miércoles, 11 de febrero de 2026

DE LOS CANTOS DE LIBERTAD A LOS CANTOS DE URRACA*

 


En aquellos años setenta nos invadía el deseo de libertad como nunca en el siglo XX, ni siquiera en la II República. Acabar con la dictadura era un sentimiento generalizado, incluso para muchos que contemporizaban con el régimen. Lejos, los peligrosos rescoldos franquistas dispuestos a empuñar la violencia, como lo hicieron. Las manifestaciones a favor de la libertad conjugaron sentimientos, emociones y mucha cultura: poesía, música, canción protesta. Formas expresivas que inundaron la democracia, hasta que el tiempo las fue desgastando por otras más burdas.

Entonces creíamos en una educación transformadora de la sociedad democrática, una ilusión que después fue debilitada por poderosas y nocivas influencias, penetrantes cual aguijón, inoculando mentes juveniles mediante otras músicas: ‘bacalao’, drogas y ritmos latinos, con letras vulgares, escasamente elaboradas, propagando machismo y zafiedad, trivializando el sexo —“Voy a follarte hasta matar mi pena / Voy hacerte en serio mi condena” o “Tienes que vender mucha más droga, para ganar lo que yo... / Mucha más droga, para follar como yo” (Tangana)—, potenciadas a golpe de sones retumbantes, como martillos pilones —“La noche se puso kinki, / tres dedos en el toto, / en el culo el pinky… / le doy por donde hace pipí, por donde hace popó” (Bad Bunny)—. Negocio sin límites.

Vivimos un tiempo en que las formas de comunicarse se han devaluado. La política las ha incorporado en la construcción de discursos forjados con mensajes encriptados para inseminarlos en cerebros poco formados y gregarios, modelados por una sociedad consumista hasta convertirlos en manipulables y dispuestos para recibir mensajes cortos, simples y que no entrañen un ejercicio de reflexión o crítica. Los equipos de propaganda diseñan contenidos en flashes que irrumpen en la mente, alojándose en el almacén de ideas, sin cuestionarlos, para reproducirlos sin ningún tamiz reflexivo. Lanzar mensajes negativos, perversos o hirientes contra otros es parte del trabajo. Los discursos suelen redactarse, asimismo, para políticos con escasas capacidades para manejar ideas y estructuras gramaticales complejas, pero no porque sean idiotas —que los hay—, sino por poseer intelectos malévolos, capciosos y sin escrúpulos.

Nos movemos en una posmodernidad deconstructiva que cuestiona la verdad, que apuesta por verdades alternativas que, si es necesario, se canalizan mediante la mentira y la adulteración de la palabra, proponiendo realidades diferentes a las habituales, generando atmósferas de incertidumbre, sospechas o relatos que desacreditan la honestidad del ‘otro’, en una estrategia que funciona cuando la impunidad queda a salvo por el respaldo judicial o el filtro de una ciudadanía mediocre sin capacidad crítica, ‘educada’ para consumir mensajes enlatados y adiestrada para buscar la felicidad en la tienda de la esquina, como ilustraba Zygmunt Bauman.

Adiós a los grandes ideales emancipadores con visión universal, reducidos ahora al individualismo, al apáñate para sobrevivir en esta jungla, y al relativismo carente de principios éticos y morales, y sentimientos de comunidad y bien común. A los mayores nos educaron para ser ciudadanos responsables, cuidadosos tanto de lo cercano como remoto, por eso entristece saber, ante un mundo depredador y negacionista, que lo que hacemos en la cotidianidad termina siendo un acto de futilidad que a la postre no va a ninguna parte.

La ultraderecha de nuestro país —próxima al discurso liderado por el ‘gran hermano’ estadounidense, abanderado de la paranoia y la codicia recurre a retóricas sofistas y falaces para sostener un pensamiento político mediocre y avieso que, de otra manera, no aguantaría un asalto en una discusión seria sobre ideas. Solo le valen eslóganes de despacho construidos por asesores maquiavélicos, conocedores de las debilidades de la naturaleza humana de los habitantes del siglo XXI.

Los discursos dejaron de pergeñarse desde la lógica del pensamiento humanista y postulados filosóficos o epistemológicos. Ahora son graznidos de urracas para confundir los debates públicos vehiculizados por redes sociales plagadas de mensajes ‘cortitos’ y directos para mentes torpes que solo necesitan dosis reducidas de ‘seudopensamiento’. Facebook, TikTok o X, controladas por plutócratas, el mejor medio para difundir misivas amañadas y dopadas.

Hace unos días 31 aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez, concejal del PP, a manos de ETA, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, escribió en X: “Si nace un nuevo Gregorio Ordóñez en el País Vasco que pueda ganar ampliamente en las urnas, ¿volvería a tener que vivir escoltado?”. Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio y presidenta de la asociación de víctimas Covite, acusó a Ayuso de utilizar políticamente el nombre de su hermano para cargar contra Pedro Sánchez, y precisó: “Sufrí el odio de la izquierda abertzale, ahora además y con mucha más crueldad el vuestro, el de la derecha abertzale” (IDEAL, 23/01/2026). La desvergüenza manipuladora de utilizar a ETA, sabiendo que la banda terrorista dejó la actividad armada aquel 11/octubre/2011, solo viene a remover un fango que la sociedad española no merece.

Hemos vivido siete años de continuas broncas políticas. Hastiados, recelábamos ante un incendio forestal, el estornudo de un volcán dormido, un virus desatado, un temporal desbocado o un accidente de tren, detrás se generaba una trifulca pandillera, sin importar la ciudadanía, sus problemas, solo provocando crispación. Gritos y graznidos azuzando a la ciudadanía para enzarzarse en discusiones familiares de cenas de Nochebuena o utilizándola como transmisora de patrañas en redes sociales.

Las urracas han copado senderos y aceras en busca de basura y restos de comida en una sociedad consumista que acumula montañas de desperdicios. Menos mal que entre tanto bufido político quedan historias humanas, como la de Boro, ese perro que ‘es familia’.

*Artículo publicado en Ideal, 09/02/2026.

** Ilustración artículo Ideal.