde los cuarteles militares, donde se había colado la negra niebla del alzamiento. Ni el primigenio intento del general Miguel Campins —gobernador militar— de frenar la locura desatada por los desalmados sublevados en África, ni la ‘resistencia’ del gobernador civil, César Torres, y miembros del Frente Popular que lo acompañaban el 20 de julio del 36 en el Gobierno Civil, aguantaron, impotentes ante la caterva de compinches en Granada.

Una ola de vesania vino a generar muerte y destrucción del orden constitucional, y esta ciudad, cual boca del infierno, padeció la brutal represión de una legión de sospechosos adeptos a la República y a ideas llamadas subversivas. Y se desató la persecución de la vida, del talento y la libertad. Y muchos no supieron qué hacer y adónde ir. Y Federico vino a cobijarse en la Huerta de San Vicente, y no hubo cobijo, y buscó la protección de amigos, los Rosales, pero el ángel de la muerte lo atrapó. Y todos tenían miedo porque la horda de barbarie no tenía freno. Y como escribiera Pablo Neruda —Oda a Federico García Lorca—: “Hay tantas gentes haciendo preguntas / por todas partes”.

Y al tiempo quisieron finiquitar la luz de la cultura, ese destello que iluminaba los ojos de gentes congregadas en el Ateneo de Granada, queriendo hacer esta ciudad más luminosa y viva, lejos de lo putrefacto que encorsetaba la cultura, que ya no quería mirar solo a las manidas tradiciones, que pretendía abrirse al resplandor vanguardista, al conocimiento y al progreso que bullía en Europa, tras cuatro años de muerte y dolor de una guerra mundial que había asolado la población. Aquel Ateneo que había escuchado las palabras del joven Federico sobre Luis de Góngora o Soto de Rojas en sendas conferencias que marcaron un hito en la ciudad y el país.

Pero al fanatismo triunfante le daba igual. Si tenía que morir Federico, moriría; si había que fusilar la cultura y el progreso, se pasarían por las armas; si alguien huía de la muerte, se perseguiría. La devastación y la muerte como única estrategia.

Se abrieron procesos sumarios que concluían en pena capital, para eso estaban la plaza de toros o las tapias del cementerio. Limpieza ideológica, al igual que una limpieza étnica. Pero las limpiezas étnicas nunca han funcionado, son triunfos transitorios, espejismos que duran un soplo en el devenir histórico. Los pueblos resisten, las ideas y la vida también. Muchos hombres y mujeres que amaban Granada y España fueron juzgados y asesinados: Virgilio Castilla —presidente de la Diputación—, Agustina González —la Zapatera— o Manuel Fernández Montesinos— alcalde de Granada—. Muchos emprendiendo el último viaje de la vida con Federico.

Y no pocos miembros del Ateneo de Granada. Algunos cayendo pronto en manos fascistas bajo fútiles acusaciones erigidas en inapelables sentencias ‘probatorias’. Fue el lacerante caso de Juan José Santa Cruz, insigne ingeniero; Constantino Ruiz Carnero, director de El Defensor de Granada; José Palanco Romero, historiador y presidente del Ateneo; Enrique Marín Forero, vicepresidente, que se negó a firmar el acta del Consejo de Guerra que lo condenaba; o Francisco Menoyo Baños, contador, primer alcalde socialista de Granada —septiembre/1931-abril/32—. Los certificados de defunción dirían: muertos por “disparos” o “herida por arma de fuego”. ¡Menudas heridas!

Otros salieron exiliados: Fernando de los Ríos, Fernando Sainz, Francisco García Lorca —y resto de familia de Federico— o Gabriel Bonilla. Y algunos sufrieron vejatorias represalias, como Hermenegildo Lanz, desterrado de Granada y, tras volver, marginado en una ciudad que le dio la espalda. Otros ateneístas se adhirieron al régimen: Antonio Gallego Burín.

El Ateneo de Granada nunca podría haber continuado su labor en el nuevo régimen, quedó sumido al ostracismo en la larga y oscura travesía del franquismo. Y se apagó, como lo hizo Federico, pero no se extinguió su luz, como tampoco la obra lorquiana. “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, / lo haría por tu voz de naranjo enlutado / y por tu poesía que sale dando gritos” (Pablo Neruda).

*Artículo publicado en Ideal, 18/08/2026.

** Ilustración: La torre de Melisendra, boceto 59, Hermenegildo Lanz. Elemento del decorado para la representación de la obra de Manuel de Falla El retablo de maese Pedro, petición que este le hace a Lanz para que diseñe títeres y decorados. (Compañía Etcétera).

martes, 11 de agosto de 2026

LATINOAMÉRICA: DE LA OPERACIÓN CÓNDOR A LA DOCTRINA DONROE*

 


“¡Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada!”, cantaba Pablo Milanés recordando aquel fatídico 11 de septiembre de 1973 en Chile y el desgarro provocado por la violencia y la crueldad adueñadas de Latinoamérica en los setenta y ochenta, un territorio ya ahogado secularmente por la inestabilidad. El vecino del norte nunca ha dejado de medrar en su destino. En septiembre del 70 Richard Nixon ordenaba al director de la CIA, Richard Helms: “Salve a Chile”, impidiendo el acceso al poder de Salvador Allende, para aclararle: “Haz que la economía sufra”.

Eran los años de la Guerra Fría, América Latina vivía una oleada de golpes de Estado impulsados por la doctrina de Seguridad Nacional contra el comunismo. Estados Unidos intervenía directamente o con mediadores para cambiar gobiernos democráticos por dictaduras militares afines a sus postulados de control geoestratégico, frenando la posible instauración de regímenes próximos al bloque soviético. La Operación Cóndor tenía esta orientación ideológica, los países latinoamericanos implantaban la represión política y el terrorismo de Estado frente a los considerados enemigos: partidarios de la izquierda.

EE UU no estaba dispuesto a que la ‘cubanización’ triunfante desde la revolución cubana de 1959 se propagara. Se sucedieron golpes de Estado en Brasil (1964) con Castelo Branco, Chile (1973) con Pinochet, Uruguay (1973) con Juan María Bordaberry, Argentina (1976) con Videla o Bolivia (1980) con García Meza. Sangrientas dictaduras generaron no poco dolor y muerte. ‘Las venas abiertas’, así titulaba Eduardo Galeano el ensayo que explicaba esta realidad histórica extendida por toda Latinoamérica, con la ignominiosa realidad de canalizar los recursos nacionales hacia un sistema financiero estadounidense de rapiña.

Después vendrían, en los noventa y primeras décadas del siglo XXI, procesos electorales convertidos en espejismo de estabilidad democrática y justicia social, hasta el correlato ultraderechista que hoy invade Latinoamérica con la Doctrina Donroe. Versión 2.0 de la decimonónica Doctrina Monroe —“América para los americanos”—, adaptada para reducir, cuando no evitar, la injerencia extranjera en el continente americano e igual planteamiento: manos libres de EE UU para mangonear.

El Informe sobre Democracia y Desarrollo: Democracias bajo presión: Reimaginar los futuros de la democracia en América Latina y el Caribe, 2026 —Programa de las Naciones para el Desarrollo (PNUD)— señala que “América Latina y el Caribe es hoy la región más democrática entre las regiones en desarrollo y la tercera a nivel mundial… Sin embargo, esta fortaleza convive con una tensión creciente: democracias que perduran, pero que enfrentan presiones que amenazan su capacidad de representar, procesar el conflicto y generar resultados de desarrollo…, como la desigualdad económica y de género y la crisis de los partidos políticos, se combinan hoy con amenazas emergentes: la polarización, la desinformación, la aceleración tecnológica, la crisis climática y la expansión del crimen organizado. Juntos, estos factores erosionan la confianza institucional y debilitan el vínculo entre democracia y bienestar ciudadano”.

La influencia de Donald Trump ha supuesto un cambio ideológico y estratégico para la política latinoamericana: frente a deslegitimadores golpes de Estado, consecución del poder por procesos democráticos, con vocación de perpetuarse en el poder mediante cambios constitucionales.

La “trumpificación” de América Latina es una realidad. El trumpismo va calando: Argentina, Honduras o Chile y, finalmente, la Colombia de Gustavo Petro —con quien Trump se las tuvo para doblegarlo—. Abandono de la izquierda o derecha moderada, para ponerse en manos del populismo ultraderechista: Milei, Bukele…, y ahora Abelardo de la Espriella, ‘El Tigre’, en Colombia —Defensores de la Patria— o Keiko Fujimori en Perú —Fuerza Popular—.

La vocación intervencionista más descarada fue la ejercida en Venezuela: captura militarizada de Maduro y severo control impuesto a la presidenta Delcy Rodríguez. Un aviso a navegantes. El secretario de Estado Marco Rubio ha anunciado una transición democrática, imaginamos el sesgo ideológico que presidirá el supuesto proceso: dirigentes ‘elegidos democráticamente’ cediendo el control político y económico de las enormes reservas petrolíferas.

La osadía de la Doctrina Donroe no tiene límites. Trump insiste en presionar a México en pro de una pretendida seguridad, reclamando la intervención de tropas estadounidenses en territorio mexicano para combatir el narcotráfico. La presidenta Claudia Sheinbaum la ha negado, aludiendo a la defensa de la soberanía nacional. No obstante, ha dado algunos pasos deteniendo a capos de los cárteles de la droga, incluso entregándolos a la Justicia norteamericana.

En este tablero latinoamericano queda por ver qué ocurrirá con Cuba, sobre la que se está ejerciendo una presión asfixiante cortando el suministro de petróleo, bloqueo comercial y amenazas de intervención militar. Incluso se le acusa de ser instigadora del “terrorismo de izquierda en Estados Unidos”. En la órbita del creciente socialismo estadounidense, al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, se le acusa de ser aliado del ‘castrismo’. Mientras en la Nicaragua del dúo dictatorial, Daniel Ortega y Rosario Murillo, el comandante sandinista, artífice de otra dictadura análoga a las de los setenta y ochenta, quiere perpetuarse en el poder mediante una enmienda constitucional que impida elecciones democráticas. Otro de los imaginarios con los que sueña Trump para sí mismo.

El mundo bajo el poder de la plutocracia, dominado con la anuencia de la ‘estupidez humana’ que definiera Dietrich Bonhoeffer —Teoría de la estupidez— al referirse al triunfo de Hitler en la Alemania ‘prenazi’. La novelista Marilynne Robinson pronosticaba el mandato de Trump (EL PAÍS, 19/01/2025) como “fuente de caos y desorden en la política de su país y del globo. ¿Una aberración pasajera o un preocupante cambio de rumbo en el tablero mundial?”. Lo estamos experimentando.

*Artículo publicado en Ideal, 10/08/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 20 de julio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (y III)*

 


La atmósfera putrefacta que nos obligan a respirar a diario los generadores de lodazales es la muestra por la que sostenemos la tesis de que la sociedad es una escuela para el fomento del ‘acoso escolar’. Este es el gran lío donde está metida la escuela y sin disponer de otras armas que no sean educar en valores, convivencia, respeto mutuo y relacionarse amablemente, algo tan poco atractivo para jóvenes con mochilas sociales tan diversas, teniendo a su alcance una seductora sociedad individualista y hedonista. La escuela, con sus valores, ¡qué fácil le resulta estrellarse contra un dique infranqueable!

No solo se trata de echar miradas a redes sociales, ese basurero plagado de sutilizas o zafiedades, de violencias a imitar, como esos chicos que se acercan a un viandante con alguna excusa y cubren su cabeza con una sarta de guantadas, es también la desvergonzada política quien propaga desprecio al otro, al diferente, al de piel oscura carente de dinero…

Demasiadas veces vemos noticias de jóvenes que atacan o prenden fuego a indigentes y sus pertenencias. El desprecio cebado en seres humanos indefensos. Hace unas fechas la Concejalía de Asuntos Sociales de Madrid ordenaba retirar las pertenencias, sin avisar, de las personas sin hogar: “Limpieza a fondo de la ciudad”. Adiós a medicamentos, fotografías, medallas de una madre… de desheredados que, a juicio del Ayuntamiento madrileño, no deberían ser importantes.

Un partido de fútbol de ascenso a Primera, Almería-Málaga, retrasó su comienzo, el autobús malagueño fue apedreado. Lunas agrietadas, épica de descerebrados. No es la primera vez que ocurren cosas así: furibundas agresiones que no enseña la escuela.

Duele decirlo: la aportación educadora de la sociedad es demasiado negativa. Destruye todo lo que la escuela construye —o intenta— en la loable misión socializadora, educadora y formativa, bajo principios de diálogo, respeto y tolerancia. Nunca he escuchado a un docente decirle a sus alumnos que solucionen los conflictos a base de mamporros; tampoco que desprecien a quien les cae mal y odien a los inmigrantes; sí he escuchado a madres y padres, en entrevistas, tildar a niños de 3 años de acosadores —totalmente oído así— o alentar a defenderse, pegando a quienes nos pegan.

Se habla del aumento de la conflictividad escolar: siete de cada diez docentes dicen haber sido víctimas de agresiones, físicas o verbales. Y es cierto. Pero criminalizar las conductas escolares de niños y jóvenes es una osadía irreflexiva, nuestra mirada como docentes debe dirigirse a un horizonte más amplio y certero: crítica a familias despreocupadas de los hijos o a modelos sociales generadores de violencia y odio.

Me abochornaron las imágenes del tal Vito Quiles, vinculado a multinacionales del bulo y odio, persiguiendo a Begoña Gómez dentro y fuera de un restaurante, como si de una cacería se tratara: hostigándola, sin respeto, mostrándose desafiante con cara de ‘angelito’. Y sus espurios gritos: “¡No me pegues!”, a las personas que sujetándolo pretendían impedir tal acoso. La denuncia judicial contra este alborotador fue archivada por un juez de Majadahonda: “No se han podido acreditar hechos que posean relevancia penal”. Habría que preguntar al juez: “Señoría, ¿cree usted que en la escuela podríamos enseñar a nuestros alumnos tales conductas, normalizarlas, y que pudieran reproducirlas cuando pretendan un deseo, incordiando a compañeros, o que una pandilla persiga a una chica o a un profesor que les cae mal?

El vídeo han podido visionarlo centenares de miles de jóvenes. En la escuela, de haberlo proyectado, se habría analizado desde un enfoque educativo y formativo, sacando enseñanzas; en los platós de televisión hubo quien defendió a este agitador de medio pelo, esto también ‘educa’ a los jóvenes. Ningún profesor ensalzaría en su clase esta detestable conducta, pero hubo políticos que justificaron y aplaudieron el ‘trabajo del medioperiodista’, incluso calificándolo de víctima.

Señoría, desde todas las esferas de la sociedad educamos, sean de poder político, judicial o civil. El ejemplo ético frente a comportamientos deleznables es un valor a considerar. No solo es la escuela quien debe hacerlo. La educación de las generaciones jóvenes es una cuestión muy seria y debe de estar presente en nuestra conciencia ciudadana cada vez que nos mostramos públicamente.

La atmósfera putrefacta que hemos creado también es respirada por niños y jóvenes, trasladada a la escuela, como trasunto de la sociedad donde se inserta. Que se hable de ‘violencia escolar’ es una desfachatez. Cuando surge un episodio dramático de acoso en el ámbito escolar los focos mediáticos se posan sobre él.

Escribíamos sobre esto en La sociedad que (des)educa: “El sensacionalismo se apropia de la noticia incitando una mezquindad que no repara en daños a personas o instituciones. Lo anecdótico alimenta demasiados titulares, cuando los casos que se producen tienen a veces un carácter de excepcionalidad o están sujetos a numerosas variables… Cuando ha pasado lo noticiable y han explotado el tema informativamente, se olvidan de él ”.

El llamado ‘acoso escolar’ no se arregla metiendo policías en la escuela —propuesta de la Generalitat de Cataluña—, como si fueran campos de concentración, las conductas acosadoras se combaten cuando una sociedad no las permite en ninguna esfera social. Que ocurra en la escuela es parte de todo lo que hacemos mal fuera de ella.

Preferiría quedarme con aquellos autodenominados ‘putrefactos’ —Lorca, Dalí y Buñuel— que mediante la ironía y la irreverencia, en aquel 1925 llamaron a las puertas de la creatividad cultural para una vida nueva. Ejemplo que quisiera nos ayudara a demoler el obsesivo encasillamiento tan repetido de ese viejo constructo llamado ‘acoso escolar’.

*Artículo publicado en Ideal, 19/07/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 


domingo, 5 de julio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (II)*

 


El mito roussoniano del ‘buen salvaje’ concibe al ser humano como bueno por naturaleza, mientras que es la sociedad donde se inserta la que modula su visión de las cosas y lo conduce tanto hacía lo bueno como malo. La literatura ha querido presentar su versión de modo descriptivo para valorar cómo evolucionamos cuando estamos fuera de la influencia de la civilización. La bondad y la inocencia que se le reconocen al ser humano podrían ‘salvarse’ de las malignidades que no dejan de reproducirse en la interacción de los seres humanos.

Las historias literarias más socorridas han tenido que ver con naufragios de individuos o grupo de niños en islas desiertas. El Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe cabría considerarla en esta línea, pero siendo un adulto es obvio que la influencia civilizante vivida anteriormente ya lo habría modelado incluso en cómo relacionarse con la naturaleza de la isla Más a tierra donde recaló. Pero las obras que más se aproximan al discurrir vivencial de una pequeña sociedad, aún no contaminada suficientemente, podrían ser Dos años de vacaciones (1888) de Julio Verne y El señor de las moscas (1954) de William Golding. Historias paralelas iniciadas con un naufragio o un accidente aéreo que dejan a su suerte a un numeroso grupo de niños en una isla desierta, donde habrán de organizarse para sobrevivir. No tardarán en aparecer las diferencias individuales que muestran divergencias en la relación de poder para gobernar el grupo. Un microcosmos que va configurándose paulatinamente como la representación del macrocosmos de donde proceden.

Memorable es la película El pequeño salvaje (1970) de François Truffaut, adolescente al que llamarán Víctor de Aveyron, basada en la obra científica de Jean Itard, tutor del pequeño: Sobre la educación de un hombre salvaje (1801), encontrado en 1790 en un bosque cercano a Toulouse. La virginidad social de quien no ha tenido contacto con cultura alguna y ha de ser reeducado con todas las contradicciones que ello conlleva.

Los niños y jóvenes con los que nos topamos a diario en la escuela acaso sean náufragos en otro sentido metafórico: individuos de una sociedad individualista, aislados en una soledad impuesta, manipulados desde muy pequeños o sobrecargados de obligaciones que sobrepasan sus posibilidades físicas y mentales —horas de colegio, tareas extraescolares, captados por otros entes ‘educadores’ (redes sociales)...—. Lo decíamos en La sociedad que (des)educa y el artículo: “Jóvenes que no desean vivir el ‘paraíso’” (IDEAL, 05/03/2023), al hablar del incremento de casos de ideación suicida o autolesiones: “Acaso en nuestro ‘plácido’ mundo no le demos un arma..., pero sí los ‘armamos’ para que respondan de manera egoísta, machista y ofensiva, porque la letra de una canción o el videoclip de moda así les inducen. Imbuidos por la propaganda, conforman una ilusoria sensación de inmortalidad, con innumerables estímulos que los ‘obligan’ a sobrepasar límites, probar nuevas sensaciones, experimentar otros mundos, virtuales o no”. La publicidad los desafía: “Sé libre para hacerlo” o “Eres tú quien decide”, entretanto llegan altas dosis de frustración, desilusiones o futuros inciertos.

En ocasiones me pregunto qué pasaría si a nuestros niños y jóvenes los educáramos exclusivamente bajo el paraguas de los principios que informan el sistema educativo, sin influencias de la sociedad que finalmente moldean su personalidad y mente. Hacer este ejercicio de imaginación, ante la desolación social que vivimos, responde a la necesidad de crear otros mundos posibles, al idealismo que nos impulsa a reprochar todo lo que pervierte tanta inocencia. Sabemos que la sociedad condiciona los patrones de conducta de sus miembros, nadie está libre de configurar su personalidad al margen de los códigos sociales, normativos o consuetudinarios.

Si pensáramos en la posibilidad de que los niños pudieran quedar aislados en un mundo ajeno a la influencia adulta y su ‘viciada sociedad’, fuera de la contaminación externa y solo bajo la influencia de valores de respeto, convivencia y hermandad, viviríamos en una distopía quizás imposible. Un experimento que pudiera parecerse a la agogé de la vieja Esparta, cuando los niños hasta los 7 años estaban al cuidado de la madre, pero tras ella eran educados por el Estado para producir ciudadanos física y mentalmente invencibles. O acaso aquel experimento extremo de los años cincuenta, obra del psicoanalista René Spitz, que sostenía la tesis de que los bebés que crecen sin amor pueden llegar a morir antes o verse afectados por enfermedades físicas y/o mentales que los que están bajo el cuidado de sus madres. Una manera de mostrar la importancia del afecto en la salud de los individuos. El experimento consistió en estudiar dos grupos de niños: unos criados en cunas de hospital aisladas y otro atendido por sus madres en prisión.

La educación, ¿salvadora del mundo? Pudiera ser, porque frente a las distopías es crucial que aquella mantenga un diálogo constante con la realidad. Como decíamos: “Si cabe, tiene que desmantelar la realidad que la circunda, no puede tragarse cualquier idea o proclama que le llegue, ni siquiera cualquier elucubración teórica por muy bien que suene su música. El alumnado debe formarse en una educación así: analítica con la realidad que tiene a su lado, poniendo la razón en su intelecto para que lo dote del poder de discernimiento”.

La realidad es casi siempre la dimensión de la ‘no realidad’, presentada y enmascarada mediante la imagen o relato que a otros interesa. Si la educación consigue que la capacidad de diferenciar penetre en la conciencia humana habremos conseguido el ‘éxito’ de una educación como ejercicio de libertad.

*Artículo publicado en Ideal, 04/07/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 22 de junio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (I)*

 


Terminada la fiesta electoral verborreica —no me confundan con ese que dice ‘se acabó la fiesta’, que solo busca que empiece la suya—, prometidos no sé cuántos mundos ideales, me voy a detener en una promesa que me llamó la atención por lo inusual. Como no he hecho otra cosa en mi vida que no sea estar vinculado a la educación y a la escuela para ‘ganarme el pan con el sudor de mi frente’, además de escribir —aunque de esto no pueda comer, pero sí satisfacer mi otra necesidad: sacar fuera todo lo que me bulle por dentro y así mejorar mi salud mental—, leí en este periódico (IDEAL, 02/05/26) un titular: “Moreno sitúa como una prioridad la lucha contra el acoso escolar”. Lo prometió Juanma Moreno con motivo del Día Internacional de esta lacra social: “Es una de las plagas que triste y desgraciadamente tenemos en occidente, y de manera especial también en Andalucía y en España”.

El entonces candidato —muy pronto presidente de la Junta de Andalucía, cuando salga del ‘lío’ o se meta en él— mostró sus mejores intenciones llamando a concienciarnos del daño que el bullying provoca a los menores. Pronosticó recurrir a personalidades y “caras populares” de distintos ámbitos para lanzar mensajes de alerta referidos al dolor que causa el acoso, capaz incluso de “matar”. Contará con padres, profesores y otros actores de la comunidad educativa —y añadía— “para evitar el sufrimiento de muchos niños”, del que ni siquiera son conscientes los acosadores. Se me antojó entonces que el presidente se metería en un lío más gordo que tener el aliento en la nuca de Vox y su iluminada ‘prioridad nacional’.

La narrativa del acoso escolar que percibimos en medios de comunicación, ‘opinadores’ e, incluso, algunos docentes se presenta desde una sola derivada: “La escuela, factoría generadora de violencia”, olvidando los muchos factores exógenos existentes. Hablar de “violencia escolar” con tanta ligereza es para que se nos cayera la cara de vergüenza. La escuela es un reflejo de la sociedad donde se inserta y a esta la estamos alimentando con la peor calaña de nuestras miserias humanas. Vivimos en la sociedad de la “violencia estructural”, como definiera el sociólogo Johan Galtung a las desigualdades inmersas en las estructuras sociales, económicas y políticas configuradas en las sociedades modernas, en detrimento de la satisfacción de las necesidades básicas y la dignidad, incluidos valores éticos y morales.

Es obvio que la escuela debe mirar hacia la víctima. Nuestro ejercicio profesional no puede dejarla en una nebulosa de indeterminación, ni que la ‘violencia’ deje de abordarse en el entorno escolar. La protección de la víctima es primordial, pero la mirada rebelde debe proyectarse más allá. Si en otro tiempo muchas conductas vejatorias insertas en las relaciones entre iguales parecían ‘normales’, lejos de los significados que hoy sostenemos, habría que recordar, afortunadamente, que hemos cambiado de paradigma y definimos tales conductas turbadoras como agresiones.

Nuestra mirada tiene que ser más vasta y profunda al analizar el fenómeno del acoso escolar. Con solo mirar fuera de la escuela contemplamos un panorama desolador: películas juveniles donde se retratan estereotipos que normalizan conductas vejatorias, asentándose en las neuronas de niños y jóvenes como modelos conductuales aceptados; imágenes, vídeos o lenguajes en redes sociales, donde la respuesta a un ataque es redoblar el contraataque más despiadado o promover actitudes hostiles y de odio como elemento de defensa ante lo desconocido. Sin duda, la peor escuela para fomentar el acoso escolar. A lo que se suman comportamientos burdos de adultos, lenguaje gestual, comentarios soeces hacia el otro…; repertorio de ‘enseñanzas’ susceptible de imitación. Siendo finalmente reproducido en la escuela por el alumnado en sus relaciones interpersonales.

Violencia potenciada en una sociedad que olvida que existen valores de convivencia y respeto. Sea en la vida pública: políticos deslenguados, escraches a personas o familiares de quien está marcado por una diana —lo que hacía ETA en tiempos de terrorismo—; sean pseudoperiodistas que persiguen y acosan a personas públicas, esperando que suelten alguna palabra de rabia o un mal gesto para luego manipular y tacharlas con las más bajas descalificaciones.

No hay película o serie juvenil donde no aparezcan jóvenes en pandilla mostrando un repertorio de estereotipos negativos: líderes autocráticos y abusones seguidos por una cohorte de ‘pelotas’ que dan pábulo a supuestas ‘actuaciones ingeniosas’ del mandamás —chico o chica—, ejemplificando conductas agresivas, vejatorias, de sometimiento al diferente, al extranjero, al recién llegado al barrio o al instituto, o al que presenta conductas ‘raras’ entendidas como ‘anormales’. Otro sociólogo, Pierre Bourdieu, desarrolló el concepto de ‘violencia simbólica’ en un mundo que funciona mediante lenguajes y códigos determinados, que vemos reproducirse repetitivamente en espacios visuales donde acceden nuestros niños y jóvenes. Se trataría de prácticas y conceptos culturales simbólicos impuestos como jerarquización social mediante la publicidad, el lenguaje o la iconografía visual.

Hablamos con ligereza de ‘violencia escolar’, como si desde la escuela se fomentara, y nos olvidamos con hipocresía de la que se alienta en tantas esferas de una sociedad generadora de individualismo, odio y sumisión como medio y estrategia de dominio. Violencias y hostilidades circulando cerca de nosotros, leídas en un periódico, incubadas en vecinos, políticos, rivales culturales o familias que vuelcan en la escuela traumas, frustraciones o vidas desestabilizadas.

¿De qué sirve que la escuela eduque en valores, en resolución de conflictos mediante diálogo, si luego en entornos familiares, digitales, sociales o políticos cunde el mal ejemplo, la violencia y la grosería?

*Artículo publicado en Ideal, 21/06/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

sábado, 9 de mayo de 2026

¿SE HUNDE EUROPA?*


Con la muerte de Jürgen Habermas hace unas semanas probablemente haya desaparecido el gran intelectual de la Europa democrática, que tan necesitada está de voces que arrojen luz en el atasco político en el que se encuentra. Aquellos intelectuales que se movían en torno a la teoría crítica y la Escuela de Frankfurt, donde destacaban figuras como Adorno, Habermas o Marcuse, fueron víctimas del nazismo que les había marcado lo suficiente para valorar desde la propia experiencia lo fundamental de mantener una convivencia democrática bajo los valores de la libertad.

El mundo de hoy pide estar alerta y no descuidar ese anhelo al que llamamos futuro, un símbolo del juego de la vida que concita tantas miradas y pensamientos, y que nunca deberíamos dejar en manos de tanto tirano, porque en sus fechorías solo anidan sus intereses.

Habermas hablaba en una de sus últimas intervenciones sobre la crisis de las democracias occidentales y la Unión Europea, en una conferencia dictada en la Fundación Siemens de Múnich. Venía a decir que el panorama mundial es ciertamente difícil con una China que pretende “sustituir el régimen liberal de comercio mundial por un orden político mundial chinocéntrico”, mientras Estados Unidos se empecina en liquidar su democracia y proliferan regímenes autoritarios, entretanto la sociedad civil no parece oponer mucha resistencia. Y concluía que, ante este desolador panorama, en Europa se debería alcanzar “una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea”, lo que “nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable”. Hay quien consideraba a Habermas como la conciencia de una Europa que necesitaba sostenerse en el pensamiento y las ideas frente a los múltiples avatares y ataques que recibidos.

Aquella idea de Europa nacida tras la Segunda Guerra Mundial, que llegó a subyugar a varias generaciones, da síntomas de evaporarse o, peor, irse por el desagüe de la historia. Entonces sumida en una polarización de dos mundos surgidos tras la última gran guerra, manteniendo los equilibrios que le exigía la Guerra Fría, tras la caída del muro de Berlín debió posicionarse como un espacio donde la democracia se preservara frente a la ola de creciente autoritarismo que, contrariamente, buscaba acabar con la idea de unidad y defensa de los valores democráticos.

En estos días, mientras explicaba a mi nieta Inés el tema de la Segunda Guerra Mundial, he recordado —más allá de causas económicas, Gran Depresión, persistencia de agravios sufridos por Alemania tras la anterior gran guerra o el auge de doctrinas y regímenes totalitarios— dos acontecimientos, antesala del desencadenamiento de la devastadora segunda gran guerra, que ayudaron a activar el conflicto bélico: el expansionismo alemán y la inacción de las democracias occidentales. Visión muy cercana al mundo que vivimos en estos convulsos meses.

La mentalidad imperialista de los regímenes totalitarios —nazismo y fascismo—, en sus deseos de expansión territorial, expresados anteriormente en el Mein Kampf de Hitler, desafiaron el orden internacional mediante el uso de la fuerza en política exterior: Japón atacaba China en 1931, Alemania abandonaba la Sociedad de Naciones (1933) o Italia invadía Abisinia y salía también de este organismo internacional. Seguidamente, Alemania se expandía, en su obsesión por forjar el Gran Reich y la conquista del espacio vital —Lebensraum— surgido de los postulados teóricos del geógrafo Friedrich Ratzel, y se anexionaba (1935) la región del Sarre, gestionada por Francia como compensación de las reparaciones por la I Guerra Mundial tras el Tratado de Versalles.

La pusilanimidad de las democracias occidentales ante la amenaza nazi fue patente: mermó la respuesta diplomática y económica frente a tales transgresiones y se sumó la inoperancia y escasa autoridad de la Sociedad de Naciones. La política de apaciguamiento y no intervención de Gran Bretaña, encabezada por el primer ministro Chamberlain, seguida por Francia, ‘obedeció’ a la esperanza del cese del expansionismo, supuestamente satisfechas las aspiraciones nazis. Pero la voracidad nazi —anexiones de Austria, Sudetes, Polonia, Dinamarca, Noruega…, de 1940— trajo la dimisión de Chamberlain y la creación del Gobierno de unidad nacional de Wiston Churchill. Quien reprochó a su antecesor la cobardía de su política de apaciguamiento hacia Hitler, pronunciando tras los Acuerdos de Múnich de 1938 estas palabras: “Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”. No hacer frente a la ocupación de territorios por el nazismo fue un error.

Esta descripción del panorama político mundial acontecido hace noventa años no es muy distinto al que estamos experimentando en este primer tercio del siglo XXI. El expansionismo de Rusia —ocupación de Crimea y Ucrania—; de Israel —Gaza, Cisjordania o Líbano—; o Estados Unidos —Venezuela, Irán, pretensiones sobre Canadá y Groenlandia— provoca que la actitud medrosa de Europa sea alarmante. Un dejar hacer sin una respuesta contundente. El Gobierno de España ha pedido a la UE la ruptura del pacto con el Gobierno genocida de Israel, y otras voces piden la expulsión de los equipos israelíes de competiciones europeas y mundiales.

Si a ello sumamos los enemigos internos, sicarios de Putin y Trump que boicotean decisiones de la UE, el panorama se ensombrece y convierte a Europa en un espacio político de irrelevante influencia en el mundo. ¿Dónde queda su dignidad?, ¿dónde sus valores que ennoblecen al ser humano?, ¿vendidos como mercancía a cambio de unas míseras monedas?

“El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”, decía León XIV hace unas fechas en su viaje a Camerún León XIV.

*Artículo publicado en Ideal, 08/05/2026.

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 20 de abril de 2026

ABRIL DIVINO, QUE VIENES CARGADO DE SOL Y ESENCIAS*



Para Federico García Lorca “la poesía es algo que anda por las calles”, respondía así a la pregunta: “¿Qué es la poesía?”, que le hacía Felipe Morales Rollán para ‘La Voz’ de Madrid un 7 de abril de 1936. Del mismo modo andarán por las calles de Granada los libros de poesía, narrativa, ensayo, viajes, cómics, infantiles… en este “abril divino”, como lo calificara nuestro poeta en ‘Canción primaveral’. El primer Lorca, al que aludía José Hierro en la conferencia —17/abril/1968— pronunciada en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, publicada en Cuadernos Hispanoamericanos.

Aunque solo fuera porque en este mes se celebra el Día del Libro, abril habría de concebirse como tiempo de libros y poesía. A lo que hay que sumar este año la mayor explosión festiva del universo libro: la Feria del Libro de Granada en la última semana del mes en que “se vistió la nieve / de vagos carmines”, cuando “la tarde de abril moría, / rosamente melancólica”, como escribiera otro gran amigo de Federico, Juan Ramón Jiménez. Juan Ramón y Zenobia Camprubí visitaron Granada del 21 de junio al 3 de julio de 1924, acudiendo a la invitación del ‘Cárdeno Poeta Granadí’, como llamaba el moguereño a Federico, contando con la inestimable compañía de Emilia Llanos para agasajarlos en aquella estancia.

El “abril divino” granadino de este año estará ataviado de un libresco traje engalanado con un toque de atuendo bibliófilo, justo el año en que se cumple el centenario del Día del Libro, remontándonos a aquel 1926, cuando el escritor valenciano Vicente Clavel Andrés propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona tal celebración. Al principio se fijó la conmemoración para el 7 de octubre durante años, hasta 1930, cuando pasó al 23 de abril para hacerla coincidir con el fallecimiento —23/abril/1616— de dos grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Sumándose en 1988 la UNESCO para hacerlo más extenso: Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor.

En la Feria del Libro de este año —23 abril/3 de mayo— lectores y autores vamos a compartir unos días de entrañable simbiosis emocional alrededor del amor profesado al libro, convocados bajo la proclama teatral lorquiana: “Así que pasen cinco años”. Cinco años que miden el tiempo que nos queda para hacer realidad una de las mayores ilusiones que han aglutinado —por fin— el esfuerzo colectivo de granadinos y granadinas, de pensamientos diversos, que se recuerda: el proyecto de Capitalidad Cultural Europea Granada 2031. Un proyecto común, en cuyo favor hemos remado todos, dejando al margen las absurdas discrepancias que siempre solían dar al traste tantas veces con proyectos de futuro para Granada y provincia.

No obstante, esta fiesta en torno al libro no tiene el mismo predicamento en todo el mundo. Vivimos tiempos de fanatismo integrista, donde la represión y la prohibición de libros es una práctica común en entornos autocráticos, generándose incluso listados de libros prohibidos, incluidas algunas democracias occidentales. Acaso Estados Unidos sea el caso más paradigmático, donde se habla de más de 10.000 títulos prohibidos en bibliotecas públicas y académicas. Recientemente hemos escuchado a Isabel Allende decir: “Me honra que se prohíba La casa de los espíritus en Estados Unidos”. La ola de intolerancia y conservadurismo que invade este país ha debido considerarla una obra peligrosa y manipuladora de cerebros. El temor por los libros despertado en siglos pasados ha vuelto como síntoma de un tiempo de retroceso en valores culturales y científicos, proliferando posiciones retrógradas, terraplanistas y supremacistas que contrastan con la misión espacial a la Luna de Artemis 2.

Miedo a los libros que, sin embargo, como tesoros compartidos que enhebran redes de complicidad entre lectores anónimos, resistirán, como lo han hecho a lo largo de la historia. El poder mágico que poseen será capaz de combatir las prohibiciones de mentes atrofiadas.

El futuro de nuestros jóvenes está en ellos, como promesa de sensaciones, mundos por descubrir, conocimiento del ser humano, ciencia o saberes contrastados que minimizan opiniones sin fundamento. La poesía, ese arma cargada de futuro, como la definiera Gabriel Celaya, aupada en la palabra, les proporcionará la fuerza para afrontar los retos y combatir la intolerancia y las ideas fanáticas que proliferan en el mundo, las que desprecian a los diferentes, convertidos en enemigos por intereses espurios. La palabra, el mejor instrumento para fortalecer las mentes de niños y jóvenes, dotarlas de herramientas intelectuales que los hagan libres y de pensamiento crítico.

Las perniciosas olas retrógradas se combaten con los libros, porque quizás no exista mejor manera de mirar al mundo que la lectura. Ayudarles a descubrir el placer de leer y respetar la irreemplazable contribución de los creadores al progreso social y cultural es el gran legado que una sociedad educadora puede trasladar a las generaciones que se abren a un mundo cargado de trampas y subterfugios banales, plagado de engañifas de vanidades hipertrofiadas por las redes sociales.

“Abril divino, que vienes cargado de sol y esencias...” y de libros. No serán pocas las citas que con ellos nos deparará este mes.

Dejémonos arropar con sus palabras que nos invitan a imitarlos cubriéndonos de excelsas y buenas ideas, y pensamientos que hablan de amor, vida, solidaridad…; que derroten a la ignorancia, los bufidos, las excrecencias de lo burdo, que solo traen desgracia y desvalimiento…; y que en esta fiesta de libertad aviven siempre los sentimientos y emociones sobre las que cabalga la esperanza.

*Artículo publicado en Ideal, 19/04/2026.

**Álvaro Reja, Al oido de una muchacha.